miércoles, 17 de abril de 2019

Un huésped incómodo

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur
Revista La Brecha
Ecuador y la entrega de Assange a Reino Unido.

El pasado 11 de abril, el fundador de Wikileaks, Julian Assange, fue expulsado de la embajada de Ecuador en Londres. El gobierno de ese país le había retirado minutos antes el estatuto de asilo, lo que desembocó en las dramáticas imágenes que dieron la vuelta al mundo con Assange arrastrado por agentes de la Scotland Yard a un furgón policial, para ser luego confinado en la prisión de Belmarsh, una cárcel de alta seguridad ubicada en el sudeste de la capital británica, lugar que se conoce popularmente con el apelativo de “el Guantánamo de Londres”.
Más allá de que la diplomacia ecuatoriana y su gobierno nacional hayan quedado en entredicho con tal acción violatoria del derecho interno e internacional, conviene hacer un repaso rápido de cómo llegó Julian Assange a la embajada ecuatoriana en Londres y sus seis años y diez meses de permanencia en ella.
Fue el martes 19 de junio de 2012 cuando Assange llegó a esas instalaciones diplomáticas. Chompa de cuero, casco de moto y una piedra en el zapato para cojear convincentemente fueron el camuflaje utilizado por quien nos desvelara, entre otras cosas, las atrocidades estadounidenses en la guerra de Irak y Afganistán, así como las injerencias del Departamento de Estado en la política nacional de prácticamente todos los países del planeta.
Negociada de antemano con las principales autoridades de la cancillería ecuatoriana, el gobierno del pequeño país andino dijo acceder a la petición de asilo político con base en criterios que se fundamentan en la defensa de los derechos humanos y el respeto a convenciones y tratados internacionales. En el fondo, desde el inicio hasta el final de dicha operación política se ocultaba la intención de reposicionar al entonces presidente de la República del Ecuador, Rafael Correa, como un adalid de la libertad de expresión, mientras en el interior del país el periodismo crítico era amenazado y perseguido por el régimen.
Assange, empujado por su necesidad de protección internacional, accedía así a ser herramienta y producto de la estrategia político-publicitaria de un gobierno menor en un país de escasa importancia geopolítica.
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Confinado en 19 metros cuadrados en una misión diplomática londinense que ni siquiera dispone de un patio interior donde recibir la luz del sol, la convivencia entre un Assange cada vez más desquiciado psicológicamente y unos funcionarios ecuatorianos de perfil ideológico más bien conservador y procedencia social elitista no fue fácil. El fundador de Wikileaks no se dejó domesticar tampoco por las presiones recibidas del gobierno ecuatoriano en diversos momentos. En octubre de 2016, se le cortó por primera vez el uso de Internet, por orden del entonces mandatario Rafael Correa. La decisión se tomó tras presiones del secretario de Estado estadounidense John Kerry, en el marco de las filtraciones de documentos de Wikileaks sobre la candidata presidencial Hillary Clinton. En un comunicado público del Ministerio de Relaciones Exteriores ecuatoriano, se reconoció entonces que al asilado australiano se le había “restringido temporalmente”su sistema de comunicaciones, dado que “el gobierno del Ecuador respeta el principio de no intervención en los asuntos de otros países y no se inmiscuye en procesos electorales en curso ni apoya a un candidato en especial”.
Esta circunstancia volvería a suceder en marzo de 2018, ya bajo el gobierno de Lenín Moreno, actual inquilino del palacio presidencial de Carondelet, de Quito. En la ruptura definitiva entre Moreno y Assange que se dio entonces, el mandatario ecuatoriano indicó que había heredado del gobierno anterior “una piedra en el zapato”, en referencia a la protección del fundador de Wikileaks. El rompimiento se dio tras una fracasada operación diplomática realizada por la hoy presidenta de la Asamblea General de Naciones Unidas. María Fernanda Espinosa, quien ejerció como titular de la cartera de Exteriores en el gobierno de Lenín Moreno hasta mediados de junio de 2018, había intentado sacarlo de territorio británico mediante la nacionalización ecuatoriana de Assange y su nombramiento como consejero diplomático con salario de funcionario público.
Assange debía empezar a ejercer su cargo el 19 de enero de 2018 y el plan fracasó ante la negativa de Reino Unido, que evidentemente nunca reconoció el estatuto de asilado de un Julian Assange ya inclinado, en su evolución personal, a desarrollar actividades afines a los intereses estratégicos geopolíticos rusos. Espinosa anularía inmediatamente después aquel nombramiento, dejando al descubierto las pueriles limitaciones estratégicas del gobierno ecuatoriano.
Con José Valencia ya como titular del Ministerio de Relaciones Exteriores, la situación del australiano se complicó notablemente. Valencia, un diplomático de carrera, ya había dado muestras de sus posiciones pro estadounidenses durante la crisis de Angostura de 2008 –violación de la soberanía territorial de Ecuador por Colombia por medio del bombardeo de un campamento clandestino de las Farc–. La llegada de Valencia al frente de la cartera ocurrió en el marco del fin del ciclo progresista, momento de realineación de las políticas exteriores de Sudamérica con los intereses de la Casa Blanca. De aquellos barros, estos lodos… Es así como, apoyado por sus colaboradores más directos, el presidente Moreno se sacó la “piedra en el zapato”.
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Sin embargo, y más allá de vergüenzas políticas internacionales, todo el procedimiento implementado por el Ministerio de Relaciones Exteriores es de dudosa legalidad. Quito le retiró indebidamente la nacionalidad ecuatoriana a Julian Assange –una necesidad legal para entregarle a Scotland Yard su nuevo prisionero–, violando la Constitución y la ley de Ecuador. Con el argumento de que dicha nacionalidad había sido otorgada irregularmente por la canciller anterior, el gobierno actual ignoró –urgido por los tiempos impuestos por intereses extranjeros– la obligación de garantizar a Assange el debido proceso. Este acto de desnaturalización debería haber sido validado por un juez en materia administrativa, y eso no sucedió.
En paralelo, y según la relatora especial de Naciones Unidas sobre ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, Agnes Callamard, Ecuador ha expuesto a “graves violaciones a sus derechos humanos”a Julian Assange por retirarle la protección diplomática. Incluso la propia defensora del pueblo ecuatoriana, a contracorriente del gobierno y la posición generalizada en los medios de comunicación convencionales del país, expresó sus críticas al respecto e indicó que la decisión gubernamental “ha limitado los derechos a la nacionalidad, asilo, el principio de no devolución y las garantías del debido proceso previstos en la Constitución de la República, la ley de movilidad humana y en los instrumentos internacionales de derechos humanos”.
Acorralado ante semejantes argumentos, el gobierno de Ecuador se ha visto obligado a mantener un “showmediático” ante su ciudadanía, con la articulación de una narrativa que hace referencia a una trama de ciberespionaje internacional. Conscientes de que la lucha por el poder implica el control del mensaje, se desarrolló un disparatado discurso oficial en el que se implica a supuestos hackersrusos en territorio nacional –a los que nunca se encontró–, a un desarrollador sueco de software libre amigo de Assange y especialista en protección de datos, e incluso a la mascota que acompañó a Assange en su tiempo de confinamiento en la embajada. Según el embajador ecuatoriano en Londres, se sospecha que el gato –hoy desaparecido– adoptado por el fundador de Wikileaks en sus tiempos de reclusión diplomática estuviese entrenado por el huésped indeseado para portar sofisticados dispositivos de espionaje en su collarín.
En resumen y más allá del riesgo que hoy pende sobre la libertad e incluso la vida de Julian Assange, no cabe duda de que la acción ecuatoriana sobre este caso le daría la razón a Goethe, cuando dijo: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

sábado, 30 de marzo de 2019

Prosur: un proceso sin chicha ni limoná

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur

Publicado en Semanario La Brecha de Uruguay

El pasado 22 de marzo los mandatarios de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú, además del embajador de Guayana en Chile, firmaron la llamada “Declaración de Santiago”. Mediante este documento los Estados implicados declaran su voluntad de revitalizar y fortalecer la integración de América del Sur a través del llamado Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur).

Esta nueva iniciativa nace de los presidentes Iván Duque y Sebastián Piñera, y se plantea como reemplazo de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), al que se le cuestiona bajo el planteamiento de ser concebido bajo parámetros ideológicos.

Crisis de la UNASUR

Para buscar los orígenes de la crisis de la UNASUR hay que remontarse al periodo en el cual la caída de los precios de los commodities en el mercado global comenzó a afectar a las economías suramericanas. Entre el año 2014 y 2015 los Consejos Ministeriales y Sectoriales del UNASUR  -espacios temáticos de discusión y articulación de consensos- comenzaron a paralizarse, vaciándose de contenidos este espacio de integración regional. 

El discurso de la soberanía nacional y la conformación de la Patria Grande encontró su contradicción en las políticas hiperextractivistas auspiciadas por el progresismo latinoamericano, lo que hizo que se incrementará la dependencia de estos países respecto al mercado capitalista mundial. Terminado el boom de los commotidies y por lo tanto el excedente económico, ningún gobierno progresista continuó apostado por la integración regional.

En este sentido, la parálisis de UNASUR deviene de antes del fin del ciclo progresista en el subcontinente, si bien es un hecho que el cambio de clima político que ha sufrido la región ha terminado de apuntillar esta iniciativa. En abril del 2018, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú decidían suspender su participación en este organismo por tiempo indefinido, justificando su decisión con base a la falta de “resultados concretos que garanticen el funcionamiento adecuado de la organización” tras haber transcurrido 270 días sin acuerdo respecto al nombramiento de un nuevo secretario general que reemplazara a Ernesto Samper. Cuatro meses después Colombia anunciaría su salida definitiva y en marzo del presente año Ecuador haría lo mismo. 

De esta manera, atrás iban quedando un conjunto iniciativas inconclusas y declaraciones de intenciones sin aplicación auspiciadas a lo interno de esta iniciativa regional, tales como el Banco del Sur, el Sistema Unitario de Compensación Regional, la posibilidad de montar una Corte Penal regional para luchar contra los delitos transnacionales, así como medidas destinadas a erradicar la pobreza o acuerdos para la adquisición interregional de fármacos genéricos con el fin de negociar en bloque un buen precio.

En paralelo y desde una lógica antagónica, los países con gobiernos no progresistas de la región -Chile, Colombia, y Perú- más México, lanzaban en 2011 la iniciativa Alianza del Pacífico con el propósito de generar un nuevo espacio de integración, en este caso con enfoque meramente comercial y con claro perfil liberal. Esta iniciativa no era menor, pues los pocos países inicialmente involucrados sumaban el 40% del PIB de América Latina. En la actualidad se hayan en proceso de incorporación a este espacio países latinoamericanos como Costa Rica, Ecuador, Guatemala y Panamá.

Un Prosur cuestionado desde la misma derecha

El nacimiento de Prosur es forzado y no responde a un proceso diplomático entre los países de la región sino más bien a coyunturas políticas internas de sus auspiciadores. Tanto Duque como Piñera sufrían fuertes caídas de popularidad en sus respectivos países durante la primera quincena de enero, momento en el cual posicionaron públicamente esta iniciativa.
Según el presidente Iván Duque, Prosur “no tiene ningún tipo de raíz política, institucional, ni económica”, tratándose simplemente de una “fuerza de coordinación”. Pese a la declaración anterior, este espacio nace excluyendo desde su origen a un país como la República Bolivariana de Venezuela, al que se le vetó la posibilidad de formar parte de esta iniciativa. Sería el ex presidente Juan Manuel Santos quien, pocos días después de la fundación de Prosur, pondría en cuestión la falacia oficial respecto a la carencia de criterio ideológico al interior de este nuevo espacio suramericano: “”Me parece que Prosur, o esto que están creando, es lo mismo, Unasur al otro lado… entonces si fracasó uno va a fracasar el otro… lo importante es tener un proceso de integración en América Latina que sea efectivo”. En todo caso, el formato con el que nace Prosur implicaría más su existencia como un foro de alto nivel -espacio para el debate de mandatarios suramericanos de países con gobiernos de perfil conservador- que una organización multilateral cuyo objetivo esté anclado a la integración regional. 

El cuestionamiento a Prosur no solo llega de los espacios ideológicamente más anclados a la izquierda convencional hoy en crisis, quienes definen a este invento como un espacio de desintegración regional al servicio de los espurios intereses norteamericanos, recurrido discurso de quienes tienen poco o nada que decir… Son los propios voceros de sectores empresariales suramericanos, que indudablemente comparten con los gobiernos fundadores de Prosur su ideología conservadora e incluso ultraconservadora, quienes expresaron su cuestionamiento a la nueva iniciativa con las siguientes palabras: “una mala idea para reemplazar otra mala idea”. Por poner tan solo un ejemplo, diversos sectores gremiales del capital chileno expresaron durante la cumbre fundacional de Prosur, en Santiago de Chile, sus críticas a este proceso manifestando que este nuevo organismo podría terminar opacando la “exitosa” iniciativa de integración comercial impulsada por el mismo Sebastián Piñera en su primer gobierno, en referencia a la Alianza del Pacífico.

En definitiva, si en algo aciertan los lobbies empresariales es en considerar que no es necesario tener dos instancias que avanzan, en esencia, para el mismo objetivo… es decir, la defensa de sus intereses corporativos.

En definitiva y más allá de posiciones ideológicas, la construcción de bloques regionales es una respuesta de la que se dotaron los Estados -más allá del ideario político con el que comulguen sus coyunturales gobiernos- en diferentes espacios geográficos del planeta para hacerle frente a la globalización. En este sentido, la falta de institucionalidad que se vive en los países de la región deriva en que en lugar de intentar subsanar iniciativas de integración regional en mal estado de salud, nuestros gobiernos hayan ido impulsando diferentes proyectos que opacaron y dificultan el accionar de los anteriores. Así hemos asistido a la conformación de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAG) y ahora Prosur… Cabría indicar que sin duda América Latina debe tener el récord mundial de iniciativas de integración regional fallidas y que la nueva apuesta auspiciada por los gobiernos conservadores de la región no tendrá como destino un final diferentes a las anteriores.



martes, 26 de marzo de 2019

Machado: “El CPCCS y muchas autoridades locales no tendrán legitimidad social”

Para el consultor político, Decio Machado, los resultados de las recientes elecciones son “la expresión de lo que la gente ha decidido”.
El entrevistado dijo que es preocupante que, en una ciudad abierta como Quito, se hayan plasmado lógicas racistas, clasistas. El analista indicó esto en referencia a la elección del alcalde en Quito, Jorge Yunda. “Más allá de que guste o no la candidatura de Yunda, lo que sí parece es que va a ver dificultades de gobierno para este nuevo período”.
Además, considera que Jorge Yunda no es un improvisado. “Yunda lleva tiempo trabajando esa candidatura. Pueden gustar o no las estrategias comunicacionales de Yunda, pero las tenía”.
Por otra parte, Machado identificó que hay un problema estructural: el sistema de partidos políticos. En estas elecciones hubo más de de 80 mil candidatos, 278 organizaciones políticas en el país. Todos ellos se disputaban las dignidades que habían, prosiguió. “Esto no es una demostración de salud democrática, sino más bien de quiebre de sistema”.
Me da la sensación de que hay un distanciamiento cada vez mayor entre el establishment político y la sociedad ecuatoriana. Eso debería llamar a la reflexión. De alguna manera creo que asistimos a una crisis de representación política que ya está en ciernes. En algún momento tendrá su clímax (…) Esto abre la ventana para fenómenos políticos totalitarios.
En relación a la elección del CPCCS, Machado dijo que los que resulten electos no tendrán legitimidad. Esto debido al bajo porcentaje de votos que obtienen.
Pero el problema de estas elecciones es que no solo tienen legitimidad social los del CPCCS. También hay muchas autoridades locales que también carecen de legitimidad. Si uno mira el porcentaje de votación que los votó, estamos hablando de un porcentaje pequeño el número de autoridades que salen por encima del 30% de apoyo.
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lunes, 25 de marzo de 2019

Ecuatorianos, a votar en medio de la confusión y gama de candidatos

Estos asistiendo a una especie de desconcierto. La gente va a manifestar un rechazo respecto a las candidaturas, por desconocimiento y por la metodología del CNE.

Hemos asistido a unas elecciones que vienen marcadas por la implosión (hundimiento y rotura hacia dentro) de Alianza PAIS tras los comicios de 2017. Esto creo que es el elemento, el fenómeno que hace que de alguna forma haya habido este número de candidaturas tan impresionante: más de 80.000. Estamos asistiendo a una especie de desconcierto con respecto a las elecciones, que tienen que ver para el Consejo de Participación Ciudadana. En este sentido, me parece que estamos asistiendo a un caos debido al mal hacer, es decir de las lógicas o las metodologías implementadas por el Consejo Nacional Electoral (CNE) respecto a estos comicios. Vamos a asistir a un fenómeno nuevo en Ecuador que no es tan solo votar, sino que la gente va a manifestar, de alguna manera, un rechazo porcentualmente importante con respecto a esas candidaturas por desconocimiento.

Esto implica una fuerte crítica a la metodología implementada por el CNE en ese sentido, en lo que tiene que ver con el ámbito del Consejo de Participación, de los candidatos. Y de alguna forma, a futuro, los resultados de estas elecciones, me atrevería a decir que vamos a asistir a una fuerte descentralización de la política tras 10 años de hegemonía de un partido que, en la práctica, quedará noqueado en estos comicios, sin viabilidad para seguir existiendo: Alianza PAIS.

Asistiremos al reposicionamiento de muchas organizaciones políticas locales, muchas de ellas dirigidas por cacicazgos locales. Me parece que el partido triunfante por el número de dignatarios que conseguiría con respecto a los demás, sería el socialcristiano, a través de candidatos propios o de alianzas que tienen.

Pero, lo que de alguna forma asistimos, en general, es a una gran descentralización del poder político. Esto podría implicar problemas serios de gestión en el marco del Consorcio de Gobiernos Autónomos Provinciales del Ecuador (Congope), la Asociación de Municipalidades Ecuatorianas (AME) y el Consejo Nacional de Gobiernos Parroquiales Rurales del Ecuador (Conagopare).

Es decir, donde va a haber una diversidad gigante, donde se darán disputas por el liderazgo en estas corporaciones de GAD. Por último, podría significar cierta desestabilización para gobernar a nivel nacional en la medida que en un marco de políticas de austeridad, pueda haber recortes para los gobiernos locales, lo que derivaría en conflictos entre Gobierno Nacional y locales.

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/politica/3/ecuatorianos-elecciones-seccionals-2019

miércoles, 27 de febrero de 2019

Semana caliente en la crisis venezolana

Por Decio Machado / Semanario Brecha

El pasado sábado 23 de febrero, Juan Guaidó -reconocido ya por medio centenar de países- cumplía un mes como presidente interino de Venezuela. Este aniversario se dió entre dos conciertos ideológicamente enfrentados a pocos metros de distancia de un lado y otro de la frontera colombo-venezolana, manifestaciones de uno y otro bando en disputa en distintas ciudades de la república bolivariana y el bloqueo de cuatro puentes en frontera, lo que no permitió la entrada de la ayuda humanitaria almacenada en Colombia hacia el interior de Venezuela. De esta manera la aseveración de Guaidó, “la ayuda humanitaria entrará sí o sí, por mar o por tierra”, quedó en nada para desprestigio del nuevo líder de la oposición antichavista.

Nicolás Maduro, el “otro” presidente venezolano, había calificado la caravana humanitaria que pretendía ser encabezada por Guaidó como un “show barato”. Hay que reconocer que algo de razón tuvo debido a que su gobierno había ordenado bloquear los puentes fronterizos con contenedores de camiones, suspender los zarpes y arribos en todos sus puertos y el cese de tráfico aéreo privado y comerciales con Curazao, donde también se acopia ayuda humanitaria. 

Tras el bloqueo de los puentes y el llamado a la deserción al ejército bolivariano por parte de Juan Guaidó, la respuesta del régimen se puede resumir en una socarrona frase de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional Constituyente y segundo en la estructura de poder del régimen chavista: “para un ejército de más de 280.000 efectivos, que se lleven a 12 no es importante…”. En todo caso y pese a que Maduro mantiene el control sobre sus fuerzas armadas, se estima que a la fecha de hoy son más de 300 efectivos militares venezolanos los que han cruzado las fronteras de Colombia y Brasil -la mayoría de ellos de rangos bajos y medios- desde el pasado sábado. 

El mes de mandato de Juan Guaidó se ha caracterizado básicamente por acciones simbólicas, no le queda otra dado la carencia de estructura de poder gubernamental de la oposición venezolana. A finales de enero nombró representantes diplomáticos en varios países que han reconocido su presidencia interina -Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, Estados Unidos o Paraguay entre otros-. A través de estos y con apoyo estadounidense, Guaidó lanzó una ofensiva diplomática con el fin de presionar a Maduro para que se convoquen elecciones lo antes posible. Otro objetivo hasta ahora también fracasado.

Tras sus peripecias del pasado día 23 en la ciudad colombiana de San José de Cúcuta, Juan Guaidó quedó fuera de Venezuela tras haber sido cerradas las fronteras de su país. El momento y la forma de su vuelta a Caracas, al momento de elaborarse este artículo, es aún una incógnita.

El lunes 25 de febrero, tras el fracasado reto al chavismo de la oposición venezolana, se reuniría en Bogotá el Grupo de Lima. Pese a las beligerantes declaraciones de Trump momentos antes de la cumbre, no se dio el ultimátum militar que los sectores políticos más conservadores esperaban. El fantasma de la intervención, aireado -entre otros- por dirigentes opositores venezolanos como Julio Borges o el mismo Guaidó, de momento ha quedado en el limbo. La presión internacional a Maduro queda enmarcada en el estricto ámbito diplomático y económico.

Al día siguiente, tras la reunión del Grupo de Lima, se procedería con una nueva reunión -la segunda ya desde la autoproclamación presidencial de Guaidó- del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En esta se denunció, por parte de la embajadora estadounidense Rosemary DiCarlo, al gobierno de Maduro por “bloquear” el ingreso de “ayuda humanitaria” al país. En su alocución DiCarlo manifestó, amenazadoramente, “es hora de reformar nuestro compromiso con el bravo pueblo venezolano”.

Sin embargo el Grupo de Lima se muestra resistente. En dicha sesión, el representante de Perú, Gustavo Meza-Cuadra, encabezaría la posición mayoritaria del Grupo de Lima. Según Meza-Cuadra, un cambio de gobierno en Venezuela “debe ser conducido por los propios venezolanos de manera pacífica (…) sin el uso de la fuerza”. La voz europea fue protagonizada por el representante francés, François Delattre, quien de igual manera manifestó la necesidad de “promover una salida negociada a la crisis (…) hay que evitar un recurso a la fuerza o a la violencia en Venezuela, no puede haber más que una solución política”.

Con el plan B de Guaidó y Borges desestimado, ni siquiera los aliados más cercanos a Estados Unidos visualizan la intervención militar como la opción más adecuada. Este escenario político apunta a que el deterioro del régimen de Maduro será lento aunque sostenido. Ni siquiera el mandatario colombiano Iván Duque tiene clara la opción militar. Duque es consciente que una acción militar de Estados Unidos, apoyada simbólicamente por otros países, podría desatar un conflicto regional de fuerzas regulares e irregulares que incluiría a los grupos guerrilleros colombianos. Algunos analistas hablan incluso de la posibilidad de que un desenlace militar conllevaría un largo conflicto protagonizado por fuerzas insurgentes con atentados terroristas en diferentes países de América Latina, algo parecido a lo que sucede en Medio Oriente pero con perfil guevarista.

Pese al coyuntural triunfo internacional de Nicolás Maduro, al interior del país el líder chavista sigue apareciendo como un personaje altamente cuestionado por la mayoría de la sociedad venezolana. Maduro es identificado como el principal responsable de una crisis que tiene su origen a partir del 2013, cuando para sostener los pagos de la deuda externa el gobierno recurrió a un corte drástico en la importación de productos esenciales tales como alimentos y medicinas. 

Después de perder el 66 por ciento de los escaños en la Asamblea Nacional en las elecciones de 2015, el gobierno de Maduro entró en una fase marcadamente autoritaria anulando todas las funciones parlamentarias y suspendiendo las garantías constitucionales, pasando a reprimir brutalmente las protestas populares de 2017 y aplicando juicios militares a civiles por protestar o por participar en los saqueos de alimentos. Su respuesta al triunfo electoral de la oposición en dichas elecciones fue la imposición de una Asamblea Nacional Constituyente con el 100 por ciento de diputados miembros del partido oficialista PSUV. Todo ello enmarcado en una coyuntura donde la mayoría de la población sufre hambre y miseria, con salarios inferiores a los 10 dólares mensuales, mientras la llamada “boliburguesía” -de la que aparece como líder- vive en una opulencia impúdica. Barrios faveleros como Cotiza o Petare, antaño bastiones chavistas, hoy protagonizan rebeliones contra el régimen. 

En la actualidad el gobierno de Nicolás Maduro se sustenta sobre el poder militar. Los altos mandos militares dirigen gran parte de los ministerios, controlan la estatal PDVSA, tienen un canal de televisión, manejan una quincena de empresas inútiles y controlan la distribución de alimentos.

En la actualidad el chavismo está dividido. Muchos de ellos, como la organización Marea Socialista cuestiona al régimen de Maduro y varios de los ministros emblemáticos de Hugo Chávez son claros opositores a su sucesor, estando incluso algunos de ellos -caso de Miguel Rodríguez Torres- detenidos.

En paralelo, la oposición conservadora tampoco goza de las simpatías mayoritarias de la población. Pese a percibir la necesidad de un cambio, la sociedad venezolana es consciente de que el llamado “Plan País” auspiciado por Guaidó no es más que una amalgama de medidas privatizadoras y planes de ajuste económico que harán que el peso de la hoja de ruta para la salida de la crisis recaiga sobre las espaldas de los sectores más vulnerables. El entreguismo de la oposición a los intereses extranjeros ahondan aun más su cuestionamiento social entre los sectores populares, si bien gozan de la condición de aparecer como la única salida posible frente a un régimen absolutamente desgastado y ante la falta de una tercera vía con identificación políticas entre los estratos populares.

Pero más allá de la permanente espectáculo protagonizado por la oposición antichavista, el control social y la represión desarrollada por el régimen de Maduro y las provocaciones constantes de los Estados Unidos, es un hecho que de los recientes daños a la economía de Venezuela -debido a las sanciones de Estados Unidos- nadie habla en los foros internacionales. Dicho impacto económico asciende aproximadamente a unos 345.000 millones de dólares y afecta de forma directa a la población venezolana, condición que agudizará su penuria. 

Mediante estas sanciones se impide al gobierno de Nicolás Maduro beneficiarse de las ventas de petróleo a los Estados Unidos y por extensión a una larga lista de países aliados que buscan alternativas a su suministro de crudo. Dichas sanciones afectan también al acceso a los químicos requeridos para procesar dicho petróleo, condición necesaria para el país caribeño dado que su crudo es casi sólido cuando sale del subsuelo y no puede fluir a través de tuberías sin químicos disolventes como, por ejemplo, la nafta.


Es así que Venezuela se está quedando sin espacio para almacenar su petróleo bloqueado por las sanciones internacionales impuestas y que en la actualidad pocos se atreven a comprar. Decenas de buques cisterna con 8,36 millones de barriles de crudo venezolano por valor de más de US$500 millones esperan varados en los puertos más importantes del país, mientras el gobierno intenta encontrar otros compradores a su petróleo más allá de India y China, a quienes se les suministra petróleo estrictamente como pago de deuda.

viernes, 15 de febrero de 2019

La crise au Venezuela au-delà des lieux communs

Il y a longtemps qu’il n’est plus question d’idéologie ou de classe. Le Venezuela est devenu un État mafieux dans lequel ses dirigeants sont confrontés à une opposition qui répond aussi à des intérêts manifestement peu avouables, soutenus par des puissances interventionnistes reproduisant une histoire de siècles de dépendance.

Decio Machado

15 février 2019
Le 23 janvier, le député Juan Guaidó s’est auto-proclamé président en exercice de la République bolivarienne du Venezuela. Ce jeune député de l’État de Vargas, encore inconnu quelques jours auparavant de la majorité des Vénézuéliens et surtout de la communauté internationale, est membre du parti Voluntad Popular - une organisation politique fondée en décembre 2009 sous la direction de Leopoldo López - et a été désigné président de l’Assemblée nationale 18 jours seulement avant son auto-proclamation.
Guaidó, âgé d’à peine 35 ans, a commencé à s’engager en politique pendant ses années universitaires. Il fut l’un des leaders étudiants de ladite « génération 2007 », un mouvement d’opposition au président de l’époque, Hugo Chávez. De là, il est passé à la politique institutionnelle, remportant un siège aux élections législatives de 2010 et étant réélu en 2015.
Le rôle qu’il joue aujourd’hui représente un changement dans les stratégies d’une opposition qui, malgré les faiblesses du régime, s’est distinguée par sa fragmentation interne et la lutte entre ses différents dirigeants. Une situation qui a permis à Nicolás Maduro de survivre au pouvoir malgré sa faible légitimité politique et sociale. Avec la plupart des leaders de l’opposition en exil ou privés de leurs droits politiques par la « justice » bolivarienne - Leopoldo López, Antonio Ledezma, Julio Borges ou Henrique Capriles, entre autres - Guaidó, un personnage de second plan il y a encore peu de temps est aujourd’hui sur le devant de la scène et joue probablement un rôle décisif dans la situation politique actuelle du pays.
Il n’a fallu que quelques secondes après avoir prononcé son serment - « Je jure d’assumer officiellement les compétences de l’exécutif national en tant que président en exercice » - pour que le président américain, Donald Trump, et le secrétaire général de l’OEA, Luís Almagro, entrent en scène, dans un rôle stratégique déterminé à l’avance. La liste des pays et organisations internationales reconnaissant le nouveau chef de l’opposition comme président au détriment de Nicolás Maduro s’est ensuite allongée progressivement.
Analyser le résultat du récent mouvement de pièces d’un secteur de l’opposition sur l’échiquier politique vénézuélien nécessite une objectivité dont malheureusement la majorité des chroniqueurs et leaders d’opinion manquent. Dans ce sens, nous ferons un effort appliqué sur les quatre axes suivants de cette crise : l’auto-proclamation en tant que président de Guaidó est-elle légitime ? Quelle est la réalité derrière l’ingérence étrangère ? Quelles sont les stratégies des acteurs en conflit et les scénarios les plus probables qui pourraient en découler ? Et enfin, quelle serait la meilleure sortie de crise pour la population ?

L’illégitimité démocratique des camps en présence

Le processus électoral du 20 mai 2018, au cours duquel Nicolás Maduro a été élu pour la deuxième fois président du Venezuela pour la période 2019-2025 - avec 67,84% des suffrages exprimés -, a été marqué d’importantes irrégularités tant dans sa convocation que pendant le processus électoral. Il s’agit notamment de l’exclusion de divers candidats, de l’entrave à la participation de plusieurs partis d’opposition, de l’absence de compétences constitutionnelles de l’Assemblée constituante pour convoquer des élections, du non respect des échéances prévues dans le règlement électoral et de multiples accusations d’achats des votes. 
Plusieurs organisations internationales ont dénoncé l’absence de garanties démocratiques et de transparence dans le processus électoral, ce qui a même conduit les Nations Unies à refuser d’y participer avec des observateurs électoraux.
A l’intérieur du Venezuela aussi, le scrutin n’a pas suscité la confiance avec la plus forte abstention dans l’histoire des élections présidentielles depuis l’arrivée de la démocratie dans le pays en 1958. Alors qu’en 2006, la participation était de 74,7 % ; en 2012, de 80,5 % et en 2013, de 79,6 % ; en 2018, elle a à peine atteint 46 % de l’électorat, c’est-à-dire moins de la moitié de la population convoquée. Sur un registre électoral de 20,5 millions de citoyens, seuls 9,4 millions se sont rendus aux urnes, et 6,2 millions ont soutenu le régime de Nicolas Maduro.
Toutefois, au-delà de ce qui précède, l’application de l’article 233 de la Constitution - sur laquelle se base l’auto-proclamation de Guaido et qui prévoit que si un président élu ne peut prêter serment pour commencer son mandat, la présidence doit être confiée au président de l’Assemblée nationale jusqu’à la nomination d’un nouveau président - n’est pas applicable dans les circonstances actuelles.
Cet article a été conçu en tenant compte de la possibilité qu’un président élu ne soit pas en mesure d’assumer la direction du pays, une situation très éloignée de la réalité que vit actuellement le Venezuela. Ce qui existe actuellement n’est pas un vide de pouvoir mais un président qui n’a pas été reconnu par la majorité de la société. En fait, l’auto-proclamation et la reconnaissance internationale de Guaidó suivent une logique politique nationale et internationale, mais manque de base juridique.

L’auto-proclamation et la reconnaissance internationale de Guaidó suivent une logique politique nationale et internationale, mais manque de base juridique
Au niveau régional, et au-delà de l’action honteuse de l’OEA, ces événements ont lieu en l’absence de l’UNASUR après la mise en place d’une nouvelle hégémonie néolibérale en Amérique du Sud. On a malheureusement oublié l’action de cet organisme face à la crise politique en Bolivie en 2008, au coup d’État contre le président Zelaya au Honduras en juin 2009, à l’installation de bases militaires américaines en Colombie en août 2009, aux tensions frontalières et géopolitiques résultant de la rupture des relations entre la Colombie et le Venezuela en août 2010 , à la crise en Équateur après la mutinerie de la police en septembre 2010, au renversement du président Fernando Lugo au Paraguay en juin 2012 ou aux tentatives de déstabilisation au Venezuela entre avril 2013 et mars 2015, date à laquelle les dirigeants sud-américains s’étaient réunis en sommet présidentiel pour reconnaître le président Maduro et la légitimité du processus électoral d’avril 2013 [sa première élection après la mort de Hugo Chávez, ndlr].

Ingérence étrangère 

Malgré deux décennies de règne des chavistes au Venezuela, les États-Unis demeurent le principal importateur du pétrole vénézuélien et le premier fournisseur de devises étrangères du pays. Cependant, malgré tout l’encre que font couler les analystes de la gauche traditionnelle, l’intérêt des États-Unis pour le pétrole vénézuélien est strictement limité aux activités de ses sociétés transnationales.
La dépendance des États-Unis à l’égard du pétrole étranger s’est considérablement réduite ces dernières années. Ils sont devenus presque autosuffisants à la suite du brutal développement de son industrie du fracking. Mais, comme l’a déjà annoncé John Bolton, conseiller de Trump à la Maison-Blanche, les compagnies pétrolières américaines souhaitent investir et produire du pétrole au Venezuela, à condition que Nicolas Maduro quitte le palais de Miraflores.
Les États-Unis ont systématiquement négligé le Venezuela et le reste du sous-continent depuis 2001, lorsque l’administration Bush a lancé ses guerres dans le golfe persique et en Afghanistan. Depuis l’arrivée de Donald Trump dans le Bureau ovale, on constate à Washington un fort désintérêt à concevoir une politique bien pensée stratégiquement, ambitieuse, systématique et axée sur la défense des intérêts des États-Unis et de leurs alliés.
Début février, même le Sénat américain a voté - avec le soutien majoritaire des démocrates et des républicains - contre ce qu’il a qualifié de « retrait précipité » des troupes en Syrie et la réduction de leur nombre en Afghanistan. En ce sens, il semblerait que les discours belliqueux de Trump et les pressions diplomatiques américaines auraient pour objectif réel de reconquérir l’électorat républicain le plus radical sur le plan idéologique, une nécessité après le blocage de la proposition présidentielle sur la construction du gigantesque mur [anti-migrants, ndlr] à la frontière avec le Mexique.
De l’autre côté de la barricade se trouvent la Russie et la Chine, qui sont les principaux fournisseurs d’armes du Venezuela. Le soutien politique de la Russie à Maduro est surtout pécuniaire, car au-delà des intérêts politiques - le Venezuela a exprimé son soutien à la Russie sur des questions telles que la reconnaissance de l’Abkhazie, l’Ossétie du Sud et la situation en Ukraine - elle est créancière d’environ 5% de la dette publique extérieure du pays, qui a servi à financer l’achat d’avions de combat et quelques sous-marins. Dans l’hypothèse d’un changement de régime, Vladimir Poutine court le risque de perdre plus de 17 milliards de dollars investis dans ce pays des Caraïbes au cours des deux dernières décennies. La plupart d’entre eux ont été attribués par l’establishment bolivarien à la compagnie pétrolière d’Etat russe Rosneft.
Dans le cas de la Chine, ses relations avec le Venezuela découlent du projet du président Xi Jinping d’étendre l’influence de Pékin à l’échelle internationale. Alors que plusieurs pays ont cessé de faire des affaires avec Caracas ces dernières années, la République populaire de Chine a doublé son soutien. Au cours de la dernière décennie, le Venezuela a reçu plus de 62 milliards de dollars de la Chine, principalement sous forme de prêts, ce qui représente 53 % des montants totaux prêtés par le géant asiatique en Amérique latine.
La Chine « possède » actuellement pour 23 milliards de dollars de la dette extérieure du Venezuela, ce qui en fait le plus grand créancier du pays et un acteur clé -grâce à son portefeuille- pour le maintien au pouvoir de Nicolas Maduro . Un changement de gouvernement à tendance pro-américaine pourrait compliquer le remboursement de la dette extérieure vénézuélienne [qui dans le cas de la Chine se fait surtout par l’envoi de barils de pétrole, ndlr]
 

Stratégie des actions et scénarios prévisibles

 
La scénario politique initié par l’auto-proclamation présidentielle de Juan Guaidó a des objectifs clairs et concrets : accroitre l’usure et la délégitimation politique actuelle de Nicolás Maduro et sa clique ; mettre en avant une nouvelle direction politique dans le pays en cherchant à unifier les partis de l’opposition dans une même stratégie ; accroître l’isolement mondial du régime bolivarien par le recours aux sanctions internationales et, dans la conjoncture actuelle, saper le soutien des Forces armées à Nicolás Maduro. 
 
Donald Trump a déjà adopté des mesures qui vont dans ce sens. En sanctionnant la compagnie pétrolière publique PDVSA, en s’emparant de ses actifs et en gelant ses comptes aux États-Unis, il s’attaque directement au talon d’Achille de l’économie vénézuélienne. Citgo, sa filiale qui opère aux États-Unis avec des milliers de stations-services et des raffineries , sera remise à l’opposition politique. Désormais, les fonds que les États-Unis doivent verser au gouvernement vénézuélien seront versés au « gouvernement » de Juan Guaidó. L’objectif est de précipiter l’effondrement économique du régime de Maduro - le FMI prévoit une hyperinflation de 10.000.000 % pour cette année - indépendamment de l’impact que de telles actions ont sur une société vénézuélienne, qui souffre de pénuries de nourriture et de médicaments.
Ces actions sont entreprises alors que PDVSA est en défaut de paiement sur sa dette et que - fruit de l’inefficacité du gouvernement et de la corruption institutionnelle - sa production atteint aujourd’hui le niveau le plus bas des trois dernières décennies, à savoir 1,3 million de barils par jour. 
 
Une nouvelle équipe dirigeante est en train de se mettre en place afin de surmonter les frustrations d’une partie de la population vénézuélienne après les quatre mois de protestations en 2017, qui ont fait 125 morts. Actuellement, des chefs traditionnels de l’opposition comme Henrique Capriles ou Henry Ramos Allup ne font pas trop parler d’eux et ne remettent pas non plus en question la nouvelle stratégie de l’opposition, ce qui semble indiquer l’existence d’un « pacte » transitoire malgré le fait que le soutien explicite des États-Unis à la stratégie conçue par le parti Voluntad Popular [de Juan Guaidó, ndlr] crée du mécontentement. 
 
De leur côté, Nicolás Maduro et la « bolibourgeoisie » installée au pouvoir ne semblent pas avoir une stratégie qui va au-delà de la logique de pourrissement du conflit. Par conséquent, il est possible qu’ils optent pour un dialogue avec l’opposition dans le but de gagner du temps. 
 
Une fois la stratégie misant sur le culte de Hugo Chávez épuisée, il ne reste plus au régime de Maduro que de fournir une instruction militaire aux secteurs les plus inconditionnels de la population. Avec l’objectif annoncé d’atteindre deux millions de miliciens recrutés et armés pour défendre son gouvernement, le régime cherche à faire une démonstration de force pour effrayer l’opposition et freiner, selon la stratégie de la peur, les présumées et permanentes mobilisations de rue envisageables. En fait, une étude de la firme Torino Capital - une banque d’investissement et courtier en valeurs mobilières ayant son siège social à New York et des investissements importants en Amérique latine - n’attribue que 40 % des probabilités et 30 % des possibilités à un scénario où le gouvernement de Maduro se verrait forcé à organiser une élection présidentielle anticipée. 
 
Parallèlement, Maduro cherche à diminuer l’impact des sanctions américaines sur PVDSA en augmentant la vente de pétrole à des intermédiaires qui revendraient ensuite les barils aux États-Unis ou dans d’autres pays, ainsi qu’en augmentant les exportations de pétrole brut en Chine et en Inde. Dans le même temps, une initiative a été lancée pour rechercher de nouveaux fournisseurs afin d’acquérir les diluants qui permettent la commercialisation du pétrole lourd de la ceinture de l’Orénoque et du carburant qu’il achète à l’étranger en raison des défaillances permanentes des raffineries du pays. 
 
On s’attend à ce que l’approvisionnement alimentaire diminue, qu’il y ait des problèmes d’approvisionnement en essence et il est fort probable que les pannes de courant et autres types de dysfonctionnements augmentent.
 
A court terme, le gouvernement de Maduro doit dépenser environ 3 milliards de dollars pour répondre aux besoins d’importation de produits de base - dont beaucoup viennent désormais du Mexique, de Russie et de Turquie - comme la farine, le riz, les pâtes et le lait en poudre qu’il vend à des prix subventionnés aux populations à bas revenus et l’achat de carburant pour éviter des pénuries et des interruptions du service électrique. 
 
Enfin, compte tenu de la baisse imminente des recettes en devises, la Banque centrale du Venezuela met en œuvre des mesures d’urgence pour prévenir l’escalade du dollar et une nouvelle dévaluation du bolivar. En ce sens, elle vise à réduire considérablement le crédit et à augmenter substantiellement la part de l’argent que les institutions financières doivent garder au titre de garantie. En tout état de cause, il est prévisible que l’hyperinflation ne s’arrêtera pas, étant donné que sa cause fondamentale est l’émission par le gouvernement d’argent inorganique en grandes quantités pour couvrir ses dépenses . Même le resserrement du crédit risque d’aggraver la récession économique actuelle, qui a commencé en 2013 et s’est aggravée à partir de 2015. 
 
Si l’opposition politique vénézuélienne ne parvient pas à saper le soutien militaire à Maduro, qui est une condition préalable pour le faire quitter le pouvoir, la réduction des revenus en devises étrangères devrait entraîner une forte diminution des importations de matières premières et d’intrants dans le pays. Selon une récente analyse du Crédit Suisse, les sanctions américaines à l’encontre du Venezuela, en raison des restrictions de change, feront augmenter le taux de change et l’inflation, ce qui aggravera la récession.
 
Quoi qu’il en soit, il se peut que la stratégie des États-Unis et de l’opposition transforme le gouvernement de Nicolás Maduro en une sorte de Big Brother avec un pays encore plus appauvri où il reste le seul ayant quelque chose à répartir grâce à ses négociations avec la Chine, la Russie, la Turquie et le Mexique.

La meilleure solution possible

La première chose à comprendre est qu’il ne s’agit plus d’un différend idéologique ou de classe. Les pratiques du gouvernement actuel au Venezuela sont plus proches de celles de Fujimori [Pérou, 1990-2000, ndlr] que de celles mises en œuvre par le chavisme dans ses moments de plus grande légitimité sociopolitique. Être chaviste aujourd’hui au Venezuela n’implique pas nécessairement un soutien au régime de Nicolás Maduro. C’est d’ailleurs dans les quartiers populaires de Caracas qu’ont eu lieu les mobilisations populaires de nuit autour du 23 janvier, précisément ceux qui étaient auparavant sous le contrôle du régime. 
 
Le Venezuela est devenu un État mafieux dans lequel ses dirigeants font face à une opposition qui répond aussi à des intérêts manifestement peu avouables. L’idéal, bien que peu probable, serait qu’une troisième force, sociale, issue du moins en partie de la société civile, émerge dans ce contexte, afin d’imposer la volonté de la majorité pour une solution politique sans effusions de sang et interventions étrangères. 
 
Dans la pratique, la solution politique la plus appropriée consisterait à organiser des élections libres, ce qui impliquerait la mise en place immédiate d’un nouveau Conseil national électoral - l’organisme en charge des élections contrôlé actuellement par le parti au pouvoir - qui serait composé de personnalités issues du monde académique, reconnues au niveau national et autonomes des forces en présence. 
 
Il ne fait aucun doute que Nicolás Maduro doit quitter le pays, peut-être pour un pays allié qui lui offrirait - du moins au début - une protection. En même temps, la troupe doit comprendre que, malgré les privilèges dont jouissent actuellement leurs commandants, ils ne doivent pas réprimer la majorité dissidente de la société, ni être complices de la répression exercée actuellement par les groupes paramilitaires proches du régime [les colectivos, ndlr]. Selon des données compilés par Provea, une organisation sociale dédiée à la défense des droits de l’homme au Venezuela, les Forces d’action spéciales (FAES) de la Police nationale bolivarienne sont responsables du meurtre de 205 citoyens entre janvier et décembre 2018. 
 
Un scénario de guerre au Venezuela résultant d’une hypothétique invasion étrangère du pays, un scénario improbable, mais sur lequel le régime tente de se légitimer depuis des années, ne donnerait pas la moindre chance de victoire aux Forces armées nationales bolivariennes (FANB) malgré les importants investissements en armements réalisés ces dernières années.
 
Au-delà des discours enflammés prétendument héroïques et patriotiques de Nicolás Maduro, les États-Unis continuent d’être la première puissance militaire de la planète et disposent d’une capacité suffisante pour mener des opérations chirurgicales militaires sans trop s’exposer, tandis que le Venezuela occupe la 45e place du classement militaire sur 131 pays. Une guerre au Venezuela ressemblerait davantage à ce qui s’est passé en Irak et en Libye qu’à l’exemple tant cité du Vietnam. 
 
Le plus probable, c’est que les dirigeants de l’armée bolivarienne chercheront des mécanismes pour négocier des amnisties et des acquittements dans les enquêtes ouvertes contre eux pour des cas de corruption et de répression de la population civile, c’est à ce moment là qu’ils pourraient laisser tomber Maduro s’ils le voient en train de perdre le bras de fer.