domingo, 20 de agosto de 2017

Prólogo del libro "La Oreja en la Batalla"

Este texto es el prólogo del libro "La Oreja en la Batalla" escrito por el profesor Libardo Orejuela


Por Decio Machado

Desmembramiento, coacción, ocupación, anexión, exterminio, agresión, guerra, cárcel, tortura, secuestro, desapariciones, amenazas, destrucción racial-lingüística-cultural, expulsión, deportaciones, colonización, inmersión, asimilación, negación, humillación, división, pillaje, extorsión, expoliación, violación, segregación, despotismo, subdesarrollo, persecución, autoritarismo, criminalidad, indefensión, hambruna, asesinato, infanticidio, crueldad, terrorismo y sometimiento es el resultado de las políticas imperialistas sufridas por los pueblos del Sur a lo largo de la historia de la Humanidad.

En las páginas se siguen a este prólogo, Libardo Orejuela hace un recorrido sobre diferentes aspectos de estos impactos en América Latina, pero lo hace desde la perspectiva que Rudyard Kipling, aquel poeta ingles altamente reaccionario pero con alto bagaje intelectual, esbozaría cuando dijo a principios del siglo pasado “que saben de Inglaterra los que solo conocen Inglaterra”. Es así que Orejuela entiende que en un mundo globalizado donde ya aprendimos a que hay que pensar global pero actuar local, los análisis nacionales y regionales no pueden carecer de una perspectiva internacionalista.

Es desde esa perspectiva desde donde el autor esboza un amplio recorrido por las luchas de emancipación planetarias, siendo consciente a su vez que el capitalismo, ese sistema de organización económica caracterizado por la propiedad privada de los medios de producción y la extracción de plusvalía sobre el trabajo asalariado, tiene consecuencias deleznables para las inmensas mayorías situadas en la base de la pirámide jerárquica social. ¿Cómo iba a ser de otra manera un sistema diseñado para el lucro individual de las élites y no para el bienestar colectivo?

Pero el autor entiende bien también que las luchas de resistencias de nuestros  pueblos se remontan a mucho más allá de la configuración de nuestras actuales ideologías, algo relativamente reciente en la historia del planeta, motivo por el cual a lo largo de este libro se hace referencia de igual manera a la lucha de resistencia de nuestros pueblos ancestrales contra la invasión española que a la heroica resistencia palestina contra esa ocupación sionista que goza de la complicidad silenciosa de la mayor parte de la comunidad internacional.

Al autor le avala una larga trayectoria de compromiso político y social que le permite hablar no solo desde la Academia, sino desde la coherencia que implica a quienes como diría Gabriel Celaya, poeta español de la generación literaria de posguerra, “maldicen la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”.

Y es desde ahí desde donde Orejuela siente en sí mismo a cuantos pueblos sufren a lo largo y ancho del planeta, lo que se plasma en una obra que aborda un “sentir” que muchos “sentimos” como nuestro, ese que nos inspira en la cotidiana militancia por un mundo mejor.

El autor es consciente de que las luchas de resistencia contra la opresión tienen larga dada, mientras el término izquierda nació “recientemente” a partir del triunfo de la Revolución Francesa, aquella surgida a partir de 1789 y que junto con la de 1917 encarnan las dos revoluciones por autonomasia en la historia de la Humanidad.

Ciertamente el concepto izquierda nace como resultado de una votación el 11 de septiembre de 1789, cuando la Asamblea Constituyente francesa discutía un artículo de la Constitución que establecía el veto absoluto del rey a las leyes aprobadas. Quienes defendían la posición inmovilista, esa que no permitía avanzar, se sentaban a la derecha del presidente de la Asamblea, mientras quienes estaban en contra y defendían que el rey solo tuviera derecho a un veto suspensivo y limitado en el tiempo, buscando con ello el cambio político y social, se ubicaron a la izquierda del presidente. Pero esa identificación general con los principios de la izquierda impregna página tras página el presente libro, porque Libardo Orejuela entiende -como debe entender la izquierda- que la defensa de los derechos humanos y la consecución de la igualdad social por medio de los derechos colectivos y sociales es un factor prioritario en un mundo donde las diferencias sociales se agudizan bajo el impacto de la globalización económico capitalista.

Con un lenguaje literario que demuestra una vasta cultura general, nuestro autor produce en el lector reacciones de solidaridad con los históricamente olvidados e indignación respecto a quienes históricamente son responsables de dicha exclusión. Orejuela viene y va, a lo largo de este texto, atravesando tanto distintos momentos de nuestra historia universal como también sus geografías. Pero lo anterior se hace desde el testimonio comprometido de quien no se excluye de la acción política, de quien no se esconde en la Academia ni se posiciona por encima del bien y del mal para elaborar sus análisis. Por algo Libardo Orejuela a liderado cinco Cumbres Nacionales por la Paz en Colombia, lo que le permite abordar la realidad política colombiana desde un anclaje global que lleva a entender aquello que en algún momento fue satanizado por el estalinismo: el proceso de emancipación de la Humanidad tiene que ser necesariamente global o no será.

Para ello y como compañero de luchas por la liberación de Nuestra América, Orejuela aborda en una amplia parte del libro las políticas de injerencia estadounidense en nuestro subcontinente, sus impactos y nuestras resistencias. Hablar sobre esto es narrar sin duda una historia escalofriante de terror, donde las invasiones, golpes de Estado, la represión sobre los pueblos y la guerra configuran una realidad que nunca deberíamos olvidar.

Pero el ansia de poder no se limita a nuestras fronteras regionales, lo que implica que Orejuela también se adentre en lo que han significado las políticas imperialistas realizadas en otros continente, rescatando figuras de la talla e importancia de Franz Fanon o Von Giap, por poner tan solo dos ejemplos, a la hora de reivindicar sus elaboraciones teóricas y resistencias activas.

La demencia imperial no fue solventada tras los procesos independentistas en el Sur global, como demuestra las políticas estadounidenses justificada en aras a los sucesos del 11 de septiembre de 2001, con las ofensivas bélicas en Afganistán, Irak, Sudán, Somalia o los secuestros de distinta índole en cárceles secretas esparcidas a lo largo y ancho del planeta.

Pero como el mismo autor indica, “hoy la muerte no militar, la que se presenta fuera del belicismo histórico, apabulla los delirantes resultados de la guerra”, motivo por el cual en las siguientes páginas se aborta la problemática de la desigualdad y la pobreza. Todo ello en un mundo en retroceso donde las diferencias entre ricos y pobres crecen hasta el punto de que en la actualidad 62 individuos ostenten tanta riqueza como los 3.600 millones de habitantes más pobres de nuestro sistema mundo (la mitad de los habitantes del planeta).

Para entender como hemos llegado hasta aquí hay que entender por ende la loca evolución del sistema capitalista. Ese que pasó del crecimiento entre 1945 y 1975 a la crisis del petróleo y la inmediata globalización bajo los paradigmas neoliberales, para entrar a partir de 1985 en una sistema de financierización que terminó llevando a que los Estados de varios estados industrializados tuvieran que rescatar a los bancos a partir de 2012 a costa del erario público.

De esta manera y pasados ya nueve años de la quiebra de Lehman Brothers, momento en el que se oficializó la más grande crisis financiera de la historia desde el crack de 1929, la economía mundial no ha conseguido aun recuperarse de los graves síntomas de desestabilización global que la amenazan.

El método aplicado por los gurús del capitalismo para salir de la última crisis global, deuda y más deuda sostenida principalmente por los bancos centrales y las grandes corporaciones, son también el principal factor sobre el que se sostendrá la próxima crisis global.

Así, mientras asistimos al actual show del capital inmersos en la sociedad de la imagen y el espectáculo, vemos como en la actualidad entre los 48 países más pobres del mundo, más de tres cuartas partes se encuentran en el continente africano, estando nueve de ellos catalogados como emergencias humanitarias. Vemos a su vez, como mientras el Foro de Davos, el G-7 o el Club Bilderberg se escudan -cada vez que se reúnen- tras las más sofisticadas medidas de seguridad ante el clamor de la sociedad civil organizada, el 34% de quienes viven por debajo del límite de la pobreza son niños menores de 12 años. Todo ello ante la pasividad/complicidad de las mal llamadas instituciones de gobernanza global.

La crisis del sistema es un hecho reconocido incluso por actores protagónicos en el funcionamiento financiero mundial. Este es el caso de Larry Summers, quien ejerciera como secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y también como asesor del presidente Barack Obama, quien ha llegado incluso a desarrollar la llamada tesis del “estancamiento secular”, según la cual el tipo de interés de equilibrio en la economía capitalista habría bajado tanto que las políticas monetarias ultraexpansivas dejaron de ser suficientes para estimular la demanda. Lo anterior implica la conclusión de que el crecimiento sólo se consigue ya por medio de burbujas que tras estallar vuelven a generar una economía maltrecha.

Rescatando a Immanuel Wallerstein, si entendemos que la definición del sistema capitalista moderno viene dada por su necesidad de una incesante acumulación de capital, la situación actual viene a caracterizarse por un conjunto de fallos generalizados en las relaciones económicas y políticas de reproducción capitalista.

Si bien es cierto que desde que Karl Marx escribiese los Grundisse ya sabemos que la tendencia hacia crisis cíclicas es una ley inherente al capitalismo, también aparece como un hecho indiscutible que la salida de la crisis del 2008 tiene notables diferencias respecto a las ejercidas por el capital en sus crisis anteriores. Con un endeudamiento global que crece como la espuma –actualmente equivale a tres veces el tamaño real de la economía mundial-, el sistema económico global demuestra ya no ser tan sólido como lo era antaño, condición que hace que su recuperación sea muy lenta, muy desigual y altamente conflictiva.

Hablemos claro, pese a que el capitalismo actual es un sistema muy frágil que vive a través de reinvenciones, el sistema se caracteriza a su vez por ser muy expansivo y universalista, pese a estar atravesado por acciones y aptitudes permanentemente enmarcadas en la delincuencia. Es por ello que en muchas ocasiones parece que se hunde y luego reaparece. Ante este contexsto, debemos reconocer que desde la izquierda se suele tener una visión algo caricaturesca del capitalismo, de su complejidad y de su capacidad de resistencia.

Orejuela hace una crítica a esa izquierda, a la que tilda de cobarde en diferentes momentos de la historia, y de hecho no se equivoca. El marxismo clásico está inmiscuido por una especie de embarazo del socialismo. Se decía que el propio desarrollo del capitalismo conllevaba el desarrollo de las fuerzas productivas, y el desarrollo de dichas fuerzas conllevaban en si mismo al socialismo. Quizás esta tesis haya sido una de las mayores debilidades de la izquierda ortodoxa, pues se ha más que demostrado que no ha sido así. Es más, que el capitalismo termine en algún momento no implica necesariamente que lo que venga después sea necesariamente mejor.

El autor hace referencia a la necesidad volver a “empezar a empezar”, entendiendo que gran parte de la izquierda global ha perdido capacidad de imaginación política, pues ya no imaginamos la posibilidad real de un modelo alternativo a la sociedad capitalista. Eso es una realidad que se plasma de forma meridianamente clara en la actualidad suramericana, máxime ahora que llegamos al fin de ciclo progresista y vemos como en todos los países que gozaron de gobiernos llamados de “izquierda” no se ha sido capaz de transformar el modelo de acumulación heredado del neoliberalismo.

El autor establece también a lo largo del texto una critica al consumismo, indicando textualmente que “los poderosos sepultureros de la vida saben que el maritaje entre el consumismo  y la manipulación mediática ha prestado más ayuda al cuartel liberal que los fusiles”. Gran verdad que nos lleva a recordar a Pier Paolo Pasolini, cuando indicaba medio siglo atrás que “el consumismo ha destruido cínicamente al mundo real, transformándolo en una total irrealidad donde no existe ya elección posible entre el bien y el mal”. No cabe duda, como bien señala Orejuela, que padecemos las consecuencias de un consumismo que nos devora y que nos lleva a desear mejorar nuestro estatus para disponer de mayor capacidad de compra. En definitiva, estamos inmersos en una transformación que lejos de liberarnos, nos encierra y somete aun más.

En el recorrido que hace Libardo Orejuela sobre el estado de situación política global no podían escapar los partidos políticos, esa maquinaria que en la actualidad goza de un perfil marcadamente electoralista y que no fueron diseñados precisamente para aprender, lo cual los convierte en altamente resistentes para entender el estado de deslegitimidad actual que vive el sistema de representación/delegación política actual. En el mundo de hoy estamos obligados a construir redes de personas frente a las redes ya tejidas por el capital y las instituciones, pero debemos entender que las redes se caracterizan por un modelo de funcionamiento muy diferenciado de aquellos que conocimos como centralismo democrático.

De aquí surge una nueva reivindicación de la democracia, también propugnada por el autor en esta obra, pues el miedo a una democracia radical que esbozan  los actores neoliberales no es más que el intento de eliminar los procesos políticos socio-deliberativos protagonizados desde las multitudes –entendiendo estas desde una visión spinozista-, para situar el poder en los mercados o en los expertos, esos que dicen saber como gobernarnos.

Una de las conclusiones más radicales que nos deja entrever esta obra es que la globalización se enfrenta a limitaciones materiales fruto de la crisis de un modelo de acumulación que ya hace aguas. Pero también afronta un profundo proceso de deslegitimación social importante, pues la justificación de las privatizaciones y la mercantilización que durante muchos años llegó a ser hegemónica junto a esa idea de la globalización de rostro humano según la cual a través de las relaciones comerciales se iban a apaciguar las tensiones políticas e íbamos a tener prosperidad y multiculturalismo hoy, visto el devenir de los acontecimientos, no nos puede producir más que una profunda indignación.

De igual manera se ha generalizado un rechazo de las versiones más autoritarias y burocráticas del Estado, ahí están las “Primaveras Árabes”; los Occupy Wall Street, Londres o Hong Kong; los indignados del 15-M en España o los levantamientos juveniles del 2013 en Brasil para recordárnoslo. Lo anterior motiva que lo público no tenga porqué identificarse necesariamente con lo estatal. Debemos entonces rescatar el concepto de lo comunitario y de las estructuras sociales reticulares en cada una de nuestras sociedades, pues su olvido no es más que el fruto de la victoria ideológica del neoliberalismo durante estos últimos años.

Orejuela nos invita a cambiar lo que se considera aceptable y no aceptable en la política, invitándonos a ser un poco menos miopes y comenzar a ver las cosas con algo más de perspectiva a través de un largo recorrido por la historia de las luchas emancipadoras de la Humanidad. Es desde ahí desde donde el concepto de los comunes propone una alternativa a los procesos de mercantilización desarrollados por el capitalismo a lo largo de su historia.

En diferentes momentos del libro, el autor insiste en plasmar realidades que en el momento actual, no por ser repetitivas tenemos que dejar de decirlas. Por ejemplo, el proceso de financierización del capital nos acostumbró a asumir que las grandes corporaciones multinacionales terminen teniendo una tasa inferior de presión fiscal que el ciudadano medio, cosa que es una verdadera barbaridad se mire como se mire. Sin llegar a posiciones que pudieran ser calificadas de radicales, cabe recordar que tras la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos se estableció una tasa del 94% sobre los ingresos por encima de los 200.000 dólares. Ese impuesto se mantuvo durante los años cincuenta de la mano de un presidente republicano como lo fue Harry S. Truman, pero sin embargo plantear hoy que quienes ganen un millón de dólares tributen el 90% significa ser acusado de terrorismo fiscal o bolchevique radical comunista. Lo anterior demuestra que lo que era común en los años cincuenta tanto para izquierda como incluso para la derecha hoy parece un absurdo, pero lo absurdo es ver como nuestro sentido común político ha sido transformado radicalmente por esto que hemos venido a llamar globalización y neoliberalismo.

Cuando el capitalismo hoy nos habla de la libertad del mercado busca conscientemente ignorar el hecho de que esa posición era tremendamente marginal a finales de los años cuarenta y posicionada tan solo por extremistas ideológicos. Es más, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, apenas sesenta años atrás, la posición dominante incluso en el capitalismo era que había que dominar al mercado dado que ese mismo mercado había sido el causante entonces de dos guerras mundiales y la mayor crisis financiera jamás conocida. Precisamente durante la Segunda Guerra Mundial las economías más intervenidas habían demostrado ser las más eficaces. Esa lógica, hoy considerada como anacrónica, dominó Occidente durante los llamados “treinta gloriosos años” hasta la crisis del petróleo en 1973.

Ahora, los nuevos gurús del capitalismo postmoderno, la economía del conocimiento, sus mercados derivados y sus facturas globalizadas nos quieren hacer creer que todo es muy innovador por estar transversalizado por una nueva fase de revolución tecnológica. Sin embargo, basta una mirada con algo de profundidad para encontrar en sus lógicas de precarización laboral, autoexplotación operaria, endeudamiento familiar generalizado y exclusión social de una parte de la sociedad que queda fuera del mercado de trabajo, innumerables parecidos al capitalismo manchesteriano del siglo XIX.

Orejuela nos dice que en todo esto también hay una corresponsabilidad de la izquierda, a la cual acusa que no querer tomar el poder y gobernar bajo lógicas transformadoras que alteren de forma real el mundo en el que vivimos. Más allá de que no le falte razón, lo cierto es que cuando las izquierdas han gobernado se han visto succionadas por esas lógicas de extremismo centrista que derivan de las democracias liberales. Lo anterior nos lleva a una reflexión: el reformismo progresista solo se puede romper con la construcción de contrapoderes sociales que generen un nivel de tensión tal que hagan girar la toma de decisiones a espacios donde les da miedo llegar a quienes toman las decisiones.

Lo anterior implica que la izquierda actual tiene un discurso y una praxis con grandes carencias en materia de innovación ideológica, motivo por lo cual ya no se adecúa a los nuevos tiempos. Rescatar el término izquierda para que este nos sea realmente útil requiere renovar sustancial dicho término.

Entre estas actualizaciones reza otro elementos abordado en el libro, hago referencia a la crisis ambiental planetaria. Estamos entonces ante una problema de subsistencia planetaria, lo que implica cambios a la hora de plantear al actuales políticas neodesarrollistas que emanan de la izquierda. Ya va siendo hora de entender que la Ley de Valor de Marx quedó incompleta, pues en ella nunca se incorporó como un coste en la producción capitalista la destrucción del planeta.

Orejuela tampoco deja por tratar en esta obra el actual rol de los intelectuales, dejando claro a su vez que “los intelectuales no pueden sustituir a las organizaciones, ni los libros a la vida”. Sin cuestionar lo anterior, vale la pena indicar algo actualmente olvidado por una intelectualidad mayoritaria al servicio del poder: el de intelectual no es un oficio o profesión sino una tarea colectiva al servicio de sujetos colectivos en lucha. Por los posicionamientos esbozados en esta obra es evidente que así también lo entiende el autor del presente libro.

Por último y teniendo claro quien es Libardo Orejuela, esta obra hace una repaso a las luchas desarrolladas en el espacio nacional colombiano, su momento actual de desmilitarización y una advertencia: “llegar a buen puerto en este asunto exige esclarecer el papel práctico de la verdad, el compensar en mayúsculas a los millones de víctimas, para así desatar y de la mejor manera las tensiones entre justicia y paz”.

La obra de Orejuela tiene especial sentido en el momento actual de fin del ciclo progresista en América Latina, pues cuando los grandes procesos históricos llegan a su fin y sobrevienen –con ellos- derrotas políticas de envergadura, se instalan la confusión y el desánimo, se mezcla la realidad con los deseos y se difuminan los marcos analíticos más consistentes, para dar paso a interpretaciones a menudo caprichosas y unilaterales.

En resumen, el lector tiene entre su manos un obra de alto nivel, cuya lectura de cada una de sus páginas invita a leer la siguiente, y donde en compromiso del autor con la lucha por la vida hace de estas páginas sean una arma cargada de futuro.


Prólogo del libro: "Brasil: fracaso del lulismo y emergencia de alternativas"

El siguiente texto es el prólogo del libro "Brasil: fracaso del lulismo y emergencia de alternativas" de los autores Jorge Lora Cam y Waldo Lao Fuentes.


Por Decio Machado

La lectura de esta obra, la cual goza de un fuerte nivel de producción teórica y una vasta amplitud de fuentes bibliográficas, pone sobre la mesa las múltiples contradicciones en las que incurrieron los gobiernos “progresistas” durante su reciente ciclo hegemónico en América Latina. El esfuerzo de elaboración hecho por Jorge Lora Cam y Waldo Lao Fuentes es un aporte importante para entender la complejidad de la realidad en la que vivimos, planteando paralelamente propuestas que ayudan a pensar en la hoja de ruta que han de recomponer los caminos emancipatorios construidos desde y para las y los de abajo.

Los autores parten de la realidad política brasileña para abordar las problemáticas globales de un capitalismo que si bien en decadencia, no deja de mostrarnos –aunque con cada mayores falencias- su cada capacidad de adaptación, transvistiéndose en esta ocasión y en nuestra región bajo formas populistas mediante insólitos ejercicios de teatrales y nuevas narrativas.

Brasil, por su importancia y transcendencia geopolítica, es un buen punto de partida desde el que desarrollar un análisis crítico respecto a lo que nos deja, como triste legado en el subcontinente, esto que hemos tenido a bien definir como “ciclo progresista”.

Esta obra puede ser considerada como una reacción a una de las consecuencias más nefastas de este período: la deserción casi completa de toda una generación de profesionales académicos respecto a su rol como impulsores del pensamiento crítico latinoamericano. Convertida esta intelectualidad en voceros de dichos regímenes, pocas veces en la historia hemos asistido a una complicidad tan nefasta entre la simplificación del pensamiento/discurso y la proliferación de ejercicios de genuflexión de la Academia frente al poder.

Jean Paul Sartre, allá por el año 1945 escribiría en la revista Le Temps Modernes, “considero a Flaubert y a Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna (de Paris) porque no escribieron una palabra para impedirla”.  Tocará en breve plantear lo mismo respecto a estos voceros del poder “progresista” en relación a su silencio y complicidad con episodios represivos como los emprendidos por gobiernos que se erigieron como representantes de la expresión popular contra la resistencia indígena en el Tipnis en septiembre de 2011 en Bolivia, las operaciones antimotines contra jóvenes urbanos movilizados en diferentes ciudades en junio del 2013 en Brasil o las acciones militares contra el levantamiento indígena de agosto del 2015 en Ecuador, por citar tan solo algunos ejemplos.

Volviendo al pensamiento sartriano, parecería evidente que la misión de un intelectual es proporcionar a la sociedad una “conciencia inquieta” de sí misma, “una conciencia que la arranque de la inmediatez y despierte la reflexión”. Pero vayamos a más, y reflexionemos si esto de la intelectualidad no debería superar su estatus de oficio o profesión para conllevar una tarea colectiva al servicio de los sujetos comunales en lucha… Citando a Piotr Kropotkin, cabría decir que más allá de los egos inherentes a toda intelligentsia, “sólo los esfuerzos de miles de inteligencias trabajando sobre los problemas pueden cooperar al desarrollo de un nuevo sistema social y hallar las mejores soluciones para las miles de necesidades concretas”. Es por lo tanto el rol de la intelectualidad un quehacer subordinado a la lucha colectiva, algo que a muchos intelectuales hoy les cuesta aceptar. Por ahí discurre el transfondo de esta obra, la cual tiene como punto de partida un concepto hoy tristemente olvidado que sin embargo es básico: el pensamiento crítico no puede estar atado a los poderes existentes, sino que debe ser autónomo respecto a estos y sus expresiones partidistas que de una forma u otra conforman la vía institucional.

Desde el esfuerzo intelectual desarrollado en esta obra, se niega la aceptación de las fórmulas fáciles hoy tan en boga, renunciando a su espacio de confort para buscar la confrontación frente a los poderes existentes. Esto no es factible, y los autores así lo entienden, sin desafiar ortodoxias ideológicas y lógicas conformistas con los distintos modelos de dominación a los que estamos sometidos. Citando a Agamben, “el totalitarismo moderno puede ser definido (…) como la instauración, a través del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político”. De lo anterior se desprende entonces, que sólo un modelo basado en las personas es capaz de no producir personas basadas en un modelo.

El pensamiento crítico es por autonomasia un pensamiento radical y abierto, lo que supone profundizar sin concesiones en los mecanismos que mantienen la dominación. Eso, precisamente eso, es lo que hacen los autores durante el transcurrir de las páginas siguientes. Pero Lora y Lao entienden también, lo cual no es baladí en nuestra región y en este momento, que no existe el pensamiento crítico contemplativo, pues este nace del compromiso y es desde ese compromiso desde donde estamos obligados a situar nuestras colectivas reflexiones. Como diría Luís Cernuda, poeta español de la llamada Generación del 27 fallecido en su exilio mexicano, “maldigo la poesía que no toma partido hasta mancharse”. Es desde ahí desde donde no podemos olvidar que fue el accionar de los movimientos sociales -protagonismos anónimos y populares- los que posibilitaron este “ciclo progresista”, siendo posteriormente traicionados por las estructuras partidistas que rentabilizaron dicho acumulado y olvidados por esa intelectualidad hoy al servicio del poder, los cuales han pasado a convertirse en una rémora para la reconfiguración de futuros movimientos antisistémicos y emancipadores.

Centrándonos en Brasil, el libro aborda la profunda crisis que vive el gigante suramericano haciendo hincapié en tres de sus ejes principales: la aplicación de medidas neoliberales inmediatamente después de terminada la campaña electoral del 2014 por el gobierno de Dilma Rousseff, cuya mayor ignominia fue haber basado su discurso electoral precisamente en denunciar de forma agresiva el neoliberalismo existente en el ADN de sus rivales; el impacto de la actual crisis multifacética brasileña y sus consecuencias sociales; y las tramas de corrupción institucional que transversalizan al país, las cuales comienzan a revelarse a partir del caso Petrobrás pero que posteriormente se extienden mediante el descubrimiento de múltiples affaires entre el gran capital nacional y el Estado.

Consecuencia de lo anterior, Brasil vive una crisis que va más allá de lo económico, pues entra en deslegitimidad su institucionalidad y régimen de partidos, pasando a ser una crisis de carácter estructural. En palabras del economista Pierre Salama, el gobierno sufrirá “un déficit de legitimidad y de racionalidad” desde un sentido cercano al que en su día le diera Habermas a dicho término, siendo incapaz para orientar una política económica coherente aunque esta sea de carácter neoliberal.

Lora y Lao nos hablan de la carencia en Brasil de un desarrollismo basado en el cambio industrial, y cierto es esta condición, la cual que podemos visualizar con facilidad con tan solo analizar algunos datos económicos. Para mantener tal aseveración, basta constatar que la industria de transformación brasileña en la industria de transformación mundial (en valor agregado) era de 2.7% en 1980 y cae, momentos antes del inicio de la crisis, al 1.7% en 2011. Siguiendo con las metodologías comparativas, cabe señalar también que las exportaciones de productos manufacturados brasileños también menguan en términos relativos, pasando del 53% del valor de las exportaciones en 2005 al 35% en 2012.

Si bien es cierto que la desindustrialización en Brasil se viene desarrollando desde los años noventa y se acentúa a partir del inicio del presente siglo, también lo es que durante el período petista la industria de transformación nacional disminuyó aún más -hablando en términos capitalistas- su capacidad competitiva. Lo anterior implica que la economía brasileña se haya reprimarizado, elevándose el peso de sus exportaciones de productos primarios.

La tan alardeada recuperación de la planificación por parte de los gobiernos progresistas demostró a la postre que sus tecnoburócratas desconocían las lógicas que conlleva la globalización capitalista, ignorándose así que en la actualidad las medidas de dinamización neokeynesianas del mercado interno ya no pueden ser independientes al mercado externo. En la actualidad y a diferencia de lo que sucedía a mediados del siglo pasado, el mercado interno no puede ser proyectado sin que sea considerado un modo inteligente de inserción de la economía nacional en el sistema mundo.

El crecimiento económico latinoamericano se sostuvo sobre la necesidad de fagocitación de los recursos naturales por parte de la República Popular China. Pero al igual que muchas economías emergentes aunque en este caso de forma sobredimensionada, China prosperó de manera clásica, construyendo carreteras para unir las fábricas a los puertos, desarrollando redes de telecomunicaciones para conectar unos negocios con otros y ofreciendo a su histórico campesinado puestos con muy superior remuneración en fábricas urbanas. Pero llegó el momento del punto de inflexión en la economía china: la oferta de mano de obra procedente de las zonas rurales se agota y el empleo en las fábricas alcanzó su máxima capacidad; de igual manera la red de autopistas construida en China supera los setenta y cinco mil kilómetros, siendo la segunda más larga del mundo tras Estados Unidos; pero además, la tendencia demográfica se ha invertido y ahora el Estado tendrá que afrontar un novedoso reto respecto a cubrir las necesidad de su clase social pensionista.

Fruto de lo anterior el crecimiento de China se desaceleró y con ello golpeó a nuestro subcontinente. El camino más probable para China es el que siguió Japón a principios de la década de 1970, cuando su economía en auge desde el fin de la guerra se ralentizó sustancialmente pero continuó creciendo a un ritmo respetable durante una serie de años posteriores. Nada más y nada menos que lo esperable en la fase de madurez de cualquier economía “milagro”.

La desaceleración china pone fin a un ciclo económico global, cerrando una etapa que para bien o para mal ha alterado el curso de la histórica económica durante las últimas décadas. Se redujo la pobreza global al mismo tiempo que se aceleraron las amenazas de destrucción ambiental, el calentamiento global y la forja de un nuevo modelo de imperialismo que los analistas institucionales al servicio de los gobierno del Sur se niegan a reconocer.

Este boom de los commodities ocasionado por la hasta hace poco descomunal demanda china de recursos naturales, no implicó en Brasil ni en el resto del subcontinente la puesta en cuestión de la lógica derivada de las economías rentistas. Por lo tanto y partiendo de lo anterior, fueron más transformadores los gobiernos populistas gestados entre 1910 y 1954 que el neopopulismo desarrollado a partir de 1999. Lo anterior deriva de la ausencia de reformas estructurales orientadas a poner en función un sistema fiscal que no sea regresivo y una política industrial menos clientelista.

Pasado década y media de gobiernos progresistas en la región, el modelo de desarrollo latinoamericano ha agudizado su dependiente inserción internacional como proveedores de materias primas en el mercado global, implicando una mayor vulnerabilidad de nuestras economías y subordinándolas aún más a las fluctuaciones erráticas de los mercados internacionales. El agotamiento del período de crecimiento basado en la reprimarización y la financiarización manifiesta los límites del progresismo actual y la necesidad de una política de izquierda que no se reduzca a una simple redistribución del excedente. Pese a los folclóricos discursos oficialistas que llegaron a la osadía de hablarnos de una “segunda independencia”, la historia le volvió a dar la razón a Marx cuando de nos avisó, siglo y medio atrás, de que “la manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentas la ciencia entera sobraría”. Así las cosas va quedado también en cuestión hasta el tan altisonante concepto de “década ganada”, el cual esta siendo esbozado mediante las vocerías de esta intelectualidad latinoamericana al servicio de poder.

Fue Tomas Piketty quien hace relativamente poco tiempo nos demostró que  desde 1700 hasta 2012 la economía mundial creció en promedio 1.6% anual, mientras la tasa de retorno del capital generó un indicador que oscila entre el 4 y el 5%. Lo anterior implica que la riqueza global terminó en muy pocas manos y en el caso de América Latina estos indicadores han sido aún de mayor concentración. Pese a la reducción de la pobreza durante está última década en la región, lo cual no es un logro de los gobiernos progresistas dado que todos los países del subcontinente bajaron sus indicadores de pobreza en 2003 y 2013 salvo Honduras, y como consecuencia de no haberse intervenido sobre los pilares estructurales de la desigualdad, hoy en América Latina el 10% más rico de la población concentra el 71% de la riqueza. Sería el propio Banco Mundial quien indicaría en un informe del 2016 que de mantenerse esta tendencia en menos de diez años el 1% más rico tendrá más riqueza que el 99% restante.

Fruto de lo anterior, aplica aquella cita de Albert Camus mediante la cual se aseveraba que “la estupidez siempre insiste”, pues los gobiernos progresistas creyeron que los niveles de crecimiento económico que fueron fruto del ciclo alcista de los commodities se mantendrían de forma permanente. Seamos serios, si bien es cierto que han existido países de la periferia más cercana al centro que han conseguido, mediante dinámicas de desarrollo tardo-capitalistas, ocupar posiciones prominentes en el mercado global a costa de viejas potencias en declive, basta releer la teoría marxista del desarrollo desigual y combinado para poner en discusión que esta regla pueda generalizarse. En la cúspide de la pirámide global capitalista no hay sitio para todos, y esto implica que muy pocos países hayan logrado un crecimiento rápido y sostenido a lo largo del tiempo.

Basta hacer un recorrido por la historia económica reciente para ver como a lo largo de cualquier década desde la segunda mitad del pasado siglo, sólo una tercera parte de los países emergentes han logrado crecer a una tasa de crecimiento anual del 5% o superior. Menos de un cuarto han mantenido ese ritmo durante dos décadas y la décima parte durante tres décadas. Sólo seis países (Malasia, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y Hong Kong) han mantenido esta tasa de crecimiento durante cuatro décadas y dos de ellos (Corea del Sur y Taiwán) durante cinco décadas. De hecho, durante la última década –con excepción de China e India- todos los demás países que consiguieron mantener una tasa de crecimiento del 5% era la primera vez que lo hacía.

Ahora bien, de la lectura de las páginas de este libro se desprenderá una pregunta que implícitamente nos dejan sus autores: ¿qué podríamos esperar de gobiernos que más allá de su etiqueta progresista llegaron al poder por la vía electoral? Es ahí donde Lora y Lao abren una no tan nueva pero interesante reflexión, pues entienden que la democracia electoral no es más que una herramienta creada para garantizar los intereses de las élites burguesas y la centralidad del Estado ante la sociedad. Llegados a este punto, “con la iglesia hemos topado Sancho” diría Don Quijote en el aquel bellísimo capítulo IX de la obra maestra escrita por Cervantes. Quizás valga la pena nuevamente recuperar el viejo pensamiento anarco-comunista ruso, cuando planteaban que lo que viciaba a la revolución era la burocracia y el Estado. Cuenta Isaac Deutscher al respecto en documento titulado Las raíces de la burocracia que “cuando Kropotkin deseaba mostrar la profundidad de la corrupción moral de la revolución francesa, explicada cómo Robespierre, Danton, los jacobinos, y los hebertistas se pasaron de revolucionarios a hombres de Estado”. Y cierto es, quedando de forma sobreentendida en este libro, que la fuerza de la burocracia no es otra cosa que el reflejo de la fragilidad de la sociedad.

Lora y Lao nos explican como los petistas brasileños, al igual que sus partners progresistas en la región, confiaron en “la capacidad del Estado para la definición de las geoestrategias económicas nacionales”, ignorando la inexistencia de contradicción entre Estado y capitalismo. Sería allá por 1878, en los manuscritos del Anti Dühring, cuando el viejo Engles aseveraría que “el Estado mismo, cualquiera que sea su forma, es esencialmente una máquina capitalista, es el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal”. Un siglo después y ya mediante máquina de escribir, Fernand Braudel añadiría que “el capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es Estado”. Y dos décadas mas tarde, por medio de los teclados de las primeras computadoras domésticas, Wallerstein remataría la cuestión agregando que “el Estado es un elemento que forma parte del funcionamiento del sistema capitalista”, de modo muy particular en su fase monopólica-imperialista. En resumidas cuentas y citando en esta ocasión al amigo Claudio Katz, “no hay mercados fuertes sin estados fuertes” y por lo tanto no estamos hablando de conceptos antagónicos.

Hablemos claro. Más allá de lo que significó como agresión a la clase trabajadora, debilitamiento de la organizaciones obreras y desmantelamiento del Estado, el neoliberalismo fue un proyecto fracasado de las élites dominantes para expandir sus negocios, reforzar su base de acumulación y aumentar su presencia en el mercado mundial. El neoliberalismo ni dinamizó la actividad económica ni incentivó el crecimiento. Los beneficios que generó para las clases dominantes fueron de corto plazo, limitándose a los resultados de las medidas de shock aplicadas despiadadamente contra las y los trabajadores, lo que supuso cierto incremento aunque exiguo de la tasa de explotación. Es a partir de ahí que se desarrolla un “nuevo consenso” por el cual se determina que el mercado por sí solo no resuelve ni la pobreza para dinamizar el consumo y tampoco resuelve las inestabilidades económicas. De acuerdo con lo anterior, incluso sectores conservadores tuvieron que asumir la siguiente conclusión: hace falta entonces “más Estado”.

El párrafo anterior nos muestra lo absurdo del debate inventado por algunos autores sobre si “Estado mínimo” o “Estado fuerte”. El capitalismo lo tiene claro: la cuestión es que el Estado intervenga intensamente a favor del capital, quedando el ámbito de su tamaño sujeto a consideraciones coyunturales. Por lo tanto, el “retorno del Estado” protagonizado por los llamados gobiernos “progresistas” no es más que la adaptación de una perversa variante del capitalismo regional disfrazado bajo una tautológica invocación a soflamas antineoliberales, devolviendo al sistema económico capitalista una legitimidad anteriormente perdida fruto de crack neoliberal en la región. En base a ello, durante el período progresista se articulan apenas meras correcciones sobre los excesos descontrolados del capital que protagonizaron de forma dolorosa la etapa anterior.

Llegados a este punto, surge una nueva pregunta cuya respuesta es categórica y se transversaliza en diferentes momentos este libro: ¿es que se pueden construir alternativas mediante gobiernos que han mantenido su dinámica política y radical-discursiva conviviendo con el poder de las élites económicas? Para los autores, ni siquiera hubo la voluntad de imaginar el fin del capitalismo, motivo por lo cual son evidentes sus carencias respecto a cualquier tipo de elaboración de un proyecto anticapitalista por parte de estos.

Lora y Lao, con otras palabras, dejan claro que ni hubo desmercantilización, ni despatriarcalización de la sociedad, ni construcción combinada de múltiples formas de poder popular, ni procesos de nacionalización significativos, ni gestión obrera en las empresas, ni economía social y solidaria significativa, ni empoderamiento de las organizaciones sociales o populares, ni elaboración de estrategias de lucha contra la alineación…

Si como aseveró en algún momento Deleuze, la izquierda más que una ideología es una forma de percibir el mundo; el progresismo quedó muy lejos de percibir el mundo de forma diferente a como lo percibe la ideología dominante. Siendo así las cosas, cabe reflexionar irónicamente sobre que quizás el progresismo rememorando a Marcuse pensó que “si los individuos están satisfechos hasta el punto de sentirse felices con los bienes y servicios que les entrega la administración, ¿por qué han de insistir en instituciones diferentes para una producción diferentes de bienes y servicios diferentes? Y si los individuos están precondicionados de tal modo que los bienes que producen satisfacción, también incluyen pensamientos, sentimientos, aspiraciones, ¿por qué han de querer pensar, sentir e imaginar por sí mismos?”.

Sin embargo la escenificación progresista ha sido gloriosa, presentándose a sí mismos como la personificación del orden, de la capacidad de gobernar y tomar decisiones, como protectores paternales del pueblo y velando por sus representados a quienes protegen del rigor del capitalismo salvaje practicado durante la etapa anterior.

Para entender lo anterior habría que rescatar a Horkheimer, uno de los principales exponente de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfort, cuando explicaba que el Estado autoritario es un fenómeno sociológico originado tras circunstancias históricas caracterizadas por la anarquía, el desorden y la crisis, presentándose como la vía para la superación de los problemas existentes. Laclau, ya en el presente siglo, nos diría que “la identificación con un significante vacío es la condición sine qua non de la emergencia de un pueblo”, ignorando que el significante vacío se rellenó de cualquier cosa durante el llamado ciclo progresista. Sería el brasileño Bruno Cava quien demolería la tesis laclauniana en la región, indicando que “en la situación que nos encontramos nosotros, el significante vacío se vacía aún más, no adopta la multitud, pero es fagocitado por aquellos poderes fuertes que no tienen nada que ver con el pueblo, la nación y todos los otros conceptos alegres del vocabulario político de la modernidad”.

En este libro sus autores esbozan que hecho de que la crisis en Brasil pone en riesgo incluso el proyecto integracionista diseñado para la región, lo que siendo verdad no profundiza en el hecho de que la pretendida construcción de condiciones para el desarrollo autónomo del capital periférico tiene escasa relación con la emancipación social y la libertad. Es, rememorando a Castoriadis, desde la democracia directa y radical donde toma forma fundamental el eje de lucha contra cualquier intento de racionalización capitalista y conformismo instaurado.

Sería un europeo, el francés Jean Baudrillard, quien nos diría que la modernidad es una triste farsa donde las dirigencias de los pueblos sometidos, en lugar de diferenciarse de sus dominadores y proceder con su propia revancha liberadora, dedicaron sus esfuerzos a intentar parecérseles y hasta exagerar de forma grotesca su modelo, en sintonía con el aserto de Fanon, “piel negra y máscaras blancas…”.

En el recorrido de las próximas páginas veremos como Jorge Lora y Waldo Lao ponen en cuestión la redistribución estatal de los mayores ingresos derivados del boom de los commodities sin que se halla tocado el patrimonio de la élites. Ciertamente es así, dado que el neodesarrollismo latinoamericano tiene más que ver con la CEPAL tecnocrática que con el pensamiento crítico o cualquier teoría emancipadora. En definitiva, el modelo implementado por el “progresismo” tiene más relación con las continuidades del neoliberalismo que con rupturas respecto a este. Es un hecho que en ningún país de la región se tocó la matriz de acumulación heredada del período neoliberal y que sus soflamas respecto al cambio de matriz productiva quedaron en eso…. ¡soflamas!.

Con el progresismo se instauraron condiciones modernas de explotación a las clases trabajadoras, se mantuvo la distribución desigual de los medios de producción, no se alteraron las estructuras oligopólicas de los mercados y tampoco se redujeron los subsidios estatales a los grandes grupos económicos. Si bien es cierto que hace ya siglos que los bienes naturales de América Latina, en toda su dimensión, fueron incorporados al sistema mundo capitalista como bienes destinados para la retroalimentación del capitalismo global, ha sido durante está última década y media el período en el que se ha agudizado esta dinámica de la modernidad/colonialidad. Este retroceso nos lleva al renacentismo, cuando Sir Francis Bacon plasmaba su ansiedad mediante el siguiente mandato: que “la ciencia torture a la Naturaleza, como lo hacía el Santo Oficio de la Inquisición con sus reos, para conseguir develar el último de sus secretos…”.

Por otro lado, los autores dejan claro en el transcurrir de las siguientes páginas que la transferencia en forma de subsidios del excedente extractivista –eso que podemos definir como políticas sociales compensatorias- careció, mientras duró, de perfil transformador y mucho menos movilizador para la sociedad. En palabras de Carlos Lessa, quien fue nombrado por Lula da Silva para  presidir del BNDES en 2003 y luego fue cesado por el mismo tras negarse a apoyar la política neoliberal gubernamental, “pasamos de ser una periferia inquieta a una periferia conformista”, denunciando también dicho funcionario que no existió traspaso de renta de los más ricos hacia los pobres, ni cambios estructurales, pese a que los tres primeros gobiernos petistas fueron “razonablemente exitosos”.

Sería el propio André Singer, quien ejerció como portavoz de la presidencia de Lula, quien reconocería que “como el lulismo es un modelo de cambios dentro del orden, y hasta un refuerzo del orden, por lo tanto no puede ser movilizador”. Pues así las cosas, queda claro que las políticas sociales mejoran transitoriamente los ingresos de los beneficiarios, pero no modifican su lugar estructural. En tan solo dos palabras: no transforman.

Brasil está sumido desde hace dos años en la peor recesión económica que ha vivido el país en más de un siglo, y los autores de esta obra nos dicen que el país vive una “crisis de hegemonía” donde no hay fuerzas políticas con propuestas consistentes capaces de darle algún rumbo al país en la disputa por el poder. Textualmente los autores nos indican que “en 2013 el PT perdió las calles; en 2014-2015, el Congreso”. Sin embargo y pese a la revitalización de nuevas izquierdas autonomistas superadoras del paradigma del Partidão (el PT como partido de masas), desde su nueva lógica de oposición y carente de voluntad por ejercerse autocrítica alguna, el petismo parece que se rearticula como bajo una “renovada” hegemonía post-impeachment ante los sectores de la izquierda brasileña. En todo caso y pese a esta frustrante situación, esta por verse si las operaciones judiciales derivadas del Lava Jato permiten la presentación de la candidatura de Lula a las próximas elecciones presidenciales…. ya que como bien se indica en el libro, “no existe liderazgo en el PT más allá de Lula”.

Como no podía ser menos, el libro aborda la impresionante secuencia de escándalos de corrupción que ha dejado espantado a la ciudadanía del Brasil e incluso a la ciudadanía latinoamericana dadas sus implicaciones en el resto del subcontinente. En el eje del huracán político institucional está el sistema de financiamiento de partidos, mientras que el eje del cuestionamiento ético de las izquierdas se centra en el Partido de los Trabajadores. Desde el Mensalão, red de desvío de dinero público que garantizaba que varios diputados votaran según la orientación establecida por el gobierno federal, hasta la Operación Lava Jato –según los autores, “símbolo de la corrupción en Brasil entre el sistema privado y el público”-, el partido de masas más importante de Latinoamérica como organización política está desacreditado y el pacto social derivado de la Constitución de 1988 quedó en la picota.

Entre 1993 y 1997 Brasil vive un momento de refundación de sistema de financiamiento de sus partidos políticos, materializándose mediante la aprobación de la Ley de Partidos Políticos de 1995 y la nueva Ley Electoral de 1997. A partir de ahí se determinaría que sus fuentes de financiamiento pasaban a ser prácticamente ilimitadas, se permitirían las donaciones de empresas y apenas existirían techos para las donaciones y gastos. Lo anterior permitió, como se recoge en el libro, que el líder del Movimiento Sin Tierra (MST) Joao Pedro Stedile denunciara que la reprentación política brasileña está secuestrada por el capital, pues en la práctica las diez mayores empresas del país eligieron al 70% del Legislativo. En las últimas elecciones presidenciales del 2014 más del 80% de las donaciones a los principales contiendes de la campaña provenían de estas mismas empresas. Fruto de lo anterior y como consecuencia de la presión social derivada de la Operación Lava Jato, la Corte Suprema de Brasil decidió prohibir en septiembre del 2015 la financiación de campañas electorales y partidos por parte de empresas, corazón del mega-escándalo de corrupción en la estatal Petrobras y en la red de constructoras privadas encabezadas por Odebrecht. Las elecciones municipales realizadas en octubre del 2016, donde el PT sufrió su mayor debacle electoral en veinte años perdiendo 374 alcaldías, fueron las primeras en las cuales se aplicaron dichas restricciones. En todo caso, en Brasil se mantienen serias dudas sobre la capacidad del sistema de fiscalización que permitiría garantizar el cumplimiento de las nuevas reglas.

Esta obra también transita por los caminos del llamado “maldesarrollo” y neoextractivismo, abordando la lógica brasileña desde su potencialidad como país top minero. Brasil está junto a Rusia, Estados Unidos, Canadá, China y Australia, en el alto ranking de la minería, lo que le convierte en territorio codiciado para las corporaciones transnacionales extractivas, generándose la correspondiente afectación sobre las tierras comunales indígenas. La acumulación por despojo ha sido una práctica que ha dejado en América Latina varios millones de hectáreas libres para el desarrollo de megaproyectos, minería, ganadería extensiva y agronegocios, así como el desplazamiento de un número grande de comunidades en diversos países de la región, elemento que no que podía ser ignorado por Lora y Lao.

La relación entre el capital y el Estado brasileño, ampliamente abordada por autores del libro en diversos momentos diferentes, viene de lejos. El movimiento de internacionalización de las corporaciones brasileñas de construcción civil inició en los años 1970 con la recomendación de la dictadura militar de obras de gran porte, con vías de alta velocidad y usinas hidroeléctricas, lo que permitió el aumento de ganancias y la conformación de conglomerados empresariales. A inicios del presente siglo y con la acción del BNDES, estas firmas se proyectan exteriormente con el apoyo central de la diplomacia brasileña. Desde el Palacio de Itamaraty se ha intercedido en toda la región a favor de Odebrecht o de Andrade Gutierrez, siendo las contrataciones impulsadas desde las embajadas brasileñas en diferentes países de región y también de África, lo que fue calificado eufemísticamente bajo el término de “promoción comercial”. Fruto de este “ejercicio patriótico”, Lora y Lao nos indican que “en la lista que divulga la revista Fortune, cinco empresas brasileñas figuraron entre las quinientas mayores compañías del mundo: Petrobras, Vale, Itaúsa, Bradesco y Banco de Brasil. Estos monopolios tuvieron, por un lado, el respaldo de Lula y el Estado; por otro, financiamiento del BNDES”.

El libro aborda esa relación entre el poder político y el económico, posicionando el rol de Lula da Silva en diferentes crisis mantenidas por algunas de estas corporaciones en diferentes países de la región. Al fin y al cabo, y tal y como se expresa en algún momento de esta obra, administrar el Estado te transforma en “una unidad indiferenciada con el capital”. En la actualidad y destapada posiblemente apenas una parte del iceberg corruptivo institucional brasileño mediante la Operación Lava Jato, estas empresas le hacen un flaco favor al país mezclando su imagen con la de Brasil, lo cual en acertada opinión de los autores “afecta negativamente el imaginario de la sociedad”.

Como bien sabemos, el populismo es una lógica política que plantea una construcción imaginaria del “pueblo”, lo cual implica la articulación de una comunidad política homogénea que a su vez se identifica con ese concepto tan manoseado y discutible en el mundo globalizado como es el de “patria”. Este “nosotros” el “pueblo” se articula entonces bajo parámetros antagónicos con respecto a un “ellos” la “élite”, algo ya venía determinado de las lógicas de antagonismo marxista: explotados vs explotadores. Los autores bien cuestionan en el transcurrir de las siguientes páginas como la supuesta irrupción de lo “plebeyo” en la política no haya significado otra cosa que el incremento en la acumulación de capitales por parte del 10% privilegiado de la población de nuestra región. La consecuencia deriva de una cita de Álvarez Junco que está incorporada en el libro: “el rasgo común a los populismo es la ausencia de programas concretos”. Es por ello que Lora y Lao parten a reflexionar sobre las alternativas, planteando la autonomía y entendiendo, tal y como nos lo están enseñando una diversidad de indígenas con pasamontañas en el sur de México mediante sus caracoles y juntas de buen gobierno, que la autonomía de la colectividad no puede realizarse más que a través de la autoinstitución y el autogobierno, lo cual es inconcebible sin la autonomía efectiva de los individuos que la componen.

Entrados ya en el mundo de las alternativas, la obra explora diferentes facetas de la decolonialidad, el cuestionamiento de la forma partido, la representación como contrarius a la democracia, el feminismo, el postdesarrollo y otros tantos nuevos y no tan nuevos paradigmas que están conformando la actual lógica de prácticas emancipatorias en nuestra región. Su construcción final ha pasado a ser urgente dado el carácter estructural de la crisis que transversaliza en la actualidad al sistema mundo.

Si bien sabemos desde los Grundisse de Marx que la tendencia hacia crisis cíclicas es una ley inherente al capitalismo, el momento actual requiere transformaciones de carácter civilizatorio. En un hecho indiscutible que el sistema capitalista ha generado periódicamente docenas de crisis cíclicas por lo menos desde 1825, cuando la primera auténtica crisis de sobreproducción internacional golpeó al planeta. Ahora bien, la forma en la que se desató la crisis del 2008, a diferencia de otras anteriores, demuestra que el sistema económico global ya no es tan sólido como lo era antaño, condición que hace que su recuperación este siendo especialmente lenta y altamente conflictiva. En un mundo de crecimiento ralentizado como el que vivimos tras el crack de las subprime, el endeudamiento global crece como la espuma alcanzando en la actualidad unos 200 billones de dólares (tres veces el tamaño de la economía global). El modelo aplicado para la salida de la crisis económica del 2008, a diferencia de otros modelos aplicados sobre otras crisis en otros momentos, vaticina un potencial desastre a medio plazo, abocándonos a un fuerte colapso del sistema financiero global. No es casualidad que el propio Larry Summers, quien ejerciera como secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y también como consejero presidencial durante la pasada administración Obama, haya llegado incluso a desarrollar la llamada tesis del “estancamiento secular”, según la cual el tipo de interés de equilibrio en la economía habría bajado tanto que las políticas monetarias ultraexpansivas no serían suficientes para estimular la demanda, llegándose a la conclusión que el crecimiento sólo se conseguirá en adelante por medio de burbujas que tras estallar vuelven a generar una economía maltrecha.

Pero más allá de que no hayamos sido capaces de salir aún de la crisis del 2008 o estemos en un prolongado reflujo post-crisis, lo que pasa a ser particularmente preocupante es que a diferencia de otras crisis esta no es tan sólo económica, sino una combinación de varias crisis lo que la convierte en una crisis multifacética. Tomando como base la tesis de José María Tortosa, podríamos afirmar que el momento actual combina al menos siete crisis distintas, pues además de la económica, tendríamos a nivel global una crisis de carácter ideológico, otra energética, la alimentaria, la medioambiental, la democrática y por último una de carácter hegemónico.

Aquí toma sentido nuevamente Wallerstein, cuando nos indicaba que el capitalismo es un sistema y que como todos los sistemas tiene una vida no eterna (los sistemas pasan por tres fases: creación, desarrollo y declive), motivo por el cual podrámos estar asistiendo a su última etapa, si bien está puede prolongarse aun en agonía durante décadas y generando cada vez mayor daño sobre la humanidad.

Siendo así y tomando como referencia a mi buen amigo y cómplice de múltiples investigaciones y proyectos Raúl Zibechi, “los pueblos enfrentamos ya no una tormenta/huracán/tsunami, sino algo mucho más complejo”. Zapatistamente hablando, estamos ante una hidra de mil cabezas que nos ataca desde diferentes lugares, pero en los mismos tiempos y con modos igualmente asesinos.

Lora y Lao nos cuentan que “la experiencia de Brasil, la generación de movimientos otorga especial importancia a la creación de espacios donde los diversos se encuentran y se reconozcan, donde se elaboren códigos y lenguajes comunes con base en sus diferentes modos de hacer y estar en el mundo”. Es así como se construye poder propio, donde la resistencia se convierte en la forma de vida, porque precisamente es la resistencia lo que determina el valor de la vida, liberando espacios y territorios. Se trata entonces, nos dicen los autores, “de resignificar lo social desde el territorio, desde la tierra y la cosmogonía de las altas culturas agrícolas, de sus lógicas colectivas de socialidad y de nuevas políticas que respondan a las demandas culturales y se opongan a la fragmentación y homogenización imperial”.

Para ello es necesario superar el discurso/confusión que llevó a que los pueblos latinoamericanos durante el ciclo progresistas a que dejasen de levantar sus puños para levantar tarjetas de crédito, lo que a la postre derivó en endeudamiento familiar fruto de la ideología del consumo y no en valores de solidaridad colectiva.  

Es por ello que la opción por la vida es hoy el único camino posible, pero demanda de una nueva solidaridad aún en construcción. Como diría Hinkelamen, “aquella que reconoce que la opción por la vida del otro es la opción por la vida de uno mismo”, principio que rompe con el esquema de valores individualistas, de la economía fácil, de la depredación de una Naturaleza convertida en objeto, y que sitúan a nuestros pueblos en un nuevo paradigma civilizatorio que pasa a confrontar con ese pasado que gramcsianamente no termina de morir y por lo tanto impide el nacimiento de lo nuevo.

Bien, pues es en ese sentido en el que este libro camina, entendiendo como muy bien se dice entre sus páginas que “el pensamiento crítico debería de tener como punto de inicio una forma específica de realidad: la realidad de las formas de lucha que se oponen a la ley de la dominación”. Para ello hay que escuchar el sonido del mundo derrumbándose y el del nuestro resurgiendo, opción por la que opta este libro en su última parte, mediante una serie de entrevistas a compañeras y compañeros brasileños en sus distintas geografías, tiempos y modos.


La nueva disputa por el poder

Por Decio Machado 
 
Lleva apenas 90 días en el gobierno, pero ya desató la furia de su antecesor y correligionario. Desde que Lenín Moreno asumió la presidencia, su apoyo popular ha aumentado al mismo ritmo que los roces dentro del partido oficialista, Alianza País, que está a punto de estallar. Su ruptura con la política y la gestión de Rafael Correa le ha valido el epíteto de “traidor” desde sectores correístas y una disputa abierta con el ex presidente.

Si algo ha caracterizado los primeros tres meses de gobierno del presidente ecuatoriano, Lenín Moreno, sin duda ha sido la conflictividad que su gestión ha despertado dentro de su formación política, Alianza País.

La explicación de esto se encuentra en el desgaste que ha sufrido el correísmo durante los últimos años, los conflictos internos que conllevaron la elección del sucesor de Rafael Correa al frente del oficialismo, así como los planes políticos de futuro del ex mandatario ecuatoriano.

Si bien Rafael Correa ganó con holgura las elecciones presidenciales del año 2013, sumando en primera vuelta casi 5 millones de votos frente a los 2 millones de su principal contrincante, cierto es también que los graves impactos en la economía nacional derivados de la caída de los precios del crudo comenzaron a sentirse apenas un año después de su reelección. Lo anterior llevó a que el último período presidencial de Rafael Correa se caracterizara por la pérdida de la fuerte hegemonía mantenida durante sus seis primeros años de gestión.

Fin de la década dorada

Entre 2006 y 2014 Ecuador experimentó un crecimiento promedio de 4,3 por ciento del PIB, impulsado por los altos precios del petróleo e importantes flujos de financiamiento externo al sector público. Esto permitió un mayor gasto público, incluyendo la expansión del gasto social e inversiones emblemáticas en los sectores de energía y transporte. En ese período la pobreza disminuyó del 37,6 por ciento al 22,5 por ciento y el coeficiente de desigualdad de Gini se redujo de 0,54 a 0,47 debido a que los ingresos de los segmentos más pobres de la población crecieron más rápido que el ingreso promedio. La coincidencia entre el período de bonanza económica en la región, la llamada década dorada, y el momento de mayor hegemonía política de Alianza País, con la figura de Rafael Correa a la cabeza, fue evidente.

El primer síntoma cuantificable de cansancio que experimentó el régimen se percibió en las elecciones seccionales del año 2014, en las que Alianza País perdió en todos los principales centros urbanos de la nación –incluida su capital– y en todos los territorios amazónicos sometidos a la fuerte presión extractivista. Por aquel entonces el presidente Correa, buscando un eufemismo para evitar hablar de retroceso político, utilizó el término remezón para calificar los resultados electorales de su formación política.

Consciente de que su figura aún estaba a salvo del desgaste político que mostraba ya su partido, y viendo que la economía nacional comenzaba a marcar sus primeros signos de debilidad, Correa lanzó ese mismo año la idea de presentarse nuevamente como candidato presidencial a las elecciones de 2017. Para ello, inevitablemente, era necesario cambiar la redacción de la Constitución de Montecristi –carta magna auspiciada por su propio movimiento político unos años antes–, pues el texto constitucional, en aras de impedir que cualquier autoridad política se perpetuara en el poder, dejaba claro que las personas en cargos de elección popular en Ecuador tan sólo podían ser reelectos una vez.

La mediocridad existente en el sistema tradicional de partidos ecuatorianos –lógica de la que no se salvan los grupos ubicados a la izquierda del correísmo– hizo que la agenda política desde mediados de 2014 hasta finales de 2015 estuviera marcada por el debate sobre la legitimidad de una eventual reforma constitucional.

En paralelo continuaba el deterioro económico del país, que fue agudizándose paulatinamente. En 2015, con una economía estancada por la falta de liquidez estatal, el crecimiento del PIB apenas llegó al 0,2 por ciento, agravándose la situación en 2016, cuando el país ya en plena crisis económica cerró el año con una contracción de –1,5 por ciento (el peor desempeño de la región tras Venezuela y Brasil).

Fin de ciclo

Fue en ese contexto que se produjo el levantamiento indígena de agosto de 2015, al cual respondió el Estado con el mayor nivel de represión contra organizaciones sociales en la última década.

Los años 2015 y 2016 significarían el fin de ciclo en Ecuador, determinado en este caso por el cambio de las políticas públicas del correísmo, más allá de su continuidad en el gobierno.

Así, mientras las misiones de observación y vigilancia económica del FMI volvían al país, un gobierno que había impulsado una auditoría ciudadana de la deuda externa –y calificado una parte de ésta como ilegítima– pasó a impulsar una nueva política de agresivo endeudamiento que posicionó los niveles de deuda actual porcentualmente por encima de aquellos de 2006, cuando llegó al poder. De igual manera, y tras haber saneado las finanzas públicas, la década correísta se cerró con el dramatismo derivado de que las reservas existentes en el Banco Central del Ecuador eran notablemente insuficientes para afrontar los pasivos a corto plazo contraídos por el gobierno. Siguiendo con esa línea de cambios políticos, el gobierno del presidente Correa firmó un TLC con la Unión Europea mientras anunció su predisposición a extender este tipo de acuerdos con otros países, incluso con Estados Unidos.

En materia fiscal, y tras 22 reformas en diez años, el Servicio de Rentas Internas terminó situando el pago de impuestos a la renta para los sectores más privilegiados de la sociedad por debajo del 3 por ciento, unos 13 puntos menos que la tasa de presión fiscal que enfrenta el ciudadano ecuatoriano medio.

El colofón de todo lo anterior se dio en los últimos meses de gobierno de Correa, cuando anunció la puesta en venta de parte de las empresas públicas, múltiples bienes patrimoniales del Estado, y algunos proyectos emblemáticos en materia energética, como la hidroeléctrica Sopladora (recientemente inaugurada, financiada con créditos chinos y cuyo costo alcanzó los 755 millones de dólares).

Un retorno meditado

El devenir de una economía nacional ya inmersa en un período de vacas flacas implicó que el entonces mandatario ecuatoriano cambiara su estrategia política personal. Las enmiendas a la Constitución aprobadas en diciembre de 2015 por parte de la mayoritaria bancada oficialista en el Legislativo incluyeron un ajuste de última hora en su redacción. Se eliminaron todas las restricciones para la reelección de cargos sometidos al voto popular, incluido el de presidente, pero se aprobó una caprichosa disposición transitoria hecha a la medida de las necesidades de Correa: estas enmiendas no se aplicarán en las elecciones de 2017, sino a partir de las siguientes.

Si bien Rafael Correa tenía intenciones de ser reelecto como presidente de la república, no sería él quien afrontaría la difícil situación económica en la que quedaba el país. Su estrategia era clara: situar un delfín en su gobierno que enfrentara los ajustes presupuestarios a los que la economía nacional se veía abocada, volviendo él en 2021 para salvar una vez más al país de los tenebrosos designios de la larga noche neoliberal y sus políticas de austeridad.

A mediados de 2016 comenzó el debate dentro del oficialismo sobre la sucesión correísta. Como en toda disputa por el poder, fueron muchos los nombres inicialmente propuestos para el delfinazgo, si bien la preferencia del líder indiscutible de la revolución ciudadana fue su vicepresidente, Jorge Glas, un hombre sin trayectoria política, formado en la burocracia oficialista y cuya imagen llegaba severamente castigada por sus supuestas conexiones con distintos escándalos de corrupción vinculados a la contratación pública.

Un Lenín opositor

La mala imagen de Glas, sumada a su falta de carisma, hicieron que el oficialismo tuviera que optar por la figura de Lenín Moreno como candidato presidencial, pese al poco entusiasmo que esto despertó en Correa. Moreno había sido el vicepresidente durante los primeros años del correísmo. Su personalidad afable y fuerte sentido del humor, sumados a una exitosa gestión de programas sociales focalizados en sectores vulnerables, le permitieron adquirir amplia simpatía por parte de la ciudadanía ecuatoriana. Su estancia en Ginebra como enviado especial de la ONU para asuntos de discapacidades hizo que, pese a su filiación política a Alianza País, estuviera lejos del partido y de la figura de Correa durante los últimos años. A principios de 2017 Lenín Moreno gozaba de un nivel de apoyo popular ostensiblemente superior al de Rafael Correa.

Fue de esta manera que el binomio oficialista para las elecciones de febrero de 2017 se conformó con Lenín Moreno y Jorge Glas, siendo el segundo una imposición muy poco inteligente del presidente saliente. La imagen de Glas fue una rémora durante toda la campaña electoral, y los estrategas de su partido se vieron obligados a limitar sus apariciones públicas a actos internos.

En esa ocasión Alianza País tuvo que recurrir a una segunda vuelta –balotaje– para ganar la presidencia de la república. El pasado 2 de abril Moreno se impuso a una suerte de alianza opositora que incluyó a los partidos de izquierda, que apoyaron la candidatura conservadora de Guillermo Lasso. El oficialismo, con un deterioro político cada vez mayor pese a la imagen positiva de Lenín Moreno, conseguía mantenerse en el poder con apenas 200 mil votos más que su rival, y acusado de un supuesto fraude electoral nunca demostrado.

Probando el diálogo

A partir del mismo 24 de mayo, cuando fue investido Lenín Moreno, comenzaron los problemas con un sector del correísmo al que no le gustó el nuevo discurso presidencial. Incluso desde el público se oyeron algunas voces que alentaban: “¡Sólo es un pequeño descanso, compañero Rafael!”, en alusión a la futura vuelta del ex mandatario al palacio presidencial.

En realidad los problemas habían empezado días antes, cuando en el proceso de transición presidencial –trasvase de información del gobierno saliente al entrante– el equipo de colaboradores más cercano a Moreno comenzó a detectar que, más allá de la propaganda oficialista, el estado en que el gobierno anterior entregaba el país tenía tintes altamente preocupantes.

El equipo de gobierno de Lenín Moreno es un mix de altos jerarcas públicos del gobierno anterior, algunos ministros reciclados del oficialismo que fueron quedando apartados del anillo de poder correísta y que hoy han sido rescatados, y algunas caras nuevas vinculadas principalmente a sectores empresariales con entrada en el nuevo gobierno.

Frente a la dinámica de conflicto implementada como característica principal del modelo de gestión correísta (esa construcción de un “ellos” y un “nosotros” auspiciada desde la teoría laclauniana y que ha sido la dialéctica esencial del neopopulismo), el primer mensaje político emitido por el nuevo presidente del Ecuador fue hacer un llamamiento al diálogo nacional. La estrategia fue clara: si hay que proceder con ajustes económicos en un país en crisis, necesariamente hay que establecer un marco de consenso previo que amortigüe la reacción que socialmente pudiera ocasionar este tipo de medidas.

Fue así que se establecieron las mesas de diálogo nacional por sectores, donde los ministros y altos funcionarios públicos se están viendo obligados a articular un debate con distintos sectores sociales. Tras diez años sin autocrítica, en que los mensajes del gobierno se han sostenido de forma sistemática con la retórica de lo bien que lo ha hecho el presidente Correa y su gobierno, hoy estos funcionarios muestran sus notables carencias y falta de cultura democrática a la hora de asumir las críticas desde los diferentes frentes de la sociedad civil.

Aunque esto molestó al hard correísmo, no fue nada con respecto a lo que vino inmediatamente después.

El traidor

Mientras Rafael Correa se afincaba en Bruselas, sus incondicionales ponían en marcha la Fundación de Pensamiento Político Eloy Alfaro. La estrategia consiste en articular un pretendido think tank diseñado para mantener viva la presencia del pensamiento político-económico correísta durante los próximos cuatro años, con la idea de que su líder tenga una plataforma sobre la cual seguir posicionando su figura tanto dentro como fuera del país.

La sorpresa llegó cuando el presidente Moreno apareció en una cadena nacional para explicar el nivel de endeudamiento y la preocupante situación económica en la que se le entregó el país. En pocas palabras, Lenín Moreno torpedeó la nave principal con la que Rafael Correa pretendía navegar durante los próximos cuatro años. El gobierno sucesor del economista Correa le venía a decir al pueblo ecuatoriano y a quien quisiera oír que su antecesor tenía una fuerte corresponsabilidad en lo que estaba por venir, trastocando posibles futuras agendas con Stiglitz, Piketty, Krugman, Varoufakis o cualquier otro economista socialdemócrata a la moda.

Y fue a partir de ese momento, cuando descubrieron que la estrategia trazada por el ex mandatario ya no sería viable ante un sucesor díscolo que no estaba dispuesto a acarrear sobre sus hombros las culpas de una gestión precedente, que Rafael Correa y sus acólitos comenzaron a llamar seriamente a conformar un nuevo partido político que mantenga vigente lo que denominan “fundamentos de la revolución ciudadana”. Lo anterior, ¿cómo no?, viene acompañado por calificativos del tipo de “traidor”, “desleal”, “mediocre” o “vende patria” para un mandatario que ni siquiera ha cumplido sus cien primeros días de gobierno.

Según declara Rafael Correa desde Bruselas a través de sus cuentas en las redes sociales, el país “retornó al pasado”, se estaría “repartiendo la patria” y “permitiendo el regreso de la corrupción institucionalizada y del viejo país”. Ante esta arremetida hay quienes se preguntan ¿de qué nivel de transformación profunda y revolucionaria habló el aparato de propaganda correísta durante una década si en apenas 90 días de gobierno, según esas mismas fuentes, de eso ya no queda nada?

Con respecto a la lucha anticorrupción, el gobierno de Lenín Moreno puso en marcha una política de transparencia que ha permitido que se reabrieran indagaciones sobre el vicepresidente, Jorge Glas. Esto llevó a que Glas fuera relevado transitoriamente de todas sus funciones como vicepresidente –pese a los pataleos de Rafael Correa–; a la inhabilitación del ex contralor general del Estado, Carlos Polit, quien en la actualidad se encuentra prófugo en Miami; y a la retención en el aeropuerto de Quito del ex fiscal general del Estado, Galo Chiriboga, tío de Rafael Correa y quien fue llevado a declarar bajo escolta policial a la fiscalía. Todos son cercanos al ex presidente Correa y todos, de una forma u otra, están vinculados a las investigaciones sobre corrupción en la estatal Petroecuador y también en el marco de la operación Lava Jato, en Brasil, sobre el caso Odebrecht.

Silencio en la sociedad civil

Cómo terminará este culebrón está por verse, en todo caso parece difícil que Alianza País no se desgaje en los próximos meses si el nivel de tensión interna se mantiene in crescendo. Es una interrogante cuánta gente dentro del oficialismo permanecerá al lado de Lenín Moreno y cuánta seguirá a Rafael Correa en una nueva aventura política.

Paralelamente a la disputa abierta entre Correa y Moreno, las organizaciones sociales se han quedado sin voz y sin capacidad de movilización ante un escenario donde poco o nada se discute sobre las demandas históricas articuladas desde la sociedad civil. A su vez, estas demandas están prácticamente ausentes de la retórica de los diferentes actores en conflicto.

El problema de fondo, más allá de las estrategias de comunicación y tácticas políticas, sigue siendo la lucha por el poder. El historiador anarquista francés Daniel Guerin, reflexionando sobre la revolución de 1789 –que junto con la de 1917 fueron las dos revoluciones por antonomasia de la historia de la humanidad–, indicó en su momento que la burguesía nunca se equivocó con respecto a quién era su verdadero enemigo, y que éste realmente no era el régimen anterior, sino lo que escapaba al control de ese sistema. Según Guerin, en la revolución francesa la burguesía asumió como su tarea llegar a dominar. ¿Es acaso esencialmente distinto lo que está sucediendo con esto que eufemísticamente se ha dado en llamar “revolución ciudadana”?

Publicado en Revista La Brecha (Uruguay)
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