miércoles, 1 de junio de 2022

Ecuador: país fracturado en mil pedazos


Por Decio Machado
/ Consultor político y miembro de la Universidad Nómada del Sur

A punto de cumplirse el primer año de su mandato, cabe recordar que Guillermo Lasso llegó a la poltrona presidencial de Carondelet obteniendo 1.83 millones de votos en la primera vuelta sobre un censo electoral de 13.11 millones de electores, es decir, apenas un 13.96% del electorado lo apoyó en primera instancia recibiendo 1.89 millones de votos menos que en su primera vuelta de las elecciones presidenciales anteriores en 2017.

Así las cosas, podemos afirmar que la victoria de Lasso en segunda vuelta fue un regalo. Se le agasajó con 2.83 millones de votos que no eran suyos fruto de la justificada resistencia de un importante sector de la población ante la posible vuelta al poder de un correísmo carente de autocrítica y la incongruencia ideológica de determinados sectores de la izquierda política, social e intelectual del país que en lugar de negociar condiciones de apoyo crítico con el progresismo auspiciaron la transferencia de sus votos a la opción conservadora bajo un sofístico llamado al voto “nulo ideológico”, haciéndole escasa crítica durante la campaña electoral al hoy presidente banquero. En definitiva, si bien se constata en los hechos aquella cita que decía que “a cada revolución inconclusa le sigue una contra-revolución”, lo sorprendente aquí es ver quienes fueron sus auspiciadores.

Consciente de la compleja situación económica en la que se encuentra el país, Lasso fijó compromisos electorales muy concretos: dinamizar la economía y generar dos millones de empleos incrementado la inversión extranjera, expandiendo el sector agrícola mediante préstamos a bajo interés, aumentando la producción petrolera y ampliando agresivamente la frontera extractiva en general. Lo demás, eso que fue ampliamente halagado por diversos consultores y analistas políticos y que tenía que ver con su “supuesta” adhesión a determinadas causas juveniles y su particular aparición en redes sociales durante la segunda vuelta fueron apenas florituras que hicieron, dentro del ya por sí reduccionista mundo del marketing político, algo más creíble su propuesta electoral.

¿Qué país se encontró Lasso y que país tenemos un año después?

Aunque Ecuador es considerado un país de renta media fruto del más que discutible uso predominante del PIB para diagnosticar el desarrollo nacional, en realidad vivimos en un país pobre, semi-estancado desde el año 2015 -momento en que impactó sobre la economía nacional el fin del llamado “boom de los commotidies” o de la “era de la economía fácil”- y en profundo proceso de aun mayor empobrecimiento.

Nuestro PIB per cápita en 2021 fue de USD 5.545, lo que hace al Ecuador ocupar el puesto 97 de los 196 países que componen dicho ranking global. Sin embargo, los datos del SRI demuestran que en torno a un 53% de los contribuyentes ecuatorianos percibe menos de USD 499 mensuales y otro 9% más estaría por debajo de los USD 600. Así las cosas, la pérdida de empleo en el presente año continúa afectando en mayor medida a los hogares medios y populares con menores de edad (52%), por encima del promedio nacional (43%), lo cual genera un rebote de la economía -hablemos claro, recuperación económica nunca hubo- muy lento y desigual tras el impacto económico de la pandemia que agravó aún más la crisis.

Según el informe ENCOVID presentado por UNICEF en febrero del presente año, un 57% de las familias ecuatorianas se han visto obligadas a pedir préstamos a sus familiares y amigos para poder mantener sus hogares. Todo ello tras dejar de comprar medicamentos, no pagar rentas, servicios básicos y devolución de deudas, mientras la canasta familiar nacional pasaba de USD 712,07 en febrero de 2021 a USD 725,16 en febrero de 2022 y sigue en acelerado crecimiento fruto del impacto de la inflación que ya significó un IPC el pasado mes de marzo del 2,64%. Derivado de lo anterior, la inseguridad alimentaria no disminuye (48%), aumentando sustancialmente en los hogares con menores de edad de estrato bajo (de 68% a 79%) y medio bajo (de 63% a 73%). Queda como tarea pendiente para algunos amigos y amigas adscritos al Colegio de Economistas hacer una evaluación profunda y sincera de los niveles de endeudamiento familiar en el país y las consecuencias que de ello derivarán al medio plazo.

Con su habitual imprudencia, como “gobierno débil” definieron nuestros inefables analistas del campo de la izquierda al gobierno de Guillermo Lasso desde el día mismo de su investidura. “Mejor esto que el correísmo” afirmaron incluso algunos de los más osados, justificando así su falta de coherencia y olvidando aquella memorable cita de Giulio Andreotti -quien fuera en siete ocasiones presidente del consejo de ministros italiano- que decía “el poder desgasta al que no lo tiene”.

En paralelo, la Asamblea Nacional, fruto de un voto muy fragmentado en los comicios del 7 de febrero de 2021, se constituía inicialmente con un bloque mayoritario de la Revolución Ciudadana (49 curules), seguido del Pachakutik (27 curules) debido al “efecto electoral Yaku Pérez”, e Izquierda Democrática y Partido Social Cristiano con 18 curules cada uno. El partido de gobierno, CREO, apenas conseguía 12 legisladores y no tenía en principio capacidad de conformar un bloque en el Legislativo. Apenas unos días después, en su “debilidad” los operadores del gobierno ya habían logrado articular una bancada de 25 curules conformados bajo el nombre Bancada del Acuerdo Nacional (BAN) con 13 asambleístas más comprados a buen precio en el “mercado persa” legislativo.

Una vez más, renombrados dirigentes y pretendidos voceros de la izquierda alternativa saludarían con alegría, nocturnidad y alevosía el nombramiento de la cacique amazónica Guadalupe Llori como presidenta de la Asamblea Nacional, refiriéndose a ésta como una dirigente del movimiento indígena que había sido perseguida por el régimen correísta debido a su convicción de lucha y coherencia política. Algunos tuits y declaraciones públicas del momento son inolvidables y quedan para los anales de la historia.

De igual manera, el aparato de comunicación del Legislativo nos transmitía que por fin tendríamos una Asamblea Nacional diferente y sensible a la ciudadania ecuatoriana, donde se debatirían las reivindicaciones e inquietudes de la sociedad en la búsqueda de la defensa de los intereses de los sectores más humildes y vulnerables del país. Se acabaron los “brazos de madera” del período correísta y la venta de hospitales y prebendas del período de María Paula Romo como jefa del frente político de la administración morenista nos dijeron… pues bien, a partir de ahí asistiríamos a un pacto anti-natura entre la bancada pro gobierno nacional, determinados asambleístas provinciales, la mayoría del bloque Pachakutik y el partido Izquierda Democrática.

En la práctica lo más grave en este primer año del actual ciclo legislativo es constatar que el movimiento político Pachakutik, lejos de identificarse con aquella tesis del filósofo francés Jacques Rancière según la cual puntual y periódicamente los “cualquiera” irrumpen en el poder para inscribir sus derechos en la ley, más bien demostró lo resistentes que son las instituciones públicas al cambio y lo irrelevante que representa quienes estén al cargo de ellas, sean del pelaje que sean.

Más allá de lo ideológico, ni el gobierno nacional tuvo la capacidad de presentar leyes bien articuladas, ni los legisladores de cada bancada fueron competentes a la hora de imponer una agenda propia ante las carencias técnicas del actual gobierno. Unos y otros se justifican hoy públicamente estupidizando sus mensajes y minimizando hasta lo inverosímil la capacidad receptiva del pueblo ecuatoriano.

La cuadratura del círculo llegaría de la mano de la bancada de la Revolución Ciudadana el pasado 26 de noviembre, posibilitando mediante su abstención, la entrada en vigor mediante el ministerio de la ley de las reformas tributarias impulsadas desde el gobierno de Lasso. En la práctica, el más que hipotético pacto entre Rafael Correa y Guillermo Lasso que permitiría a la postre la salida del ex vicepresidente Jorge Glas de la cárcel de Cotopaxi y el “supuesto” cese de la persecución sobre líderes políticos del correísmo implicaría habilitar una de las demandas fundamentales de la agenda fondomonetarista en el país: recaudar cerca de USD 2.000 millones en los dos próximos años con el fin de hacer viable el servicio de deuda al que está obligado Ecuador. Todo ello claro está, a costa del lomo de la cada vez más débil clase media nacional mientras se privilegian los intereses de los grandes emporios empresariales y fortunas del país -los cuales gozan que una tasa de presión fiscal inferior al de la clase media- y del establishment político nacional por encima de los de la sociedad a la que dicen representar. En fin, parece evidente que una de las tareas urgentes que debe afrontar Ecuador en este momento es transformar lo que se considera aceptable y no aceptable en política.

En definitiva, se constató que la representación es una suplantación que desactiva la capacidad de incidencia de la sociedad común en política, lo que en la práctica implica que las grandes mayorías no tengan interlocutores en la Asamblea Nacional por mucho que a dichos legisladores les encante hacer spaces en Twitter para indicarnos lo involucrados que están con el bienestar de la ciudadanía ecuatoriana y sus preocupaciones respecto al devenir de la nación.

Las consecuencias de todo esto se dieron de ipso facto: mientras en la actualidad la confianza promedio respecto al poder legislativo en América Latina es del 20% (Latinobarómetro, 2021) en nuestro país apenas alcanza el 4%; en paralelo, asistimos a un creciente deterioro de la popularidad gubernamental que posiblemente equipare hacia fin de año los indicadores de legitimación del presidente Guillermo Lasso a aquellos con los que terminó el mandato su antecesor Lenín Moreno.

La creciente descrédito gubernamental está provocando que el inicial pacto existente entre medios de comunicación nacionales y el Ejecutivo para el blindaje mediático de Guillermo Lasso este llegando a su fin, lo que a la postre agudizará aún más el deterioro de la figura del actual mandatario, aunque no por ello su capacidad de ejercer el poder.

Que el pacto entre gobierno y correísmo le haya dado cierto fuelle al Ejecutivo es un hecho innegable, pero también lo es que mediante este proceso el gobierno nacional apenas compró tiempo. En su agenda está, tal y como se pudo apreciar en su proyecto Ley de Inversiones, la privatización de sectores, servicios y empresas públicas bajo la eufemística figura de la “delegación”, ahora bien, que puedan hacer el business pretendido empoderando en paralelo al sector financiero privado parece a priori improbable dado el grado de deslegitimación social al que está llegando el Ejecutivo. En paralelo y con un gobierno gestionado por personas que durante su vida profesional y política activa se han dedicado a combatir el rol del Estado en la economía y la sociedad en general, descubrimos que pasado un año de mandato siguen sin ni siquiera comprender como es el funcionamiento de la gestión pública ni la estructura del Estado, lo que está implicando un deterioro acelerado de la infraestructura vial y los servicios públicos, perdiendo excelencia la Academia ecuatoriana, incrementándose aceleradamente el mal estado de los centros escolares y viéndose los hospitales con carencia de medicinas y personal sanitario para la atención demandada.

En pocas palabras, el diseño de la hoja de ruta realizada para la salida de la crisis recae sobre las espaldas de los sectores más débiles de nuestra sociedad, lo que mantiene la balanza de este país muy desequilibrada a favor de la fracción más privilegiada bajo un proyecto político que busca normalizar tanto la exclusión como la precarización de la vida de nuestra gente.

Riesgos y retos a futuro

Pero la crisis más grave que atraviesa el país no es la económica, la cual ya de por sí es considerable, sino la política e institucional. Todo atisba a una crisis orgánica, aquello que Antonio Gramsci definía en sus Quaderni del Carcere como el agotamiento del marco institucional, es decir, cuando el conjunto de lo existente no es capaz de ofrecer soluciones institucionales ni integración cultural y simbólica a los anhelos de grandes capas de la población dentro del actual orden constituido.

Nuestro establishment político se muestra en su cotidianidad como incapaz de ofrecer y hacer una política útil para la sociedad; todos los partidos políticos hoy existentes en la cartografía política nacional nos llevan al camino de lo viejo; no hay nada menos erótico que la política institucional ecuatoriana; los auto-definidos como intelectuales -tanto del ecosistema político la izquierda como de la derecha- no hacen más que teorizar y emitir consignas sobre lo que ya conocemos, es decir, repiten lo que uno ya sabe demostrando sus falencias en el ámbito de la frescura intelectual; y en el caso de la izquierda el correísmo, tras una década de gobierno y su actual práctica en la Asamblea Nacional y discursos en foros internacionales, logró convencernos de que militar en las filas del progresismo carece de atractivo y sex appeal para todo aquel que no tenga como ambición personal escalar en su debido momento en las estructuras de poder el Estado.

Entre unos y otras convirtieron a la política ecuatoriana en una máquina de fabricar decepciones, a través de la cual los liderazgos políticos nacionales, sin excepción, se muestran incapaces de comprender que es en los momentos en que se rompen las bases materiales que antaño permitieron antiguos consensos cuando se generan los momentos propicios para articular las transformaciones sociales que toda sociedad viva periódicamente necesita.

En un Ecuador que necesita urgentemente cambios, lo que evidentemente no quiere el poder político y económico en manos conservadoras, el izquierdismo clásico mantiene una visión instrumental del Estado entendiendo que lo único realmente importante es en manos de quien está dicho Estado, lo que a la postre implica que el país carezca de vectores de cambio. En fin, decía Nietzsche que “no hay hechos, solo interpretaciones” pero quizás para aquellos que se reivindican del ala dura de la vieja izquierda y que se vanaglorian de considerarse marxistas les vendría bien una re-lectura de los textos de aquel viejo barbudo: para Marx el Estado nunca fue el reino de la razón, sino de la fuerza y los fetiches; no era el reino del bien común, sino del interés parcial; nunca tuvo como fin el bienestar de todos sino de quienes detentar el poder; tampoco fue la salida del “estado de la naturaleza” sino su continuación de otra forma, es más, para Karl Marx la salida del “estado de naturaleza” debía coincidir con el fin del Estado. Así que estimados lectores, este es el estado de situación de la “empanada mental” de las izquierdas ecuatorianas, y recordando aquella frase del filósofo mayo-sesentista Gilles Deleuze que decía que “la izquierda necesita que la gente piense” sería cuestión de preguntarse: ¿qué es lo que pasa cuando ni siquiera piensa la izquierda?

Sería José Ortega y Gasset, principal exponente del movimiento novecentismo español, quien diría aquello de “no me pidan que sea coherente con mis ideas, pídanme que se coherente con la realidad…”, así que vayamos al quid de la cuestión. Más allá de lo anterior, lo más grave que nos sucede en la actualidad política nacional es que se sustituyó el antagonismo social por la competición entre partidos, lo que hace que no haya cabida para articular las transformaciones radicales que hoy por hoy el país y nuestra sociedad necesita. Esto ha hecho que vivamos en una democracia en crisis, una democracia diabética donde no existe insulina que permita que la glucosa entre en sus células para suministrarles energía.

Lo previamente expresado convirtió al Ecuador en un país fracturado en mil pedazos, pero no porqué la gente vote por diferentes partidos políticos o por el hecho de que no avale al gobierno nacional de turno, sino porque la sociedad ecuatoriana en su mayoría no tiene ninguna seguridad sobre su futuro, no sabe en que va a trabajar ni de que va a vivir y en el caso de los más jóvenes ni siquiera que quiere estudiar si es que quiere realmente quiere estudiar algo. Pese a que tengamos muchas figuras nuevas ejerciendo como autoridades locales o nacionales su forma de concebir la política es vieja y caduca, con grandes carencias en materia de innovación ideológica y no adecuada a los actuales tiempos. Utilizando la terminología clásica de las ciencias políticas, podríamos decir que el conservadurismo hoy es tanto de derechas como de izquierdas, lo cual implica una situación que ya no podemos definir como grave sino como muy grave.

Fruto de lo anterior, política y sociedad llevan tiempo divorciadas en Ecuador. Hablemos claro, la política institucional hoy solo le interesa a los políticos y a los periodistas que la cubren, más allá de una pequeña porción de enfermos mentales de la que -si me permiten el chascarrillo- posiblemente usted, en este momento lector de este texto, y seguro yo formamos parte. Vivimos un momento de retroceso del sistema político ecuatoriano, así como de hartazgo de la sociedad y el votante respecto a la política. Si el voto no fuera obligatorio bajo sanciones de orden administrativo posiblemente el ausentismo electoral se elevaría por encima del 60%.

Ecuador ya es en la práctica un “Estado fallido”, entendiendo a este como el tipo de Estado que no solo es incapaz de proveer de bienestar a su población, sino que a la vez, pasa a representar un riesgo para la seguridad de su entorno regional, en nuestro caso debido a la penetración de las redes delincuenciales del narcotráfico en ámbitos como la justicia, los cuerpos de seguridad e incluso la política. Respecto a esto último cabe indicar que serán muchas las campañas electorales en territorios estratégicos que se financiarán en las próximas elecciones seccionales con plata del narcotráfico, sin importar las tiendas políticas auspiciadoras de cada uno de los candidatos implicados.

En un país donde durante el pasado año se reportó un feminicidio cada 47 horas (186 feminicidios en 2021), la tasa de empleo adecuado ronda apenas el 30% del PEA y en menos de cuatro meses transcurridos del presente año se reportan más de 1.200 muertes violentas, estamos a un tris de que las élites nacionales se doten de sus propios mecanismos de seguridad privada pasándose por la nariz aquello del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado – el gewaltmonopol des staatesweberiano- lo que implicará acentuar aún más la indefensión ya existente en la que vive la sociedad de los comunes ecuatoriana.

Cincuenta y cuatro años atrás, en aquel interesante momento en que Karl Marx y Sigmund Freud se encontraron en el ámbito de lo que fue la construcción política de la subjetividad, en los muros de la Sorbona de Paris alguien grafiteó una consigna que decía: “yo participo, tu participas, él participa, nosotros participamos, vosotros participáis y ellos se aprovechan”. Pues bien, para el 90% de los ciudadanos ecuatorianos la única participación en democracia que realizan durante toda su vida es ir a votar cada cuatro o dos años si es que se intercalan las elecciones seccionales entre las presidenciales. Pese a ello, hoy varias fuerzas políticas y líderes sociales que directa o indirecta auspiciaron que Guillermo Lasso llegase al gobierno de nación nos hablan de revocar al presidente de la República como si esto fuera algo novedoso y propio de la legislación ecuatoriana, ignorando que dicha potestad ciudadana estaba ya recogida en los articulados normativos de la Comuna de París allá por 1871. Pero lo más grave es que olvidan que más allá del presidente de turno es el sistema democrático nacional, su sistema de partidos y su casta política la que no le ha cumplido a la ciudadanía ecuatoriana. Esto hace que estemos viviendo el momento más bajo de confianza institucional de por los menos los últimos quince años de la historia política contemporánea del Ecuador.

Pero como decía Michel Foucault, “lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar”. Dicho esto vamos al meollo de la cuestión: para la mayoría de las y los ecuatorianos el clivaje izquierda vs derecha no es más que algo alegórico,  una etiqueta carente de contenido dado que apenas se les distingue, situándose la centralidad del tablero político nacional bajo aquella fractura gramsciana de lo nuevo frente a lo viejo, es decir, nuevos movimientos ciudadanos frente a los viejos -por jóvenes en edad que sean- políticos convencionales y es aquí donde está el mayor factor de riesgo pero también un interesante reto como sociedad.

Lo anterior responde a que el estado anímico de la sociedad ecuatoriana es tan negativo y posiblemente con consecuencias tan imprevisibles que puede materializarse bajo dos escenarios absolutamente opuestos entre sí: por un lado y siendo optimistas, las fallas del sistema por arriba podrían conllevar a tensiones emancipatorias que generen el desborde por los de abajo, generando las condiciones para que las cosas cambien impulsando transformaciones para bien en el país y su gente, aunque para ello haya que políticamente construir bajo la premisa de la diversidad, algo con lo que las izquierdas locales demuestran tener serios problemas; pero por otro y desde una visión más oscura o pesimista, es la ultraderecha quien en el momento actual está demostrando a nivel global mayor capacidad para entender las pasiones sociales en las que vivimos y quien ha tenido la capacidad de realmente asumir el discurso de la innovación y el cambio, lo cual implica el riesgo de que lo que está por venir podría ser un modelo social y político todavía más injusto y autoritario del ya actualmente existente.


sábado, 20 de noviembre de 2021

«Lamentablemente la década 2014-2024 será una nueva década perdida y posiblemente con consecuencias aun peores que la crisis de los ochenta»


Entrevista a Decio Machado

Por Eirný Traustason / Tímarit Nemenda Háskólinn í Reykjavík

Decio Machado es uno de los analistas políticos referenciales para entender lo que hoy sucede en América Latina.  A su vez, la Fundación Nómada -institución no gubernamental que dirige- está enfocada en el análisis geopolítico bajo una mirada desde el Sur. Su visita a Europa y relación con nosotros está enmarcada en el estudio sobre transiciones energéticas que dicha organización realiza en la actualidad en diferentes países latinoamericanos, siendo a su vez un hub de confluencia de pensamientos diversos donde se desarrollan múltiples investigaciones con un claro compromiso por la promoción del conocimiento abierto y el libre acceso a la información.

Empecemos por Ecuador, tu lugar de residencia y sede oficial de la Fundación Nómada. A punto de cumplirse los primeros seis meses de gobierno del presidente Guillermo Lasso, ¿cuál es la coyuntura política que vive el país?

El presidente Lasso llegó al palacio presidencial con unos compromisos de gobierno muy concretos y que podríamos resumir en dinamizar la economía del país y generar dos millones de puestos de empleo incrementando la inversión extranjera, expandiendo el sector agrícola mediante préstamos a bajo interés, aumentando la producción petrolera y ampliando la frontera extractivista en general. Esas fueron sus promesas electorales y más allá de lo anterior, debe cumplir también con una agenda foránea fondomonetarista heredada de la anterior gestión del ex presidente Lenín Moreno y cuyo eje central es la eliminación de un déficit fiscal existente de forma permanente desde el año 2009.

En este contexto y hasta el momento, la administración Lasso ha cumplido con éxito la masificación del proceso de vacunación en el país y poco más. Hablan de la creación de 275.000 nuevos empleos pero eso ni se ve ni se siente en las economías familiares, los servicios sociales siguen deteriorándose cada vez más, la economía nacional continua semiestancada desde el año 2015, el número de pobres asciende ya a 6 millones de ecuatorianos en una población de apenas 17.6 millones de personas, la gente siente que la inseguridad ciudadana crece día a día y el Estado está perdiendo la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado como habrás podido apreciar en las recientes noticias que han recorrido el mundo relacionadas con la violencia en las cárceles del Ecuador. En paralelo, las políticas de rigidez fiscal basadas en la austeridad y recorte del gasto público le actúan en contra de la ansiada recuperación económica y la generación de puestos de trabajo, y como ya sabemos es difícil encontrar casos exitosos de aplicación de programas del FMI. Ustedes mismos saldaron de forma anticipada, en 2015, el programa de rescate que les brindó el FMI tras la crisis de 2008 con el fin de poder implementar políticas económicas soberanas sin estar condicionados por dicha institución multilateral financiera.

Guillermo Lasso es un presidente de perfil conservador rodeado de asesores neoliberales y el neoliberalismo es una ideología contraria al equilibrio social. Su concepción monetaria privilegia variables monetarias sobre las que se vinculan con la economía real. Personalmente creo que Lasso es un presidente que, a diferencia del anterior, de verdad pretende gobernar pero aún no sabe como hacerlo y tampoco le ayuda mucho el equipo que tiene a su alrededor. Veremos si con el tiempo es capaz de tomar las riendas del país o si se constata de forma definitiva las incapacidades hasta ahora demostradas.

¿Cuál es la situación en este momento del presidente Lasso respecto a la investigación de los Pandora Papers?

El Legislativo ecuatoriano, en el ejercicio de su competencia en materia de fiscalización, emprendió desde una de las comisiones legislativas una investigación que hace pocos días derivó en un informe en el cual se considera que el presidente Lasso incumplió con la ley vigente que prohíbe a candidatos y funcionarios públicos tener inversiones en paraísos fiscales.

Pese a que la calidad del informe elaborado deja mucho que desear si parece que hay documentos que comprometerían al mandatario ecuatoriano, aunque la cosa no irá a mayores por no existir los votos suficientes en el pleno de dicha institución para destituir al presidente de la república. Para entender el porqué de lo anterior hay que considerar tres asuntos: en primer lugar, la impaciencia de determinados dirigentes del movimiento indígena (movimiento social más importante del país) les hizo convocar prematuramente una movilización contra las políticas económicas del gobierno que no cumplió con las expectativas generadas, lo que desincentivó el voto destituyente de algunos legisladores que siempre buscan acomodarse a como sople el viento; en segundo lugar, pese a que el Pachakutik (organización política del movimiento indígena) presida la Asamblea Nacional en coalición con una organización política de corte social liberal llamada Izquierda Democrática, ambas fuerzas se muestran incapaces de posicionar y conducir la agenda legislativa, condición por la cual es la tendencia correísta la que capitalizó el protagonismo en la elaboración del informe affaireLasso-Pandora Papers, condición que no ayuda dado el nivel de resistencia que para muchos genera esta sensibilidad política; por último, cabe señalar que los sectores de oposición que le apostaron estratégicamente a este informe se equivocaron, pues la inmensa mayoría de la población ecuatoriana tiene sus preocupaciones cotidianas centradas en poder cubrir sus necesidades familiares, en cuestiones de supervivencia, lo que hace que poco les importe en este momento el supuesto «testaferrismo» familiar de presidente Lasso en Panamá.

En resumen, el desgaste político que en este corto tiempo ya acumula el presidente Guillermo Lasso poco tiene que ver con los Pandora Papers, sino que está vinculado a su incapacidad de presentar una adecuada hoja de ruta para sacar al país de la crisis multifacética en la que se encuentra. Salvará políticamente este round, pero es un gobierno que comete errores de forma permanente, que hasta ahora demuestra escasas capacidades de gestión y que está muy mal asesorado, motivo por lo cual asistiremos a nuevas crisis en los próximos meses y esta de ver su desenlace final.

Dices que el correísmo genera muchas resistencias pero tiene el bloque de legisladores numéricamente más importante del Legislativo. ¿Cómo es esto?

En efecto, el correísmo es la tendencia política con mayor apoyo social entre las existentes en el país, siendo también la más cohesionada internamente y posiblemente la que dispone de los mejores cuadros políticos nacionales. Entre estos destacan varias figuras jóvenes, mujeres y hombres que por su edad tuvieron un nivel de protagonismo secundario durante la década de gobierno del ex presidente Rafael Correa (2007-2017), pero a los que en la actualidad se les imposibilita desarrollar la transición hacia un nuevo estadio que esta corriente política necesita.

Mientras el progresismo ecuatoriano no sea capaz de superar su pasado inmediato, darle las gracias a su líder histórico pero seguir avanzando con nuevos liderazgos, dejar de hablar del pasado y a sí mismos para mirar al futuro y conectar con el conjunto de los sectores populares, democratizarse internamente, romper con sectarismos y hacer autocrítica en los capítulos necesarios respecto a sus políticas y relación con otras organizaciones políticas y sociales de la izquierda durante su período de gestión del poder, difícilmente se podrán salir de la política de bloqueo a la que han sido sometidos en los últimos años en el país. Su drama está en que siendo la principal fuerza política del Ecuador necesitan de alianzas con otros sectores para poder volver a ganar una elecciones presidenciales. Solos no llegan.

El presidente Lasso habla de conspiraciones políticas cuya finalidad sería la desestabilización del sistema democrático nacional y su destitución como presidente de la república. ¿Es eso cierto?

La política es una disputa por el sentido que la ciudadanía le da a la realidad en la que vive en cada momento. En dicha contienda se enfrentan relatos y discursos compitiendo por ser hegemónicos. En la lucha discursiva conceptos como que es cierto o incierto no nos ayudan a entender la coyuntura. En política un relato es cierto si produce efectos tales como si lo fuera, siendo cierto o no. Lo que se busca es consenso entorno a un identificación, ese es juego de la política institucional. Lo juega el presidente Lasso y también lo juega la oposición.

Avanzando hacia una visión más regional, América Latina es el territorio más golpeado por la pandemia. La región venía con un débil desempeño, bajo crecimiento económico promedio y un desarrollo muy limitado de los indicadores sociales desde antes del impacto del Covid, situación que evidentemente empeoró con la parálisis económica derivada de la pandemia. Para alcanzar el ritmo de crecimiento necesario para hacer avanzar a la región se debe llevar a cabo reformas urgentes en el ámbito de la infraestructura, la educación, la salud, la política energética y la innovación, además de encarar los nuevos desafíos planteados por el cambio climático. ¿Ves condiciones para ello?

Desde un análisis histórico los indicadores de crecimiento económico en América Latina se han caracterizado por su alta volatilidad y sus ciclos de aceleración/desaceleración están vinculados al precio de los commodities en los mercados globales. Esto hace que la inversión extranjera esté asociada a la especulación y proyectos de bajo riesgo con escasa rentabilidad social.

En un momento como este la región necesita con urgencia medidas que permitan sostener y ampliar sus mecanismos de protección social e impulsar programas de ingreso básico universal, desarrollar políticas públicas que sean generadoras de empleo, apoyar el emprendimiento y en especial aquellos con enfoque en la transformación de la matriz productiva, dotar a las pequeñas y medianas empresas de un amplio abanico de créditos a bajo tipo de interés regulando las tasas del sector financiero privado y reprogramando pagos de impuestos, dotar de formación calificada a los trabajadores por sectores concretos de la economía, reformar políticas fiscales equilibrándolas con justicia social, quien más gana más debe pagar y quien más ganó anteriormente debe en este momento arrimar el hombro mediante el pago de impuestos especiales, incentivar la productividad de los trabajadores, blindar a las economías nacionales de los impactos externos, fomentar el desarrollo de determinadas infraestructuras y trabajar en el marco de la industrialización y la innovación tecnológica bajo criterios ambientales y de género.

Sin embargo y más allá del deber ser, a lo que asistimos es a una tormenta perfecta que combina crisis en la cadena de suministros, aumento del precio de las materiales primas -alimentos y energía de manera singular-, depreciación de las monedas latinoamericanas a la par de cierta recuperación pospandémica del consumo. América Latina será la región con la tasa de inflación más alta del planeta al cierre del 2021 pero con bajo crecimiento, lo que define un horizonte inmediato lleno de nubarrones y fuertes tensiones sociales.

Para realizar todo lo anteriormente descrito necesitas incrementar el gasto público, sin embargo en la región se imponen políticas de austeridad y recortes del gasto, condición que actúa de forma nefasta provocando que el total de ingresos descienda. Lamentablemente la década 2014-2024 será una nueva década perdida y posiblemente con consecuencias aun peores que la crisis de la década de 1980 debido a costes antes no existentes como el que ocasiona el cambio climático.

Hablemos del cambio climático entonces. Nos consta que la fundación que diriges ha estado muy cercana al desarrollo de la COP26 y tu has calificado públicamente su resultado como decepcionante. ¿Cómo atisbas el futuro inmediato en este sentido?

Primero aclarar que nosotros no estuvimos en Glasgow, sino que profesionalmente trabajamos en el ámbito de apoyar la conformación de agendas sensatas por parte de algunos países del Sur global en momentos previos a la COP26.

En segundo lugar, no se puede analizar el encuentro de Glasgow sin antes hacer una reflexión respecto al fracaso que han significado este tipo de convenciones desde la Cumbre de la Tierra celebrada en Rio de Janeiro en 1992 hasta nuestros días, pasando por el Protocolo de Kioto en 1997 o el Acuerdo de París en 2015. Recordemos entonces como en 1995 se acordó el Mandato de Berlín que exige a sus miembros reducir emisiones, como en Kioto se estableció reducir en un 5% global las emisiones de seis gases de efecto invernadero y se planteó por primera vez una arquitectura del mercado de carbono, agenda por cierto que sería sustituida diez años después en Bali dado su fracaso en materia de cumplimientos, adoptándose posteriormente en Copenhague acuerdos para mantener por debajo de los 2 ºC el aumento de la temperatura global, la creación de un Fondo Verde para el Clima en Cancún que solo sirvió para el business, la extensión del Protocolo de Kioto hasta 2020 en Doha dada su anterior inoperancia, la limitación del aumento de temperatura a 1,5 ºC en París porque la cosa seguía yendo de mal en peor, la construcción fallida de los mercados de carbono de Madrid y ahora esta tomadura de pelo en Glasgow respecto a la eliminación del carbón y los combustibles fósiles.

Tanto las organizaciones no gubernamentales globales de perfil ambientalista, como los gobiernos y las corporaciones transnacionales implicadas son conscientes de que los compromisos adquiridos en la COP26 no evitaran el desastre climatológico. Sin políticas agresivas es imposible que en 2030 las emisiones globales de gases de efecto invernadero se reduzcan en un 45% desde los niveles del 2010. Para ello habría que eliminar el uso del carbón y reducir de forma contundente las emisiones de metano, pero no hay voluntad para ello. La energía es geopolítica y además su demanda está directamente conectada al modelo de desarrollo global, si este no cambia nunca cambiarán las lógicas de macro consumo energético. De hecho, la demanda global de energía habrá aumentado entorno al 5% al finalizar el presente año, lo que implica que habremos recuperado la tendencia crecimiento anterior tan solo interrumpida durante el período de pandemia. Estamos ante un sinfín respecto al cual, más allá de estrategias onegeísticas de construcción de personajes con incidencia mediática -las Thunbergs, Gualingas o Nakates- o toma consciencia la ciudadanía mundial y se involucra exigiendo acciones inmediatas o los actores detentadores del poder global nos llevarán prematuramente al colapso.

Sin embargo, si algo nos enseñó la pandemia Covid-19 es que tanto el ser humano como la sociedad en su conjunto tienen capacidad de adaptarse a nuevas circunstancias, aquellas a las que nos condiciona la coyuntura y el entorno. ¿No crees que podamos reconducir el modelo de producción, desarrollo y consumo instalado hasta el momento?

Con todos mis respetos a algunas y algunos economistas de postín que nos diseñan guías de como reformar el capitalismo, debe decir que aun no hemos visto el coletazo final de la pandemia y no me refiero a temas relacionados con la salud, sino al ámbito económico. Desde nuestro punto de vista, los bancos centrales de las principales economías del planeta hicieron lo que podían y tenían que hacer a la hora de implementar medidas que evitaran la hecatombe del sistema económico global durante el período de pandemia. Dicho esto, digo también que resulta algo naif pensar que se pueden crear programas de estímulo fiscal de la envergadura de los puestos en marcha recientemente, financiados con dinero proveniente de la nada, sin que todo ello no produzca efectos posteriores. No busco con esto plantear un aburridísimo debate ideológico de esos a los que nos tienen acostumbrados los economistas de la escuela clásica frente a los neokeynesianos o viceversa, sino más bien un análisis sobre los límites del sistema económico capitalista global.

En la actualidad el aumento de la masa monetaria no tiene precedentes, el nivel de endeudamiento de las empresas y los Estados está en máximos históricos y, además, consecuencia de la disminución de la mano de obra y el abandono de las infraestructuras, asistimos a una crisis de los canales de distribución globales que tiene su correspondiente impacto en los precios de materias primas, commodities, componentes industriales, tarifas energéticas y demás que terminan generando inflación y repercutiendo en los bolsillos de la gente. Más allá de que la inflación sea el impuesto no estatal más injusto que existe, el incremento inflacionario del que en la actualidad nos hablan los medios de comunicación posiblemente no sea el real porque está sometido a la manipulación hedónica, buscándose ocultar su real envergadura.

Al cierre del año 2020 se hablaba de una deuda mundial de 255 billones de dólares, un 355% del PIB global y esta deuda, tanto pública como privada, ha seguido creciendo en el presente año. El sistema global se sostiene sobre la ficción/fricción de la deuda, la deuda global está hoy por encima de los existentes en 2007 y no sería de extrañar, dadas las condiciones generales, que en 2022 asistamos a una crisis de deuda soberana en los países emergentes. A lo anterior hay que sumar que el mercado bursátil global está muy inflado fruto de un crecimiento acelerado que ni es sostenible ni es real. Todo esto es fruto de la especulación pero evidentemente está lógica tiene límites.

Limitándonos al análisis de los Estados Unidos, donde en el mercado inmobiliario se ha alcanzado una relación precio de la vivienda versus ingreso promedio familiar muy similar al existente momentos antes de la crisis subprime, basta hacer el ejercicio de sumar la capitalización bursátil de todas las acciones estadounidenses combinadas que cotizan en bolsa y dividirlo por la última cifra trimestral de su PIB para ver la distancia existente entre la valorización de su mercado de capitales y el tamaño real de la economía estadounidense. Nuestro análisis es que estamos en la fase avanzada de una nueva burbuja financiera, a las puertas de una próxima crisis de los mercados financieros, la cual será profundamente dolorosa y conllevará correcciones que podrían alcanzar hasta el 40%.

Frente a todo lo anterior, los países del Sur necesitan dotarse de políticas económicas contracíclicas, proteger con cobertura social a sus poblaciones y levantar defensas frente a los impactos en sus economías derivadas de procesos externos.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Estado de las autonomías en España y su incidencia en la región andina


 Por Decio Machado (1)

Este texto parte de un recorrido histórico, con cierto nivel de detalle, que permite comprender el largo y complejo recorrido que han tenido que vivir las reivindicaciones autonomistas de los pueblos que conforman la actual España hasta la implementación de su actual sistema democrático.

El actual modelo autonómico que rige en España es resultado de las tensas negociaciones que tuvieron lugar durante su último proceso constituyente, el cual se desarrolló tras la muerte del general Francisco Franco y la vuelta a la democracia a la Península Ibérica.

Pese a que las actuales tensiones que se viven en Cataluña son la demostración que el modelo autónomo español muestra claros signos de agotamiento, lo cual implica su necesidad actualización o incluso de regeneración a través de un nuevo proceso constituyente que ponga el foco más en lógicas federalistas que autonómicas. Sin embargo, la experiencia español ha sido y sigue siendo observada como referente en distintos países de nuestra América Latina.

Es por ello que en el marco de construcción de un nuevo constitucionalismo latinoamericano, ubicado especialmente en la región andina, el estado de las autonomías construido en España ha servido de base para la implementación de modelo de descentralización política y territorial. 

Las limitaciones que hoy atraviesan los procesos sin culminar de descentralización y autonomía en Bolivia y Ecuador, llevan a la reflexión sobre la necesidad de generar un nuevo impulso autonomista en la región, el cual debe permitirnos seguir avanzando en lógicas democráticas que van quedando ancladas sin mayor proyección.

Antecedentes del estado autonómico español

La formación del estado español data de finales de la Edad Media cuando, tras 750 años de dominio musulmán sobre la Península Ibérica (al-Ándalus), culminó el llamado proceso de Reconquista mediante el cual los reinos cristianos arrebataron progresivamente este territorio a los musulmanes con la conquista por parte de los Reyes Católicos del Reino de Granada en 1492.

Veintitrés años antes, en 1469, la unión conyugal entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón posibilitó la unificación parcial de España, lo cual tras la toma de Granada y la expulsión de los árabes de la Península Ibérica tuvo su colofón con la conquista del hasta entonces independiente Reino de Navarra en 1512. Las múltiples resistencias desarrolladas por el pueblo navarro implicaron que el rey Carlos I de España -nieto de los Reyes Católicos- tuviera que replegarse de la Baja Navarra (Navarra continental) dadas las dificultades existentes para desarrollar el control sobre este territorio, asociándose esta parte del Reino de Navarra a la Corona francesa. La Baja Navarra se vinculó dinásticamente a Francia en el último período del siglo XVI y en 1620 se incorporó a la monarquía francesa, motivo por el cual los monarcas franceses se autotitulaban “reyes de France et de Navarre” hasta llegada de la Revolución Francesa en 1789. La Alta Navarra (Navarra peninsular) fue anexionada a los territorios de la Corona de Castilla y finalmente a la monarquía española, pero evolucionaría conservando instituciones propias y la denominación de Reino -gobernada por un virrey- hasta 1841, fecha en la que pasó a definirse como una “provincia foral” española mediante la Ley Paccionada. (2)

Primer empuje hacía la descentralización

La configuración de España como un Estado unitario y centralista se mantuvo desde la época de los Reyes Católicos hasta el derrumbe de los restos del Imperio español en 1898, cuando tras la derrota de España en su guerra contra Estados Unidos se procedió a la independencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (3). Es a partir de entonces cuando se hace visible un importante despliegue de la lucha por la descentralización, especialmente en Cataluña desde posiciones políticas nacionalistas, las cuales que habían apuntalado con fuerza en años precedentes bajo la reivindicación en sus derechos históricos -la monarquía hispánica había derogado las constituciones catalanas y extinguido el Principado de Cataluña en 1716- y que provocó la conformación de la Mancomunidad de Cataluña en 1914, procediéndose posteriormente a la reivindicación de la autonomía regional. (4)

En paralelo y desde otras premisas distintas a la del nacionalismo catalán, esta reivindicación también prosperó en el País Vasco -territorio que disfrutó de la existencia de instituciones propias, leyes y finanzas autogestionadas hasta 1839 (5) y que terminó perdiendo su autonomía tras el fin de la I República con la llegada de la Restauración borbónica- y Galicia, siendo más débil en otros territorios como Andalucía pese a destacados antecedentes históricos como la Asamblea de Ronda de 1918  (6) y Asamblea Nacionalista de Córdoba de 1919. (7)

Tras la derrota militar española frente a Estados Unidos a finales del siglo XIX, episodio histórico conocido como el “Desastre del 98”, se produjo en España una creciente injerencia de las Fuerzas Armadas en la vida política nacional. Ante esto se intentaron varios procesos fracasados de “reforma política desde arriba” con escaso apoyo popular que a la postre implicaron el debilitamiento de los partidos tradicionales de la Restauración, mientras crecían las movilizaciones en las calles, las consignas populares revolucionarias y la conformación de partidos republicanos tales como el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y organizaciones obreras como la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) o la socialista Unión General del Trabajo (UGT).

Para España, la Primera Gran Guerra significó un período de pujanza económica debido al auge de las exportaciones a los países en conflicto, pero implicó también el desabastecimiento interno y un alza de precios que golpeó fuertemente a amplios sectores vulnerables de la sociedad. En la década de 1920 esta crisis se acentuaría, fortaleciéndose aún más las estructuras populares cuyo referente político en aquel entonces era la Revolución rusa de 1917.  (8)

Ante el riesgo revolucionario latente y el clamoroso pedido de las élites oligárquicas, el 13 de septiembre de 1923 el capital general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se alzaría en armas contra el Gobierno constitucional convirtiéndose en presidente del Gobierno con la complicidad del entonces rey de España, Alfonso XIII. Suspendida la Constitución tras el golpe de Estado, se disolvieron los municipios, se ilegalizaron los partidos políticos y sindicatos, y se declaró el estado de excepción en todo el país. Las dinámicas nacionalistas existentes en diferentes territorios fueron militarmente reprimidas y sus dirigentes encarcelados, conformándose un modelo de Estado autoritario e intervencionista bajo la lógica ideológica del nacionalismo “españolista” frente al nacionalismo regional, prohibiéndose el uso de las lenguas propias de los territorios históricos y la libertad de expresión en todo el territorio nacional.

La II República y las nuevas visiones sobre el estado autonómico

Desde 1927 se asiste a un paulatino debilitamiento de la dictadura militar de Primo de Rivera, quien ante la progresiva pérdida de apoyos políticos y sociales conservadores presentará su dimisión en enero de 1930. Tras un breve gobierno transitorio, el 14 de abril de 1931 se instaura la II República. El hasta entonces monarca Alfonso XIII abandonaría el país para trasladarse a París y posteriormente ubicar su residencia definitiva en Roma.

El 28 de junio de 1931 se darían elecciones constituyentes. El nuevo Parlamento procedió con la elaboración y aprobación de una nueva Constitución que implicaría notables avances en el reconocimiento y defensa de los derechos humanos, la ampliación del sufragio activo y pasivo a los ciudadanos de ambos sexos a partir de 1933, así como la articulación de un nuevo modelo de Estado -llamado “integral”- que ya no se acogería al formato centralista propio del Estado liberal que se había visto anteriormente consagrado en pasadas constituciones (Pelaz, 2006). La Constitución de 1931 no sólo admitía la autonomía de las regiones bajo una lógica de sistema descentralizado, sino que establecía claramente el proceso para alcanzarlo.

Es así que el Estado español en su II República debía adoptar formas organizativas a partir de su articulación municipal, la cual se mancomunaba en provincias y estas a su vez podrían llegar a organizarse en regiones autónomas (Sánchez, 1984). Pese a estos avances, se mantenía la histórica negativa a la posibilidad de federaciones territoriales o autodeterminaciones.

En el ámbito de lo municipal España también rompió con toda la compleja legislación liberal existente en procesos constitucionales anteriores. Las corporaciones municipales pasaban a ser elegidas por sufragio universal directo entre los ciudadanos de cada localidad, salvo en los casos de concejos abiertos. (9) Quedaban por encima de esta estructura las provincias, donde una ley debería determinar el órgano gestor de las mismas. 

El rupturista modelo de organización territorial implementado en la II República establecía la posibilidad de creación de regiones autónomas. Dichas regiones autónomas nacerían del posible acuerdo entre varias provincias limítrofes, teniendo derecho a un Estado, con un gobierno y un parlamento propio. Para la aprobación del Estatuto autonómico eran necesarias tres condiciones previas: a) debía ser propuesto por la mayoría de los municipios o de aquellos que comprendiesen las dos terceras partes del censo electoral de la región; b) debían ser aprobado en referéndum mediante el respaldo de las dos terceras partes de los electores del censo electoral de cada región, y; c) debía ser aprobado por las Cortes de la República (Legislativo). El Congreso podría modificar, eliminar o reformar los artículos que considerasen oportunos siempre y cuando entendieran que entraba en conflicto con el texto constitucional o las leyes orgánicas. En paralelo, cualquier provincia de una región autónoma podía renunciar a su estatus y volver a la cobertura directa del Estado central siempre y cuando fuera una decisión mayoritaria entre sus municipios.

Por su parte y respecto al ámbito de competencias autonómicas, el Estado se reservaba todo lo relacionado con adquisición y pérdida de nacionalidad; regulación de los derechos y deberes constitucionales; las relaciones con Iglesias y régimen de cultos; representación diplomática, política exterior y defensa; la seguridad pública cuando afectaba al resto del país; el comercio exterior, aduanas y régimen arancelario; la moneda, deuda del Estado y la ordenación bancaria; la política fiscal general y las telecomunicaciones.

De esta manera, las competencias autonómicas quedaban limitadas -previa legislación que debía partir de las Cortes de la República- a: legislación penal, social mercantil y procesal; la protección de la propiedad intelectual e industrial; seguros, pesas y medidas; administración del agua, caza y pesca fluvial; temas vinculados a prensa y radio; así como cuestión de la socialización de la propiedad. Además de lo anterior, estaban todas las competencias propias o específicas que no estuvieran señaladas entre las anteriores competencias del Gobierno Central.

Respecto a posibles conflictos que pudieran darse entre competencias de la administración central del Estado y las administraciones de las regiones autónomas, el Tribunal de Garantías Constitucionales debía emitir un dictamen para que las Cortes decidieran al respecto.

La Constitución de 1931 y su concepto de Estado “integral” significó un notable avance en el proceso de descentralización frente al tradicional modelo centralista español (Varela y Muñoz, 1984). Todo ello a pesar de que el texto constitucional permitía que las competencias autonómicas pudiesen ser aún más limitadas por el Legislativo.

Durante este período apenas se llegó a aprobar el Estatuto de Cataluña (1932), cuya formulación estuvo a manos del partido nacionalista Esquerra Republicana (10). Las Cortes españolas recortaron sustancialmente el texto aprobado por los catalanes, aunque al final lo aceptaron (Arbós, Batet, Carme y otros, 2013). Pese a los reclamos y el descontento nacionalista en aquel momento, aquello fue un avance importante en el ámbito del autogobierno catalán. El Estatuto creaba un gobierno autónomo, llamado la Generalitat y compuesto por tres órganos: parlamento, consejo ejecutivo (gobierno autonómico) y un presidente.

De igual manera en el País Vasco se elaboró su proyecto de Estatuto, aunque accedería a la autonomía de forma muy tardía, ya en octubre de 1936 -momento del alzamiento militar contra el Gobierno constitucional de la II República española- consecuencia no solo de la furibunda oposición conservadora en el Legislativo nacional sino también de las tensiones internas que se vivía entre los mismos partidos vascos. Otros territorios como Galicia, Andalucía, Asturias, León y Castilla, País Valenciano, Aragón, Baleares y Canarias elaboraron sus proyectos de autonomía, pero sus procesos fueron cercenados por la guerra civil española (1936-1939).

Puesta en marcha del modelo autonómico actual tras el fin de la dictadura

El triunfo militar fascista volvió a llevar al país al ostracismo político. Las bases del régimen franquista que se prolongaron hasta la muerte del dictador en noviembre de 1975 fueron, entre otras, el nacionalismo español frente a cualquier posibilidad de reivindicación autonómica o nacionalista, la implementación del catolicismo como religión oficial en el Estado español, el fascismo como ideología política y la persecución a cualquier tipo de disidencia.

En el ámbito del ordenamiento territorial, las cuatro décadas de gobierno del general Francisco Franco se sustentaron bajo la idea del régimen militar como responsable de mantener la unidad nacional; la prohibición y persecución de grupos nacionalistas, así como la limitación de algunas costumbres regionales y la intervención sobre instituciones locales mediante la remoción de sus integrantes y dirigentes, siendo sustituidos por autoridades afines al régimen.

Tras la muerte del dictador se puso en marcha un proceso controlado desde del poder de transición que encaminó al régimen hacia el actual sistema democrático que se vive en España. Esto implicó el nombramiento como rey de Juan Carlos I de Borbón -padre del actual regente- bajo la instauración de una monarquía democrática, la legalización de un amplio abanico de organizaciones políticas y la convocatoria de las primeras elecciones democráticas tras la guerra civil el 15 de junio de 1977. De igual manera, se procedió con la elaboración de un nuevo texto constitucional que fue ratificado en referéndum el 6 de diciembre de 1978.

En ese contexto, el reconocimiento y punto de partida para la construcción de un nuevo Estado de las autonomías en España se da a través de la promulgación de la Constitución española de 1978. Dicho proceso tuvo su arranque en 1979 y terminó en 1995, conformándose diecisiete comunidades autónomas y dos ciudades también autónomas.

En su Artículo 2, la Carta Magna española indica:

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.

La redacción de dicho artículo se fundamentó en un extendido consenso respecto a que la descentralización política no solo era una reivindicación histórica, sino también un modelo mucho más eficaz que la centralización. Las discrepancias entorno al estado autonómico radicaban en la intensidad relativa que ésta debería tener en cada territorio. Podríamos decir, en términos clásicos, que mientras las fuerzas progresistas optaban por un modelo más federalista que nunca se llegó a aplicar, el centro y el mundo conservador eran partidarios  de un modelo regionalista o, incluso, por la puesta en marcha de medidas enfocadas a una simple descentralización administrativa. De hecho, desde el arranque de las negociaciones para la conformación del anteproyecto de la Constitución de 1978, la utilización de los términos nación, nacionalidad o España generaron fuertes tensiones y situaciones de discordia.

Así las cosas, en septiembre de 1977 y excepcionalmente sin elecciones previas se restablecería provisionalmente la Generalitat de Cataluña -llamando a ocupar el cargo a su presidente en el exilio- e inmediatamente después se aprobaría el régimen preautonómico para el País Vasco, extendiéndose después al resto de regiones españolas mediante respectivos Reales Decretos-Leyes. Esta fue la fórmula elaborada por el régimen para crear preautonomías provisionales hasta la definitiva puesta en marcha de la Constitución.

El pacto constituyente determinó una importante concesión por parte de las izquierdas políticas, lo que implicó que el modelo territorial español quedara limitado a garantizar el derecho de los territorios a constituirse en Comunidades Autónomas con facultades de autogobierno partiendo de la indisoluble unidad de la nación española. 

Llegar a estos acuerdos implicó que el texto constitucional fuera ambiguo y no expresara un modelo de Estado predeterminado en el ámbito de la organización territorial del poder. Esto permitió que quedaran abiertas e indefinidas las formas de evolución del desarrollo territorial en el Estado español. Todo esto se enmarcaba en una compleja tensión política vivida durante el periodo de transición hacia la democracia, la cual a su vez se transversalizaba por el profundo deseo de los pueblos por lograr su autonomía.

Avanzando en el actual modelo de Estado autonómico existente en España, cabe señalar que en su Artículo 137 el texto constitucional indica:

El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las Comunidades Autónomas que se constituyan. Todas estas entidades gozan de autonomía para la gestión de sus respectivos intereses.

Respecto a cuáles son los procedimientos de acceso al estado autonómico por parte de los territorios, el Artículo 143 indica:

En el ejercicio del derecho a la autonomía reconocido en el artículo 2 de la Constitución, las provincias limítrofes con características históricas, culturales y económicas comunes, los territorios insulares y las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su autogobierno y constituirse en Comunidades Autónomas con arreglo a lo previsto en este Título y en los respectivos Estatutos.

La iniciativa del proceso autonómico corresponde a todas las Diputaciones interesadas o al órgano interinsular correspondiente y a las dos terceras partes de los municipios cuya población represente, al menos, la mayoría del censo electoral de cada provincia o isla. Estos requisitos deberán ser cumplidos en el plazo de seis meses desde el primer acuerdo adoptado al respecto por alguna de las Corporaciones locales interesadas.

La iniciativa, en caso de no prosperar, solamente podrá reiterarse pasados cinco años.

Permitiendo a su vez, mediante el Artículo 151, vías más rápidas para la asunción de plenitud de competencias:

No será preciso dejar transcurrir el plazo de cinco años a que se refiere el apartado 2 del artículo 148 cuando la iniciativa del proceso autonómico sea acordada dentro del plazo del artículo 143, 2, además de por las Diputaciones o los órganos insulares correspondientes, por las tres cuartas partes de los Municipios de cada una de las provincias afectadas que representen, al menos, la mayoría del censo electoral de cada una de ellas y dicha iniciativa sea ratificada mediante referéndum por el voto afirmativo de la mayoría absoluta de los electores de cada provincia en los términos que establezca una ley orgánica (…).

En el ámbito de las competencias, el Artículo 148 de la Constitución española establece:

Las Comunidades Autónomas podrán asumir competencias en las siguientes materias:

Organización de sus instituciones de autogobierno

Las alteraciones de los términos municipales comprendidos en su territorio y, en general, las funciones que correspondan a la Administración del Estado sobre las Corporaciones locales y cuya transferencia autoricen la legislación sobre Régimen Local.

Ordenación del territorio, urbanismo y vivienda.

Las obras públicas de interés de la Comunidad Autónoma en su propio territorio.

Los ferrocarriles y carreteras cuyo itinerario se desarrolle íntegramente en el territorio de la Comunidad Autónoma y, en los mismos términos, el transporte desarrollado por estos medios o por cable.

Los puertos de refugio, los puertos y aeropuertos deportivos y, en general, los que no desarrollen actividades comerciales.

La agricultura y ganadería, de acuerdo con la ordenación general de la economía.

Los montes y aprovechamientos forestales.

La gestión en materia de protección del medio ambiente.

Los proyectos, construcción y explotación de los aprovechamientos hidráulicos, canales y regadíos de interés de la Comunidad Autónoma; las aguas minerales y termales.

La pesca en aguas interiores, el marisque y la acuicultura, la caza y la pesca fluvial.

Ferias interiores.

El fomento del desarrollo económico de la Comunidad Autónoma dentro de los objetivos marcados por la política económica nacional.

La artesanía.

Museos, bibliotecas y conservatorios de música de integres para la Comunidad Autónoma.

Patrimonio monumental de interés de la Comunidad Autónoma.

El fomento de la cultura, de la investigación y, en su caso, de la enseñanza de la lengua de la Comunidad Autónoma.

Promoción y ordenación del turismo en su ámbito territorial.

Promoción del deporte y de la adecuada utilización del ocio.

Asistencia social.

Sanidad e higiene.

La vigilancia y protección de sus edificios e instalaciones. La coordinación y demás facultades en relación con las policías locales en los términos que establezca la ley orgánica.

Permitiendo a su vez el texto constitucional que las Comunidades Autónomas pudiesen ampliar sucesivamente sus competencias dentro del marco establecido en el Artículo 149, el cual hace referencia a las competencias del Estado. A este respecto dicho artículo indica, tras identificar las materias atribuidas a la gestión del Estado, que:

(…) Las materias no atribuidas expresamente al Estado por esta Constitución podrán corresponder a las Comunidades Autónomas, en virtud de sus respectivos Estatutos. La competencia sobre las materias que no se hayan asumido por los Estatutos de Autonomía corresponderá al Estado, cuyas normas prevalecerán, en caso de conflicto, sobre las de las Comunidades Autónomas en todo lo que no esté atribuido a la exclusiva competencia de éstas. El derecho estatal será, en todo caso, supletorio del derecho de las Comunidades Autónomas.

Sin embargo, en el ámbito de las indefiniciones constitucionales y fruto del complejo pulso político entre los años 1976 y 1978, el Artículo 150 plantea la posibilidad de delegación de competencias del Estado a las Comunidades Autónomas no definidas en dicha redacción:

Las Cortes Generales, en materias de competencia estatal, podrán atribuir a todas o a alguna de las Comunidades Autónomas la facultad de dictar, para sí mismas, normas legislativas en el marco de los principios, bases y directrices fijados por una ley estatal. Sin perjuicio de la competencia de los Tribunales, en cada ley marco se establecerá la modalidad de control de las Cortes Generales sobre estas normas legislativas de las Comunidades Autónomas.

El Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sea susceptibles de transferencia o delegación. La ley preverá en cada caso la correspondiente transferencia de medios financieros, así como las formas de control que se reserve el Estado (…)

Mientras el Artículo 145 prohíbe cualquier posibilidad de federación:

En ningún caso se admitirá la federación de Comunidades Autónomas (…)

En resumen, la Constitución de 1977 configuró el desarrollo de un “proceso autonómico” que requirió de décadas para su consagración y que de hecho continúa abierto, pese a que las posibilidades y demandas de un mayor desarrollo por parte de determinados territorios históricos en estos momentos esté implicando fuertes conflictos de carácter político y social en el país.

Lo anterior implica la necesidad de reformas en el texto constitucional actual o de un nuevo proceso constituyente. Será a través del debate y posterior pacto entre mayorías la manera de habilitar mecanismos que den salida a las actuales reivindicaciones nacionalistas existentes en el territorio español, las cuales apuntan a conceptos más en concordancia con lógicas federalistas que autonómicas (Belda, 2015).

La realidad política, económica y social del Estado español ha cambiado notablemente durante estas últimas cuatro décadas, pero no así su texto constitucional, el cual solamente a sufrido las reformas provenientes de acuerdos en el marco europeo. Esta realidad se muestra hoy claramente insuficiente y demanda de un nuevo esfuerzo legislativo.

Estructura de los gobiernos autonómicos en España

El Estado español está organizado territorialmente por Comunidades Autónomas. Cada una de ellas se conforma por una o varias provincias que disponen de una organización política y económica común.

Estas disponen a su vez de un Parlamento propio y un Gobierno autonómico donde se organizan los asuntos de cada Comunidad. Cada cuatro años se realizan elecciones autonómicas mediante las cuales los ciudadanos mayores de dieciocho años eligen a sus representantes para sus respectivos parlamentos autonómicos. Es allí donde se elige a su vez al Presidente de cada Comunidad Autónoma, el cual nombra a sus consejeros conformando así el Gobierno de la Comunidad (Consejo de Gobierno). En la mayor parte de las Comunidades este marco institucional se complementa con instituciones propias y similares a otras ya existentes en el Estado pero en el ámbito de las competencias regionales, tales como el Defensor del Pueblo, el Tribunal de Cuentas, los órganos de consulta jurídica correspondientes y el Consejo Económico y Social. (11)

En el territorio español existen singularidades autonómicas tales como las Comunidades Autónomas de Cataluña, Comunidad Valenciana, Illes Balears, País Vasco, Navarra y Galicia, las cuales tienen lengua propia y son consideradas como cooficiales junto al idioma castellano. De igual manera, es singular el régimen de financiación de Navarra y País Vasco, así como en parte lo es el de la Comunidad Autónoma de Canarias y el de las ciudades de Ceuta y Melilla (situadas al norte del continente africano). No todas las Comunidades Autónomas tienen los mismos órganos administrativos, dependiendo estos de sus respectivas asunciones de competencias. Las Comunidades Autónomas también cuentan con Administraciones propias, estructuradas en Consejerías que tienen adscritos organismos con personalidad jurídica propia y que actúan en sus respectivos ámbitos competenciales.

Cuentan a su vez con autonomía financiera, pese a que los recursos dependan en parte del Estado y en parte de recursos propios. Lo anterior implica tributos propios y cuotas emanadas de impuestos recaudados desde el Gobierno Central que son contemplados en el Presupuesto General del Estado y transferidos a cada Comunidad Autónoma según normativa.

España goza de dos modelos básicos de financiamiento autonómico: el régimen común y el régimen foral (12). Además de esto existen otros recursos derivados de fondos de la Unión Europea, pudiendo obtenerse financiamientos adicionales mediante endeudamiento siempre y cuando se cumpla con lo sancionado según normativa vigente.

Las Comunidades Autónomas y el Gobierno Central se coordinan mediante los siguientes instrumentos: la Conferencia de Presidentes (compuesto por el Presidente del Gobierno y los Presidentes de las Comunidades Autónomas); las Conferencias Sectoriales sobre materias concretas (participa el Gobierno Central y el conjunto de Comunidades Autónomas); las Comisiones Bilaterales de Cooperación (entre el Estado Central y cada una de las Comunidades Autónomas); las Comisiones Sectoriales, Grupos de Trabajo y Ponencias de composición técnica y adscritos a las conferencias Sectoriales (cooperación interadministrativa existe de forma permanente); así como las estructuras administrativas implicadas en la financiación estatal, planes y programas adoptados de forma conjunta con otras Administraciones.

Todo conflicto sobre el ejercicio de las competencias asignadas a las Comunidades Autónomas busca resolverse de forma consensuada y mediante el diálogo, si bien en última instancia podrían intervenir organismos jurisdiccionales competentes en función de la materia y el Tribunal Constitucional para la resolución de conflictos.

La compleja arquitectura administrativa que da forma al actual Estado autonómico español es consecuencia de como se configuraron los territorios históricos existentes en la Península Ibérica (Pelaz López, 2006) y el contexto político social en el que se dio la redacción de la Constitución de 1978 en España (Rebollo, 2018).

Sin embargo y más allá de lo anterior, el Estado español ha sido en diferentes momentos de la historia referente para la conformación de Estados modernos. La Constitución gaditana de 1812 fue un espejo donde miraron varios de los países latinoamericanos -tras sus respectivos procesos de emancipación- para conformar sus primeros esquemas territoriales de perfil centralista y corte liberal (Zea, 1976). De igual manera la Constitución republicana de 1931 sirvió de base para el diseño administrativo territorial en un país europeo como Italia (Sánchez Agesta, 1984), Y más recientemente, en los procesos constituyentes que dieron lugar al actual neoconstitucionalismo andino, el modelo autonómico español ha sido observado -como estudio de caso- buscando ejemplos prácticos que sirvieran como base para discutir sobre modelos de descentralización autóctona eficientes en marcos de complejidad política y diversidad cultural.

Neoconstitucionalismo, descentralización y derivas

Tras los distintos procesos de independencia latinoamericana, asistimos en el subcontinente a una fuerte tendencia centralizadora en el marco de la conformación de los nuevos estados. Dicho modelo centralizador se robusteció durante la primera mitad del siglo XX, comenzando su declive a partir de la era postcrisis de la deuda en la década de 1980. Será a partir de entonces cuando se comienza a reducir el protagonismo de los gobiernos nacionales, fruto de su crisis de eficiencia, lo que implicó un impulso a la descentralización del poder hacia los territorios y los ciudadanos. Todo ello en busca de una nueva estrategia de desarrollo.

Sin embargo, el impulso dado a los procesos de descentralización bajo el paradigma neoliberal significó -bajo criterios de reducción de costos asociados al Estado central- procesos de privatización y dramáticos impactos sociales, quedando la periferia productiva sin políticas públicas de apoyo para desarrollar capacidades e iniciativas locales (Filgueira, 2009). Sin planificación y recursos que acompañasen la transferencia de competencias, este proceso descentralizador mostró más deficiencias que virtudes.

El fracaso del modelo neoliberal en la región implicó, en la mayoría de países suramericanos, la recuperación del concepto de Estado regulador, planificador y redistribuidor.  Acompañando a este proceso político definido como ciclo progresista latinoamericano (2003-2015), apareció también, en algunos de los países andinos, un nuevo constitucionalismo que buscaba recuperar el origen radical-democrático del constitucionalismo jacobino. 

En los dos países referenciales del neoconstitucionalismo latinoamericano -Bolivia y Ecuador- surgiría una connotación novedosa de marcado perfil ideológico: mientras la tradición socialista se encuadra en lógicas de centralización política y territorial, estas nuevas constituciones auspiciadas desde gobiernos autoreferenciados de izquierda buscaron combinar fortalecimiento del Estado a nivel nacional con descentralización del poder y participación popular a nivel local.

Este nuevo progresismo intentó encontrar el equilibrio entre desconcentración -presencia del gobierno en los territorios- y descentralización -transferencia de competencias y recursos a gobiernos locales- pese a que mostrara, por general, notables contradicciones fundamentalmente en lo referente al derecho indígena de autogobierno.

En todo caso, estos dos procesos constituyentes coincidieron en la singularidad de analizar el proceso autonómico español como base sobre la cual poder extraer ideas, experiencias y aprendizajes respecto a la implementación del derecho de autonomía para su respectivas nacionalidades y regiones. Posiblemente ello responde, más allá de matrices coloniales o cercanía cultural, a la presencia de expertos en Derechos Constitucional provenientes de dicho país, así como a una valoración positiva respecto al corto plazo de tiempo en el que este modelo se implementó dentro de la complejidad política en la que estaba inmersa España durante aquel periodo.

Esta mirada hacia el modelo autonómico español por parte de estos países con particularidades de carácter étnico cultural, ayudó a plantear lógicas de refundación de estos Estados bajo criterios de descentralización política, gobiernos compartidos, asunción de competencias por parte de gobiernos locales acompañada de transferencias presupuestarias, y fundamentalmente unidad dentro de la diversidad como parte central de los procesos de democratización emprendidos.

Pese a que la configuración histórica de territorios en el Estado español nada tiene que ver con la realidad latinoamericana, el modelo actualmente implementado en la antigua metrópoli fue analizado como aporte externo y ayuda para la configuración de procesos nacionales propios. Estos dos países buscaron, fruto de su politización territorial, el reconocimiento de subjetividades históricamente negadas y una mayor eficiencia en la modernización de sus respectivos estados. 

En el caso boliviano el sistema de descentralización diseñado en la Constitución de 2009 combina el tema de la plurinacionalidad con el de las autonomías. Ambas surgen de la demandas de actores sociales en principio antagónicos que terminan confluyendo al interior del texto constitucional. Por un lado, la demanda que se formula desde los pueblos indígenas vinculada al derecho a un territorio propio y adecuado a su realidad histórica nacional, así como el derecho a la autodeterminación bajo como objetivo implementar sus propios modelos de desarrollo, defender su integridad cultural y el derecho a la diferencia. Por otro, están las demandas provenientes de los departamentos del oriente, encabezados por el de Santa Cruz, que reivindicaron un modelo de autonomía claramente inspirado en el caso español.

De esta manera, la Constitución boliviana contempla tanto la autonomía indígena originaria campesina, como las formas de autonomías departamental, regional y municipal. A la postre, la relación entre pueblos indígenas y el Estado han constituido una dinámica que podríamos considerar como dialéctica, donde el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de estos pueblos ha sido claramente tutelado por parte de la burocracia estatal, limitándose así las formas y el contenido de dichas autonomías. A partir de ahí, debería haber sido entonces desde la autonomía departamental -bastión fundamental para el crecimiento económico y la justicia social- desde donde se articulara un giro verdaderamente autonómico con base a la línea española, constatándose hasta la fecha que dicho cambio no termina de consumarse.

En el caso ecuatoriano, la llamada Constitución de Montecristi de 2008 planteó un proceso de descentralización basado en el ejercicio de competencias exclusivas por niveles de gobiernos y la transferencia complementaria de otras por parte del Estado central hacia los llamados gobiernos autónomos descentralizados: gobiernos regionales que nunca llegaron a constituirse; gobiernos provinciales, municipales y juntas parroquiales. La virtud de actual texto constitucional en materia descentralización, es que hizo que esta dejase de ser un proceso opcional para gobiernos que se veían en condiciones de poder asumir determinadas competencias, para convertirla en un proceso obligatorio y paulatino.

De igual manera y tras acalorados debates constituyentes con el modelo autonómico español de fondo, el texto constitucional admitió como una forma de gobierno especial cantonal a los distritos metropolitanos autónomos. Para ello se establecen requisitos de hecho y de derecho; los primeros basados en la voluntad del cantón o conjunto de cantones de constituirse en distritos metropolitanos -siempre que geográficamente sean colindantes, exista conurbanización y tengan una población mayor al siete por ciento de la población nacional-, condición que en la actualidad cumplen Quito y Guayaquil. El modelo de distritos metropolitanos autónomos implementados en el modelo ecuatoriano parte del equivalente español de las comunidades autónomas, con la diferencia de que el primero parte de la agrupación de cantones con conurbanización urbana y el segundo de la agrupaciones de provincias, quedando los primeros facultados para ejercer las competencias propias de un gobierno cantonal, ademas de las que les fuesen aplicables de gobierno provincial e incluso regional llegado el caso. 

La articulación de los procesos de autonomía de los distritos metropolitanos en Ecuador, mediante la conformación y aprobación de sus respectivos estatutos de autonomía, es otro de los pendientes del modelo territorial diseñado en Montecristi e inspirado en parte en la experiencia autonómica española.

Todo lo anterior implica entender que es desde lo local desde donde se desarrolla la mayor parte de la producción política de nuevas formas de representación y participación ciudadana, donde se habilita la deliberación real de los ciudadanos y los canales de interrelación con el resto de las estructuras del Estado.

La evolución de los acontecimientos políticos, tanto en Bolivia como en Ecuador, sumado a una falta de aplicación coherente de sus respectivos textos constitucionales, así como las limitaciones presupuestarias derivadas a partir del fin del boom de los commodities y por lo tanto de los excedentes, ha hecho que estos procesos de autonomía política y territorial se encuentren en la actualidad semi paralizados. En la práctica, esto afecta a la calidad de nuestras democracias participativas, concepto que corre el riesgo de quedar cuestionado, así como la marginación de discusiones en torno a la profundización de la autonomía de territorios indígenas.

Notas:

(1) Decio Machado  es Licenciado en Sociología y Ciencias de la Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid y Magister en Sistemas Tecnológicos por la Universidad Pontificia de Navarra. Como consultor político ha asesorado a distintos gobiernos de la región, formando parte de los procesos constituyentes de Ecuador y Bolivia. En la actualidad ejerce como director ejecutivo de la Fundación Nómada, una institución sin ánimo de lucro dedicada -entre otras cuestiones- a la investigación académica y al desarrollo de foros de debate sobre cuestiones que tienen que ver con la coyuntura política, económica y social de la región.

(2) La Ley Paccionada o Ley de Modificación de Fueros de la Provincia de Navarra fue la norma legal aprobada por las Cortes Generales de España, el 16 de agosto de 1841, mediante el cual quedaron abolidos los últimos elementos del Antiguo Régimen en la provincia de Navarra, instaurándose a partir de entonces un sistema de autonomía económico-administrativa para la provincia ejercido por la Diputación Foral de Navarra.

(3) La guerra hispano-estadounidense, denominada de forma coloquial en España como la guerra de Cuba o el Desastre del 98, fue un conflicto bélico que tuvo su prolegómeno en el arranque del proceso independentista cubano en 1895. La respuesta española fue brutal y conllevó la simpatía estadounidense a favor de las fuerzas independentistas. En enero de 1989, el barco de guerra estadounidense Maine arribó a La Habana buscando proteger los intereses estadounidenses en la isla y demostrar músculo militar frente a los españoles, quienes anteriormente habían insistido en su negativa a vender las islas de Cuba y Puerto Rico a Estados Unidos. Un mes después el buque fue hundido tras una explosión y el 21 de abril el Congreso norteamericano declararía una guerra a España que se resolvería a favor de Washington en tan solo tres meses. Fue el primer paso de la nación americana en transformase en una potencia mundial y quizás el primero de España en perder dicho estatus.

(4) Esta corriente política catalanista surge como movimiento cultural en la década de 1830 y se conforma como movimiento político en las últimas décadas del siglo XIX ya bajo reivindicaciones claramente nacionalistas. El término “catalanismo” comenzó a tomar protagonismo en el llamado sexenio revolucionario -momento de la Restauración borbónica tras la I República- y se conforma como movimiento político a finales de la década de 1880.

(5) Este momento histórico coincide con el comienzo del fin de la primera guerra carlista. La guerra carlista fue una guerra civil que se desarrolló en el Estado español entre 1833 y 1840 entre los “carlistas” -partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón y de un régimen absolutista- y los “isabelinos” -defensores de la regente María Cristina de Borbón cuyo régimen terminó asumiendo lógicas liberales-. El mundo rural y las pequeñas urbes del País Vasco y Navarra apoyaron de forma mayoritaria a los carlistas como consecuencia de su tradicionalismo foral y gracias al apoyo que le había sido otorgado por el bajo clero local, sin embargo terminaron perdiendo guerra con condiciones nefastas para sus partidarios.

(6) La Asamblea de Ronda en 1918 fue la primera asamblea regionalista andaluza. En ella se acordó la adopción de las insignias de Andalucía: su bandera y escudo (la figura de un joven Hércules sujetando a dos leones en medio de dos columnas).

(7) La Asamblea de Córdoba de 1919 fue una asamblea autonomista impulsada por la Junta Liberalista de Andalucía en la que se reivindica la abolición del centralismo español y donde se acuerda un Manifiesto andalucista que proclama la urgencia de que andaluza se convierta en una “democracia autónoma”.

(8) La Confederación Nacional del Trabajo, fundada en Barcelona en 1910 y de ideología anarcosindicalista, considerado como una de las estructuras revolucionarias más radicales de la época, tenía en 1919 casi 800.000 afiliados en una España por aquel entonces con apenas veintiún millones de habitantes.

(9) Los concejos abiertos son un sistema de organización municipal existente en España en el que los pequeños municipios, así como las entidades de ámbito territorial de rango inferior al municipio que no alcanza a tener un número significativo de habitantes, se rigen por un sistema asambleario (asamblea de vecinos) que ejerce de igual manera a un pleno del municipal.

(10) Esquerra Republicana de Catalunya fue fundado en 1931 en Barcelona y desde la década de 1990 tiene presencia también en la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares y el departamento francés de los Pirineos Orientales. De sensibilidad independentista pregona la conformación de los “Países Catalanes”.

(11) El Consejo Económico y Social es un órgano consultivo de diferentes niveles de Gobierno en materia socioeconómica y laboral. Es un organismo reconocido en el derecho público, con personalidad jurídica propia y autonomía orgánica y funcional en aras a cumplir con los fines que le son encomendados. A nivel del Gobierno Central depende del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, mientras a nivel autonómico su adscripción responde a sus respectivos Consejos de Gobierno autonómico.

(12) Régimen foral es la denominación utilizada en el Estado español para definir las instituciones de administración autónoma y de ordenamiento jurídico existentes en el antiguo Reino de Navarra y de los territorios históricos vascos, lo que marca una diferencia respecto al resto de regiones que componen el Reino de España.

 

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lunes, 21 de junio de 2021

Hacer viable el sistema de pensiones en Ecuador

 


Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada

El pasado 23 de abril el Banco Mundial hizo público un informe diagnóstico respecto a la situación actual en que se encuentra el Fondo de Pensiones del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Los resultados de dicho estudio reafirman alarmantes conclusiones ya existentes en informes elaborados anteriormente.

Dos de estas conclusiones destacan por su importancia: la primera de ellas indica que el sistema ecuatoriano de Seguridad Social es en estos momentos insolvente; la segunda  demuestra cuantitativamente que el Fondo de Pensiones presenta déficits de caja desde 2014, es decir, desde hace más de seis años las aportaciones de los afiliados no alcanzan para cubrir el pago de prestaciones a jubilados.

Según el informe, en el 2020 el déficit financiero del Fondo de Pensiones del IESS llegó a 1.895 millones de dólares y se proyecta que este monto alcanzará los 2.800 millones en 2025. El estudio prevé que a partir del próximo año el IESS enfrente serios problemas para cubrir las pensiones jubilares debito al paulatino agotamiento de las reservas líquidas hasta ahora existentes. En pocas palabras, de mantenerse la evolución actual la  quiebra del sistema está asegurada en pocos años.

Conceptos e historia

Los sistemas de pensiones tuvieron su origen en Europa a finales del siglo XIX. Sería Otto von Bismarck, quien gobernará Alemania entre 1871 y 1890, el impulsor del primer sistema de seguridad social moderna y pensiones públicas asegurado por el Estado. 

Otto von Bismarck, ideológicamente muy conservador, implementó estas medidas no por sensibilidad política o identificación con las causas de los trabajadores alemanes, sino como estrategia política destinada a contener la latente amenaza de un estallido revolucionario en el país tras los sucesos insurreccionales de la Comuna de París (1871) y el auge de las movilizaciones populares existente en aquel momento en Alemania.

Aunque esta iniciativa se replicó embrionariamente en otros países europeos, sería tras la Primera guerra Mundial cuando los sistemas de pensiones se expandieron y desarrollaron en otras regiones. 

En 1944 la OIT realizaría un llamamiento en favor de la aplicación universal de estas medidas y un año después la Asamblea General de Naciones Unidas incorporaría en el artículo 22 de la Declaración Universal de los Derecho Humanos su reconocimiento: “toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social”.

En Ecuador, los primeros antecedentes de institucionalización del seguro social nacional datan de 1928, conformándose la Caja de Pensiones como entidad aseguradora. Tras varias iniciativas legislativas sería en 1963 cuando quedaría consolidado el sistema del Seguro Social en el país fusionándose la Caja de Pensiones con la Caja del Seguro, conformándose así la Caja Nacional del Seguro Social. Ya en 1970 la Caja Nacional del Seguro Social sería sustituida por el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, nuestro actual IESS. Posteriormente, mediante la Ley de Seguridad Social 2001-55, la cual entró en vigor el 30 de noviembre de 2001, se aseguraría a los afiliados del IESS el derecho a la jubilación siempre y cuando cumplan con los requisitos de edad pertinentes y acrediten los tiempos mínimos de imposiciones mensuales requeridas.

Derivado de lo anterior, el Fondo de Pensiones del IESS se constituyó bajo el objetivo de asegurar las pensiones jubilares a las y los trabajadores afiliados al sistema. Su financiamiento se da mediante dos vías: a) ahorros derivados de las aportaciones de las y los afiliados, y; b) aportaciones complementarias realizadas por el Estado que suponen el 40% del monto total necesario para cubrir las pensiones.

El sistema funcionó e incluso se robusteció con la incorporación de trabajadoras domésticas, la ampliación de la cobertura de salud a hijos de afiliados y la aplicación de jubilaciones especiales para maestros. La crisis del sistema de pensiones llegaría vinculada a lo que podríamos definir como el fin del ciclo de bonanza económica o “economía de hadas” que vivió Ecuador durante la primera década y media del presente siglo. La caída del precio del crudo, momento final del periodo denominado boom de los commodities (2000-2014), supuso la desaparición del excedente petrolero y el inicio de una agresiva política de endeudamiento público que implicó un fuerte crecimiento del servicio de deuda y el desfinanciamiento del Estado. 

En esta coyuntura el entonces presidente Rafael Correa optó por impulsar una medida que a corto plazo tendría resultados devastadores para el IESS y su Fondo de Pensiones. En abril del 2015 la mayoría oficialista existente en aquel momento en la Asamblea Nacional aprobaría, bajo instrucciones de Carondelet, la Ley de Justicia Laboral y Reconocimiento del Trabajo No Remunerado del Hogar. En este paquete normativo se incluía la eliminación del aporte obligatorio estatal al IESS, aunque de forma difusa en su artículo 237 se establecía la garantía del pago de las pensiones por parte del Estado únicamente cuando el IESS no contara con los recursos económicos suficientes para cumplir con dichas obligaciones.

Conscientes de que la eliminación del aporte estatal al IESS atentaba contra el artículo 371 de la Constitución, el cual dispone que las prestaciones de la seguridad social deberán financiarse -sin excepción alguna- con las contribuciones del Estado, la Corte Constitucional restituiría la obligatoriedad del aporte estatal en 2019 pero sin hacer alusión al periodo comprendido comprendido entre 2015 y la fecha de esta disposición.

Sería durante este año en curso cuando el Estado definitivamente restablecería su aporte al sistema de pensiones, quedando sin resolverse los USD 9.000 millones que el gobierno nacional debió aportar en el período comprendido entre 2015 y 2020. Sin los aportes del Estado, el IESS se vio obligado a hacer frente a sus obligaciones jubilares mediante recursos propios, lo que le fue generando un agujero financiero cada vez mayor y la extinción de sus ahorros. En la actualidad el pago de pensiones de sostiene gracias al ahorro/aportaciones de nuevos afiliados, condición que en breve implicará la inviabilidad financiera del sistema. Esta situación se ve agravada por las penurias económicas por las que atraviesa el gobierno nacional, circunstancia que limita su capacidad de inyectar fondos en el sistema de pensiones. 

A todo lo anterior debemos sumar el impacto del cambio demográfico en Ecuador, condición que implica un aumento sostenido de la proporción de adultos mayores en relación a la población total, así como el impacto de la pandemia que ha reducido notablemente los montos de recaudación debido a incremento del desempleo y los retrasos empresariales en el cumplimiento de sus aportes. Según el estudio diagnóstico del Banco Mundial, el sistema de pensiones ecuatoriano necesitaría en estos momentos a ocho afiliados contribuyendo por cada receptor de pensiones jubilado, sin embargo en la actualidad esta relación es apenas de cinco por cada pensionista y se proyecta que en 2040 será de tan sólo tres cotizantes por pensionista. 

Frente a esta situación durante la administración Moreno se decidió transformar el sistema público de jubilación actualmente existente por un modelo similar al chileno. La debilidad política y los altos niveles de deslegitimación social de Moreno y su gobierno hicieron inviable llevar a cabo la durante la anterior legislatura tal decisión, la cual implica que los recursos individuales del sistema de pensiones pasen a ser manejados por fondos privados bajo “supuestos” parámetros de rendimientos mayores a los que proporciona el sector público. En la práctica, esta medida significaría privatizar el sistema de pensiones entregando su gestión a empresas privadas que en Chile son definidas como Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Todo ello pese a que en el artículo 367 de nuestra Constitución se indique:

“El sistema de seguridad social es público y universal, no podrá privatizarse y atenderá las necesidades contingentes de la población. La protección de las contingencias se hará efectiva a través del seguro universal obligatorio y de sus regímenes especiales.”

Por su parte, desde el actual gobierno encabezado por el presidente Guillermo Lasso, en funciones apenas tres semanas, no ha realizado hasta el momento pronunciamiento alguno sobre este tema pese a que la reforma de la seguridad social forma parte de sus prioridades políticas. De hecho, en su plan de gobierno -pese a que en ningún momento aparece el término privatización- textualmente se indica: 

“El seguro de salud no puede seguir perpetuando la corrupción dentro de sus hospitales y para ello es necesaria la delegación de la administración de los mismos. Este mecanismo permitiría acabar con la corrupción, reducir los gastos ineficientes y garantizar servicios sanitarios de calidad. Esta decisión fortalecerá la administración del fondo de salud y evitará una afectación al fondo de pensiones, garantizando así jubilaciones dignas para todos.”

Así las cosas, entendamos bien qué es y como funcional el sistema chileno de pensiones…

Si existe un sistema de pensiones construido desde posiciones fuertemente ideologizadas, este es el modelo chileno. Su andamiaje parte de dos pilares conceptualmente neoliberales: exaltación del individualismo mediante la capitalización individual y firme creencia en que la gestión privada es más eficiente que la estatal incluso en cuestiones vinculadas a garantizar la protección, cobertura social y derechos humanos.

A partir de ahí, el sistema de funcionamiento del modelo chileno se convierte en algo muy simple: el trabajador contratado debe elegir en cual de las distintas AFP abrir una cuenta individual de capitalización para su ahorro jubilar y cobertura frente a posibles accidentes y enfermedades. La cuenta del trabajador capitaliza desde dos vertientes: cotizaciones/aportaciones mensuales del 10% del salario del trabajador (se elimina el aporte patronal) y los rendimientos/interés generados periódicamente por el monto de inversión acumulado en el fondo tras descuento de comisiones bancarias.

Sin duda, un modelo de estas características promociona el ahorro y el crecimiento de los mercados de capitales conformados a partir de los fondos acumulados. De hecho, el sistema de pensiones privado en Chile gestiona aproximadamente unos 200.000 millones de dólares. Sin embargo, el hecho de que la aportación de los empleadores haya sido eliminada hace que la contribución del trabajador, fijada porcentualmente en el 10% de su remuneración salarial, resulte escasa. Como resultado de lo anterior, condición que se agrava en países de salarios bajos como el nuestro, más del 80% de los pensionistas chilenos reciben en la actualidad una paga que apenas alcanza el equivalente a dos tercios del salario mínimo. 

En paralelo y como consecuencia de lo anterior, la edad efectiva de jubilación de las y los trabajadores chilenos se ha elevado sustancialmente: mientras la edad legal de retiro está fijada en 65 años para hombres y 60 años para mujeres, la edad promedio efectiva de jubilación se ha elevado hasta los 70 años para ambos sexos. Según proyecciones derivadas de estudios oficiales, la tendencia a futuro es que el monto percibido por los pensionistas sea cada vez menor y la edad de jubilación promedio real continue en ascenso.

Por último y respecto a la “supuesta” mayor eficiencia del sistema de pensiones chileno derivado de su gestión en manos de privados cabe señalar tres cuestiones: los costos de gestión de los fondos en Chile son comparativamente más elevados que los existentes en cualquier otro país de la OCDE; pese a la eliminación de los aportes patronales no se registran avances en reducción del peso de la economía informal y por lo tanto la cobertura del sistema pensiones sigue siendo muy baja en relación al volumen total de la población económica activa; y por último, pese a diferentes reformas institucionales sigue sin solucionarse la brecha existente entre las pensiones percibidas por hombres y mujeres.

Conclusiones

Derivado de todo lo anterior, van algunas notas finales para el análisis:

En primer lugar, la evolución demográfica de la sociedad ecuatoriana proyecta para el 2065 que los adultos mayores tendrán un peso cuatro veces superior al actual en relación al volumen de población total. Lo anterior implicará incremento en las partidas de gasto público destinadas al cuidado y protección de nuestros mayores, así como la necesidad de readaptar los planes de viabilidad financiera y los niveles de cobertura del sistema de pensiones con base a las nuevas realidades y con enfoque hacia escenarios futuros. 

En segundo lugar y enmarcados en la cuarta revolución industrial, tanto el sistema productivo como mundo del trabajo está sometido a una evolución/transformación acelerada que nos obliga a actualizar sistemas y modelos creados bajo parámetros y realidades ya inexistentes.

En tercer lugar y más allá del impacto derivado de la corrupción y decisiones políticas erróneas o inadecuadas, es evidente que el sistema de pensiones ecuatoriano necesita ser reformado dada su condición de inviabilidad en el corto plazo.

Un cuarto punto a considerar es que lo anterior no exime al gobierno nacional de sus responsabilidades inmediatas. El sistema de pensiones ecuatoriano no es sostenible sin las aportaciones del Estado, lo que deposita en el gobierno central la responsabilidad de asegurar su adecuado funcionamiento. 

Por último, un quinto punto a considerar y que relacionado con las alternativas. Pese a que el modelo de pensiones bajo gestión privada aplicado en Chile es concebido como lo “ideal” desde el imaginario neoliberal actualmente dominante, sus falencias son muchas y sus resultados están muy por debajo de lo que se le prometió a la sociedad chilena y expectativas generadas. El promedio mensual actual por pago de pensiones equivale apenas al 20% -en el mejor de los casos el 30%- del último salario percibido por el trabajador antes de su jubilación. Ante el clamor generalizado de emerge de masivas protestas ciudadanas, el gobierno de Sebastián Piñera se ha visto obligado a incorporar en su agenda política un compromiso de reforma de su sistema de pensiones. 

El modelo de sistema de pensiones implementado en Chile durante la dictadura militar pinochetista se muestra en la actualidad como un modelo fracasado. No cumplió sus objetivos en cuanto a cobertura (número de personas incorporadas al sistema), suficiencia (el escaso monto percibido por pensiones contribuye al incremento de la inequidad en el país) y viabilidad financiera (ni se abarató la gestión ni se incrementó la eficiencia). Motivo por el cual, más allá de criterios ideológicos, carece de sentido que  este modelo sea replicado en Ecuador.

Dicho esto y a partir de aquí, abramos el debate sobre como asegurar la viabilidad del sistema de pensiones ecuatoriano…