lunes, 21 de junio de 2021

Hacer viable el sistema de pensiones en Ecuador

 


Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada

El pasado 23 de abril el Banco Mundial hizo público un informe diagnóstico respecto a la situación actual en que se encuentra el Fondo de Pensiones del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Los resultados de dicho estudio reafirman alarmantes conclusiones ya existentes en informes elaborados anteriormente.

Dos de estas conclusiones destacan por su importancia: la primera de ellas indica que el sistema ecuatoriano de Seguridad Social es en estos momentos insolvente; la segunda  demuestra cuantitativamente que el Fondo de Pensiones presenta déficits de caja desde 2014, es decir, desde hace más de seis años las aportaciones de los afiliados no alcanzan para cubrir el pago de prestaciones a jubilados.

Según el informe, en el 2020 el déficit financiero del Fondo de Pensiones del IESS llegó a 1.895 millones de dólares y se proyecta que este monto alcanzará los 2.800 millones en 2025. El estudio prevé que a partir del próximo año el IESS enfrente serios problemas para cubrir las pensiones jubilares debito al paulatino agotamiento de las reservas líquidas hasta ahora existentes. En pocas palabras, de mantenerse la evolución actual la  quiebra del sistema está asegurada en pocos años.

Conceptos e historia

Los sistemas de pensiones tuvieron su origen en Europa a finales del siglo XIX. Sería Otto von Bismarck, quien gobernará Alemania entre 1871 y 1890, el impulsor del primer sistema de seguridad social moderna y pensiones públicas asegurado por el Estado. 

Otto von Bismarck, ideológicamente muy conservador, implementó estas medidas no por sensibilidad política o identificación con las causas de los trabajadores alemanes, sino como estrategia política destinada a contener la latente amenaza de un estallido revolucionario en el país tras los sucesos insurreccionales de la Comuna de París (1871) y el auge de las movilizaciones populares existente en aquel momento en Alemania.

Aunque esta iniciativa se replicó embrionariamente en otros países europeos, sería tras la Primera guerra Mundial cuando los sistemas de pensiones se expandieron y desarrollaron en otras regiones. 

En 1944 la OIT realizaría un llamamiento en favor de la aplicación universal de estas medidas y un año después la Asamblea General de Naciones Unidas incorporaría en el artículo 22 de la Declaración Universal de los Derecho Humanos su reconocimiento: “toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social”.

En Ecuador, los primeros antecedentes de institucionalización del seguro social nacional datan de 1928, conformándose la Caja de Pensiones como entidad aseguradora. Tras varias iniciativas legislativas sería en 1963 cuando quedaría consolidado el sistema del Seguro Social en el país fusionándose la Caja de Pensiones con la Caja del Seguro, conformándose así la Caja Nacional del Seguro Social. Ya en 1970 la Caja Nacional del Seguro Social sería sustituida por el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, nuestro actual IESS. Posteriormente, mediante la Ley de Seguridad Social 2001-55, la cual entró en vigor el 30 de noviembre de 2001, se aseguraría a los afiliados del IESS el derecho a la jubilación siempre y cuando cumplan con los requisitos de edad pertinentes y acrediten los tiempos mínimos de imposiciones mensuales requeridas.

Derivado de lo anterior, el Fondo de Pensiones del IESS se constituyó bajo el objetivo de asegurar las pensiones jubilares a las y los trabajadores afiliados al sistema. Su financiamiento se da mediante dos vías: a) ahorros derivados de las aportaciones de las y los afiliados, y; b) aportaciones complementarias realizadas por el Estado que suponen el 40% del monto total necesario para cubrir las pensiones.

El sistema funcionó e incluso se robusteció con la incorporación de trabajadoras domésticas, la ampliación de la cobertura de salud a hijos de afiliados y la aplicación de jubilaciones especiales para maestros. La crisis del sistema de pensiones llegaría vinculada a lo que podríamos definir como el fin del ciclo de bonanza económica o “economía de hadas” que vivió Ecuador durante la primera década y media del presente siglo. La caída del precio del crudo, momento final del periodo denominado boom de los commodities (2000-2014), supuso la desaparición del excedente petrolero y el inicio de una agresiva política de endeudamiento público que implicó un fuerte crecimiento del servicio de deuda y el desfinanciamiento del Estado. 

En esta coyuntura el entonces presidente Rafael Correa optó por impulsar una medida que a corto plazo tendría resultados devastadores para el IESS y su Fondo de Pensiones. En abril del 2015 la mayoría oficialista existente en aquel momento en la Asamblea Nacional aprobaría, bajo instrucciones de Carondelet, la Ley de Justicia Laboral y Reconocimiento del Trabajo No Remunerado del Hogar. En este paquete normativo se incluía la eliminación del aporte obligatorio estatal al IESS, aunque de forma difusa en su artículo 237 se establecía la garantía del pago de las pensiones por parte del Estado únicamente cuando el IESS no contara con los recursos económicos suficientes para cumplir con dichas obligaciones.

Conscientes de que la eliminación del aporte estatal al IESS atentaba contra el artículo 371 de la Constitución, el cual dispone que las prestaciones de la seguridad social deberán financiarse -sin excepción alguna- con las contribuciones del Estado, la Corte Constitucional restituiría la obligatoriedad del aporte estatal en 2019 pero sin hacer alusión al periodo comprendido comprendido entre 2015 y la fecha de esta disposición.

Sería durante este año en curso cuando el Estado definitivamente restablecería su aporte al sistema de pensiones, quedando sin resolverse los USD 9.000 millones que el gobierno nacional debió aportar en el período comprendido entre 2015 y 2020. Sin los aportes del Estado, el IESS se vio obligado a hacer frente a sus obligaciones jubilares mediante recursos propios, lo que le fue generando un agujero financiero cada vez mayor y la extinción de sus ahorros. En la actualidad el pago de pensiones de sostiene gracias al ahorro/aportaciones de nuevos afiliados, condición que en breve implicará la inviabilidad financiera del sistema. Esta situación se ve agravada por las penurias económicas por las que atraviesa el gobierno nacional, circunstancia que limita su capacidad de inyectar fondos en el sistema de pensiones. 

A todo lo anterior debemos sumar el impacto del cambio demográfico en Ecuador, condición que implica un aumento sostenido de la proporción de adultos mayores en relación a la población total, así como el impacto de la pandemia que ha reducido notablemente los montos de recaudación debido a incremento del desempleo y los retrasos empresariales en el cumplimiento de sus aportes. Según el estudio diagnóstico del Banco Mundial, el sistema de pensiones ecuatoriano necesitaría en estos momentos a ocho afiliados contribuyendo por cada receptor de pensiones jubilado, sin embargo en la actualidad esta relación es apenas de cinco por cada pensionista y se proyecta que en 2040 será de tan sólo tres cotizantes por pensionista. 

Frente a esta situación durante la administración Moreno se decidió transformar el sistema público de jubilación actualmente existente por un modelo similar al chileno. La debilidad política y los altos niveles de deslegitimación social de Moreno y su gobierno hicieron inviable llevar a cabo la durante la anterior legislatura tal decisión, la cual implica que los recursos individuales del sistema de pensiones pasen a ser manejados por fondos privados bajo “supuestos” parámetros de rendimientos mayores a los que proporciona el sector público. En la práctica, esta medida significaría privatizar el sistema de pensiones entregando su gestión a empresas privadas que en Chile son definidas como Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Todo ello pese a que en el artículo 367 de nuestra Constitución se indique:

“El sistema de seguridad social es público y universal, no podrá privatizarse y atenderá las necesidades contingentes de la población. La protección de las contingencias se hará efectiva a través del seguro universal obligatorio y de sus regímenes especiales.”

Por su parte, desde el actual gobierno encabezado por el presidente Guillermo Lasso, en funciones apenas tres semanas, no ha realizado hasta el momento pronunciamiento alguno sobre este tema pese a que la reforma de la seguridad social forma parte de sus prioridades políticas. De hecho, en su plan de gobierno -pese a que en ningún momento aparece el término privatización- textualmente se indica: 

“El seguro de salud no puede seguir perpetuando la corrupción dentro de sus hospitales y para ello es necesaria la delegación de la administración de los mismos. Este mecanismo permitiría acabar con la corrupción, reducir los gastos ineficientes y garantizar servicios sanitarios de calidad. Esta decisión fortalecerá la administración del fondo de salud y evitará una afectación al fondo de pensiones, garantizando así jubilaciones dignas para todos.”

Así las cosas, entendamos bien qué es y como funcional el sistema chileno de pensiones…

Si existe un sistema de pensiones construido desde posiciones fuertemente ideologizadas, este es el modelo chileno. Su andamiaje parte de dos pilares conceptualmente neoliberales: exaltación del individualismo mediante la capitalización individual y firme creencia en que la gestión privada es más eficiente que la estatal incluso en cuestiones vinculadas a garantizar la protección, cobertura social y derechos humanos.

A partir de ahí, el sistema de funcionamiento del modelo chileno se convierte en algo muy simple: el trabajador contratado debe elegir en cual de las distintas AFP abrir una cuenta individual de capitalización para su ahorro jubilar y cobertura frente a posibles accidentes y enfermedades. La cuenta del trabajador capitaliza desde dos vertientes: cotizaciones/aportaciones mensuales del 10% del salario del trabajador (se elimina el aporte patronal) y los rendimientos/interés generados periódicamente por el monto de inversión acumulado en el fondo tras descuento de comisiones bancarias.

Sin duda, un modelo de estas características promociona el ahorro y el crecimiento de los mercados de capitales conformados a partir de los fondos acumulados. De hecho, el sistema de pensiones privado en Chile gestiona aproximadamente unos 200.000 millones de dólares. Sin embargo, el hecho de que la aportación de los empleadores haya sido eliminada hace que la contribución del trabajador, fijada porcentualmente en el 10% de su remuneración salarial, resulte escasa. Como resultado de lo anterior, condición que se agrava en países de salarios bajos como el nuestro, más del 80% de los pensionistas chilenos reciben en la actualidad una paga que apenas alcanza el equivalente a dos tercios del salario mínimo. 

En paralelo y como consecuencia de lo anterior, la edad efectiva de jubilación de las y los trabajadores chilenos se ha elevado sustancialmente: mientras la edad legal de retiro está fijada en 65 años para hombres y 60 años para mujeres, la edad promedio efectiva de jubilación se ha elevado hasta los 70 años para ambos sexos. Según proyecciones derivadas de estudios oficiales, la tendencia a futuro es que el monto percibido por los pensionistas sea cada vez menor y la edad de jubilación promedio real continue en ascenso.

Por último y respecto a la “supuesta” mayor eficiencia del sistema de pensiones chileno derivado de su gestión en manos de privados cabe señalar tres cuestiones: los costos de gestión de los fondos en Chile son comparativamente más elevados que los existentes en cualquier otro país de la OCDE; pese a la eliminación de los aportes patronales no se registran avances en reducción del peso de la economía informal y por lo tanto la cobertura del sistema pensiones sigue siendo muy baja en relación al volumen total de la población económica activa; y por último, pese a diferentes reformas institucionales sigue sin solucionarse la brecha existente entre las pensiones percibidas por hombres y mujeres.

Conclusiones

Derivado de todo lo anterior, van algunas notas finales para el análisis:

En primer lugar, la evolución demográfica de la sociedad ecuatoriana proyecta para el 2065 que los adultos mayores tendrán un peso cuatro veces superior al actual en relación al volumen de población total. Lo anterior implicará incremento en las partidas de gasto público destinadas al cuidado y protección de nuestros mayores, así como la necesidad de readaptar los planes de viabilidad financiera y los niveles de cobertura del sistema de pensiones con base a las nuevas realidades y con enfoque hacia escenarios futuros. 

En segundo lugar y enmarcados en la cuarta revolución industrial, tanto el sistema productivo como mundo del trabajo está sometido a una evolución/transformación acelerada que nos obliga a actualizar sistemas y modelos creados bajo parámetros y realidades ya inexistentes.

En tercer lugar y más allá del impacto derivado de la corrupción y decisiones políticas erróneas o inadecuadas, es evidente que el sistema de pensiones ecuatoriano necesita ser reformado dada su condición de inviabilidad en el corto plazo.

Un cuarto punto a considerar es que lo anterior no exime al gobierno nacional de sus responsabilidades inmediatas. El sistema de pensiones ecuatoriano no es sostenible sin las aportaciones del Estado, lo que deposita en el gobierno central la responsabilidad de asegurar su adecuado funcionamiento. 

Por último, un quinto punto a considerar y que relacionado con las alternativas. Pese a que el modelo de pensiones bajo gestión privada aplicado en Chile es concebido como lo “ideal” desde el imaginario neoliberal actualmente dominante, sus falencias son muchas y sus resultados están muy por debajo de lo que se le prometió a la sociedad chilena y expectativas generadas. El promedio mensual actual por pago de pensiones equivale apenas al 20% -en el mejor de los casos el 30%- del último salario percibido por el trabajador antes de su jubilación. Ante el clamor generalizado de emerge de masivas protestas ciudadanas, el gobierno de Sebastián Piñera se ha visto obligado a incorporar en su agenda política un compromiso de reforma de su sistema de pensiones. 

El modelo de sistema de pensiones implementado en Chile durante la dictadura militar pinochetista se muestra en la actualidad como un modelo fracasado. No cumplió sus objetivos en cuanto a cobertura (número de personas incorporadas al sistema), suficiencia (el escaso monto percibido por pensiones contribuye al incremento de la inequidad en el país) y viabilidad financiera (ni se abarató la gestión ni se incrementó la eficiencia). Motivo por el cual, más allá de criterios ideológicos, carece de sentido que  este modelo sea replicado en Ecuador.

Dicho esto y a partir de aquí, abramos el debate sobre como asegurar la viabilidad del sistema de pensiones ecuatoriano…

jueves, 17 de junio de 2021

Se tensa la disputa entre Estados Unidos y la República Popular China por la hegemonía mundial

 


Por Decio Machado / Director Fundación Nómada

Desde 2013, momento en que Xi Jinping sustituyó como presidente de la República Popular China a Hu Jintao, los objetivos del gigante asiático quedaron claramente determinados. En palabras del propio Xi Jinping, “China busca convertirse en la primera economía mundial en 2028” y “ser la primera potencia global en 2049”, fecha en la que se celebrará el primer centenario de la toma del poder por parte del Partido Comunista Chino.

En pocas palabras, vivimos un momento de transformaciones geopolíticas en el cual la República Popular China busca convertirse en el nuevo hegemón global, lo que implica posicionar sus empresas, tecnología, sociedad, valores, fuerza militar, finanzas y demografía en posiciones dominantes a escala mundial. Lo mismo que hemos vivido con Estados Unidos durante los últimos cien años pero reubicando la centralidad político-económica mundial en el eje geográfico Asia-Pacífico-Nueva Ruta de la Seda (red comercial en construcción entre Asia, África y Europa).

Diversos analistas internacionales preveían que la guerra comercial entre China y Estados Unidos, inaugurada en marzo de 2018 cuando el ex presidente Donald Trump anunció su intención de imponer aranceles por 50.000 millones de dólares a los productos chinos, bajaría de nivel con la nueva administración Biden. Sin embargo esto no ha sido así.

El pasado 3 de mayo el actual Secretario de Estado de la administración Biden, Anthony Blinken, definiría la relación de Estados Unidos respecto a China como una relación de “competencia en todos los ámbitos”, diciendo, “mantendremos nuestra ventaja tecnológica y las innovaciones científicas, sin apoyar las prácticas malignas de China y trabajaremos con nuestros aliados para derrotar las prácticas abusivas y coercitivas de Beijing en comercio, tecnología y derechos humanos”. De hecho, las sanciones impuestas sobre China por parte de la administración Trump no han sido levantadas por Biden y la guerra comercial entre ambos países se mantiene e incluso se agrava. Recientemente el presidente Joe Biden declaró públicamente que “China nos ha robado billones de dólares en propiedad intelectual”, reafirmando que empresas como Huawei, Xiaomi, Alibaba, Tencent, Baidu y TikTok son enemigas de los intereses estadounidenses por ejercer espionaje industrial y militar.

El pasado 29 de abril, Biden en su primera intervención ante el Congreso declararía: “mientras yo sea presidente, en la guerra por la primacía del mundo, no permitiré que China nos sobrepase como el país más poderoso del mundo, not on my watch”.

Pero entendamos bien que hay detrás de todo esto…

Estamos inmersos en la Cuarta Revolución Industrial, también conocida como Industria 4.0, la cual se caracteriza por la fusión de tecnologías actualmente en desarrollo en los ámbitos de la robótica, inteligencia artificial, cadena de bloques, nanotecnología, computación cuántica, biotecnología, internet de las cosas, impresión 3D y vehículos autónomos.

Esta Industria 4.0 es la tendencia actual de automatización e intercambio de datos, particularmente en el ámbito de las tecnologías de manufactura y desarrollo, lo que nos encamina hacia la creación de lo que se ha venido en llamar “fábricas inteligentes”. Es decir, procesos de producción donde los sistemas ciberfísicos controlarán los
procesos físicos.

Foto: Meng Wanzhou en arresto domiciliario y con grillete

En ese contexto quien domine la innovación y el desarrollo tecnológico en la etapa actual tendrá condiciones de imponer su hegemonía en los futuros mercados globales. Es así que la red 5G se convirtió en uno de los principales terrenos de disputa si bien no el único, lo derivó en la detención de Meng Wanzhou -directora financiera e hija del presidente de Huawei Technologies Corporation- en el aeropuerto de Vancouver el 1 de diciembre de 2018 bajo la acusación de conspirar contra múltiples instituciones y empresas estadounidenses. Meng fue posteriormente liberada y se mantiene bajo arresto domiciliario después de pagar una fianza de 10 millones de dólares en un proceso que todavía está en marcha y pendiente de resolución judicial. Por su parte, Estados Unidos ha solicitado a Canadá la extradición de dicha ejecutiva.

El 19 de mayo de 2019 y siguiendo instrucciones de la administración Trump, Google anunció que dejaría de proporcionar actualizaciones de su sistema operativo Android para los usuarios de telefonía Huawei y ZTE (empresa china sancionada por Washington por exportar celulares a Irán y Corea del Norte). Con ello buscaban desmantelar la línea de producción de las principales compañías fabricantes de celulares chinos cerrándoles la entrada al mercado global de smartphone. En el fondo y más allá de la competencia por los mercados, se encuentra la disputa por el control de la información que circula en las redes. Algo fundamental para la implementación eficiente de la Inteligencia Artificial.

Pero más allá del conflicto con Huawei y ZTE, es un hecho que China lleva ventaja sobre Estados Unidos no sólo en la tecnología 5G, sino también en la Inteligencia Artificial, la biotecnología y los desarrollos misilísticos. Todo ello bajo una política muy planificada que desde 2015 fue denominada como “Made in China” y cuyo objetivo consiste en convertir al gigante asiático en una potencia relativamente autosuficiente y en una economía cuyo foco esté puesto en la innovación.

Beijing elaboró un programa gubernamental conocido como Artificial Intelligence Development Plan en la cual destacan mayor financiación a empresas chinas, apoyo político y coordinación nacional para el avance en materia de desarrollo de la Inteligencia Artificial, buscando que China se convierta en el mayor centro de innovación global en 2030. 

De hecho China desarrolla en la actualidad una agresiva estrategia de fomento de startups, mediante la cual las pymes digitales reciben exenciones de impuestos, contratos estatales y oficinas ya equipadas para el desarrollo de Inteligencia Artificial. De esta manera, China se convirtió en el mercado de startups de Inteligencia Artificial más grande del mundo, publicando la mayor cantidad de papers sobre el tema a nivel mundial y carente de regulación por normativas de privacidad respecto a la recolección de datos personales de los usuarios de sus sistemas.

Pero en paralelo, Beijing lleva desarrollando desde el año 2013 una estrategia de perfil geopolítico destinada a implementar lo que se ha venido en llamar la nueva ruta de seda. Un megaproyecto que pretende unir mediante rutas marítimas y ferroviarias China con Europa pasando por África e integrando a 15 países que suman una población total de 2.200 millones de personas, un producto interior bruto de 22.14 billones de dólares y el 28% del comercio mundial. A este proyecto se suma la ruta digital de la seda, que se extiende más allá de Europa y con el que China avanza con el tendido de cables submarinos a nivel mundial.

La reacción estadounidense fue incorporar a más de 40 entidades y empresas chinas en su Entity List, una lista de empresas, centros de investigación, gobiernos e incluso individuos a los que Washington considera que atentan contra la seguridad nacional o la política exterior de Estados Unidos. Esta política de bloqueos y sanciones busca ser exportada por Washington hacia los países aliados, condición que ha hecho que países como Australia, Japón y Reino Unido traten de evitar también que Huawei participe en el desarrollo de la red 5G en dichas naciones. De igual manera, en la actualidad se desarrollan acciones diplomáticas estadounidenses en los países de América Latina bajo este mismo fin.

En la actualidad y ante la fuerte demanda en el mercado de mundial de los chips -sector en el cual Taiwan ejerce una posición protagónica en la fabricación de los chips más avanzados-, Estados Unidos busca bloquear el suministro de estos a la República Popular China con el fin de generarles un colapso en su fabricación de semiconductores. Estas operaciones de bloqueo están incentivando la producción nacional de chips al interior del gigante asiático, aunque el proceso será largo y complejo. Sin embargo, desde 2019 Beijing lleva invertidos 100.000 millones de dólares y se están generación de nuevas plantas de producción para microprocesadores al interior del país.

En la actualidad, los conflictos armados en el mundo se encuentran en mínimos históricos. Del tradicional uso de acciones militares entre países por el control territorial y sus riquezas hemos pasado a acciones más centradas en la desestabilización política y la disrupción económica. En resumen, las disputas entre potencias ya no se dirimen en el campo de batalla, sino en los centros de investigación, en los laboratorios de alta tecnología y en los mercados, pero esto no exime que el desenlace final por la hegemonía mundial no desemboque en un conflicto bélico tal como ha sucedido históricamente hasta el momento.

Ahora bien, los conflictos armados en los que se han visto involucradas las grandes potencias en el presente siglo vendrían a demostrar que los países más poderosos del planeta buscan evitar el desplazamiento e involucración de grandes contingentes militares al extranjero para defender sus intereses. En definitiva, buscan ahorrarse el costo logístico, humano e incluso político que se daban en las grandes guerras del pasado.

Esto ha hecho que en la actualidad asistamos más a operaciones de carácter quirúrgico que a grandes desplazamientos de tropas de infantería, tanques o artillería pesada. De esta manera el protagonismo militar pasa a estar más bien en equipos de operaciones especiales, quedando el ejercito convencional relegado a un rol de soporte para asistir o evacuar a estos cuerpos de intervención rápida sumamente especializados.

Es así que para hacer frente a los grupos de operaciones especiales estadounidenses bajo el mando del USSOCOM (United States Special Operations Command) y que controla unas 70.000 unidades de estas características -entre ellas los famosos Navy SEAL o los Delta Force- que se hayan desplegados en diferentes partes del mundo, la República Popular China también ha puesto en marcha -aunque de forma embrionaria- los suyos.

Desde la década de 1990, China está desarrollando una fuerte inversión en su aparato militar. El Ejercito Popular de Liberación, así se denominan las fuerzas armadas chinas, ya gozan de cuerpos de operaciones especiales en cada una de sus ramas militares. Entre los quince grupos especiales de los que disponen las fuerzas armadas chinas destacan  la unidad Jiaolong (dragón de mar) creada en 2002 por la marina y cuya acción más espectacular fue la recuperación de un buque de carga secuestrado por piratas somalíes en el Golfo de Adén; así como la unidad Leishen, un cuerpo de élite paracaidista perteneciente a sus fuerzas aéreas. Lejos aún de alcanzar la capacidad militar de las operaciones rápidas estadounidenses, las fuerzas especiales chinas suman entre 10.000 y 14.000 miembros y siguen en expansión.

Esta rápida modernización del músculo militar chino, propio de toda potencia en ascenso, se plasmó en un informe publicado en 2019 por el Centro de Estudios de Estados Unidos de la Universidad de Sídney en Australia. En este se indica que pese a que Washington todavía supera notablemente la capacidad militar de Beijing, la estrategia de defensa norteamericana en la región Indo-Pacífico “está sumida en una crisis sin precedentes” y señala como China ha desarrollado en los últimos años un impresionante arsenal de misiles que estratégicamente apostados amenazan las bases militares claves de Estados Unidos en la zona. 

Este es el área territorial de mayor tensión geopolítica entre ambas potencias. Concretamente en el Mar de la China Meridional se ubican una amalgama de islotes y archipiélagos que son reclamados tanto por la República Popular China como por Taiwán, Vietnam, Filipinas, Malasia e incluso Brunéi. Para reafirmar su posición dominante en la zona de disputa, Xi Jinping puso en marcha un plan estratégico mediante el cual se están construyendo islas artificiales, ciudades en los islotes, pistas aéreas, instalaciones turísticas e infraestructura militar aérea y marítima. Todo ello pese a que en 2016 la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya resolviese que no había “base legal” para las reclamaciones territoriales chinas en la zona.

En la actualidad y tras un informe publicado hace unos años atrás en el cual se indica la existencia de importantes yacimientos marítimos en la zona, las islas Spratly (a las que Beijing denomina Nansha), el banco Macclesfield (denominado por los chinos como Zhongsha), el archipiélago Paracel (para China el archipiélago Xisha) y sus alrededores se han convertido en un abra estratégica de alta tensión donde incluso algún pesquero vietnamita ha sido hundido por la guardia costera china.

En paralelo, Estados Unidos -país sin reivindicaciones en la zona- promueve “misiones militares rutinarias” de incursión tanto aéreas como navales de su VII Flota en las aguas en disputa, buscando posicionar demostraciones de fuerza ante las demandas territoriales chinas. Todo ello mientras Beijing prosigue con su plan de modernización militar por el cual se calcula que para el año 2030 la República Popular China dispondrá de 450 buques de guerra y 99 submarinos operativos.

 

 

miércoles, 5 de mayo de 2021

Noche de caos en Bogotá


La indignación ciudadana crece en Cali, Bogotá y otras ciudades del país debido a la impunidad con la que reprimen a los manifestantes las fuerzas de orden público. En la noche de ayer esta expresión de rabia se manifestó en el ataque a varios centros policiales.

Por Decio Machado / Ecuador Today

La noche de ayer fue noche de lucha y resistencia en las calles de la capital colombiana. Bogotá registró numerosos enfrentamientos entre grupos de ciudadanos movilizados y la fuerza policial. El caos se extendió por determinadas zonas de la ciudad quedando el servicio del Transmilenio -red de buses urbana- suspendida

Se registraron al menos 15 ataques contra Comando de Atención Inmediata (CAI) -puestos policiales ubicados en perímetros urbanos-, algunos de ellos incluso con efectivos a su interior.

El episodio más destacable se dio en Usme, localidad número 5 del Distrito Capital de Bogotá, donde los manifestantes incendiaron la estación policial de la Aurora con una decena de agentes en su interior, los cuales lograron abandonar el inmueble en llamas. Claudia López, alcaldesa de Bogotá, definió esta acción como «brutal». En paralelo, se registraron incendios también en los CAI de Candelaria la Nueva y Engativá Pueblo.

«Las 22 comisiones de derechos humanos que activamos han estado previniendo y protegiendo abusos a los ciudadanos, pero la escalada violenta de esta noche es brutal», dijo la alcaldesa en Twitter.


Denuncias desde Cali

Mientras los ataques a los centros policiales centraron la atención de las autoridades y la prensa en Colombia, en redes sociales  los residentes de Cali, especialmente de la localidad Siloé están denunciando bloqueo de internet para evitar la difusión de videos en los que se ve a manifestantes gravemente heridos.

Las protestas violentas comenzaron el pasado 28 de abril y hasta hoy contabilizan, según la Defensoría del Pueblo, 19 muertos, pese a que diversas organizaciones sociales defensoras de los derechos humanos indican que serían 31. Igualmente, el organismo denunció que han desaparecido al menos 89 personas, de las cuales solo dos han sido encontradas.

Bogotá vivirá hoy un nueva jornada de protestas convocada por sindicatos y organizaciones sociales contra la política económica del Gobierno de Iván Duque, propuesta de reforma tributaria y la represión policial.


viernes, 16 de abril de 2021

Ecuador: el fin de una época

 


Por Decio Machado / Director Fundación Nómada

Los resultados electorales del 11 de abril marcan un punto de inflexión en la historia reciente del Ecuador. Posiblemente estemos asistiendo a varios elementos entre cruzados que posicionan al país en un nuevo momento político muy diferente a lo vivido en lo que va del presente siglo.

En ciencias sociales una generación equivale a los acontecimientos importantes que experimentan y marcan a una población delimitada en un periodo de tiempo determinado. Dicho esto y con un censo electoral predominante joven, la victoria del banquero Guillermo Lasso implica la superación psicológica de lo que significó la crisis económica vivida en Ecuador entre 1998 y 1999, la cual desembocó en el feriado bancario -cierre de aproximadamente el 70% de las instituciones financieras del país- y el mayor éxodo migratorio conocido en la historia del Ecuador. 

Hasta la fecha, las resistencias ante la posibilidad de que el propietario de la segunda institución financiera privada más importante del país, quien multiplicara sustancialmente su fortuna fruto de especular con los certificados de depósitos reprogramables -comprobantes de que los cuentaahorristas tenían una cantidad determinada de dinero en su cuenta pero no la podían retirar por tener sus depósitos congelados- hacían imposible su victoria electoral. Sin entender esta nueva coyuntura fruto del mayoritario peso joven entre el electorado ecuatoriano, la candidatura de Arauz posicionó en segunda vuelta el eslogan El país o la banca, lo cual terminó generando escaso engagement entre sectores políticamente indecisos y especialmente sobre los targets etarios más jóvenes.

Lo anterior implica que estamos ante un nuevo país que vive clivajes o fracturas de nuevo orden, las cuales que no responden ya al pasado reciente que dio el triunfo electoral de forma permanente e indiscutible al correísmo a lo largo de los últimos quince años.

En paralelo y vinculado a lo anterior, el correísmo fue fruto de un momento histórico determinado que tiene que ver con el boom de los commodities en América Latina (2003-2013). Sin los excedentes petroleros derivados del mayor volumen de ingreso para el Estado comprendido en un período de diez años existente a lo largo de la historia republicana del Ecuador, no hubiera sido posible ni la realización de grandes obras de infraestructura que significaron parte de la modernización del país ni la aplicación de políticas compensatorias como eje de las nueva gobernabilidad constituida en la etapa correísta. Rafael Correa y el correísmo son por lo tanto hijos de un momento histórico coyuntural vinculado a la elevación de la demanda y los precios del petróleo, el cual se enmarcó en la llamada década dorada en América Latina.

El fin de aquel ciclo económico implicó a su vez en inicio de la actual decadencia política que terminó en derrota electoral del correísmo. Para comprobar lo anterior basta un somero análisis de los últimos tres resultados electorales de esta sensibilidad política en sus respectivas primeras vueltas electorales, momento en que se refleja la adscripción real de la ciudadanía a las candidaturas partidistas en disputa:

Sobre votos válidos Rafael Correa obtuvo en 2013 el 57,17% ganando en primera vuelta las elecciones; mientras en 2017, con Lenín Moreno como candidato acompañado por Rafael Correa en la campaña electoral, el resultado se contrajo al 39,36%, para terminar ganando de forma apurada en segunda vuelta con apenas 228.629 votos de diferencia (2,82%) respecto a su principal contenedor; por último, en este 2021 obteniendo apenas el 32.72% del voto válido en primera vuelta y perdiendo en segunda vuelta por 438.467 votos (4,94% de desventaja).

La debacle electoral correísta

Pese a lo anterior, la situación política y económica que actualmente vive el país generaban -a priori- condiciones propicias para el triunfo del candidato correísta. 

La deplorable gestión realizada por gobierno de Lenín Moreno, quien a través de la persecución política mantuvo viva una figura victimizada de Rafael Correa, debería haber favorecido a la candidatura de Arauz. Más allá del efecto contraste pasado vs presente de un país en la actualidad sumido en una crisis de carácter multifacético, fueron tanto Guillermo Lasso como los socialcristianos de Jaime Nebot -aliados electoralmente en esta contienda- quienes sostuvieron políticamente a Moreno pese a la enorme deslegitimación social del actual gobierno. De igual manera, la pandemia puso de relieve en el subconsciente colectivo la necesidad de un Estado fuerte con capacidad dar “protección” y cobertura social a sus ciudadanos, posición contraria al discurso de achicamiento del Estado propuesto por el actual presidente electo. Por último, siendo Ecuador uno de los países de la región con menor acceso a vacunas Covid-19 hasta el momento, las pocas que llegaron fueron distribuidas de forma escandalosa entre las élites ideológicamente alineadas al candidato conservador.

En este contexto, los resultados electorales de la primera vuelta demostraron que pese a que Andrés Arauz obtuviera el voto mayoritario (32,72% de los votos válidos), la fractura correísmo vs anticorreísmo ya no era la fractura principal sobre la que se alienaba el electorado ecuatoriano. Lasso, la opción anticorreísta, perdía cerca de un 30% de votos respecto a los resultados obtenidos en las presidenciales anteriores de 2017; tomando importancia otras opciones políticas hasta entonces de escaso peso en la cartografía político institucional del país. Tanto el Pachakutik, brazo político del movimiento indígena, con Yaku Pérez como candidato y un discurso básicamente ambientalista; como Izquierda Democrática, un viejo partido ideológicamente ubicado en el centro político y muy venido a menos en las últimas décadas pero en esta ocasión capitaneado por un joven empresario disruptivo que representó lo nuevo frente a lo viejo, lograron porcentaje de votos muy significativos. 

La campaña electoral vivida recientemente en Ecuador demostró las dificultades que sufre el correísmo a la hora de implementar recambios reales en su liderazgo. De hecho, uno de los elementos que explotó de forma muy acertada la estrategia político electoral conservadora fue la dificultad de Andrés Arauz para posicionarse como nuevo líder de esta tendencia política, viéndose supeditado de forma permanente bajo la sombra de Rafael Correa durante toda la campaña electoral. Pese a que el ex presidente Correa no puede puede pisar el país debido a diversas y discutibles sentencias judiciales que tuvieron lugar durante el período de gestión del actual gobierno, la intensidad de su presencia mediática vía videoconferencias así como la presencia de su imagen en la propaganda electoral difundida lo convertían en el principal protagonista de la campaña progresista.

En la práctica Correa es el correísmo, esta opción política, más allá de ideologías, está personalizada en su figura. Esto le permitió transferir sus votos duros a un personaje hasta entonces semi-desconocido como era el caso de Andrés Arauz; pero a su vez, imponía los límites en su capacidad de captación de voto. El correísmo vive en la dicotomía de ser la tendencia política con mayor porcentaje de voto incondicional del país, estimativamente el 30% del actual electorado ecuatoriano, pero a su vez es la fuerza con menor capacidad de crecimiento electoral debido a la resistencias o negativos que genera Rafael Correa sobre cada vez mayores sectores de la población. La falta de una real regeneración de liderazgos en esta corriente política, pasar del correísmo al progresismo, hizo imposible a su candidato superar este handicap. 

La campaña electoral de Lasso leyó bien esta nueva realidad y llamó estratégicamente al consenso y reconocimiento de la diversidad política existente en la segunda vuelta, mientras el correísmo se mantuvo en las estrategias de polarización que históricamente le han caracterizado. En una campaña económicamente desigual, donde los mass media y la estructura del Estado tomaron partido por la opción conservadora, esto determinó que el casi 50% del electorado que en primera vuelta no voto bajo el clivaje partidarios de Correa vs detractores de Correa optase o bien por el llamado al “voto nulo ideológico” que realizó el movimiento indígena o bien por la candidatura del banquero con el fin de impedir la vuelta de Rafael Correa al país. Todo el análisis a partir de este hecho es puntual y vinculado a estrategias de marketing electoral y disciplinas de campaña. 

Sobre un electorado de poco más de 13 millones de electores, el correísmo apenas tuvo capacidad de sumar 1.2 millones más de votos en el balotaje a los ya 3 millones de votos obtenidos en la primera vuelta. Lasso, sin embargo, obtenía 2.8 millones votos más que a la postre le darían el triunfo final con cinco puntos porcentuales de diferencia.

El futuro del progresismo en Ecuador

Esta derrota es la primera derrota electoral que sufre el correísmo desde el 2006, sin embargo, su lectura invita a un reflexión urgente: la persistencia de la tendencia política progresista en Ecuador como una opción política de peso pasa por la renovación real de sus cuadros dirigentes, un cambio de estilo en su narrativa política y su lógicas o modelo de liderazgo.

Arauz representa un intento de regeneración política de esta tendencia pese a que carece aún de identidad propia y un liderazgo sólidamente construido, no tiene hasta el momento canales de acercamiento con otras tendencias importantes de las izquierdas ecuatorianas que fueron minusvaloradas e incluso reprimidas durante la década de gobierno correísta, y no ha sido capaz todavía de posicionar un imaginario de lo que sería un progresismo de nuevo cuño en el país. Que le permitan avanzar en estos pendientes depende de como gestione su actual crisis interna el correísmo y del papel que Rafael Correa pretenda desarrollar a partir de este momento.

Todo esto deberá ser contextualizado en la nueva realidad regional latinoamericana, donde el segundo ciclo progresista se ve cercenado y muestra condiciones claramente diferenciadas al período anterior: es previsible a corto plazo un desgaste de la popularidad de Alberto Fernández; está por verse como se gestionarán las diferencias al interior del MAS entre el gobierno de Luís Arce y David Choquehuanca con Evo Morales; donde parece difícil que Pedro Castillo gane la segunda vuelta en Perú; en el cual está por verse la realización de las elecciones constituyentes en Chile; y en el que existen serías dudas sobre como evolucionaran próximas elecciones presidenciales en Brasil y Colombia en 2022.

En este contexto, el reto del progresismo ecuatoriano en el que se enmarca su subsistencia como opción política de alternancia está en conectar con las y los jóvenes, los sectores no ideologizados de la sociedad y con los movimientos sociales que en estas últimas elecciones les rechazaron. Todo ello teniendo en cuenta que parece difícil que su líder principal, Rafael Correa, pueda sostener durante cuatro años más su actual capacidad de incidencia en la política nacional tendiendo en cuenta la imposibilidad de hacerse presente en el país, así como su incidencia en los foros progresistas internacionales tras esta derrota electoral.

En definitiva, o el progresismo ecuatoriano supera la relación líder-masa que le ha caracterizado hasta el momento y se democratiza, abriéndose y dialogando de igual a igual con otros sectores y tendencias políticas o terminará convirtiéndose en una fuerza con cada vez menor capacidad de disputa por el poder institucional.

Movimiento Indígena

Pese a los exitosos resultados obtenidos en este proceso electoral obtenidos por Pachakutik, aparato político construido en 1995 por el movimiento indígena liderado por la CONAIE, el conflicto interno existente es evidente. 

A la candidatura de Yaku Pérez apenas le faltaron unos 32 mil votos para meterse en la segunda vuelta, situación con la que hubiera desplazado de la contienda al actual presidente electo. Por primera vez en su historia Pachakutik logró introducirse como la opción política por la que votaron jóvenes y sectores urbanos descreídos del política pero con sensibilidad hacia causas sociales, especialmente las que tienen que ver con la defensa el agua y naturaleza en general. 

Yaku Pérez, quien denunciara un supuesto fraude electoral en favor del candidato banquero que le impidió llegar a la segunda vuelta, asumió en la segunda vuelta la llamada al “voto nulo ideológico” consensuada en la asamblea general de la CONAIE. Sin embargo, parte importante de la dirigencia del Pachakutik se inclinó durante la fase final de la contienda electoral por una posición claramente a favor del candidato Guillermo Lasso. Unos lo hicieron de forma más sutil y otros de manera más transparente -entre ellos el propio binomio presidencial de Pérez-, pese a que el movimiento indígena se haya históricamente caracterizado por una posición de conflicto y resistencia a la aplicación de políticas neoliberales en el país. Como reacción a esto, un sector amazónico del movimiento indígena aparecería en la última semana de campaña apoyando la candidatura de Arauz y rompiendo también públicamente con el consenso previamente acordado.

El rechazo a las políticas hiperextractivistas sobre las que se sostuvo el modelo económico de la década correísta y la presión ejercida sobre los territorios biodiversos con alta riqueza natural, sumado a la represión efectuada sobre líderes y comunidades indígenas, decantó gran parte del voto de las comunidades rurales a favor de la candidatura de Guillermo Lasso en la segunda vuelta. Basta analizar la cartografía electoral para ver que fue Quito -clase media, jóvenes y profesionales urbanos- junto a Sierra Centro -territorio con gran incidencia del mundo indígena- quienes determinaron la victoria conservadora el pasado 11 de abril.

Pero más allá de dolores y rencores acumulados derivados del autoritario modelo de mando ejercido por Rafael Correa durante su gestión de gobierno, se hizo evidente que el llamado al voto nulo tenía poco sintonía con la problemática realidad que se vive en las comunidades rurales y que se ha visto fuertemente agravada por la pandemia. Más allá del planteamiento político intelectual realizado desde sectores ilustrados y acomodados, así como desde las dirigencias del movimiento indígena, las comunidades sienten que no es posible resolver sus problemas sin relacionarse, de una u otra forma, con las estructuras de poder. En realidad, la adscripción al voto nulo a manera de rechazo a las dos candidaturas finalmente en liza creció aproximadamente en un millón de electores, lo cual es importante, pero apenas significó el 45% del sumatorio de votos obtenidos por Pachakutik e Izquierda Democrática -organizaciones políticas que llamaron a esa opción de voto- en la primera vuelta. En resumen, fueron el electorado urbano donde el empresario outsider Hervas había tenido buena entrada y el electorado indígena tradicionalmente rural quien le dieron el triunfo al neoliberalismo en estas elecciones. 

Lo que se viene…

Será la historia quien juzgue el actuar de dirigentes políticos, sociales y pretendidos intelectuales antisistémicos sobre los resultados de su actuar político en estas elecciones y el nivel de dolor que esto significará por la aplicación de paquetes de políticas de austeridad para los sectores socialmente más vulnerables. En todo caso, el país se enfrenta a una agenda política y económica profundamente neoliberal que precarizará aún más el mercado laboral ecuatoriano, reducirá aún más el Estado como mecanismo para buscar la reducción del déficit fiscal, primará el servicio de deuda ante las necesidades y urgencias que se vive a lo interno del país, profundizará el galopante deterioro de los servicios públicos y los sistemas de protección social, aplicará una variante del modelo chileno sobre el sistema de seguridad social, así como privatizara empresas y patrimonio público. Todo ello más allá de un recorte general de derechos y libertades.

En todo caso, desde los sectores de la resistencia social y ante el próximo congreso de CONAIE, el cual tendrá lugar el próximo primero de mayo, se hace urgente el triunfo de una candidatura que represente las movilizaciones prepandémicas desarrolladas en Octubre del 2019. Últimas expresiones masivas de resistencia a las políticas neoliberales implementadas ya en el actual gobierno y que responden a la agenda político-económica impuesta desde el FMI. Frente a esta posición de lucha y resistencia, volverán sin duda a sintonizarse variopintos intereses entre los cuales no estarán excluidos aquellos expurios a la construcción de poderes contrahegemónicos y de ambiciones personales más vinculadas a la política institucional que la movilización y construcción de un tejido social con capacidad de respuesta.

Fuente: vientosur.info


Final de época

 


Por Decio Machado

La victoria del banquero Guillermo Lasso implica la superación psicológica para una parte importante de los ecuatorianos de lo que significó la crisis económica de 1998-1999, que desembocó en un histórico feriado bancario –con el cierre de casi el 70 por ciento de las instituciones financieras– y el mayor éxodo de la historia del país. Hasta la fecha, el recuerdo de que Lasso –propietario de la segunda institución financiera privada más importante de Ecuador– multiplicó sustancialmente su fortuna en una maniobra especulativa con los depósitos congelados por aquella crisis hacía imposible su victoria electoral. De allí que la candidatura de Andrés Arauz tuviera en el balotaje el eslogan «El país o la banca», que, sin embargo, motivó un escaso engagement en los indecisos, especialmente los más jóvenes. Estamos, por tanto, ante un nuevo país, atravesado por clivajes de nuevo orden, que no responden ya a ese pasado reciente que dio el triunfo electoral de forma permanente e indiscutible al correísmo a lo largo de los últimos 15 años.

El correísmo es el fruto de un momento histórico marcado por el boom latinoamericano de las commodities (2003-2013). Sin los excedentes petroleros que permitieron un inédito volumen de ingresos para el Estado, no habría sido posible ni realizar las grandes obras de infraestructura que modernizaron parte del país ni aplicar las políticas compensatorias que fueron el eje de la gobernabilidad correísta. El fin de aquel ciclo económico implicó el inicio de la decadencia de ese proyecto político. Para comprobar lo anterior, basta un somero análisis de los últimos tres resultados electorales en la primera vuelta: en 2013, del total de votos válidos, Rafael Correa obtuvo el 57,17 por ciento –y evitó el balotaje–; en 2017, con Lenín Moreno como su delfín, el resultado fue del 39,36 por ciento –Moreno ganó luego en la segunda vuelta, con apenas un 2,82 por ciento de ventaja–; este año, Arauz obtuvo apenas el 32,72 por ciento y perdió en el balotaje por 4,94 puntos porcentuales.

Pese a lo anterior, la situación política y económica que vive hoy Ecuador propiciaba, a priori, las condiciones para un triunfo correísta. Moreno, quien ya vuelto contra Correa mantuvo, no obstante, viva su figura (ahora en calidad de víctima de la persecución judicial), encabezó una gestión deplorable con respecto a los intereses populares. Además, más allá del contraste de la crisis actual con las épocas de abundancia correísta, fueron tanto el propio Lasso como sus aliados, los socialcristianos de Jaime Nebot, quienes sostuvieron políticamente a Moreno frente a la enorme deslegitimación social de su gobierno. De igual manera, la pandemia puso de relieve la necesidad de un Estado fuerte, con capacidad para proteger a sus ciudadanos, en contra del discurso de achicamiento estatal propuesto por Lasso. Y, siendo Ecuador uno de los países de la región con menor acceso a las vacunas contra el covid-19, varias de las que llegaron fueron distribuidas de manera escandalosa entre las elites que forman la base social del candidato conservador.

Sin embargo, la elección demostró que la fractura correísmo/anticorreísmo ya no es la principal división del electorado ecuatoriano. Han cobrado importancia opciones hasta ahora de escaso peso en la cartografía institucional. Tanto el Pachakutik –brazo político del movimiento indígena, con un discurso básicamente ambientalista– como Izquierda Democrática –un viejo partido ubicado ideológicamente en el centro– lograron porcentajes de voto muy significativos (19,3 y 15,6 por ciento, respectivamente). La campaña desnudó, además, las dificultades del correísmo para implementar recambios en su liderazgo. Este es uno de los elementos que explotó la estrategia conservadora: a Arauz le costó posicionarse como líder de su movimiento y pareció siempre supeditado a Correa. Pese a que el expresidente no puede pisar el país, debido a las diversas y discutibles sentencias judiciales que pesan sobre él, la intensidad de su presencia mediática por medio de videoconferencias y la aparición de su imagen en la propaganda electoral progresista lo convirtieron en el verdadero protagonista.

En la práctica, el correísmo es Correa. Esto le permite transferir sus votos duros a un personaje hasta ahora semidesconocido como Arauz, pero, a su vez, le impone límites para captar votos. Los correístas viven la dicotomía de ser la tendencia con mayor porcentaje de voto incondicional (cerca de un 30 por ciento del electorado) y, al mismo tiempo, la fuerza con menor capacidad de crecimiento, debido a la resistencia que causa Correa en cada vez más sectores de la población. La campaña de Lasso leyó bien esta nueva realidad. Llamó al consenso y a reconocer la diversidad política de la segunda vuelta, mientras que el correísmo se mantuvo en la polarización que históricamente lo ha caracterizado. Con los mass media y el Estado claramente a favor de la opción conservadora, casi el 50 por ciento del electorado que en la primera vuelta no votó bajo el clivaje correísmo/anticorreísmo optó esta vez o bien por plegarse al llamado voto nulo ideológico del movimiento indígena, o bien por el banquero. Sobre un electorado de poco más de 13 millones, el correísmo apenas sumó en el balotaje 1,2 millones de votos con respecto a la primera vuelta. Lasso, sin embargo, vio aumentado su apoyo, entre una instancia y la otra, en 2,8 millones de votos.

Arauz no sólo carece aún de identidad propia y de un liderazgo sólidamente construido, sino que tampoco ha tenido canales de acercamiento con esas izquierdas ecuatorianas minusvaloradas e, incluso, reprimidas durante la década correísta. Tampoco ha sido capaz aún de posicionar un imaginario de lo que sería un progresismo de nuevo cuño. Que logre avanzar en estos pendientes depende de cómo gestione su actual crisis interna el correísmo y de qué papel asuma ahora Correa. Todo esto se enmarca en una nueva realidad regional latinoamericana, en la que el segundo ciclo progresista se ve cuestionado y enfrenta condiciones claramente diferentes a las del período anterior. En este contexto, el reto del progresismo ecuatoriano está en conectar con la juventud, los sectores no ideologizados de la sociedad y los movimientos sociales que en estas elecciones lo rechazaron.

Brecha.com.uy

sábado, 10 de abril de 2021

La incógnita del voto indígena

 


Por Decio Machado 

En la disputa de este domingo entre el conservador Lasso y el progresista Arauz será decisivo el apoyo de las comunidades originarias. Históricamente reacias tanto al correísmo como al neoliberalismo, se ven atravesadas hoy por una interna explosiva.

Decio Machado, desde Quito  

Brecha, 9-4-2021

La primera parecía romper con el clivaje correísmo versus anticorreísmo que había mantenido estática la política nacional desde 2006. Cerca de la mitad de los electores ecuatorianos optaron el 7 de febrero por opciones políticas diferentes a las que ahora se encuentran en disputa de cara al domingo 11, cuando se celebrará la segunda vuelta. Se destacaron en aquella primera ronda los resultados obtenidos por Yaku Pérez del Pachakutik –a quien le faltaron apenas 32 mil votos de un total de 10 millones para entrar en el balotaje– y Xavier Hervas, un outsider empresarial sin filiación partidista que se candidateó por la social-liberal Izquierda Democrática, una vieja organización política cuyos últimos éxitos electorales se remontaban a finales de la década del 80.

Ecuador llegaba a la contienda electoral en un situación de descomposición social e institucional nunca antes vista desde el feriado bancario de principio de siglo. El divorcio entre la ciudadanía y su establishment político es más que evidente: la población ecuatoriana, indican las encuestas, carece de optimismo respecto al futuro del país con independencia de quién gane la disputa electoral; las instituciones despiertan pocas simpatías (la satisfacción con la democracia cayó un 14 por ciento entre 2016 y 2019, según el barómetro Cultura Política de la Democracia en Ecuador y en las Américas), y los altos funcionarios del actual gobierno cuentan los días que les faltan para abandonar un barco que navega a la deriva en plena crisis económica.

«El gobierno de Lenín Moreno carece de liderazgo», han dictaminado el líder derechista Guillermo Lasso, y distintos analistas y académicos vinculados al progresismo. Pero la responsabilidad de que Moreno ocupe la poltrona presidencial del palacio de gobierno es compartida tanto por el correísmo –que lo posicionó como sucesor de Rafael Correa en la presidencia– como por las fuerzas políticas conservadoras, que lo mantuvieron en su cargo pese al rechazo popular que se ha acumulado día a día a lo largo de su gestión, hasta tocar fondo, con un 7 por ciento de aprobación popular en 2020. Ahora, sin embargo, ambos candidatos a la segunda vuelta, Lasso y Andrés Arauz, antiguo ministro de Correa, buscan desmarcarse de Moreno. Una de las principales estrategias de campaña, tanto de un lado como del otro, es vincular al adversario con el actual gobierno.

De este modo, si la primera vuelta significó la introducción de nuevos discursos en la anquilosada narrativa política ecuatoriana, como los vinculados a la cuestión de género, el ambiente y la innovación tecnológica, la segunda significa un retorno a la clásica polarización entre los partidarios y los detractores de Correa. Una polarización expresada en algunos relatos ya clásicos alimentados por la propaganda conservadora: «la libertad y la democracia» contra «el autoritarismo y el castrochavismo»; los pretendidos salvadores de la dolarización contra quienes querrían destruirla, «el ahorro de los ecuatorianos» contra esos que «se lo van a llevar todo para malgastarlo en el Estado»…

Tercero en discordia 

Mientras el liderazgo de Arauz sigue en entredicho bajo la sombra del expresidente Correa, de los 14 binomios presidenciales que quedaron fuera de la segunda vuelta, 12 han ido paulatinamente incorporándose a un frente común que pide el voto para Lasso. Las únicas excepciones son las candidaturas de Isidro Romero, un viejo empresario y dirigente deportivo cuya campaña en la primera vuelta se caracterizó por su excentricidad, y el propio Pérez. Sin embargo, en ambos casos, muchos de sus candidatos a legisladores y dirigentes territoriales se han posicionado también a favor del candidato de la derecha. Es importante tener en cuenta que el sistema de partidos ecuatoriano, con escasa o nula militancia de base, se caracteriza –a excepción del correísmo– por un voto no ideológico altamente volátil.

Los estrategas de Lasso –entre ellos, el conocido consultor internacional Jaime Durán Barba, asociado en los últimos años a la figura de Mauricio Macri– buscaron, con éxito, en las últimas semanas aislar a Arauz, posicionando a su rival banquero como arquetipo de hombre común y democrático, capaz de promover consensos en un país social y políticamente desestructurado. Pese a que Lasso obtuvo en la primera vuelta unos 700 mil votos menos que en la primera vuelta de las presidenciales de 2017, consiguió en las semanas siguientes al 7 de febrero superar a Arauz en hasta un 6 por ciento de la intención de voto reflejada por las encuestas.

No fue menor en esta gesta de Lasso la complicidad de la dirigencia del Pachakutik, brazo político del movimiento indígena, al que generalmente se le atribuye una posición de conflicto y resistencia a la aplicación de políticas neoliberales como las que propugna Lasso. Sin embargo, sus dirigentes han estado apoyando estos últimos días la candidatura conservadora –unos de forma velada y otros de manera transparente–, pese al llamado al «voto nulo ideológico» decidido el 15 de marzo por la asamblea general de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que representa la base social del movimiento.

Esta cocción sostenida de tensiones en la interna indígena tuvo en el último tramo de la campaña un punto de inflexión. A inicios de esta semana, Jaime Vargas, presidente de la Conaie y uno de los líderes de la revuelta popular de octubre de 2019 (véase «País de lucha», Brecha, 11-IX-19), manifestaba su apoyo público a la candidatura de Arauz, secundado por varios pueblos y nacionalidades indígenas amazónicas. Con esto reventaba, por dentro y hacia fuera, un conflicto latente y silenciado por sus voceros en el interior de la Conaie y el Pachakutik: gran parte de las dirigencias y las comunidades estaba, en la práctica, ignorando la resolución adoptada previamente por el movimiento.

Interna indigenista 

El impacto de la pandemia agudizó de forma superlativa la crisis económica y la desigualdad que venían de antes. Pese al llamado al voto nulo de la Conaie, amplios sectores de las comunidades rurales que forman parte de ella pueden sentir que no es posible resolver los problemas que les ha causado este contexto sin relacionarse, de alguna forma, con el poder. Así, tanto las candidaturas de Arauz como la del propio Lasso han tenido cabida en muchos de los territorios indígenas donde la Conaie es hegemónica, lo que podría provocar una dispersión considerable del voto indígena.

Por otro lado, la campaña presidencial en primera vuelta de Pérez ignoró de forma intencionada la acumulación política que significó el levantamiento popular de octubre de 2019. Este fue un alzamiento de los de abajo encabezado por el propio movimiento indígena, que se opuso a las políticas neoliberales implementadas por el gobierno de Moreno bajo la égida del Fondo Monetario Internacional. Entender el porqué de la renuncia de Pérez a ese legado pasa, en buena medida, por comprender las limitaciones que en lo político implican las estrategias de captación de votos en las contiendas electorales. Lo cierto es que la preocupación de muchos de los actores involucrados en octubre se intensificó tras el llamado de muchos de los dirigentes del Pachakutik –entre ellos, Virna Cedeño, compañera de fórmula de Pérez– a votar por la candidatura de Lasso, un representante de las elites y el sector financiero.

El posterior posicionamiento de Vargas a favor de Arauz obligó entonces a la dirigencia indígena a censurar ambos apoyos y llegar a plantear la expulsión tanto de Vargas como de Cedeño. Pero lo que está detrás de estos pronunciamientos es que muchos dirigentes territoriales se sienten ahora autorizados para hacer campaña en pro de una u otra opción del balotaje, más allá de los consensos alcanzados en la Conaie. En paralelo, hay una disputa en ciernes por el liderazgo de la confederación indígena, que tendrá su próximo congreso el 1 de mayo. Hay quienes buscan golpear a Leonidas Iza, principal referente de la movilización de 2019 y de la renovación dirigencial del movimiento, bajo la acusación, nunca probada, de connivencia con el correísmo. Las posiciones de Iza, sin embargo, parecen correr por otros carriles. El lunes, en las redes sociales, afirmó: «Nuestros sueños no caben en las urnas […], las elecciones son un instrumento poderoso que sirve para dividir a la sociedad y sus estructuras sociales […]. Sin embargo, este voto nulo tiene diferentes matices: ciertos actores políticos van en ese camino por venganza política, y otros, por oportunismo».

Recta final 

En todo caso, el apoyo de Vargas y algunas estructuras territoriales indígenas a la candidatura progresista le ha dado oxígeno a Arauz, quien pudo romper con el aislamiento al que lo venía sometiendo la estrategia conservadora. Además, reposicionó en la agenda electoral el discurso de la revuelta, con toda su carga de resistencia al neoliberalismo. Con ello, permitió articular una nueva narrativa: pese a los horrores en que habría caído el correísmo respecto a su comportamiento frente a las organizaciones populares autónomas y pese a que esta tendencia política no represente para los indígenas un instrumento válido de transformación social, los más de 50 mil muertos ecuatorianos por la pandemia serían el fruto de políticas neoliberales puestas en marcha a través de programas de austeridad, achicamiento del Estado y deterioro de los servicios públicos de atención y protección de la ciudadanía, como los propuestos históricamente por Lasso.

En paralelo, la prensa local ha informado del penúltimo de los episodios de corrupción que día a día se suceden en el país: las vacunas vip. Ecuador es uno de los países con menos inoculados de la región y algunas de las pocas dosis que hasta el momento han llegado al país habrían sido repartidas entre sectores de las elites económicas y allegados a altos funcionarios del gobierno nacional. Entre ellos, miembros del entorno cercano de Lasso. En este escenario, en los últimos días la candidatura de Arauz ha remontado varios puntos porcentuales hasta llegar al actual empate técnico en los sondeos. El número de indecisos, mientras tanto, asciende a entre un 8 y un 17 por ciento, según las diferentes encuestas.

Arauz ganará esta disputa electoral si asistimos a aquello que alguna vez el filósofo Jacques Rancière denominó politización del dolor, es decir, lo que anteriormente no se vivía de forma política –hogares que no pueden cubrir sus necesidades básicas, muertes de familiares por covid-19, desestructuración social– pasa a expresarse en las urnas. Por su parte, Lasso conseguirá alcanzar la presidencia de la república en su tercer intento si consigue imponer su estrategia de voto del miedo. En cualquiera de los casos, sin embargo, el país continuará roto y sin seguridad respecto al futuro.