jueves, 15 de noviembre de 2018

La Cuarta Revolución Industrial

Por Decio Machado
Revista Plan V

Históricamente los impactos de las distintas revoluciones industriales han ido siempre mucho más allá de lo tecnológico. Cada una de estas revoluciones han transformado sistemas enteros, desde vertientes sus vertientes económicas, sociales, políticas e incluso ambientales.

De esta manera asistimos a tres revoluciones antes de la actual en curso. Cada una de ellas cambiaron las fuentes de energía básicas, el tipo de actividades industriales más dinámicas, su localización en el territorio y los medios de comunicación disponibles para desplazar mercancías, personas e información.

La primera revolución industrial, la cual tuvo su origen en Inglaterra en torno a 1786, conllevando cambios radicales respecto a los medios de producción. Se introdujeron instrumentos mecánicos de tracción hidráulica y a vapor (la primera máquina de vapor de Boulton y Watt data de 1774), el telar mecánico (primer telar mecanizado apareció en 1784)  y la locomotora (primera línea férrea entre dos ciudades tuvo lugar en 1829).

Entre 1870 y la Primera Gran Guerra se desencadenó la segunda revolución industrial, nuevamente en Inglaterra, aunque ahora incorporando a Europa occidental, Estados Unidos y Japón. Los ejes aquí fueron el desarrollo de un nuevo modelo de producción industrial (primera cinta transportadora fecha de 1870), la electricidad (en 1871 se da la primera central térmica), el foco eléctrico (en 1880 Thomas Edison patenta el foco), el automóvil de combustión interna (en 1886 se presenta el primer automóvil) y el radio transmisor (en 1897 se da la primera de estas).

La tercera revolución industrial, a la que alguna mente iluminada tuvo a bien definir como la revolución de los elementos “inteligentes”, comenzó a desarrollarse siete décadas atrás e impulsó las computadoras personales (en 1962 aparecen los primeros), la tecnología de la información para automatizar la producción (primer controlador programable -PLC- data de 1969), la aviación, la era espacial, la energía atómica, la cibernética y el Internet (la Word Wide Web aparece en 1990).

La cuarta revolución industrial, esta en la que estamos inmersos, no es diferente. Las tecnologías maduras que generarán el punto de inflexión en la transformación de mercados, sistema productivos, economía e incluso hegemonía geopolítica aun no están -al menos completamente desarrolladas- en el mercado. Pese a ello, la robótica superavanzada, el Internet de las Cosas, la minería de datos, el Big Data, la hiperconectividad, la inteligencia artificial, las tecnologías 3D, las plataformas BIM, la energía inteligente, el Smart Grid y las Smart Cities, la tecnología biomédica o la movilidad eléctrica, apuntan a una nueva transformación de paradigmas colectivos como el industrial, el comercio, la salud y educación, la producción de alimentos, el control social o incluso la forma en la que convivimos en las ciudades. 

Dentro de ese contexto, los sistemas tecnológicos no son neutros per se sino que más bien expresan y reflejan la ética y los objetivos de sus diseñadores. En un contexto de crisis sistémica y civilizatoria, baja confianza de la sociedad en sus gobiernos e instituciones públicas, deslegitimación del modelo democrático debido al incremento generalizado de la corrupción y la crisis del sistema de representación, así como un pesimismo generalizado respecto hacia donde se encamina el futuro del planeta y las lógicas convivenciales de las que nos hemos dotado como sociedad global, esta nueva e imparable revolución industrial no apunta de forma tan positiva como sucedió con otras. 

La historia nos enseña que todas las revoluciones tienen ganadores y perdedores. Al respecto, asistimos a como en los últimos años se va incrementando la destrucción de reservas ecológicas con sus respectivos impactos respecto a la existencia de especies animales, vemos de la misma manera el impacto de la acumulación por deposición en miles de personas que van siendo desplazadas de sus tierras y forzadas a vivir marginalmente en ciudades como carne de cañón del sistema capitalista en la economía informal.

Pero además la robótica tiene sus inconvenientes. Un documento de trabajo del Fondo Monetario Internacional (FMI) llamado “¿Hay que temer la revolución de los robots (la respuesta correcta es que sí)?” concluye indicando que esta revolución industrial es notablemente diferente a las anteriores. Los robots desarrollaran tareas que hasta ahora han sido ocupadas por trabajadores, y lo harán de forma más rápida y económica. En definitiva, aumentará la productividad pero se reducirán los salarios. 

¿Los ganadores? Pues los propietarios de los robots… ¿los perdedores? Claramente los trabajadores… En resumen y utilizando textualmente palabras del FMI: “la automatización es buena para el crecimiento y mala para la igualdad”. 

La Federación Internacional de Robótica (IFR, por sus siglas en inglés) estima que más de 2,5 millones de robots industriales estarán en funcionamiento el año que viene, representando un crecimiento del 12% respecto al año pasado. Siguiendo las pautas del documento del FMI, el McKinsey Global Institute predice que la mitad del total del aumento de la productividad que se necesita para asegurar un crecimiento mundial del 2,8% en los próximos 50 años vendrá de la automatización.

Se espera que para el 2019, el 40% de la producción global de robots industriales esté destinada a China. Sin embargo, existe también otro tipo de robótica distinta a la industrial: la llamada robótica de servicios. Existen identificadas más de 600 compañías dedicas a la producción de robots de servicios en sectores como limpieza, medicinal, plataformas móviles, inspección, construcción, etc… Según algunos análisis se que configuran como prudentes, tan sólo en los próximos cinco años se perderán 7,1 millones de empleos en las 15 economías más grandes del planeta. En distintos sectores se incrementará el desplazamiento de trabajadores por dispositivos inteligentes.

Lo anterior implica mayor inequidad social, desigualdad económica e irresuelto a la dignidad de las personas. No se trata de negar el avance tecnológico ni de reivindicar doscientos años después el ludismo -movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX que protestaron contra las nuevas máquinas que destruían empleo-, pero parece evidente que seguimos profundizándonos en un proceso encaminado al enriquecimiento de unos cuantos y la desregulación laboral para la mayoría de los trabajadores. Ya el 1% de la población mundial goza de más riquezas que el 99% restante, los 62 individuos más ricos del planeta tienen más recursos que la mitad de la población (OXFAM International, 2016) y la brecha entre ricos y pobres llegó al punto más álgido en países desarrollados y emergentes: el 10% de los países más ricos tienen ahora  ingresos 9,6 veces superiores al 10% de los más pobres (en 1980 la relación era de 7,1).

Según la OIT, el mundo tiene 1.600 millones de trabajadores con empleos estables; 1.500 millones con empleos estacionarios; 115 millones de niños trabajando en condiciones peligrosas; 21 millones víctimas de trabajos forzados, y 621 millones sin trabajar ni estudiar. En su informe 2015, calculó 197.1 millones de desempleados (72 millones menores de 25 años). El Informe de Desarrollo Mundial 2013, del Banco Mundial, reportó la necesidad de crear 600 millones de nuevos empleos en los próximos 15 años (85% de empleos los provee el sector privado), condición que se viene al traste con el impacto de la nueva revolución industrial.

Aterrizada esta realidad en el caso latinoamericano, vemos como es Brasil el país que destaca en envíos anuales realizados y estimados cara al futuro en robots industriales polivalentes en el subcontinente (se estima en 2019 un crecimiento de doble de unidades con respecto al 2016). En ese sentido, no debería sorprender que justamente sea el gigante suramericano el país de América Latina que lidera las reformas laborales en el marco de la precarización laboral. El desempleo en este país pasó del 6,5% en 2014 al 13,1% en la actualidad (13,7 millones de personas).

En términos generales podemos decir que en la actualidad al menos un 10% de los trabajos son enteramente automatizables, y este porcentaje seguirá en crecimiento con el desarrollo de la actual revolución industrial. En ese contexto, las políticas estatales deberían proveer de cobertura al mercado de trabajo y a la ciudadanía en general frente al desarrollo tecnológico, proveyendo de conocimientos técnicos necesarios a los trabajadores para reciclarse ante la nueva realidad, pero marcando las pautas que impidan una mayor explotación del trabajo asalariado.











lunes, 12 de noviembre de 2018

sábado, 3 de noviembre de 2018

Bolsonaro y sus repercusiones en la región

Por Decio Machado / Universidad Nómada Sur

Brasil, país emergente que ha sido referencia en el subcontinente, se ha convertido tras las elecciones del pasado 28 de octubre en el eje sobre el que pivota gran parte de la inestabilidad  política y económica regional.

La nación más grande de Suramérica, con una tasa de homicidios que supera el conjunto de Europa y también de Estados Unidos, decidió, en el marco de una fuerte deslegitimación social de su ecosistema político institucional, votar por el antipetismo plasmado en la figura de una nueva derecha que se manifiesta como alternativa pese a sus cánones sumamente conservadores en el sentido moral y neoliberales en lo referente a sus planteamientos económicos.

El fenómeno puede ser extensible a otros países de América Latina en la medida en que el subcontinente ostenta la nada envidiable distinción de ser la región más violenta del mundo, con 23,9 homicidios por cada 100.000 habitantes, comparado con 9,4 de África, 4,4 de América del Norte, 2,9 de Europa y 2,7 de Asia.

Hablamos de un territorio que concentra apenas el 8% de la población mundial pero el 37% de los homicidios que acontecen en el planeta, donde están ocho de los diez países más violentos a nivel global y 42 del ranking de las 50 ciudades más inseguras del globo terráqueo. En ese contexto, las expresiones políticas de “mano dura” contra la violencia, tal y como lo que representa Bolsonaro, pueden imponerse ante conceptos anteriormente aceptados respecto a la inviolabilidad de la integridad física y los derechos ciudadanos.

En paralelo, tres de cada cuatro ciudadanos latinoamericanos manifiesta -según diversos estudios de alcance regional- escasa o nula confianza en sus respectivos gobiernos y alrededor del 80 por ciento de la sociedad es consciente de que la corrupción esta extendida en las instituciones públicas de la región. El sistema de partidos políticos está actualmente altamente desprestigiado, las clases vulnerables -sectores recién salidos de la pobreza- y las clases medias más consolidadas no sienten que sus reclamos sean adecuadamente canalizados ni por sus gobiernos ni por las formaciones políticas de viejo cuño, a la par que la mayoría de la gente no tiene fe en el futuro. En resumen, la desconfianza ciudadana es cada vez mayor y está conllevando a una fuerte desconexión entre sociedad y la estructura del Estado, lo que pone en jaque la cohesión social y debilita el “hipotético” contrato social existente.

Así las cosas, el terreno esta abonado para la configuración de nuevas fuerzas políticas que se posicionen como antisistémicas frente a los partidos convencionales, incluyendo entre ellos a las candidaturas progresistas que durante el pasado ciclo político no pusieron en cuestión ni el modelo de acumulación heredado, ni al status quo existente al interior de nuestras sociedades, ni el modelo para la toma de decisiones al interior del Estado. En paralelo, se reposiciona socialmente -en sociedades asediadas por el crimen y la violencia- el imaginario de que para acabar con la delincuencia es necesario que haya “mano dura” por parte de las autoridades, reconfigurándose las tácticas militarizadas como las herramientas proclives para asegurar una gestión exitosa en la seguridad ciudadana.

Pero más allá de un posible “efecto contagio” en la región y contrario a las lógicas emanadas por líderes como Lula, Chávez o Correa, el actual presidente electo de Brasil no manifiesta inicialmente mayor pretensión respecto a convertirse en un figura de liderazgo regional. 

Más allá de su confrontación ideológica con gobiernos como Cuba, Venezuela e incluso Bolivia, países a los que Bolsonaro considera que “no agregan valor económico y tecnológico a Brasil”, el futuro mandatario brasileño ha manifestado interés por acercarse a países desarrollados de fuera de la región con el fin de reimpulsar el comercio exterior del gigante suramericano. Dicha posición posiblemente termine de sepultar los ya semi-moribundos procesos de integración regional: Celac, Unasur e incluso el propio Mercosur. El primer destino que aparece en su agenda internacional es Chile, donde será recibido por Sebastián Piñera, y que parece indicar un cambio en la preferencia de sus alianzas comerciales en la región, antes priorizadas con Argentina que es el tercer país que más importa de Brasil; también visitará Estados Unidos con el fin de entrevistarse con Donald Trump, líder por el cual Bolsonaro ha manifestado “gran admiración”; y en tercer lugar Israel, país en el cual pretende trasladar su embajada desde Tel Aviv a la ciudad de Jerusalem, siguiendo las presiones internas recibidas desde sectores evangélicos y pentecostistas.

China, principal socio comercial de Brasil en estos últimos años -con un monto de 75.000 millones de dólares en comercio bilateral durante el ejercicio 2017 (20,3 por ciento del comercio exterior brasileño)- se mantiene a la expectativa respecto a los iniciales movimientos de Jair Bolsonaro, quien ha descrito al coloso asiático como "un depredador que busca dominar las áreas económicas clave de su país y la región”. Pese a ello, Beijing confía en que las relaciones comerciales con Brasil sigan siendo prósperas y en prueba de buena voluntad tituló al editorial del día después del triunfo de Bolsanaro en el China Daily, periódico controlado por el Partido Comunista Chino, “No hay razones para que el Trump tropical interrumpa las relaciones con China”. En dicho texto, la burocracia gubernamental asiática manifestaba: “apreciamos la sincera esperanza de que cuando asuma el liderazgo de la octava economía más grande del mundo, Bolsonaro mirará de manera objetiva y racional el estado de las relaciones China-Brasil”. En todo caso y más allá de su posible alineamiento geopolítico con los intereses de Estados Unidos a nivel global, preocupa sobre manera en Beijing -por su posible efecto cascada- que devendrá del viaje a Taiwan pre-programado por Bolsonaro para el mes de marzo.

Por otro lado, las continuas referencias neonacionalistas expresadas por Jair Bolsonaro durante la reciente campaña electoral vendrían a indicar una tendencia a la revisión de lo que han sido las políticas impulsadas desde Itamaraty durante las últimas décadas. Su lema “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos” se asemeja bastante al “America First” de Donald Trump, y pese a que la política exterior esta minimizada tanto en el discurso como en el programa electoral del actual presidente electo, Bolsonaro defiende en la práctica un cierre de fronteras respecto a políticas migratorias pero una mayor apertura comercial con base en la reducción de aranceles y barreras no arancelarias, así como la firma de acuerdos bilaterales de comercio país a país y no integrados al interior del Mercosur.

Según Luiz Philippe de Orléans e Brangaça, uno de los pocos nombres que aparecen como posibles titulares de la Cartera de Relaciones Exteriores en el futuro gabinete de ministros de Bolsonaro: “Brasil está abierto a los negocios pero cerrado a la influencia (…) Tenemos que cerrarnos a la influencia de Naciones Unidas, de China y de los grandes bloques negociadores de la Unión Europea que tienen a Brasil en sus agendas”.

Así las cosas, incluso en la Alianza del Pacífico, bloque de países de economías abiertas compuesto por países de clara tendencia conservadora, se manifiesta inquietud respecto al impacto en la región del “nuevo” Brasil que presidirá Bolsonaro a partir del 1 de enero del próximo año.

Fuente: Revista La Brecha / Uruguay





viernes, 2 de noviembre de 2018

lunes, 29 de octubre de 2018

Decio Machado: La izquierda latinoamericana entregó el discurso de la ética a la derecha

Si Jair Bolsonaro ganó en Brasil es porque la izquierda latinoamericana lamentablemente entregó el discurso de la ética a la derecha, así lo manifestó Decio Machado, analista internacional, quien también reconoció que el triunfo del ultraderechista es un retroceso que representa un sentimiento fuertemente racista, patriarcal, xenófobo y violento.
Punto Noticias. - El experto enfatizó que los brasileños no votaron por Bolsonaro porque estén a favor de un gobierno fascista, sino por la violencia que es cinco veces superior a la de Estados Unidos, por la decepción del partido izquierdista de los Trabajadores, que estuvo atravesado por la corrupción y el descuido a las favelas.
De ahí que la gente aplauda que las FFAA salgan por las noches a las calles por las noches por temas de “seguridad” y que crean en el discurso de las iglesias que llegaron a las favelas para hacer el trabajo que el PT  abandonó.

Ecuador

¿Quiénes están capitalizando lo que fue el partido hegemónico durante diez años?, dijo Machado al agregar que no existe ninguna organización política por la cual la ciudadanía confíe.
En ese marco manifestó que Jaime Nebot es una figura aspirante a la Presidencia de la República que está generando expectativas e ilusión pero que tampoco genera confianza.
“Lo que si hay es pesimismo. El 65% de la población manifiesta que todos le parecen los mismo y ese es el caldo de cultivo para que vengan actores como Bolsonaro”
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lunes, 22 de octubre de 2018

Khashoggi y la geopolítica

Por Decio Machado

Jamal Khashoggi era un periodista saudí relativamente conocido en Estados Unidos por sus columnas de opinión en el periódico The Washington Post. Fue un intelectual y escritor crítico al proceso de islamización impulsado por la familia real de su país y especialmente crítico con el rey Salman bin Abdulaziz debido a su política de guerra en Yemen y el bloqueo comercial a Qatar. Es por ello que Khashoggi sufrió intimidaciones múltiples que le llevaron a abandonar su país y exiliarse en Estados Unidos desde hace aproximadamente un año.

En el momento de su asesinato, Khashoggi se encontraba en Estambul con su novia turca, con quien pretendía casarse y motivo por el que debía acreditar su origen a través de documentos que únicamente podía expedir el Estado saudí. Es esto lo que origina su visita al consultado de ese país en la antigua Constantinopla.

Según versiones de la novia, ambos acudieron a las oficinas consulares el 28 de septiembre siendo Khashoggi reagendado para el día 2 de octubre, momento en el que le dijeron que estarían listos los documentos solicitados. Conocedor del riesgo que corría, Khashoggi le trasmitió a su novia que si ese día no salía del consulado o alguna anomalía percibía automáticamente notificara el dirigente del partido islamista gobernante en Turquía y a la Asociación de Prensa Turco-Árabe. Dicho y hecho, tras pocas horas de la entrada del periodista en el consulado y ante su desaparición, las autoridades turcas y prensa internacional fueron notificados de inmediato.

El asesinato de Khashoggi es una siniestra muestra de salvajismo y estupidez por parte de la monarquía saudí, la cual en un primer momento negó el asesinato para terminar reconociéndolo 18 días después.

Ahora bien, el asesinato de Khashoggi no es ni de lejos el peor acto llevado a cabo por la dinastía de este reino petrolero en los últimos años. Los bombardeos sobre Yemen y otras acciones bélicas auspiciadas por la coalición liderada por los saudíes están deliberadamente enfocadas a cortar el abastecimiento y la distribución de alimentos sobre la inocente población civil que sufre este conflicto bélico, teniendo como objetivo final generar una tragedia de grandes dimensiones sobre millones de personas desarmadas al otro lado de su frontera.

Según los últimos informes de Naciones Unidas, esos que han sido sistemáticamente ignorados por las potencias occidentales -especialmente las que tienen negocios de petróleo y armas con el reino árabe-, alrededor de 22,2 millones de yemeníes (tres cuartas partes de la población) necesitan asistencia humanitaria y 8,4 millones de ellos no tienen suficiente acceso a los alimentos. Lo anterior es fruto de que la fijación de objetivos militares por parte de la coalición agresora ha conllevado la destrucción de gran cantidad de barcos pesqueros, motivo por el cual la pesca en Yemen ha decaído en más de un 50%. En paralelo, se agudizó la falta de electricidad para bombear agua y el combustible para los vehículos agrícolas escasea, lo cual sumado a que los ataques aéreos devastaron la producción ganadera, sitúa a la población civil yemení al borde del colapso.

La coalición encabezada por los saudíes comenzó su intervención en marzo de 2015, posicionándose de lado del gobierno de Abdrabbuh Mansur Hadi y haciéndole la guerra a los rebeldes “hutíes”, a los que catalogó como esbirros financiados por el régimen de Irán. En esta operación bélica aparecen varios cómplices junto a la monarquía saudí: Estados Unidos asiste logísticamente y con reabastecimiento de combustible a las incursiones aéreas, el personal militar británico está estacionado en centros de mando y control, además de la participación más testimonial que otra cosa de los Emiratos Árabes Unidos.

Los ataques aéreos de la coalición se han vuelto más letales a partir del asedio del puerto Hodeida, en el Mar Rojo, impidiéndose así que las importaciones alimenticias yemeníes entren por dicho puerto para abastecer una población local de 600.000 habitantes. El mercado y el hospital de dicha ciudad portuaria también fueron sido atacados por las fuerzas aéreas saudíes, habiendo sido indultados sus responsables por el rey Salmán bin Abdelaziz.

Sin duda, la ausencia de protestas internacionales sobre los abusos y atentados contra la población civil de Yemen hizo pensar a la monarquía saudí que podría desaparecer a Khashoggi sin por ello tener que enfrentar mayor problema. Sin embargo el juego de la geopolítica posicionó las fichas de tal forma que estas pudieron ser bien jugadas por otro actor de gran deslegitimidad democrática y con una coyuntura de crisis económica en la región, el cual ahora se posiciona como defensor de la verdad y los derechos humanos en el tablero de juego mundial.

Turquía ha sabido utilizar de forma acertada y para su beneficio el asesinato de Jamal Khashoggi en Estambul. Desde el 2 de octubre las autoridades turcas han ido filtrando en pequeñas cápsulas informativas a la prensa mundial gran parte del conjunto de información de que disponen sobre este brutal asesinato. Es así que han ido generando una situación donde paulatinamente ha ido incrementándose un clamor internacional contra el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, quien el pasado sábado no tuvo más remedio que admitir la muerte del crítico con su dinastía.

El régimen de Recep Tayyip Erdogan, sobre quien recaen acusaciones múltiples de represión sobre la resistencia kurda y también sobre su disidencia política interna, ha conseguido reposicionarse internacionalmente ante los países de OTAN, organización militar de la que Turquía forma parte.

Para la estrategia de Erdogan los medios de comunicación han sido fundamentales, asegurándose -a través del suministro a cuentagotas de la información sobre el asesinato de Khashoggi- que este suceso se mantuviera de forma permanente en las portadas de la prensa internacional de prestigio. El último episodio de este desenlace fue la revelación de un audio que tendrían los investigadores turcos en el que se oye como el médico forense -posteriormente identificado como un colaborador habitual del Ministerio del Interior saudí- que viajaba con el escuadrón de 15 hombres que presumiblemente asesinó al periodista disidente lo descuartizaba vivo.

Imposible ya de cubrir por más tiempo estos hechos, la monarquía saudí se pronunció corrigiendo su primera versión en la cual se decía que Khashoggi había salido sano y salvo del consulado. El ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, Adel al Jubeir, indicó en una entrevista el pasado domingo en la televisión estadounidense Fox, que el periodista crítico "fue asesinado en el consulado, aunque no sabemos los detalles que cómo fue…”.

En paralelo, las cámaras de videovigilancia del consulado saudí en Estambul han permitido a la prensa turca identificar a los 15 sospechosos del asesinato de Khashoggi, entre los cuales destaca Maher Abdulaziz Mutreb, un acompañante habitual del príncipe Mohamed bin Salman en sus viajes al exterior y otros cinco de estos son identificados como miembros de su seguridad personal. Las autoridades turcas creen que el supuesto "escuadrón de la muerte” viajó de vuelta a Riad en dos aviones privados esa misma noche.

El rey Salmán y el príncipe heredero Mohamed bin Salman -quien ejerciera como ministro de Defensa en el momento del comienzo de las incursiones aéreas saudíes en Yemen- han tenido que expresar telefónicamente sus condolencias al hijo del periodista asesinado.

Irán entre tanto mantiene silencio, viendo como se desprestigia su principal enemigo en la zona. En el lado contrario del conflicto, Estados Unidos se muestra benevolente con el régimen saudí, posiblemente debido a los fuertes intereses comunes que unen a ambos países hace décadas.

La Arabian American Oil Company, más conocida como Aramco, fue creada inicialmente por Standard Oil y tres socios (Texaco, Exxon y Mobil) tras el descubrimiento en 1944 de las importantes reservas de crudo existentes en Arabia Saudí. La monarquía ha ido comprando gradualmente sus partes a los distintos accionistas extranjeros de la compañía, la cual ahora rebautizada como Saudi Aramco se propone como la mayor petrolera del mundo y se espera que en el corto plazo esté cotizando en los mercados de Wall Street. Saudi Aramco y las compañías estadounidenses de petróleo siempre mantuvieron, y lo siguen haciendo, intereses comerciales  de gran importancia en este país del Golfo Pérsico.

En paralelo, el reino saudí desde la revolución islámica en Irán en 1979 se configuró como el principal aliado estratégico de los Estados Unidos en la región, siendo un importante comprador de armamento norteamericano en este momento. De hecho fue el primer país que visitó Donald Trump tras ser investido como presidente de los Estados Unidos.

De igual manera, el dinero saudí está detrás de las más grandes startups en Estados Unidos, firmas como Lyft, Uber o Magic Leap no existirían sin la aportación saudí en sus diferentes rondas de negocios. Fueron también los saudíes quienes extendieron un cheque de USD 45.000 millones a Vision Fund de SorfBank, el fondo de inversiones de riesgo más grande de todos lo tiempos, y tampoco se salva Silicon Valley, donde los magnates del desierto han posicionado en torno a USD 6.200 millones en los últimos cinco años.

Como se puede apreciar los derechos humanos y el derecho internacional quedan una vez más de lado cuando los intereses económicos se imponen. Adaptando aquella famosa frase de James Carville, asesor de Bill Clinton en la campaña presidencial estadounidense de 1992, “es la geopolítica, estúpido…”.

Fuente: http://www.planv.com.ec/ideas/ideas/khashoggi-y-la-geopolitica

martes, 16 de octubre de 2018

Guerra por el control de la tecnología 5G

Por Decio Machado

En medio de la escalada de tensión entre China y Estados Unidos, esto que hemos definido como guerra comercial entre las dos principales potencias del planeta, se sitúa bajo telones la disputa por liderar la nueva revolución industrial tecnológica.

China es la segunda potencia económico mundial y está en camino de convertirse en los próximos años en la primera. Sus altas tasas de crecimiento le permitieron situarse en esta posición sin necesidad de liderar sectores como la innovación y la tecnología, sin embargo el gigante asiático se centra ahora en el fomento de áreas clave como la inteligencia artificial y la robótica. Para alcanzar este objetivo, desde Beijing se diseñó en 2015 la estrategia “Made in China 2025”. Se trata de una hoja de ruta a diez años encaminada a reorientar su industria manufacturera hacia sectores de alta tecnología, dejando atrás su modelo de producción intensiva.

La política “Made in China 2025” pasó desde entonces a ser el foco principal de las preocupaciones de EEUU, dado que el gobierno estadounidense tiene como objetivo que la cuarta revolución industrial y el “Internet de las Cosas” (Internet of Things o IoT) estén liderados por la industria norteamericana.

Pese a que gigantes tecnológicos chinos como Alibaba, Tencent, Baidu o líderes en la fabricación de smartphones como Huawei han ascendido hasta las primeras filas del ranking global de compañías tecnológicas, donde se miden internacionalmente con empresas estadounidenses como Apple, Google o la surcoreana Samsung en el segmento de celulares, el eje de este conflicto está hoy centrado en la disputa por el control de la tecnología 5G.

Hablando en términos comprensibles, la llegada de las redes 5G va a impactar en la productividad de las economías con mucha mayor fuerza que las tecnologías anteriores, lo que dejará rezagados a quienes se queden atascados en dicha innovación tecnológica.

La “G” de 5G significa “Generación”. Sus antecedentes comenzaron con el 1G de la tecnología inalámbrica para celulares a comienzos de los años noventa y se expandió al 2G cuando las compañías comenzaron a habilitar que sus usuarios pudiesen enviar SMS entre dispositivos. Se conoció el 3G cuando se comenzó a enviar mensajes de texto y a navegar por Internet, llegándose al 4G a través de las mejoras en capacidad y velocidad en esas mismas prestaciones.

El 5G, un innovador tipo de conexión inalámbrica diseñada para mantenerse al día con la proliferación de dispositivos celulares conectados a Internet y atender nuevas necesidades, ya comienza aterrizar de forma embrionaria en los mercados desarrollados siendo aún un gran desconocido para muchos líderes empresariales y especialmente para los políticos. Minusvalorar la importancia e impacto de esta nueva tecnología, considerándola sólo una mera versión actualizada del actual 4G es un error que pueden pagar muy caro los países emergentes y Europa.

Un reciente informe de Gartner Inc, consultora estadounidense especializa en tecnología informática, pronostica que 20.8 mil millones de dispositivos estarán conectados a Internet en 2020, es decir, tres veces más de los ahora existentes.

La tecnología 5G aportará nuevas características que la convertirá en algo único hasta el momento y que determinará su impacto global, de forma especial en la productividad de la economía. Esto se debe a que multiplicar por muchas veces la capacidad de transmisión de datos, llevándola a velocidades por encima del gigabit por segundo y llegando hasta los 10 gigabits en sus versiones más avanzadas -frente a los pocos cientos de megabits que ofrecen hasta el momento las mejores redes de 4G-, la convertirán en la protagonista de la cuarta revolución industrial tecnológica por dos factores fundamentales: la latencia (velocidad de la red a una interacción) y la capacidad de conectar miles de objetos simultáneamente.

En el 4G la latencia está por encima de los 59 milisegundos mientras que con la tecnología 5G podrá situarse por debajo de los 5 milisegundos, lo que hará que esta se convierta en la herramienta esencial para el control digital de máquinas en tiempo real. Es así que se llegará a la automatización industrial, generándose el ecosistema dentro del cual se articulará la imparable e implacable (se estima una pérdida de más de 140 millones de empleos globales) robotización industrial que se avecina.

Por otro lado y siguiendo la información contenida en una investigación de la consultora Recon Analitycs para Cellular Telecommunications Industry Association -la patronal estadounidenses de las telecomunicaciones-, se pasará de una tecnología como la 4G que ahora puede conectar hasta 2.000 dispositivos por kilometro cuadrado a la 5G, que cubrirá un millón de objetos conectados en ese mismo espacio. Es por ello que quien controle la tecnología 5G es quien ganará la carrera por la competitividad industrial, lo que se ha convertido en términos geopolíticos en una prioridad absoluta para los próximos años.

Cabe recordar que Estados Unidos lideró el descubrimiento e implementación de la tecnología 4G, lo que le permitió comandar mundialmente el desarrollo de la economía digital. Esto permitió que miles de startups basadas en los smartphones florecieran. Sin ello, entidades que hoy dominan la tecnología digital tales como Facebook, Instagram, Uber, Airbnb o Netflix no hubiesen sido estadounidenses.

Es por ello que la Administración Trump está tan preocupada por cortar cualquier posible intromisión de los gigantes tecnológicos chinos en el desarrollo de la tecnología 5G, prohibiéndoles a firmas como Huawei y Zhong Xing Telecommunication Equipment Company Limited (ZTE) -proveedor global de equipamiento de telecomunicaciones y soluciones de redes- participar en las redes de los operadores estadounidenses. Pero además, EEUU ha prohibido a sus funcionarios federales, de forma específica a los relacionados con el ámbito de la seguridad, usar celulares marca Huawei o ZTE, lo que ha llevado a los operadores estadounidenses como AT&T a suspender contratos de comercialización de teléfonos Huawei.

Por su parte, China valora en estos momentos incluso transformar su ecosistema empresarial de telecomunicaciones. Tras años de empeño en generar equilibrios en su industria nacional, donde tres operadoras de telecomunicaciones -todas estatales y controladas por la burocracia gubernamental- controlan el mercado, hoy el gobierno chino se plantea fusionar sus dos operadoras más “pequeñas”, China Unicom y China Telecom (alrededor de 400 millones de usuarios cada una), con el fin de generar sinergias y optimizar sus tiempos para desplegar rápidamente una red 5G de forma que no queden rezagadas frente a la poderosa China Mobile (con casi mil millones de clientes).

Los celulares compatibles con el 5G comenzarán a llegar al mercado el año que viene. Los vendedores de equipamiento (Nokia, Ericsson, Huawei, ZTE y Samsung) ya compiten por firmar los principales acuerdos vinculados a proporcionar equipos para la próxima generación de redes celulares. Todo ello pese a que las compañías chinas están siendo expulsadas de algunos mercados más allá del estadounidense, como es el caso de Australia e India. Esto ha limitado la elección sobre las redes en esos países a Ericsson y Nokia, abriendo la puerta también para que Samsung reconstruya su posición en los equipos de telecomunicaciones.

La batalla por el 5G arrancó en 2014 cuando la rusa MegaFon -anteriormente conocida como North-West GSM- firmó un acuerdo de cooperación con Huawei para testear el 5G momentos previos a la Copa Mundial de la FIFA de 2018. De las docenas de bancos de pruebas, lanzamientos piloto y contratos firmados desde entonces, Ericsson ha ganado más de 80, frente a los 64 de Huawei y los 45 de Nokia, quedando rezagados Samsung y la china ZTE. Pero los primeros contratos reseñables han llegado este año con los lanzamientos de redes 5G en EEUU, donde Ericsson ganó un acuerdo “histórico” con T-Mobile en septiembre por USD 3.500 millones, que igualó otro similar firmado por Nokia con la misma operadora en julio. Ambas compañías también han cerrado acuerdos con AT&T, Verizon y Sprint aprovechando la ausencia forzada de las compañías chinas en EEUU.

Sin embargo, pese a que EEUU estableciera las pautas para la adopción inicial del 5G, aún es posible para las empresas chinas encontrar ganancias, dado que se espera que las compañías Huawei y ZTE -más allá de su mercado nacional- ganen una gran cuota en Europa y otras regiones.

Por su parte, América Latina sigue con una tasa de adopción del smartphone muy alta, del 65%. Se espera llegar al 71% en 2020. Será el momento en el que llegará el 5G a nuestros mercados -un año después de su implementación en Europa- y asistiremos a una nueva disputa por el control de dicho mercado en nuestra región. Se estima una cobertura del 50% en el año 2025, cuando el total de conexiones de esta nueva generación será superior a los 50 millones en Latinoamérica.

Fuente: http://www.planv.com.ec/ideas/ideas/guerra-el-control-la-tecnologia-5g