domingo, 13 de octubre de 2019

País de lucha

El estallido popular desencadenado por las exigencias del Fmi sacude a un país en transición y pone en jaque al gobierno de Lenín Moreno. Enfrentado tanto a la actual administración como a la oposición correísta, un renovado movimiento indígena lidera las protestas con una ambiciosa 
plataforma de reivindicaciones.

Por Decio Machado

Ecuador está inmerso en una huelga general. Esta semana fue ocupado por manifestantes el edificio de la Asamblea Nacional, tras haber sido evacuados apresuradamente los pocos funcionarios públicos que quedaban dentro: los legisladores habían sido los primeros en abandonar el barco un día antes. La consigna de un sector de los movilizados es: “El gobierno de la Asamblea de los Pueblos en Quito y el Gobierno de Lenín en Guayaquil”. En estos momentos todo puede pasar. La Defensoría del Pueblo confirmó al menos cinco muertos en relación con las protestas y la brutal represión policial. Los detenidos se estiman en unos 800 según cifras oficiales.

EL DETONANTE. El jueves 3 de octubre, la dirigencia de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) convocó, junto con sectores del sindicalismo tradicional, a un paro nacional con el objetivo de expresar su discrepancia respecto a las últimas medidas económicas del gobierno. El anuncio de la Conaie conllevó el inicio de una serie de movilizaciones en distintas localidades del país y asambleas permanentes en territorios con fuerte presencia indígena con el objetivo de coordinar una gran movilización a Quito en demanda de la derogación del decreto 883, que incluía el alza de precios de los combustibles en todo el país.

El antecedente de dicha medida se encuentra en los acuerdos establecidos por el gobierno ecuatoriano con el Fondo Monetario Internacional (Fmi). Este organismo financiero multilateral exige a las arcas públicas una optimización económica del 1,5 por ciento de su Pbi mediante reformas de carácter tributario, a cambio de otorgarles algo más de 10.000 millones de dólares en concepto de financiamiento durante los próximos tres años.

El problema de desequilibrio económico de Ecuador no es nuevo: ya en 2016 –última fase de la década de mandato de Rafael Correa– existían informes que recomendaban un ajuste fiscal asertivo para preservar la estabilidad macroeconómica y financiera del país, fruto del desequilibrio entre gastos e ingresos en esta economía dolarizada desde los inicios del siglo. El gobierno correísta decidió en aquel momento mantener en reserva dichos informes y no hacerlos públicos ante la población.

Dos opciones tuvo que manejar el gobierno presidido por Lenín Moreno ante tales exigencias fondomonetaristas: o incrementar el Iva en tres puntos porcentuales –medida que según los medios de comunicación parecía ser la más probable y en principio más regresiva– o la que definitivamente fue aprobada. A priori, la opción tomada por el gobierno ecuatoriano parecía ser la menos conflictiva.

Un modelo de subsidio con escasa eficiencia, que carecía de focalización y que mayormente beneficiaba a grandes empresas con alto consumo de combustible, a grandes flotas de transporte y a sectores de las elites económicas que disponen de más de un vehículo por unidad familiar, parecía ser el que menos rechazo social podría generar. De esta manera, Moreno decretó el fin de los subsidios, lo que implicó un notable incremento de precios de la gasolina “extra” –la más usada en el país–, pasando el galón de 1,45 a 2,41 dólares. De igual manera, la gasolina Ecopaís (extra con etanol) pasó de 1,45 a 2,53 dólares y la súper, de 2,3 a 3,07 dólares.

ESTADOS DE EXCEPCIÓN. Por experiencia histórica, el pueblo ecuatoriano es consciente de que el incremento de precios del combustible afecta al bolsillo del conjunto de la sociedad, sean propietarios de vehículos o no. Los precios de los productos básicos y los indicadores de inflación suelen ser afectados de manera indirecta por este tipo de medidas. Pero el descontento generalizado entre la sociedad no hizo cambiar la posición de Moreno, quien ha manifestado de forma permanente que la liberalización del precio del combustible a costos internacionales es una política necesaria para el mejoramiento de las finanzas públicas y sobre la que “no hay marcha atrás”.

Las organizaciones sociales ecuatorianas definieron las medidas económicas establecidas por el gobierno como un “paquetazo” neoliberal, argumentando que forman parte de un modelo de políticas públicas que beneficia fundamentalmente a sectores empresariales, flexibiliza el mercado laboral y achica al Estado, mientras desemplea a un número cada vez mayor de funcionarios públicos.

Así las cosas, durante todo el pasado fin de semana se sucedieron movilizaciones y asambleas indígenas en gran parte del territorio nacional pese a que el gobierno nacional optó por declarar el estado de excepción, en la búsqueda de suspender o limitar el ejercicio de varios derechos, como la inviolabilidad de domicilios, la libertad de tránsito, la libertad de asociación y la de reunión. Con movilizaciones cada vez mayores en todos los territorios afectados por la convocatoria, la resolución fue unánime: una gran movilización indefinida en el conjunto del país en rechazo a las medidas económicas y en defensa de los territorios indígenas, ríos, agua, páramos, la justicia indígena, la educación intercultural, la salud, el transporte y las radios comunitarias.

Se llegaron a contabilizar 300 cortes de carreteras simultáneos durante diferentes momentos del sábado y el domingo pasados. En paralelo, el gobierno intentó combinar dos estrategias disímiles. Por un lado, se intensificaba la represión bajo el eufemístico argumento del uso de la fuerza progresivo. Por otro, sus interlocutores buscaban desesperadamente el diálogo con los manifestantes, intentando establecer propuestas de compensación a los sectores movilizados (créditos productivos a bajo tipo de interés, apoyo para la adquisición de maquinaria agrícola, reconocimiento de autoridades locales). Nada sirvió, y la dirigencia nacional de Conaie ha manifestado públicamente que el diálogo con el régimen está totalmente cerrado. “No habrá ningún acercamiento con ningún representante del Estado hasta que se revea el decreto que eleva el precio de los combustibles”, manifestaron de forma homogénea todos sus voceros.

El conflicto se agudizó a lo largo y ancho de la geografía nacional y se llegó a retener en diversos territorios indígenas a unidades militares y policiales que posteriormente fueron entregadas a cambio de la liberación extraoficial de civiles detenidos. La Conaie, bajo el principio de autodeterminación de los territorios indígenas, también declaró su estado de excepción y prohibió en sus comunidades la entrada de infiltrados y grupos armados pertenecientes a los aparatos de seguridad del Estado.

BAJAR LA SIERRA. El lunes amaneció más tranquilo, y los voceros del gobierno nacional salieron a los medios de comunicación a autofelicitarse. El número de detenidos ya sumaban más de 320 en aquel momento. De los 300 cortes de vías se había bajado a 50, el número de movilizaciones en diferentes localidades del país también había bajado, el paro indígena y las movilizaciones urbanas en diferentes partes del país aparentemente estaban en retroceso. “Se impone paulatinamente la normalidad”, llegó a aseverar en su ignorancia María Paula Romo, ministra del Interior. Sin embargo, la versión indígena era radicalmente distinta. Según Jaime Vargas, presidente de la Conaie, “la represión de la fuerza pública permitió al movimiento fortalecerse y coordinar con sus bases y otras organizaciones sociales en cada provincia para poder desplazarnos hacia la capital”.

Apenas un par de horas más tarde comenzaban los mensajes de alerta en la capital. La policía nacional y el servicio de inteligencia del Estado detectaban fuerte movimiento en carreteras desde las provincias indígenas de la Sierra Central hacia Quito. La reacción no pudo ser más desafortunada: el ministro de Defensa, un general del Ejército en servicio pasivo que responde al nombre de Oswaldo Jarrín, amenazó directamente a los movilizados: “Que no se provoque a la fuerza pública, no la desafíen o sabremos responder…”. Estas declaraciones encendieron aun más los ánimos de los movilizados.

Durante todo el día de este lunes 7 de octubre llegaron diversos contingentes de indígenas a la capital ecuatoriana y de forma sorpresiva también a Guayaquil, segunda ciudad en importancia del país. En diversos barrios populares de la periferia quiteña los indígenas fueron recibidos con actos de solidaridad por los pobladores locales, pese a una fuerte campaña de desprestigio y racismo posicionada por influencers conservadores en las redes sociales. Con los accesos de entrada a las ciudades altamente custodiados por las fuerzas de orden público –militares y cuerpos de elite de la policía nacional– los enfrentamientos se sucedieron por doquier. Más manifestantes detenidos, más violencia en medio de los poco creíbles llamados al diálogo e incluso alguna que otra tanqueta policial fue incendiada durante las reyertas.

Distintos puntos geográficos de la capital ecuatoriana se convirtieron en focos de conflicto entre movilizados y fuerzas del orden público. El presidente Moreno anunció una cadena televisiva gubernamental que fue tres veces aplazada, y los periodistas destinados a cubrirla fueron desalojados por los militares del palacio presidencial de Carondelet.

Las movilizaciones populares, tanto en Quito como en Guayaquil, se combinaron con actos de vandalismo protagonizados por grupos organizados que aprovecharon la protesta para sus fines delictivos. De igual manera, militantes políticos que responden a la tendencia correísta se infiltraron en las movilizaciones y protagonizaron asaltos de edificios públicos –como la Asamblea Nacional y la Contraloría General del Estado–, que fueron censurados por la Conaie y otras organizaciones sociales. En otras provincias, los movilizados ocuparon instituciones públicas tales como la Gobernación o el Consejo de la Judicatura. Las movilizaciones fueron permanentes en las provincias amazónicas y en la Sierra Central, todas ellas con fuerte ascendencia indígena.

A las 21 horas del lunes por fin se produjo la tan esperada cadena nacional. El presidente Lenín Moreno, custodiado por su vicepresidente a la derecha y su ministra de Defensa a la izquierda, junto con los jefes de los diferentes cuerpos militares atrás, manifestaba –con cierto nerviosismo– que el pueblo ecuatoriano asistía a un intento de golpe de Estado vinculado a un complot internacional. “El sátrapa de Maduro ha activado junto con Correa su plan de desestabilización”, aseveró el mandatario ecuatoriano e insistió en que las medidas tomadas “no tienen marcha atrás” y que “los saqueos, el vandalismo y la violencia demuestran que aquí hay una intención política organizada para desestabilizar el gobierno y romper el orden constituido, romper el orden democrático”.

Para sorpresa de los ecuatorianos, la cadena nacional se emitió desde la ciudad de Guayaquil, lo que implica que el gobierno abandonó el Palacio de Carondelet en la capital quiteña. La estrategia política y comunicacional del gobierno de Moreno, que tiene una credibilidad inferior al 16 por ciento, no pudo ser más desacertada. Rodeado de militares, el presidente de la república realizó un confuso llamado al diálogo en medio de soflamas en las que reiteró que bajo ningún concepto se revisará el decreto 883.

Con la situación al límite, los movilizados se dispusieron a pasar la noche en Quito en tiendas de campaña situadas en parques públicos, en coliseos universitarios y locales de organizaciones sociales. Sectores sociales ciudadanos solidarios con los movilizados suministraron alimentos y mantas a los recién llegados, estudiantes universitarios de enfermería atendían a los heridos y el periodismo alternativo trataba de hacer coberturas coherentes sobre el qué y el porqué de lo que demandaban los movilizados. Manifestantes indígenas y estudiantes universitarios portaban carteles y pancartas cuya consigna era “ni Correa ni Moreno”, buscando desmarcarse de la pretendida capitalización política correísta de las movilizaciones. A partir de entonces, las marchas pasaron a ser resguardadas por unas improvisadas pero eficientes guardias indígenas. Los infiltrados, ya fuesen miembros de la policía secreta o agentes del correísmo, pasaron a ser expulsados violentamente de las movilizaciones por los propios manifestantes. Las acciones vandálicas disminuyeron radicalmente.

UN PAÍS EN TRANSICIÓN. El pasado 10 de agosto, Ecuador cumplió 40 años de democracia. En este período se han desarrollado 11 contiendas electorales, se han aprobado tres constituciones –1978, 1998 y 2008– y se ha vivido una década de desestabilización política que comenzó con la caída de Abdalá Bucaram y que perduró hasta la llegada de Rafael Correa a la poltrona presidencial del Palacio de Carondelet.

La década correísta estabilizó políticamente el país, si bien terminó con la decepción notable de la mayoría del pueblo ecuatoriano y desinstitucionalizó aun más a Ecuador, tras implementar el predominio del Poder Ejecutivo sobre los demás poderes del Estado. La última fase de deterioro económico del país comenzó en el año 2014, momento en el que la caída de los precios del petróleo comenzó a golpear fuertemente a la economía nacional. El presupuesto general del Estado pasó de 44.300 millones de dólares en 2014 a 37.600 millones en 2016, y el endeudamiento público –interno y externo– pasó de 2,8 por ciento del Pbi en 2012 al 8,1 por ciento en 2016 y 9 por ciento en 2017.

La Conaie fue el motor de la resistencia rural comunitaria durante toda la década correísta. El propio Correa los llegó a definir como el principal enemigo de la llamada revolución ciudadana, término propagandístico con el que autodefinió su período de gestión. Pese a ese rol y a haber protagonizado episodios heroicos como el alzamiento de agosto de 2015 –fuertemente reprimido por el gobierno correista–, la Conaie no levantaba cabeza en su crisis interna, iniciada hace una década y media atrás durante el corto período de gestión presidencial del coronel Lucio Gutiérrez, cuando decidió apoyar al gobierno y ocupar carteras ministeriales, abandonando sus principios fundacionales.

Sin embargo, hoy Ecuador vive un momento de renovación política enmarcado en un mapa de transiciones. Con el inicio de las actuales jornadas de lucha, nuevos dirigentes sustituyeron a líderes históricos del movimiento indígena que se encontraban políticamente agotados. Estos últimos días se vio a una Conaie renovada en los diferentes territorios en los que tiene implantación: provincias de la Sierra Central y territorio amazónico. Una Conaie combativa y con fuerte capacidad de movilización popular.

El mismo gobierno de Moreno, inicialmente presentado como la continuidad del correísmo, se ha autodefinido como un gobierno de transición, transitando hacia posiciones neoliberales y entreguistas respecto al Fmi. Incluso en el seno del gobierno de Moreno se puede visualizar una transición con la conformación de nuevas figuras políticas que renovarán en breve la caduca derecha ecuatoriana. Personajes como el vicepresidente de la república, Otto Sonnenholzner, el secretario de la presidencia, Juan Sebastián Roldán, o el ministro de Economía y Finanzas, Richard Martínez, son parte de esa regeneración en el frente conservador en detrimento de los liderazgos más clásicos.

Pero ahora, y a partir del jueves 3 de octubre, todo puede pasar. El gobierno sigue desesperadamente buscando canales de diálogo con el movimiento indígena, Lenín Moreno vuelve a Quito tras las fuertes críticas recibidas por todos lados tras refugiarse en Guayaquil, y en las calles más de 20 mil indígenas acompañados del tejido social solidario quiteño tienen tomado el centro de la capital.

Fuente: https://brecha.com.uy/pais-de-lucha/

miércoles, 9 de octubre de 2019

Crónica desde Quito, capital de la revuelta contra Lenin Moreno

La revuelta de los sectores populares e indígenas contra las medidas neoliberales del Gobierno de Lenin Moreno abre un nuevo escenario en el Ecuador post-Correa donde todo es posible.

Por Decio Machado

El pasado jueves 3 de octubre, la dirigencia de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) convocó, junto a sectores del sindicalismo tradicional, un paro nacional con el objetivo de expresar su discordancia respecto a las últimas medidas económicas establecidas por el Gobierno. 

El anuncio de la Conaie conllevó el inicio de una serie de movilizaciones en distintas localidades del país y asambleas permanentes en territorios con fuerte presencia indígena bajo el objetivo de coordinar una gran movilización a Quito demandando la derogación del Decreto 883, que incluía el alza de precios de los combustibles en todo el país.

El antecedente de dicha medida se encuentra en los acuerdos establecidos por el Gobierno ecuatoriano con el Fondo Monetario Internacional (FMI), mediante el cual este organismo financiero multilateral exige a las arcas públicas una optimización económica del 1,5% de su PIB mediante reformas de carácter tributario a cambio de otorgarle algo más de 10.000 millones de dólares en concepto de financiamiento durante los próximos tres años. 

El problema de desequilibrio económico del Ecuador no es nuevo: ya en 2016 —última fase de la década de mandato de Rafael Correa— existían informes que recomendaban un ajuste fiscal asertivo para preservar la estabilidad macroeconómica y financiera del país fruto del desequilibrio entre gastos e ingresos existentes en esta economía dolarizada desde inicio de siglo. El Gobierno correista decidió en aquel momento mantener en reserva dichos informes y no hacerlos públicos ante su población. 

Dos opciones tuvo que manejar el Gobierno presidido por Lenín Moreno ante tales exigencias fondomonetaristas: o incrementar el IVA en tres puntos porcentuales —medida que según los medios de comunicación parecía ser la más probable y en principio más regresiva— o la que definitivamente fue aprobada.  

A priori la opción tomada por el Gobierno ecuatoriano parecía ser la menos conflictiva. La escasa eficiencia de un modelo de subsidio que carecía de focalización y que mayormente beneficiaba a grandes empresas con alto consumo de combustible, grandes flotas de transporte y sectores de las élites económicas que disponen de más de un vehículo por unidad familiar, parecía ser la que menos rechazo social podría generar. 

De esta manera el presidente Lenín Moreno decretó el fin de los subsidios, lo que implicó un notable incremento de precios de la gasolina “extra” —la más usada en el país— pasando el galón de 1,45 a 2,41 dólares. De igual manera la gasolina Eco País (extra con etanol) de 1,45 a 2.53 dólares y la Súper de 2,3 a 3,07 dólares.

La reacción inmediata fue el bloqueo de carreteras por parte del sector del transporte y de vías urbanas por parte de los taxistas, aunque al día siguiente se desconvocó el paro tras negociar con los huelguistas un incremento de tarifas. El sector del transporte está acostumbrado a acomodarse de forma sistemática a los distintos gobiernos que han transitado en el poder en Ecuador. Durante la época correísta llegaron incluso a legalizar una formación política en connivencia con el partido de gobierno y ocupar curules en el legislativo. 

Sin embargo, por experiencia histórica, el pueblo ecuatoriano es consciente de que el incremento de precios del combustible afecta al bolsillo del conjunto de la sociedad sean propietarios o no de vehículos. Los precios de los productos básicos y los indicadores de inflación suelen ser afectados de manera indirecta por este tipo de medidas. 

El descontento generalizado entre la sociedad no hizo cambiar la posición Lenín Moreno, quien ha manifestado de forma permanente que la liberalización del precio del combustible a costos internacionales es una política —entre otras— necesaria para el mejoramiento e las finanzas públicas y sobre la cual “no hay marcha atrás”. 

Las organizaciones sociales ecuatorianas definieron las medidas económicas establecidas por el Gobierno como un “paquetazo” neoliberal, argumentando que forman parte de un modelo de políticas públicas que beneficia fundamentalmente a sectores empresariales, flexibiliza el mercado laboral y achica al Estado enviando al desempleo a cada vez mayor número de funcionarios públicos sin que estos sean posteriormente demandados por el sector privado.

Así las cosas, durante todo el pasado fin de semana se sucedieron movilizaciones y asambleas indígenas en gran parte del territorio nacional pese a que el Gobierno Nacional optó por declarar el estado de excepción buscando suspender o limitar el ejercicio del derecho a la inviolabilidad de domicilios, libertad de tránsito, libertad de asociación y de reunión. Con movilizaciones cada vez de mayor afluencia en todos los territorios afectados por la convocatoria, las resoluciones fueron unánimes: se determinó una gran movilización indefinida en el conjunto del país en rechazo a las medidas económicas y en defensa de los territorios indígenas, ríos, agua, páramos, la justicia indígena, la educación intercultural, salud, transporte y radios comunitarias.


300 CORTES DE CARRETERA

 Los cortes de carretera se sucedieron por gran parte de la red vial nacional, llegándose a contabilizar 300 cortes de carreteras al mismo tiempo durante diferentes momentos del pasado sábado y domingo. En paralelo, el Gobierno intentó combinar dos estrategias disímiles. Por un lado, se intensificaba la represión bajo el eufemístico argumento del uso de la fuerza progresivo. Por otro, sus interlocutores buscaban desesperadamente el diálogo con los manifestantes intentando establecer propuestas de compensación a los sectores movilizados (créditos productivos a bajo tipo de interés, apoyo para la adquisición de maquinaria agrícola, reconocimiento de autoridades locales…). Nada sirvió, la dirigencia nacional de Conaie manifestó públicamente que el diálogo con el régimen está totalmente cerrado. “No habrá ningún acercamiento con ningún representante del Estado hasta que se revea el decreto que eleva el precio de los combustibles”, manifestaron de forma homogénea todos sus voceros. El conflicto se agudizó a lo largo y ancho de la geografía nacional, llegándose a retener en diversos territorios indígenas a unidades militares y policiales para posteriormente ser entregadas tras haberse liberado extraoficialmente a civiles detenidos en dichas comunidades. La Conaie, bajo el principio de autodeterminación de los territorios indígenas, también había declarado su estado de excepción, prohibiendo la entrada de infiltrados y grupos armados pertenecientes a los aparatos de seguridad del Estado. 

Amaneció el lunes más tranquilo, los voceros del Gobierno Nacional —titulares de muy diversas carteras ministeriales— salieron a los medios de comunicación a autofelicitarse. El número de detenidos civiles ya sumaban más de 320 en aquel momento. De los 300 cortes de vías se había bajado a cincuenta, de igual manera el número de movilizaciones en diferentes localidades del país también había bajado… el paro indígena y las movilizaciones urbanas en diferentes partes del país aparentemente estaban en retroceso. “Se impone paulatinamente la normalidad”, llegó a aseverar en su ignorancia María Paula Romo, ministra del Interior. Sin embargo, la versión indígena era radicalmente distinta. Según Jaime Vargas, presidente de la Conaie, “la represión de la fuerza pública permitió la movimiento fortalecerse y coordinar con sus bases y otras organizaciones sociales en cada provincia para poder desplazarnos hacia la capital”. 

Apenas un par de horas más tarde comenzaban los mensajes de alerta en la capital. La Policía Nacional y el servicio de inteligencia del Estado detectaban fuerte movimiento en carreteras desde las provincias indígenas de la Sierra Central hacía Quito. La reacción no pudo ser más desafortunada, el ministro de Defensa, un general del Ejército en servicio pasivo que responde al nombre del Oswaldo Jarrín amenazó directamente a los movilizados: “Que no se provoque a la fuerza pública, no la desafíen o sabremos responder…”. Estas declaraciones encendieron aún más los ánimos de los movilizados. 

Durante todo el día de este lunes 7 de octubre llegaron diversos contingentes de indígenas a la capital ecuatoriana y de forma sorpresiva también a Guayaquil, segunda ciudad en importancia del país. En diversos barrios populares de la periferia quiteña los indígenas fueron recibidos con actos de solidaridad por los pobladores locales, pese a una fuerte campaña de desprestigio y racismo posicionada por influencers de perfil ideológico conservador en las redes sociales. Con los acceso de entrada a las ciudades altamente custodiadas por las fuerzas de orden público —militares y cuerpos de élite de la policía nacional— los enfrentamientos se sucedieron por doquier. Más manifestantes detenidos, más violencia en medio de llamados poco creíbles llamados al diálogo e incluso algún que otra tanqueta policial incendiada durante las reyertas. 

Distintas puntos geográficos de la capital ecuatoriana se convirtieron en focos de conflicto entre movilizados y fuerzas del orden público. El presidente Moreno anunció una cadena televisiva gubernamental que fue tres veces aplazada y los periodistas destinados a cubrirla desalojados por los militares del palacio presidencial de Carondelet. 

Las movilizaciones populares, tanto en Quito como en Guayaquil, se combinaron con actos de vandalismo protagonizados por grupos organizados que aprovechaban la protesta para sus fines delictivos. De igual manera, militantes políticos que responden a la tendencia correísta se infiltraron en las movilizaciones protagonizando asaltos de edificios públicos —Asamblea Nacional y Contraloría General del Estado— que fueron censurados por la Conaie y otras organizaciones sociales convocantes de la marcha. En otras provincias, los movilizados ocuparon instituciones públicas tales como la Gobernación o el Consejo de la Judicatura en la provincia de Bolívar. Las movilizaciones fueron permanentes en las provincias amazónicas y en la Sierra Central, todas ellas con fuerte ascendencia indígena. 

A las 21 h del lunes por fin se produjo la tan esperada cadena nacional. El presidente Lenin Moreno, custodiado por su vicepresidente a la derecha y su ministra de Defensa a la izquierda, junto a los jefes de los diferentes cuerpos militares atrás, manifestaba —con cierto nerviosismo— que el pueblo ecuatoriano está asistiendo a un intento de “golpe de Estado” con asideros en un complot internacional. “El sátrapa de Maduro ha activado junto con Correa su plan de desestabilización”, aseveró el mandatario ecuatoriano, insistiendo en que las medidas tomadas “no tienen marcha atrás” y que “los saqueos, el vandalismo y la violencia demuestran que aquí hay una intención política organizada para desestabilizar el Gobierno y romper el orden constituido, romper el orden democrático”. 

Para sorpresa de los ecuatorianos la cadena nacional se emitió desde la ciudad de Guayaquil, lo que implica que el Gobierno Nacional abandonó el Palacio de Carondelet en la capital quiteña para, recordando lo que hizo Charles de Gaulle en mayo de 1968, instalarse en otra ciudad. 

La estrategia política y comunicacional del Gobierno de Lenín Moreno no pudo ser más desacertada. Nuevamente una escenografía de fuerza, el presidente de la República rodeado de militares, que realmente emitía comunicacionalmente toda su debilidad —un Gobierno sin base social que tiene un credibilidad inferior al 16%—. En paralelo, un confuso llamado al diálogo en medio de soflamas sobre que bajo ningún concepto se revisará el Decreto 883. Por último, una alerta sobre una supuesta trama internacional desestabilizadora tan poco creíble como las anteriormente posicionadas por Rafael Correa ante cada levantamiento indígena o paro obrero. 

La noche quiteña fue larga, el vandalismo se apoderó de algunas zonas de la ciudad mientras manifestantes indígenas y estudiantes universitarios portaban carteles y pancartas cuya consigna era “Ni Correa ni Moreno”, buscando desmarcarse de la pretendida capitalización política correísta de las movilizaciones. 

Con la situación al límite, los movilizados se repartieron para pasar en la noche en tiendas de campaña situadas en parques públicos, en coliseos universitarios y locales de organizaciones sociales. 

Sectores sociales ciudadanos solidarios con los movilizados suministraron en la noche alimentos y mantas a los recién llegados, estudiantes universitarios de enfermería atienden a los heridos y el periodismo alternativo trata de hacer coberturas coherentes sobre el qué y el porqué de lo que demandan los movilizados. En paralelo, otros sectores de ciudadanos capitalinos expresan su miedo ante la algarabía y convocan para hoy una movilización de rechazo a las movilizaciones, supuestamente para defender Quito. Mensajes xenófobos corren por las redes sociales y líderes conservadores llaman a movilizarse supuestamente contra el correísmo, intentando a su vez desmarcarse oportunistamente de Moreno, pero claramente antagónicos a lo que consideran una invasión de su ciudad por parte de “indios ignorantes”. 

Así amaneció el día hoy, martes 8 de octubre, un país donde en estos momentos todo puede pasar… Al cierre de la redacción de esta crónica, los movilizados comienzan a agruparse en zonas aledañas al centro de la ciudad Quito mientras van recibiendo nuevos contingentes de compañeros que van llegando a la capital. 

Hoy posiblemente las movilizaciones serán calientes, mañana está convocada huelga general.

40 AÑOS DE DEMOCRACIA, 7 PRESIDENTES Y TRES CONSTITUCIONES

El pasado 10 de agosto, Ecuador cumplió 40 años de democracia tras una dictadura militar que tuvo distintas fases políticas y que se extendió entre 1972 hasta 1979. En ese período se han desarrollado 11 contiendas electorales, tres constituciones —1978, 1998 y 2008— y una década de desestabilización política que comenzó con la caída Abdalá Bucaram y que perduró hasta la llegada de Rafael Correa a la poltrona presidencial del Palacio de Carondelet. Durante esa década Ecuador asistió a como siete personajes, cada cual políticamente más deplorable, cruzaron sobre su pecho la banda presidencial.

La década correísta estabilizó políticamente el país, si bien terminó decepcionando notablemente a la mayoría del pueblo ecuatoriano y desinstitucionalizando aun más Ecuador, tras haber implementado el predominio del poder Ejecutivo sobre los demás poderes del Estado. 

La última fase de deterioro económico del país comenzó en el año 2014, momento en el que la caída de los precios del petróleo comenzó a golpear fuertemente a la economía nacional. Fue durante la última fase del Gobierno de Rafael Correa cuando el país comenzó a entregarse al Fondo Monetario Internacional. El Presupuesto General del Estado pasó de 44.300 millones de dólares en 2014 a 37.600 millones en 2016, el endeudamiento público —interno y externo— pasó de 2,8% del PIB en 2012 al 8,1% en 2016 y 9% en 2017, las urgencias por obtener financiamiento internacional hizo que el Gobierno correísta llegase incluso a negociar parte de la reserva nacional de oro con Goldman Sachs. Incluso se firmó un tratado de libre comercio con la Unión Europea y llegó a hipotecar el petróleo aun no extraído del subsuelo ecuatoriano con China y Tailandia. 

FUENTE: https://www.elsaltodiario.com/ecuador/cronica-conaie-rafael-correa-fmi-quito-capital-revuelta-contra-lenin-moreno

lunes, 7 de octubre de 2019

Decio Machado: “En Ecuador puede pasar cualquier cosa”

El sociólogo, periodista y analista político Decio Machado nos cuenta desde Quito el contexto político de la crisis desatada por el “paquetazo” económico de Lenín Moreno y el rechazo popular. El miércoles la marcha nacional llega a la capital.


Redacción Canal Abierto | En el marco del estado de sitio declarado por Lenín Moreno tras la reacción popular al “paquetazo” económico lanzado por el gobierno ecuatoriano en contraparte al crédito del FMI acordado en marzo, la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) y otras organizaciones sociales anunciaron este domingo la marcha hacia la capital. Quienes recuerden los últimos años del siglo pasado y el inicio de este, tendrán el reflejo de que estas marchas terminaron con varios gobiernos.
Para ponernos al día, dialogamos con Decio Machado, sociólogo y periodista español, consultor internacional que reside en el Ecuador hace trece años, y supo colaborar en el primer equipo de gestión de Rafael Correa.
“Las movilizaciones comienzan a raíz del `paquetazo´ económico. El gobierno nacional, en aras de lograr flujos de financiamiento e intentando abaratar el financiamiento que en el gobierno de Correa venía de China, sin planes de ajuste como contraparte pero que implicaban altas tasas de interés, firmó hace unos meses un acuerdo con el FMI. El crédito acordado es con un tipo de interés sustancialmente más bajo que los préstamos chinos, pero al mismo tiempo se colocaron sobre la mesa los consabidos planes de ajuste estructural. Se le exige al Gobierno que optimice su presupuesto en 1,5% del PBI nacional, esto significa unos 1500 millones de dólares que, según el FMI, debén provenir de reformas tributarias”, contextualiza Machado.
“Ante esto, el Gobierno se planteó una dicotomía: o incrementaba el IVA del 12% al 15% o aplicaba eliminación de subsidios. Éstos, históricamente, han sido muy mal aplicados, no están focalizados, benefician por igual a las grandes empresas que a un pequeño productor. Esa ineficiencia y falta de focalización de los subsidios inclinó al Gobierno a optar por este camino, para el cual era más sencillo construir un relato”.
¿Cuál fue la reacción popular?
-La reacción del pueblo ecuatoriano, de sus organizaciones sociales y movimientos populares ha sido muy fuerte. La expresión del tejido social más organizado está planteando un fuerte cuestionamiento al Gobierno por la eliminación del subsidio al combustible y porque esto conllevará aumentos de precios generalizados, en todo tipo de productos. En base a esto, se han articulado una serie de movilizaciones que están sorprendiendo por su nivel de masividad y desarrollo a lo ancho de todo el país. Se han producido unos 300 cortes de carreteras en todo el país en la semana pasada, y en este momento bajó un poco la intensidad, se mantienen unos 50 cortes, que para un país pequeño y con una geografía muy accidentada, son una barbaridad.
Hubo fuertes movilizaciones y disturbios en las principales ciudades del país como Quito, Guayaquil y Cuenca, pero también en ciudades menores, cabeceras de departamento.
Quienes se han puesto al frente de las protestas fueron el sindicalismo –en Ecuador básicamente de trabajadores del Estado–, los estudiantes universitarios fundamentalmente a través de la FEUE (Federación de Estudiantes del Ecuador) y el gran movimiento, que ha venido desde el ámbito rural, ha sido el movimiento indígena encabezado por la CONAIE, pero también otras organizaciones como la Coordinadora Nacional Campesina Eloy Alfaro (CNC), la FENOCIN y demás, pero evidentemente la que encabeza esto, por su estructura histórica, su capacidad de incidencia y su fuerza es la CONAIE.
¿El movimiento indígena recupera su lugar histórico en Ecuador?
Después de la década correísta las organizaciones sociales quedaron fuertemente golpeadas, Correa las reprimió   y el conflicto con la CONAIE fue muy fuerte en la gestión anterior. Con esto quiero señalar que para la CONAIE esto no es nuevo. Supo enfrentar a un gobierno que tuvo claros y oscuros, es decir que tuvo medidas populares pero menospreció, con su visión centralista del Estado, a los movimientos sociales. En agosto de 2015, hubo una fuerte represión contra la CONAIE y otras organizaciones populares cuando convocaron a un paro y movilización nacional cuando comenzaba a golpear fuertemente la caída de los precios de los commodities en la economía ecuatoriana y se deterioró la coyuntura económica y social del correísmo durante su última etapa.
Este fuerte nivel de represión que se está dando ya lo afrontaron el movimiento indígena y las organizaciones populares.
¿Se ha roto la relación entre el ejército y el movimiento indígena que en Ecuador es bastante particular?
-El movimiento indígena mantiene a militares retenidos en varios puntos del país. La CONAIE ha declarado también el estado de excepción en sus territorios y han retenido a varios militares. En Otavalo mantienen en un hotel a más de 40 efectivos que estaban recibiendo un curso y fueron rodeados por los indígenas. Hay casos en todo el territorio pero la movilización los ha ido liberando con el paso de las horas.
El ejército del Ecuador está compuesto por el pueblo y los militares han sido relativamente tranquilos, incluso en las décadas más terribles de los períodos dictatoriales.
¿Qué implica la declaración del estado de excepción por parte de Moreno?
-El estado de excepción implica que están limitados los derechos de ciudadanía de los ecuatorianos en este momento, es una locura. El ministro de Defensa, Oswaldo Jarrín, es un general retirado que no ha dicho más que estupideces en los medios y ha amenazado al pueblo ecuatoriano y a los movilizados. En el centro de Quito se han detectado tanques y tanquetas y eso se ha viralizado en las redes.
La cuestión es que Lenín Moreno intenta demostrar una posición de fuerza, cuando su gobierno es tremendamente débil, no tiene base popular, tiene una credibilidad del 14%. Intenta demostrar solvencia y firmeza en la gestión de este conflicto a través de la declaración del estado de excepción, pero en realidad demuestra miedo y debilidad.
El mismo día que se declaraba el estado de excepción, al presidente se lo llevan del palacio presidencial de Carondelet en Quito a Guayaquil. La gente entendió que huía de Quito igual que de Gaulle huyó de París en 1968.
¿Qué salida política le ves al asunto?
-Mientras tanto, el movimiento indígena realizó este domingo un llamamiento a marchar sobre Quito, a la vez que mantienen el paro por tiempo indefinido. Según la información, diferente frentes indígenas se movilizan sobre la capital, cosa que ya ha sucedido en otras ocasiones y provocado la caída de presidentes como Abdalá Bucaram y Jamil Mahuad. Para el miércoles 9 de octubre se ha declarado una huelga general y es el día del arribo del grueso de la movilización a la capital. 
El Gobierno tiene abiertos diferentes frentes de negociación, no oficiales, con el movimiento indígena. Hay que señalar que este gobierno, como el de Correa, se ha vanagloriado de decir sistemáticamente que no negociaba con sectores movilizados, y está negociando con todas las rutas cortadas.
La apuesta del Gobierno es combinar una estrategia de miedo social a través de la movilización de armamento pesado y tanquetas, junto con las graves declaraciones del ministro de Defensa, que esta mañana amenazó con usar armas letales, y al mismo tiempo, utilizar en la sombra el mecanismo de negociación dándole concesiones y prebendas al sector agrícola, ámbito en que la CONAIE tiene su gran estructura social: créditos de entrega fácil, con bajos tipos de interés para el desarrollo agrícola, es decir, una serie de demandas históricas del movimiento indígena que ni este gobierno ni el anterior han llegado a cumplir.
Estamos alertas de aquí al miércoles. En la capital ya hay síntomas menores de desabastecimiento pero, de prolongarse el paro, se verá afectado el suministro de alimentos. Por ahora, el Gobierno controla los precios y la especulación, hay que reconocerlo.
Ahora mismo, el movimiento indígena no parece que vaya a asustarse y la desactivación del conflicto deberá venir de las mesas de negociación ocultas, semiclandestinas que el Gobierno no niega pero nadie sabe que se está discutiendo. El otro escenario, es el de la caída del Gobierno, una lógica que el Ecuador vivió décadas atrás. 
¿Es posible este escenario de caída del Gobierno?
-En mi opinión, el Gobierno debe acabar su gestión. No creo que sea bueno que caiga. No hay una alternativa electoral desde el campo progresista. Por otro lado, los movimientos sociales están muy desestructurados a pesar de esta enorme demostración de fuerza.
Los únicos que pueden ganar una contienda electoral serían las expresiones más conservadoras de derecha o el progresismo más conservador, es decir Rafael Correa, absolutamente enfrentado a los movimientos sociales. Correa intenta pescar a río revuelto pero las organizaciones salen a marcar el terreno con carteles que dicen ni Correa ni Moreno.
Por derecha, están Guillermo Lazo, que ha formalizado su candidatura -un Macri del sistema financiero ecuatoriano-, y Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil por 18 años, expresión de un populismo conservador social cristiano.
En cualquier escenario, nadie va a ganar las elecciones en primera vuelta. La imagen del establishment político está totalmente deteriorada. Es el escenario ideal para que aparezca un outsider que no asoma en el horizonte.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Una guerra vieja que sigue matando

La vuelta a las armas de las FARC disidentes.

Por Decio Machado

Con los acuerdos de paz de 2016 incumplidos por el gobierno y el exterminio de líderes sociales en ascenso, Colombia no logra cerrar la fase final de un conflicto que la mayoría de su población quiere dejar atrás. Aunque la casi totalidad de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) permanece desmovilizada, un puñado de dirigentes de rango medio encabezados por Iván Márquez anunció la última semana su vuelta a la lucha armada, en lo que parece una salida individual para algunos de ellos, apremiados por la justicia.
En junio de 2016 el entonces aún presidente de Colombia Juan Manuel Santos indicaría en el Foro Económico Mundial realizado en la ciudad de Medellín: “Tenemos información amplísima de que ellos (las Farc) están preparados para volver a la guerra y la guerra urbana, que es más demoledora que la guerra rural”. Eran los momentos previos al plebiscito por los acuerdos de paz que se realizaron el 2 de octubre de ese mismo año y en el que el No se impondría por medio punto porcentual sobre los partidarios de terminar con la guerra.
Tras la victoria uribista en aquella consulta popular que puso en vilo estos acuerdos alcanzados entre el gobierno de Santos y el mayor de los grupos insurgentes levantado en armas desde 1964, la primera reacción de las Farc fue la aparición en La Habana de sus dos principales dirigentes, Rodrigo Londoño –alias Timochenko– e Iván Márquez, quienes indicaron: “Las Farc mantienen su voluntad de paz y reiteran su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”. Tres años después de aquellos episodios, el pasado 30 de agosto, varios comandantes acompañados por una veintena de disidentes de la guerrilla desmovilizada hacían despertar a Colombia con un video emitido en la madrugada que confirmaba las sospechas de muchos durante los últimos meses: un sector de las Farc vuelve a la guerra.
En el centro del video, Iván Márquez, tras de él, un cartel de fondo que dice “Mientras haya voluntad de lucha, habrá esperanza de vencer”, y a su alrededor otros comandantes de rango medio, como Jesús Santrich, Aldinever Morantes, Iván Merchán –alias Iván el Loco–, Henry Castellanos –alias Romaña–, Enrique Marulanda y Hernán Darío Velásquez –alias el Paisa–. Márquez, con pistola al cinto y leyendo un largo y grandilocuente comunicado en el que se marca una línea de tiempo desde Simón Bolívar hasta nuestros días, indica: “Anunciamos al mundo que ha comenzado la segunda Marquetalia (lugar de fundación de las Farc) bajo el amparo del derecho universal que asiste a todos los pueblos del mundo de levantarse en armas contra la opresión (…). Es la continuación de la lucha guerrillera en respuesta a la traición del Estado al acuerdo de paz de La Habana”.
UNA RUPTURA ANUNCIADA
La lentitud en su aplicación y el escaso cumplimiento de los acuerdos de paz firmados en la capital cubana han sido una constante durante todo este período posguerra. Las Farc enfocaron su negociación en la creación de lo que llaman “Territorios Campesinos”, zonas que serían territorios de propiedad de la colectividad manejados por líderes comunales. Sin embargo, hasta el momento, la reincorporación económica, social y política de los miles de militantes de la guerrilla fariana avanza extremadamente despacio. En paralelo, y según el Instituto Kroc, una de las instituciones encargadas de verificar el cumplimiento de lo acordado en La Habana, el acceso al uso de la tierra mediante la formalización masiva de pequeñas y medianas propiedades rurales no supera el 3 por ciento; los programas de desarrollo con enfoque territorial tienen una aplicación estimada del 9 por ciento; los planes nacionales para la reforma rural integral se han consolidado tan solo en un 4 por ciento, y los programas de sustitución de cultivos ilícitos con tratamiento penal diferencial llegan a no más de 12 por ciento.
En lo referente a la participación política, las Farc pactaron que, en 16 de las zonas más afectadas por el conflicto, el Estado crearía circunscripciones transitorias de paz donde regirían condiciones especiales. En la actualidad, la aplicación de la ley de garantías y promoción de la participación ciudadana para movimientos y organizaciones sociales se estima implementada en un 13 por ciento; la implementación de consejos territoriales para la reconciliación y la convivencia apenas llega al 17 por ciento; la formulación de planes de atención inmediata no supera el 10 por ciento, y la participación ciudadana a través de medios de comunicación comunitarios mediante la promoción de la democratización del uso del espectro electromagnético no se ha realizado.
Si a lo anterior se le suma las dramáticas cifras, validadas por la Defensoría del Pueblo, sobre los 480 líderes sociales y 150 guerrilleros desmovilizados que han sido asesinados desde enero de 2016 –momento del alto el fuego–, no queda otra que reconocer que Iván Márquez tiene razón a la hora de denunciar que en Colombia los acuerdos de paz están siendo incumplidos y que se repite un proceso similar al que ya ocurrió con la Unión Patriótica. Esa formación legal de izquierda, tras su fundación en 1985 por miembros desmovilizados de las Farc y el Partido Comunista de Colombia tras los acuerdos de paz negociados con el gobierno de Belisario Betancur, sufrió un proceso de exterminio que implicó el asesinato a manos de paramilitares y de fuerzas de seguridad de entre 3 mil y 5 mil de sus integrantes.
Ahora bien, viendo la composición de la comandancia disidente congregada en torno a Márquez, la vuelta a las armas de este reducto fariano –el 90 por ciento de los desmovilizados se mantiene, hasta el momento, fiel al acuerdo de paz– bien parecería una salida individual para algunos de sus protagonistas. Ese es, en primer lugar, el caso del propio Iván Márquez. Este comandante lleva enredado en las Farc cerca de medio siglo y en los años ochenta se sometió a los mencionados acuerdos de paz con Betancur, dejando las armas y siendo investido como congresista de la República. Tras el intento fallido de la Unión Patriótica por democratizar Colombia, Márquez volvería al monte y participaría en diferentes procesos de paz, y sería el jefe negociador en La Habana. Tras la muerte del comandante en jefe guerrillero Alfonso Cano, en 2011, disputó internamente su dirección frente a Rodrigo Londoño, Timochenko, y quedó definitivamente relegado al segundo puesto de la estructura de mando.
Pese a distinguirse dentro de la guerrilla como un líder más político que militar, Márquez tiene 73 procesos pendientes. Entre ellos, la masacre de La Chinita, en la que el 23 de enero de 1994 el V Frente de las Farc asesinó a 35 civiles durante una fiesta popular en Apartadó, en el Urabá antioqueño. En paralelo, el gobierno de Estados Unidos lo acusa de “establecer las políticas de las Farc”para “dirigir y controlar la producción, manufactura y distribución de cientos de toneladas de cocaína”. Según evolucionen esos procesos, en caso de detención podría ser extraditado.
Algo similar sucede con Jesús Santrich, quien protagonizara el más grande entuerto judicial pos acuerdos de paz. Por sus condiciones físicas y su pérdida de visión casi completa, su aporte a la guerrilla es más ideológico que militar, aunque fue impulsor de la radio clandestina de las Farc y dirigente del Bloque Caribe, subdivisión militar de la insurgencia que operaba en el norte del país. Tuvo un papel destacado como negociador en La Habana y fue detenido en abril de 2018, acusado de narcotráfico, de forma muy discutible y controvertida, por Estados Unidos. Consciente del riesgo de ser extraditado, pasó a la clandestinidad a comienzos de julio pasado y sobre él existe una orden de captura internacional (véase “Sin ánimo de cumplir”, Brecha, 26-VII-19).
Otros comandantes en discordia son Hernán Darío Velásquez, alias el Paisa, y Henry Castellanos, alias Romaña. El Paisa comandó durante más de dos décadas la principal fuerza de elite del grupo insurgente y fue uno de los hombres de confianza del Mono Jojoy, líder del Bloque Oriental de las Farc. Tiene una decena de condenas por homicidios y terrorismo, además de 27 condenas por secuestro. Se le acusa, entre otros, del asesinato en el año 2000 de quien fuera presidente de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes de Colombia y miembro del Partido Liberal, Diego Turbay Cote, y de su familia; del secuestro en 2002 de la ex congresista Gloria Polanco y sus hijos, cuyos esposo y padre fueron asesinados en 2005 tras no poder pagar el rescate; del secuestro y asesinato en 2009 del gobernador del departamento de Caquetá, Luis Francisco Cuéllar, o de atentados como el coche bomba en el club El Nogal, en 2003, en Bogotá, en el que fallecieron 36 personas y 200 quedaron heridas. En paralelo, Romaña tiene abiertos más de 70 procesos en su contra por delitos relacionados con secuestro, terrorismo, narcotráfico y homicidios.
Ni el Paisa ni Romaña apoyaron inicialmente el proceso de paz, y se incorporaron a las negaciones de La Habana cuando estaban ya bastante avanzadas. De igual manera y pese a los acuerdos establecidos en función de la justicia especial para la paz, ambos podrían terminar declarando en el Palacio de Justicia, según cómo evolucione cada uno de sus procesos judiciales.
LA VIABILIDAD DE LA VUELTA A LAS ARMAS 
Pese a que está todavía por verse la capacidad de convocatoria de Iván Márquez y su grupo entre los guerrilleros desmovilizados, pocos son en Colombia quienes piensan que sea viable rearticular a las Farc al día de hoy. La vuelta a las armas del grupo disidente encabezado por Márquez aparece como un proyecto llamado al fracaso y desfasado respecto a la realidad actual del país. Colombia, a pesar de la violencia que emana de su oligarquía rural y que se ceba sobre dirigentes sociales comunitarios e insurgentes desmovilizados, vive la fase final de una historia que la ha acompañado durante más de medio siglo. Si para algo valió el acuerdo de paz fue para concienciar a gran parte del país de que la guerra, sea impulsada desde un bando o desde el otro, no es una salida. De acuerdo con datos de la reciente Encuesta Mundial de Valores, a más del 70 por ciento de los colombianos le preocupa que continúe la guerra interna.
Las propias Farc habían negociado la paz en 2016 forzadas por su debilitamiento paulatino, que mucho tiene que ver también con la colaboración de la inteligencia estadounidense en el conflicto. Desde los sucesos de Angostura de 2008 (cuando un bombardeo militar colombiano a un campamento de retaguardia en Ecuador asesinó al comandante guerrillero Raúl Reyes), la detección de computadoras conectadas y dispositivos electrónicos móviles permitió localizar a los escuadrones de la guerrilla, modalidad con la que se la golpeó notablemente.
Ahora, se estima que los liderados por Márquez podrían movilizar inicialmente a entre 1500 y 2 mil insurgentes de los 13 mil desmovilizados de las Farc contabilizados por el Alto Comisionado de Paz. Buena parte de esa minoría propensa a volver a las armas estaría aún en los espacios territoriales de capacitación y reincorporación, donde fueron acogidos los guerrilleros al comenzar el proceso de desmovilización. La mayoría de los farianos, sin embargo, ocupa ya nuevas áreas de agrupamiento, a las que se han ido con sus familias en busca de asegurar su subsistencia económica. Esas cifras coinciden con diversos informes internacionales auspiciados por Naciones Unidas que establecen que, en los procesos de desmovilización de grupos insurgentes, entre el 10 y el 15 por ciento de sus miembros termina volviendo a las armas.
Por otro lado, Márquez anunció en su grabación que las restituidas Farc guerrilleras buscarán aunar esfuerzos con el Ejército de Liberación Nacional (Eln), otro grupo armado de orientación marxista-leninista que aún mantiene su actividad militar en determinadas zonas selváticas de Colombia, especialmente en territorios aledaños a la frontera con Venezuela. Dado el cierto apoyo que durante los últimos años ambos grupos guerrilleros han recibido desde Caracas, cabe pensar que desde el Palacio de Miraflores se les ve como posibles aliados estratégicos en caso de que la República Bolivariana sufra algún tipo de intervención militar extranjera.
Al mismo tiempo, el mensaje de Iván Márquez busca cambiar algunas formas farianas clásicas, aunque sin por ello modernizarse. Márquez dice, por ejemplo, que el objetivo de las nuevas Farc no es atentar contra la policía o las fuerzas armadas, sino contra la mafiosa oligarquía colombiana. Tal cual se decía en un comunicado del M-19 –grupo insurgente adscripto al socialismo democrático y desaparecido en marzo de 1990– a finales de 1987: “Guerra a la oligarquía, paz a las fuerzas armadas”. Nada nuevo bajo el sol.
La negociación de los últimos acuerdos de paz en Colombia duró más de seis años y conllevó la redacción de un documento de más de 300 páginas, que en la práctica se ha incumplido. El propio presidente Iván Duque ha manifestado en múltiples declaraciones su escasa voluntad por darle vigor al proceso de paz. Pese a los incumplimientos gubernamentales, el paso dado ahora por el reducto de comandantes disidentes liderados por Márquez beneficia precisamente a los opositores a los acuerdos de 2016, encabezados por el ex presidente Álvaro Uribe. El pasado jueves 29, apenas conocido el regreso a las armas de Márquez, Uribe hizo un llamado inmediato a derogar todos los pactos en materia de justicia transicional y a la quita del rango constitucional al acuerdo de paz.
Fuente: brecha.com.uy

sábado, 20 de julio de 2019

Ruptura en la FARC, caso Santrich y crisis terminal de los acuerdo de paz

Por Decio Machado / Universidad Nómada
La agrupación política Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), heredera política de lo que fueran las viejas FARC insurgentes, denuncia en estos días que la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación de los Acuerdos de Paz (Csivi) está atravesando su momento más crítico desde que tal institución se constituyera. Para los voceros de las FARC, “es propósito del gobierno de Iván Duque desdibujarla completamente hasta llevarla a los escenarios de la inutilidad”.
Es un hecho que desde la salida de Juan Manuel Santos del Palacio de Nariño, las reuniones de dicha comisión se han distanciado en el tiempo y carecen de puntos relevantes en su orden día, pese a la presencia en su condición de “notables” de expresidentes como el uruguayo José Mujica y el español Felipe González.
Los voceros de las FARC califican hoy a dicho organismo como “una instancia de mero trámite formal y sin posibilidad alguna de contribuir al mejoramiento de las condiciones de la implementación” de los acuerdos de paz firmados el 24 de noviembre de 2016 en Bogotá, tras seis años de negociación y medio siglo de confrontación armada en el país.
Pero más allá de la escasa credibilidad que hoy ostentan ante la ciudadanía en general los voceros de las reconvertidas FARC, es un hecho que el gobierno de Iván Duque lidera en la actualidad el más grande movimiento de opinión y acción en contra de los acuerdos de paz impulsados por su antecesor.
Por un lado, el presidente Iván Duque deslegitima las funciones de la Justicia Especial de Paz (JEP) -un organismo creado en marzo de 2017 y cuyo objetivo principal era traer verdad, reparación, perdón y garantías de no repetición-, mientras por otro desfinancia su implementación. Todo ello en un contexto político en el cual se ha incrementado los asesinatos a líderes comunitarios y guerrilleros desmovilizados, así como se ha incrementado  también el número de desplazamiento forzados en territorio colombiano según el último informe anual de la Alta Comisionada de Naciones Unidos para los Derechos Humanos.
Entidades como la Oficina Internacional de Derechos Humanos – Acción Colombia y la Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, junto con la CCEEU (Coordinación Colombia – Europa – Estados Unidos) y la Alianza de Organizaciones Sociales y Afines por una Cooperación para la Paz y la Democracia en Colombia manifestaron en un comunicado conjunto: “Existe una profunda preocupación por el desfinancimiento y la falta de respeto gubernamental a los mecanismos del Sistema de Justicia Transicional. A la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), cuya ley estatutaria fue objetada por el presidente Duque, por ejemplo, se le ha asignado en 2019 un presupuesto 28 por ciento menor del previsto para su funcionamiento. La JEP es el instrumento que garantiza los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación. Tendría que ser intocable.”
En paralelo, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) cifra en 727 los lideres sociales asesinados en Colombia tras la firma de los acuerdos de paz, y en 140 los ex guerrilleros masacrados.
Disidencias al interior de las FARC
En este contexto, Iván Marquez, ex comandante de las FARC insurgentes y ex negociador durante el proceso de paz, cuyo paradero se desconoce desde agosto de 2018 tras abandonar su curul en el Senado y dejar Bogotá junto a otros ex altos mandos de la extinta guerrilla, publicaba el pasado mes de mayo una carta desde la clandestinidad en la que manifiesta que fue un “grave error” entregar las armas a un “Estado mafioso”.
Textualmente la misiva indica:
“Compañeros de los ETCR (en referencia a los aproximadamente 7.000 guerrilleros que hicieron su proceso de tránsito a la vida civil en los 26 Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación): en nombre de los comandantes militares del antiguo Estado Mayor Central de las FARC, comandantes de frentes y columnas, impactados por la traición del Estado al Acuerdo de Paz de La Habana, les reiteramos autocráticamente que fue un grave error haber entregado las armas a un Estado tramposo, confiados en la buena fe de la contraparte. Qué ingenuos fuimos al no recordar las sabias palabras de nuestro comandante en Jefe Manuel Marulanda Vélez, cuando nos había advertido que las armas eran la única garantía de cumplimiento de los acuerdos. La triste realidad es que nos pusieron conejo (término colombiano que viene a indicar que “no cumplieron con lo prometido)”.
La carta de Márquez tuvo una inmediata reacción de Rodrigo Londoño, el ex comandante “Timochenko” y líder político de las actuales FARC, quien respondería: “No podemos darle cabida a las voces anónimas o no, que vaticinan el fin del proceso de paz, elaborando tesis apocalípticas, sin mostrar una salida coherente, sin indicarnos un camino cierto a seguir”.
Más allá del conflicto entre los ex comandantes, hoy actuales dirigentes de las FARC como organización política, es un hecho que en el actual estado de deterioro en el que se encuentran los acuerdo de paz, la opción de regresar a las armas significaría un reforzamiento a nivel nacional de las posiciones pro gubernamentales y uribistas más críticas con este proceso. Ellos son los que siempre pronosticaron el fracaso de dichos acuerdos y los supuestos errores gubernamentales cometidos por el ex presidente Santos en esta negociación. La situación lleva a las actuales FARC a un callejón sin salida, no tienen condiciones y legitimidad política para romper los acuerdos de paz y al mismo tiempo el gobierno actual carece de la más mínima voluntad por cumplir con sus compromisos.
Recientemente, Iván Duque declaró ante los medios de comunicación colombianos que los ex comandantes guerrilleros que volvieron a la clandestinidad se encuentran en Venezuela amparados por el régimen de Nicolás Maduro, mentando específicamente los nombres de Iván Márquez; Hernán Darío Velásquez, alias el Paisa y Henry Castellanos, alias Romaña, e impulsando indirectamente un nuevo frente de conflicto diplomático con su vecino estado bolivariano.
La desaparición de este sector disidente de la ex comandancia insurgente se dió inmediatamente después de que otro dirigente guerrillero ex negociador en los proceso de paz de Oslo y La Habana, Jesús Santrich, fuera capturado por cargos de narcotráfico en agosto del pasado año.
Santrich: una historia tortuosa
Jesús Santrich, cuyo nombre real es Seuxis Pausias Hernández Solarte -su padre era profesor de filosofía y estudioso del mundo griego-, militó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia por casi tres décadas y fue uno de los miembros de los equipo negociador del acuerdo de paz. Vinculado desde temprana edad a la Juventud Comunista, se destacó en la Universidad del Atlántico como líder estudiantil y activista político. Ya ejerciendo como docente en Sucre, tras licenciarse en Derecho y Ciencias Sociales, su mejor amigo y de quien tomó su alias de guerra fue asesinado en noviembre del 1990 por agentes de la DAS (extinto departamento de seguridad cuyo orígenes se remontan al gobierno de Gustavo Rojas Pinilla en 1953). Inmediatamente después Santrich emprendería camino al monte para incorporarse al Frente 19.
En Sierra Nevada de Santa Marta, Santrich sintonizó con Simón Trinidad y con Iván Márquez, de quien es gran amigo. Su perdida de visión paulatina es consecuencia del síndrome de Leber, una enfermedad que sufre por origen genético y que le afecta a los nervios ópticos. Fue por parte de las FARC el redactor de los acuerdos de paz de La Habana, tarea que compartió con el representante gubernamental Sergio Jaramillo.
Ya en vigor los acuerdos de paz, Santrich fue señalado por supuestamente participar en diciembre del 2016 en una reunión con miembros del Cartel de Sinaloa en el que se negociaba el envío de 10 toneladas de cocaína a Estados Unidos, hecho señalado por un presunto infiltrado de la DEA en dicha organización.
En los acuerdos de paz se establece que todo aquel que reincida en delitos tras la firma de estos serán juzgados por la justicia ordinaria y perderán los beneficios de la JEP, motivo por el cual podrían ser extraditados. Sin embargo, la JEP estableció que no había pruebas definitorias que determinaran en que momento se dieron estos hechos, lo cual significó la puesta en libertad para Jesús Santrich. Pese a ello, inmediatamente después la Fiscalía indicó nuevamente tener otras pruebas determinantes del delito, siendo el ex guerrillero recapturado apenas cruzaba la puerta de la Cárcel La Picota camino de su libertad.
La Corte Suprema de Justicia, institución que pasó a investigar este proceso volvió a ordenar su libertad, al considerar que Santrich gozaba de fuero por su condición de congresista -asumió su curul tres semanas antes- y que tan solo podía ser investigado y juzgado por dicha institución, quedando abierto un proceso formal por la “posible comisión de delitos” de narcotráfico. Poco después Santrich desaparecería, no presentándose a la cita del 9 de julio ante dicha Corte a la cual fue convocado para declarar ante las acusaciones contra él formuladas.
En marcha el proceso para decretar la silla vacía
Los opositores a los acuerdos de paz no tardaron en reacción. La Cámara de Representantes ha dado inicio, de forma reciente, al proceso de declaratoria de la figura de la silla vacía contra el curul de las FARC que ostentaba Santrich.
Lo anterior implicaría que el hoy partido FARC podría perder uno de los 10 escaños que le fueron otorgados mediante los acuerdos de paz de 2016, pues según el Ministerio Público “en ningún caso podrán ser reemplazados en la cámara quienes sean condenados por delitos comunes relacionados con pertenencia, promoción o financiación a grupos armados ilegales o actividades de narcotráfico”.