miércoles, 18 de marzo de 2026

Ecuador: un país convertido en laboratorio de injerencia externa


Por Decio Machado

La relación entre Daniel Noboa y Donald Trump podría describirse, bajo criterios amables, como una versión contemporánea del viejo principio del sometimiento geopolítico automático: cuando el centro del sistema habla, la periferia escucha y toma nota con entusiasmo. El presidente Noboa vende esto a lo interno del país no como una subordinación, sino como una coincidencia casi milagrosa de diagnósticos, prioridades y soluciones. Una sincronía política tan perfecta que nos debería hacer pensar que la geopolítica, en realidad, funciona mejor cuando alguien se encarga de escribir el guion y los demás de interpretarlo.

En todo caso y más allá de lo irónico, la formula es elegante: Washington define el problema —narcoterrorismo, crimen transnacional, seguridad hemisférica y narcopolítica progresista— y Quito aporta el territorio, los puertos, las cárceles, su aparato de seguridad del Estado y, ¿cómo no?, el relato político interno que explique por qué la solución pasa por una cooperación cada vez más estrecha con el mismo actor que diseña el diagnóstico, asienta tropas inconstitucionalmente en territorio nacional y termina bombardea el propio país.

Para el gobierno ecuatoriano, la asociación con Trump ofrece además una ventaja narrativa nada despreciable: permite presentar la crisis de seguridad interna como parte de un conflicto global. De pronto, las bandas criminales locales dejan de ser un síntoma del deterioro institucional del país para convertirse en piezas de una amenaza transnacional que exige respuestas extraordinarias. De igual manera sucede con las disidencias política a lo interno del país, no son tan solo indígenas, socialistas o comunistas… son los socios de Hebollah, Hamas y los Hermanos Musulmanes entre otros. Y cuando los problemas se vuelven globales, es lógico que las soluciones también lo sean, aunque sean violentas y sin reglas.

Desde Washington, la relación también tiene su utilidad. En un hemisferio cada vez más fragmentado políticamente y con creciente influencia de China en la región, contar con gobiernos dispuestos a alinearse con la agenda política y de seguridad estadounidense simplifica bastante el tablero. Ecuador, con su posición geográfica estratégica entre los mayores productores de cocaína del planeta y con puertos integrados al comercio global, ofrece una plataforma logística difícil de ignorar. Lo mismo sucede en el ámbito sociopolítico, pues el país se caracteriza por tener el movimiento social con mayor incidencia contestaria de la región, el movimiento indígena, y eso de ofrece también una plataforma generadora de inestabilidad que tampoco hay que ignorar. Que el combate a esas plataformas venga además envuelto en un discurso de alianza estratégica es, para cualquier potencia, una ventaja adicional.

Así, la relación entre Noboa y Trump parece funcionar bajo una lógica bastante clara: uno ofrece respaldo político, narrativa geopolítica y arquitectura de seguridad; el otro aporta territorio, urgencia y una crisis lo suficientemente grave como para justificarlo todo. En el lenguaje diplomático esto suele llamarse cooperación estratégica. En un lenguaje ligeramente menos ceremonial, podría describirse como una relación donde cada actor encuentra exactamente lo que busca, aunque no necesariamente en el mismo lugar del tablero.

Más allá de los delirios trumpistas, la lógica anterior le es notablemente útil al presidente ecuatoriano Daniel Noboa, pues sobre esta sostiene su mandato: estados de excepción permanente -principio básico de la necropolítica- y militarización social -normalización del recorte de garantías jurídicas y derechos constitucionales-, sobre-posición de poderes que le permite el control total sobre el resto de funciones y organismos de control del Estado, control del ecosistema mediático y persecución sin descanso ni excepciones sobre toda y todo aquel adversario o disidente político que se atreva a cuestionar el nuevo régimen. En resumen, todo lo que se mueva a un ritmo no impuesto desde Carondelet es país es narcoterrorista.

La legitimidad de Noboa para todo esto no está en la sociedad del país que teóricamente gobierna, está en el aval que recibe de Washington para violar el Estado de derecho con la más absoluta impunidad. En resumen, el relato que se busca imponer sería el siguiente: sin Noboa no hay lucha contra el narcotráfico en el país, con Noboa no hay democracia en el país… todo tiene un precio y ustedes eligen.

Antecedentes

El actual proceso de realineamiento geopolítico de Ecuador hacia los Estados Unidos se enmarca en el cambio de ciclo político que siguió al fin del gobierno de Rafael Correa (2007-2017). Durante la década previa, la política exterior ecuatoriana se había orientado a la diversificación de alianzas internacionales, fortalecimiento de los mecanismos de integración región, distanciamiento del ecosistema político-financiero de Bretton Woods y búsqueda de mayor autonomía frente a Washington.

En este contexto, decisiones simbólicas y materiales —como el cierre de la base militar estadounidense en Manta en 2009, el asilo a Julian Assange en la embajada ecuatoriana en Londres o la retórica soberanista en foros multilaterales— reflejaron más voluntad que logros en la década correísta por redefinir la inserción internacional del país.

Tras el cambio de ciclo, Ecuador abandona la estrategia de autonomía regional y diversificación geopolítica que había caracterizado su política exterior entre 2007 y 2017, para orientarse a la recomposición de sus relaciones con Estados Unidos y con los marcos institucionales más tradicionales del sistema interamericano. Las primeras señales de este viraje comenzaron a evidenciarse de forma sutil y estratégicamente calibrada a partir de agosto de 2017, cuando el nuevo gobierno ecuatoriano formuló su primer pronunciamiento crítico sobre la situación política venezolana. El viraje diplomático post-correísta se consolida, se institucionaliza y se vuelve explícito en la segunda mitad del 2018, período en el cual Ecuador rompería definitivamente con el regionalismo autonomista post-neoliberal sudamericano (abandono del ALBA, retiro de UNASUR y acercamiento al Grupo de Lima) y se recompone su alianza estratégica y de dependencia con EEUU.

El episodio más emblemático, simbólico y explícito de este proceso de realineamiento geopolítico de Ecuador con los intereses de Estados Unidos se produciría el 11 de abril de 2019, cuando el gobierno ecuatoriano decidió revocar el asilo político concedido a Julian Assange en su embajada en Londres. Más allá de las implicaciones humanas y jurídicas de aquella decisión, el hecho fue interpretado internacionalmente como señal inequívoca de que Ecuador abandonaba cualquier pretensión de autonomía internacional para reintegrarse -de forma disciplinada- en la órbita estratégica de Estados Unidos. Desde entonces, el alineamiento irrestricto a los intereses de la política exterior de Estados Unidos se ha consolidado como principio rector del posicionamiento internacional del Ecuador en el actual ciclo político de restauración conservadora por el cual atraviesa el país.

Ecuador: nodo logístico central del sistema transnacional del narcotráfico

La reciente intensificación de las relaciones entre la administración estadounidense y el gobierno ecuatoriano responde a la redefinición del rol de este pequeño país andino en el nueva arquitectura de seguridad hemisférica impulsada desde Washington.

Pero para entender esto en profundidad vayamos por partes…

En primer lugar, cabe recordar que el concepto de espacio vital en términos de hegemonía se entiende como la proyección geopolítica necesaria que un actor político considera indispensable para preservar su posición dominante sobre el resto de actores que comparten el sistema mundo. En clave de teoría política y geopolítica, ese mismo espacio vital puede definirse como la esfera de influencia que una potencia considera estratégica para garantizar su seguridad, expansión económica, estabilidad interna y proyección de poder.

Así las cosas y desde su dimensión contemporánea, el espacio vital de Estados Unidos no es estrictamente un territorio, sino una arquitectura de hegemonía compuesta por: el hemisferio occidental como zona de seguridad primaria, las alianzas con centros industriales en Europa y Asia, el control de rutas estratégicas globales y el dominio de instituciones financieras y tecnológicas.

En otras palabras, si miramos el tablero geopolítico actual con frialdad detectaremos tres variables estructurales que se superponen: rivalidad con China, narcotráfico transnacional y control logístico del Pacífico oriental. Ese es el contexto en que emerge la nueva centralidad política del Ecuador en la lógica securitaria estadounidense, un pequeño país en crisis permanente que en los últimos 10 años, fruto del acelerado desmantelamiento del aparato del Estado, pasó de ser territorio de tránsito para convertirse en hub logístico del narcotráfico internacional. Eso convierte a Ecuador en una variable de seguridad nacional para Estados Unidos y el laboratorio experimental para la nueva doctrina de intervención regional de la administración Trump.

La segunda razón del renovado interés estratégico de Estados Unidos por la región y Ecuador en concreto tiene que ver con la creciente expansión de China en el subcontinente. China ha invertido en la región considerables montos económicos en puertos, telecomunicaciones, infraestructura energética y minería; a la par que el Pacífico latinoamericano fue convertiéndose de forma acelerada en una gran zona de competencia geoeconómico y comercial silenciosa.

Así las cosas y desde la lógica de la geopolítica hegemonía hemisférica, Estados Unidos no puede permitirse perder control estratégico sobre el corredor Panamá–Colombia–Ecuador; punto de fricción en el que convergen narcotráfico global, rutas comerciales del Pacífico, expansión china, migración irregular y redes de crimen transnacional.

El giro ecuatoriano

Quizás lo más chocante del caso Ecuador sea la velocidad y el nivel de su degradación, pues en muy pocos años Ecuador pasó de ser uno de los países más seguros de América Latina a registrar niveles de violencia comparables con los de algunas de las regiones más conflictivas del continente. Ecuador registra al cierre del pasado año 51 homicidios por cada 100.000 habitantes, lo que lo convierte en el país más peligro de la región y quinto a escala planetaria.

Distintos análisis de seguridad elaborados en los últimos tres años afirman que la mayor parte de la cocaína que llega a Europa pasa por territorio ecuatoriano. Dicha sustancia embarca hacia el extranjero a través de contenedores contaminados en exportaciones legales (banano, camarón, etc.). En el caso de la cocaína con destino a los Estados Unidos, se contemplan tres corredores logísticos principales: marítimo, terrestre-marino vía Centroamérica y aéreo.

De los tres gobiernos post-correistas que han transitado por el palacio presidencial de Carondelet en los últimos nueve años, ninguno de ellos ha sido capaz de enfrentar de forma eficiente la creciente espiral de violencia que azota al país, al menos desde 2020, de forma descarnada. Lo anterior, más allá de la deriva política interna y la sucesión de gobierno ineptos, abrió aún más las puertas en un Ecuador sometido a la agenda fondomonetarista, para la intervención estadounidense en prácticamente todo ámbito y contexto en Ecuador.

En este sentido, la secuencia del actual ciclo de restauración conservadora es clara: durante el período del mandato de Lenín Noboa (2017-2021) el país se realinea con Estados Unidos y es sometido a las clásica políticas de ajuste del FMI; posteriormente, durante el corto mandato de Guillemo Lasso (2021-2023) se intensifica la relación anterior y comienza a ampliar desde la nueva centralidad ecuatoriana, lo que desemboca varios acuerdos de carácter militar (cooperación en seguridad, operativos con el Comando Sur, programas de asistencia en seguridad y defensa con International Narcotics and Law Enforcement Affairs y la DEA, así como programas de entrenamiento para policías y militares); y en el periodo actual de gobierno de Daniel Noboa, el país pasó a convertirse en el laboratorio de la nueva doctrina de intervención estadounidense.

 

No hay comentarios: