lunes, 7 de septiembre de 2015

China: del comunismo rural al capitalismo salvaje

Por Decio Machado / Director de la Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos (ALDHEA)

A medida que China se adentra en el siglo XXI y compite como potencial mundial en el capitalismo global, asistimos como la mayor de sus paradojas al hecho de que todo este cambio se haya producido bajo la supervisión del Partido Comunista Chino, en otro tiempo un enemigo radical de la empresa mercantil y la propiedad privada. Sin embargo, hay que reconocerle a la antigua burocracia comunista china, que sus reformas más relevantes han sido de cosecha propia, no viniendo dictadas desde el exterior por gobiernos extranjeros u organismos internacionales.

La historia de la República Popular China debe dividirse en dos etapas notablemente diferenciadas. La primera estuvo dominada por la figura del Mao Zedong, quien desde una visión derivada de la ortodoxia ideológica comunista implementó su catecismo en todos los ámbitos de la sociedad; mientras la segunda, tras su muerte en 1976 y una corta sucesión por parte de Hua Guofeng, que desembocó en el ascenso de Den Xiaoping al poder en 1981, marcó el punto de inflexión a partir del cual se pondrá fin a las políticas implementadas bajo el “socialismo real” maoísta, e iniciará una serie de reformas que desembocaron en un proceso de intenso crecimiento económico que convertiría a la República Popular China en una gran potencial económica inmersa en el capitalismo global.

Antecedentes históricos

A lo largo de las décadas de 1930 y 1940, durante la ocupación japonesa y la guerra civil china, el ejército de campesino de Mao Zedong soportó graves penurias, incluyendo la Larga Marcha de 12.400 kilómetros. Sus fuerzas sufrieron diversas derrotas como la de Yan´an, hasta que a partir de 1947 comenzaron a ganar territorio, apoderándose posteriormente de Manchuria y la toma de Peking, actual Beijing.

El triunfo revolucionario campesino comunista de 1949 puso fin a décadas de guerras internas, teniendo que enfrentar el nuevo gobierno la reconstrucción del país. El nuevo Estado quedó bajo en total control del Partido Comunista Chino a través de sus organizaciones regionales coordinadas por un Comité Central establecido bajo las pautas de un “centralismo democrático” de corte leninista. Al nacimiento de la República Popular -octubre de 1949-, el Partido Comunista contaba con 4.5 millones de miembros, de los cuales nueve de cada diez tenían antecedentes campesinos. En la búsqueda de las verdaderas fuentes del socialismo, Mao Zedong creía en “las ventajas del atraso” –cuanto más atrasada la economía, más fácil es la transición-, lo que le llevó a buscar sus bases en aquellos sectores de la sociedad menos influenciados por el capitalismo, es decir, un campesinado mayormente al margen de las relaciones capitalistas y una intelligentsia no corrompida por la ideología burguesa.

Los primeros años del gobierno de Mao Zedong vinieron marcados por la reconstrucción masiva de China, donde la nueva prosperidad y estabilidad del país contrastaba con los tumultos y calamidades de las décadas anteriores.

Desde los primeros años de comunismo, el gobierno chino se convirtió de una forma u otra en el propietario de toda la tierra en China. La revolución puso fin a un sistema de propiedad de la tierra que se remontaba a muchos siglos atrás y que se conformó bajo una lógica feudal y esclavista.

La reforma agraria llegó en 1950, lo que abolió el derecho individual a poseer tierras. Lo primero y principal fue proceder con la incautación de tierras a los viejos terratenientes chinos, los cuales poseían gigantescas extensiones de terreno, otorgándose el usufructo de dichas parcelas a quienes anteriormente eran sus arrendatarios. La reforma sirvió para poner la tierra en manos de los campesinos que la trabajaban, aunque paralelamente se les arrebató la propiedad a millones de pequeños agricultores que eran propietarios de pequeños terrenos rurales. Se estima que antes de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria en China, el 60% de su población rural -por lo general familias muy empobrecidas-, poseían algo de tierra aunque con escasez de medios y condiciones apropiadas para su explotación.

Tras el final de la Guerra de Corea (1950-1953) la colaboración con la Unión Soviética se vio muy reforzada, decidiendo el Comité Central del Partido Comunista Chino apostar por el modelo soviético de desarrollo: economía planificada, centrada en la industria pesada y en la producción agrícola. La ruptura y el conflicto con la extinta URSS llegaría unos años después con el declive del estalinismo.

La apuesta se concretó en un plan quinquenal que estableció objetivos de crecimiento para los años comprendidos entre 1953 y 1957, aunque la falta de expertise por parte de la nueva burocracia china retrasaría su aplicación hasta febrero de 1955. Es a partir de entonces cuando se pasa del uso individual de la tierra al modelo soviético de colectivización.

Durante el primer plan quinquenal se introdujo el sistema de cooperativas en el mundo rural, mediante el cual extensiones de cultivo hasta entonces divididas en pequeñas parcelas pasaban a estar agrupadas para compartir recursos. El cambio más radical se produjo en 1956, cuando se colectivizó toda la tierra y todas las propiedades, incluyendo los animales y las herramientas agrícolas. Las medidas más extremas desplazaron a la población fuera de sus hogares y territorios, en búsqueda de la eficiencia productiva, conformándose grupos compuestos por centenares de familias que pasaron a trabajar en común la tierra. La fuerza de trabajo agrario en China se mantuvo junto a las tierras en donde pudiera ejercer su función de “ejército de reserva”, al que el partido pudiera llamar a la acción para sus proyectos de industrialización cuando fuera necesario. Se trataba de usar el excedente agrícola y parte de la mano de obra agraria para financiar y empujar un programa de industrialización patrocinado desde el mismo Estado.

El triunfo de la revolución trajo consigo también el control de la propiedad privada por parte del Estado, eliminándose millares de pequeños negocios que servían al comercio cotidiano en las zonas rurales del país. Las familias que poseían estos pequeños comercios los perdieron, viéndose obligados a volcarse sobre el trabajo agrario a tiempo completo. En 1956, el gobierno promulgó un edicto que prohibía que las fábricas, las minas, las empresas de construcción y los medios de transporte contrataran a nadie que procediera de las explotaciones agrarias salvo autorización expresa del Estado.

Los importantes cambios sociales y culturales impulsados por el gobierno revolucionario de Mao Zedong fueron acompañados en un primer momento por una economía en continuo crecimiento. El éxito del primer plan quinquenal llevó a la burocracia comunista china a implementar un segundo plan, mucho más ambicioso para el período comprendido entre 1958 y 1962, el cual se convertiría a la postre en el mayor fracaso económico de la época maoísta.

Durante un breve período de tiempo en 1959 y 1960, a través de la implementación de un plan de industrialización adscrito al Gran Salto Adelante, se permitió que los agricultores abandonaran el campo y se incorporaran a explotaciones urbanas, transformando a parte del campesinado en clase obrera. Según Mao Zedong, había llegado el turno de una gran revolución tecnológica, en la que el esfuerzo de la población debía dedicarse al incremento de la producción agrícola e industrial. Se reclutó para las ciudades a 19 millones de campesinos, pero emigraron en torno a 50 millones fruto de la falta de perspectivas existentes en el ámbito rural. En aquel momento el crecimiento estaba concentrado en la costa del este alrededor de los centros de negocios importantes como Sanghai, Beijing y Guangzhou.

El Partido Comunista Chino se vio obligado a tomar medidas de protección a sus trabajadores urbanos, deportando a gran parte de la población de emigrantes rurales nuevamente hacia el campo. El sistema hukou fue concebido inicialmente como un medio para controlar el aumento de los inmigrantes provenientes de las zonas rurales a las urbanas, y aquellos cuyo pasaporte delataba su origen rural y viajaban a las ciudades sin las autorizaciones correspondientes eran deportados de nuevo a sus granjas. Así el Estado predestinaba a los hijos de los agricultores a que se quedaran en las granjas en base a la planificación productiva realizada por el Estado.

Para impulsar el crecimiento de la producción agrícola el régimen consideró la creación del sistema de “comunas populares”, fusionando las 740.000 cooperativas entonces existentes en las zonas rurales en tan solo 26.000 comunas. El sistema de comunas conllevó la incorporación de la mujer al trabajo agrario, cubriendo las vacantes dejadas por la población masculina movilizada para trabajar en fábricas y proyectos de infraestructuras. En resumen, bajo un criterio que busca la eficiencia en la explotación agraria y el desarrollo industrial y tecnológico del país, se alteró la formas de vida tradicional en el medio rural y se desestructuró a gran parte de las familias. Los resultados finales fueron nefastos.

La exigencia de que las explotaciones colectivas cumplieran con determinados objetivos de producción sin incentivo alguno, el enorme tamaño de las comunas en las cuales se diluían responsabilidades y una serie de desastres naturales que se concadenaron en esa época, desembocó en el hecho de que los agricultores campesinos que cultivaban el alimento del país pasaran hambre. Aunque existe mucha discrepancia respecto a los datos, se estima alrededor de 30 millones de muertes por hambruna entre 1958 y 1962.

Como resultado del desastre ocasionado por el Gran Salto Adelante, Mao Zedong abandonaría la jefatura del Estado, aunque que conservaría su puesto como presidente del Partido Comunista Chino y de máximo referente ideológico. Algo más tarde, través de la llamada Gran Revolución Cultural Proletaria y el IX Congreso del Partido Comunista Chino, Mao Zedong reconfirmaría su liderazgo absoluto.

Pero el maoísmo, aunque tuvo éxito como una ideología revolucionaria, eventualmente resultó ser desastroso en la era posrevolucionaria. La tragedia del Gran Salto Adelante y el caos de la Revolución Cultural fueron el resultado del intento por revivir el maoísmo de los años revolucionarios. Esta expresión política fue precisamente la que más radicalmente se apartó de la tradición marxista: rechazo al capitalismo basado en la simpleza de considerarlo simplemente malvado, ignorándolo como una etapa progresiva en el desarrollo histórico de un país atrasado; la asunción del campesinado como el sujeto revolucionario y motor de la “transición al comunismo” –durante la Revolución Cultural los trabajadores urbanos eran enviados al campo para aprender virtudes proletarias por parte del campesinado-; y una visión exaltada de las “ventajas del atraso”, donde la “pobreza y desnudez” fue considerado positivo. En palabras del propio Mao Zedong, “en una hoja de papel en blanco, desnuda, se pueden escribir las palabras más nuevas y más hermosas y pintar los cuadros más originales y bellos”.

La escasez que vivió China en su ámbito rural durante las décadas de 1960 y 1970 y la desacreditación, fruto del fracaso, de la misma idea de socialismo en las mentes de muchos chinos, estimuló clandestinas tentativas reformadoras por parte de sectores del campesinado. Algunos agricultores practicaron pequeños sobornos para ganarse el privilegio de poder vender sus cosechas. Los funcionarios provinciales permitieron pequeños experimentos ilegales, los cuales fueron posteriormente autorizados por Deng Xiaoping aludiendo al pacto de Xiaogang –punto de partida de la reforma rural de 1978, que nace a raíz de un acuerdo de campesinos locales que decidieron dividir voluntariamente las tierras garantizando el tributo agrícola al Estado- como “un sistema de contratos responsable con beneficios vinculados a la producción”. La aldea de Xiaogang, conocida en toda la provincia por su elevado nivel de pobreza, generó en ese mismo año una producción local equivalente a la cosecha global de los últimos 20 años.

China: nueva potencia capitalista

Para la transición hacia la segunda etapa, en este caso capitalista, en que hoy se enmarca el desarrollo chino, ha sido fundamental la transformación en la visión del Estado respecto a la propiedad privada y las empresas.

De esta manera y con Deng Xiaoping como administrador económico de China y en la cúpula del Partido Comunista Chino, se inauguró la era más pragmática del país. Al cabo de un año del pacto de Xiaogang la mayor parte de los agricultores de Anhui, una provincia rural de 50 millones de habitantes, estaban ya actuando bajo una versión de lo que acabaría conociéndose como el Sistema de Responsabilidad Familiar.  Dicho sistema autorizaba a las familias a lucrarse con el cultivo y la venta de sus cosechas, siempre que cumplieran con sus responsabilidades alícuotas con el Estado. La economía de mercado actualmente existente en China despegó, de hecho, gracias a aquellos agricultores conceptualizados por el maoísmo como motor revolucionario para la transformación social y la transición hacia el socialismo.

Una vez que los agricultores empezaron a ganar algún dinero buscaron nuevas formas de rentabilizar sus pequeños capitales, lo cual ha derivado en muchas pequeñas empresas posteriores que se configuraron a partir de los ahorros acumulados en zonas atrasadas. Entre ellas se encuentran las cooperativas y empresas colectivas que no son propiedad del gobierno central, sino de miembros de las comunidades locales o de los gobierno locales bajo la modalidad de inversiones privadas, las llamadas en terminología académica estadounidense “township and village enterprises”.

Paradójicamente, las campañas de colectivización maoísta realizadas en el campo y la ciudad forjaron una masa trabajadora dócil y maleable que posteriormente fueron utilizadas por transnacionales extranjeras para la ampliación barata de sus procesos de producción. Fueron esas mismas empresas estadounidenses y europeas quienes enseñaron al nuevo capitalismo chino cómo utilizar esa misma fuerza de trabajo para obtener ventajas competitivas frente a ellos en el mercado global.

La frase mas citada de Deng Xiaoping, “gato negro, gato blanco… lo importante es que cace ratones”, fue acuñada durante los debates políticos de la década de 1960, pero se invocó posteriormente para referirse al fracaso de la antigua economía comunista, que “no cazaba ratones”, y a la que se conformó después, según la cual la población recibió autorización para centrarse en los fines sin dedicar ni un segundo a pensar en los medios.

La burocracia del Partido Comunista Chino supo desde el inicio que las primeras etapas de acumulación de capital en una economía de mercado incipiente estaban destinadas a ser desordenadas. Un ejemplo de eso habían sido las economías de su entorno regional, Japón y Corea con sus zaibatsus y chaebols, el acogedor conglomerado entrelazado de bancos, industria, políticos y militares, todos ellos deseando coordinarse entre ellos y esconder conjuntamente sus pecados. El trenzado de intereses del empresario privado y el funcionario en el poder se convirtió en un lugar común en China.

Este proceso contribuyó a vincular a grupos de China cuyos intereses no estaban alineados históricamente en el mismo bando. De un lado estaba una clase media y empresarial con aspiraciones que necesitaba dinero y derechos de propiedad para dirigir negocios. De otro estaba el Estado y los funcionarios del partido que tenían una predisposición ideológica negativa hacia los negocios y la propiedad privada. Hoy en día ya es inexistente la separación entre ambos.

Una de las facetas más sorprendentes del desarrollo económico de China fue el surgimiento de tantos recursos financieros por todo el país. Con el paso del tiempo parece como si una multitud de empresarios imitadores en China se hubieran hecho cargo de casi cualquier sector industrial del mundo,  aprovechando de una mano de obra barata y casi ilimitada destinada a ponerse a trabajar en cualquier tipo de fábrica productiva. El inicial desarrollo de una rápida producción de baja calidad desbordó a la competencia mundial.

En 1987, ante una delegación de la extinta Yugoslavia, Deng Xiaoping diría: “Nuestras reformas rurales han avanzado muy deprisa, y los agricultores se han mostrado entusiasmados. El desarrollo de las empresas de poblados y aldeas nos pilló completamente por sorpresa. Fue como si en el campo apareciera un ejército extraño fabricando y vendiendo una inmensa diversidad de artículos. Este no es un logro de nuestro gobierno central (…), fue una sorpresa.”

Entre la década de 1950 y 1970 dos terceras partes de las provincias de China dependían de sus redes industriales para abastecer a sus ciudades de casi todo lo que consumían. Se esperaba que las industrias produjeran artículos a bajo precio asequibles para la población. Sin embargo, en la práctica la diseminación de la industria estatal china agravaba su ineficiencia y cuando llegaron las reformas del mercado estas se debilitaron, volviéndose muy vulnerables ante el empuje de las nuevas empresas que se afincaban en el país. Cuando la inversión comenzó a llegar a las ciudades del litoral chino, la industria comenzó a concentrarse de nuevo allí, obligando a las anticuadas y ya ineficientes empresas estatales a abandonar sus mercados locales a favor de los mejores productos del este del país. La economía de mercado introdujo una cuña entre el pasado y el presente, que convirtió en aún más ricas y seductoras a las ciudades orientales.

El nuevo capitalismo chino ha vivido una era de Goldilocks economy o “economía de hadas” similar a la que disfrutó EEUU en la década de 1990, aunque con un crecimiento mucho más rápido y a escala planetaria. Aunque se intentó aplicar medidas de corrección en diferentes momentos, la burocracia china entonó el cántico del éxito veloz y duradero con un optimismo indiscriminado. Pero el espejismo comienza a caer en base a las leyes básicas de la gravedad económica, lo cual está devolviendo a la tierra a China y a otros tantos grandes mercados emergentes.

La República Popular China sigue un modelo de crecimiento basado en las exportaciones similar al adoptado por Japón, Corea del Sur y Taiwán después de la Segunda Guerra Mundial. Todas estas economías de alza bajaron del 9 o 10% a alrededor del 5 o 6% cuando sus rentas per cápita alcanzaron un nivel medio-alto. Japón tocó ese máximo a mediados de la década de 1970; Taiwán y Corea del Sur lo hicieron en las dos décadas subsiguientes.

Después de que Deng Xiaoping empezara a implementar sus reformas de libre mercado a principios de la década de 1980, China se preparó para lanzar una reforma tipo “Big Bang” cada cinco años, y cada nueva medida aperturista –primero la privatización de la agricultura, luego de los negocios, después franquear la entrada de empresas extranjeras- precipitó una nueva racha de crecimiento. Pero este ciclo ya toca a su fin.

Es un hecho bajo las leyes del capitalismo global que a lo largo de cualquier década desde 1950, sólo una tercera parte de los mercados emergentes han logrado crecer a una tasa anual del 5% o superior. Menos de un cuarto han mantenido ese ritmo durante dos décadas y la décima parte durante tres. Sólo seis países –Malasia, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y Hong Kong- han mantenido esta tasa de crecimiento durante cuatro décadas y dos de ellos –Corea del Sur y Taiwán- durante cinco. De hecho, en la última década, con excepción de China e India, todos los demás países que consiguieron mantener una tasa de crecimiento del 5%, desde Angola y Tanzania a Armenia y Tayikistán, era la primera vez que lo hacían. Es de suponer entonces que en los años venideros la nueva normalidad en mercados emergentes sea muy parecida a la vieja normalidad existente en las décadas de 1950 y 1960, cuando el crecimiento rondaba el 5% y la carrera por los primeros puestos siempre era apretada.

China empieza una nueva etapa en la que los costes de proyectos y la opinión pública importan, y en la que el alcance de experimentos faraónicos multimillonarios se reduce. Ya en 2008 el entonces primer ministro Wen Jiabao calificó el crecimiento chino de “desequilibrado, descoordinado e insostenible” y desde entonces la situación no ha hecho más que empeorar. Su deuda en relación al PIB crece con rapidez y la ventaja que suponía la mano de obra barata en años anteriores, clave en el crecimiento chino, se está esfumando dado que la demanda supera a la oferta, motivo por el cual los trabajadores se han dotado de mecanismos sindicales para negociar mejoras en las condiciones de contratación.

La China capitalista de hoy prosperó a la manera antigua, construyendo carreteras para unir las fábricas a los puertos, desarrollando redes de telecomunicaciones para conectar unos negocios con otros y ofreciendo a los campesinos desempleados puestos de trabajo con mayor capacidad adquisitiva en fábricas urbanas. Ahora todas estas medidas llegan a su fase de madurez, a medida que la oferta de mano de obra procedente de zonas rurales se agota el empleo en las fábricas alcanza su máxima capacidad y la red de autopistas ya llegó a los 75.000 kilómetros, la segunda más larga del mundo después de EEUU. La tendencia demográfica que en décadas recientes ha inclinado la balanza de población hacia los trabajadores jóvenes y en activo pertenece ya al pasado y una cada vez mayor clase social de pensionistas pronto empezará a hacer mella sobre el presupuesto público, fenómeno novedoso para el gobierno chino. En paralelo, la afluencia de campesinos a las ciudades en busca de empleos mejor pagados está disminuyendo de forma acelerado. Según un estudio realizado hace pocos años, de los habitantes de la China rural que ya no son necesarios para las tareas agrícolas, 150 millones ya habían emigrado a las grandes ciudades, 84 millones habían encontrado trabajos no agrícolas en el sector rural y tan sólo 15 millones permanecían como “ejército de reserva” o mano de obra excedente. Las migraciones internas a los núcleos urbanos está descendiendo de manera anual en unos cinco millones de personas.

En paralelo, la brecha existente entre los salarios de la mano de obra migrada al sector industrial que realizan tareas manuales y los de titulados universitarios se han acortado, mientras que los salarios agrícolas han crecido más rápido que los ingresos que perciben los inmigrantes rurales en las ciudades. Así pues, la afluencia a las ciudades y la matriculación en la universidad –puesto que se supone que un título universitario se traduce en mayores ingresos- han caído.

Cuanto más rico es un país, más duro es el reto de crecer y es posible que en el marco del capitalismo global, hasta haya demasiados países grandes para hacerlo. En 1998 China, para que su economía de un billón de dólares creciera en un 10%, tuvo que expandir sus actividades económicas en 100.000 millones de dólares y consumir sólo el 10% de las materias primas industriales mundiales. Ya en 2011, para que su economía de seis billones de dólares creciera igual de rápido, necesitó expandirse en 600.000 millones de dólares al año y absorber más del 30% de la producción global de materias primas. Evidentemente China ahora está sufriendo el problema de insostenibilidad en su modelo de crecimiento económico.



sábado, 29 de agosto de 2015

Equador: a repressão como limite

Escrito por Decio Machado e Raúl Zibechi
www.correiociudadania.com.br

Para as esquerdas, em todo tempo e lugar, a repressão foi sempre um ponto de inflexão, uma linha vermelha que não se deve cruzar. Desde sempre as esquerdas têm rechaçado a idéia de que qualquer Estado, da cor que seja, possa cruzar esta linha sem que levantemos as vozes, sem que nos coloquemos ao lado daqueles que sofrem essa repressão, sem que manifestemos nosso mais decidido repúdio a um modelo de resolução de conflitos que é brutal e causa a dor de quem reivindica pautas que considera justas e carece de armamento militar.

O presidente Rafael Correa cruzou uma linha que o colocou ao lado de tantos governos opressores que nosso continente teve o desprazer de conhecer. A prova disto se evidencia no “glorioso” saldo de centenas de feridos e dezenas de detidos, fruto da intervenção dos corpos de elite da Policia Antimotines (espécie de Tropa de Choque) e das Forças Armadas em localidades como Giron em Azuay, Pisanguí em Imbabura, Saraguro em Loja, Pichincha em Quito, El Chasqui em Cotopaxi ou Logroño em Morona Santiago, entre outro lugares do país.

Rafael Correa cruzou essa linha de um modo perverso: usando nossa linguagem, os modos e estilos que utilizam os movimentos sociais, populares e partidos de esquerda, pronunciando palavras como “revolução”, “mudança”, “justiça social” e tantas outras, cujo sentido acabou violentado no momento em que se deu a repressão sobre os setores da sociedade que, historicamente, têm sido e seguem sendo marginalizados neste país.

O regime encabeçado por Correa está mostrando, em sua furiosa reação à greve iniciada pelas organizações indígenas e sindicatos de trabalhadores, o seu verdadeiro caráter, que produz um novo modo de dominação, onde as políticas sociais pretendem silenciar os movimentos para lubrificar o mesmo sistema de acumulação, baseado no grande saque econômico e na violência contra o meio ambiente e os seres humanos.

No Equador, não há nenhuma revolução em marcha vinda do poder estatal, senão o aprofundamento do modelo extrativista e da crescente dependência do mercado capitalista global, o que requer um reposicionamento autoritário do Estado e dos modos de governar. O que se sucede é consequência direta deste modelo: a queda dos preços do petróleo não fez mais do que disparar uma crise que os de cima pretendem que seja paga pelos de baixo.

Declaramos nosso apoio incondicional aos setores populares organizados em movimentos e nosso rechaço à repressão, que não é mais que a antessala de uma saída à direita da crise atual. Somente a ação decidida e autônoma dos movimentos pode inclinar a balança na direção de soluções populares e de esquerda.

Disfarçar esse tipo de atuação sob argumentos que fazem alusão a supostos golpes ou tentativas de desestabilização do regime não reflete nada além de uma manifesta incapacidade para governar sem exercer violência sobre a população. Esta é a maneira de governar, na qual o uso da prepotência, o privilégio do poder, do domínio e da superioridade se converte em uma conspiração contra o mais fraco.

Raul Zibechi é escritor e jornalista uruguaio; Decio Machado é jornalista hispano-brasileiro que mora no Equador, além de consultor internacional em políticas públicas, análise estratégica e comunicação.






miércoles, 19 de agosto de 2015

La represión como límite

Por Decio Machado y Raúl Zibechi

Para las gentes de izquierda, en todo tiempo y lugar, la represión fue siempre un punto de inflexión, una línea roja que no se debe cruzar. Desde siempre las gentes de izquierdas rechazamos que cualquier Estado, del color que sea, pueda cruzarla sin que levantemos la voz, sin colocarnos incondicionalmente del lado de quienes sufren la represión, sin manifestar nuestro más decidido rechazo a un modelo de resolución de conflictos que es brutal y causa el dolor de quienes carentes de armamento militar reivindican lo que consideran justo.

El presidente Rafael Correa cruzó una línea que lo coloca del lado de tantos gobiernos opresores de nuestro continente. La muestra de ello se evidencia en el “glorioso” saldo de cientos de heridos y decenas de detenidos fruto de la intervención de los cuerpos de élite de la Policía Antimotines y las Fuerzas Armadas en localidades como Girón en Azuay, Pisanquí en Imbabura, Saraguro en Loja, Quito en Pichincha, El Chasqui en Cotopaxi o Logroño en Morona Santiago, entre otros lugares del país.

Rafael Correa cruzó esa línea de un modo muy perverso: usando nuestro lenguaje, los modos y estilos que utilizan los movimientos populares y partidos de izquierda, pronunciando palabras como revolucióncambiojusticia social y tantas otras cuyo sentido es violentado en el momento que se inicia la represión sobre los sectores sociales que históricamente han sido y siguen siendo marginados en esta sociedad.

El régimen que encabeza Correa está mostrando, en su furiosa reacción al paro encabezado por las organizaciones indígenas y sindicatos de trabajadores, su verdadero carácter: un nuevo modo de dominación, donde las políticas sociales pretenden acallar a los movimientos para lubricar el mismo modo de acumulación basada en el despojo y la violencia contra la naturaleza y las personas.

En Ecuador no hay ninguna revolución en marcha desde el poder estatal, sino la profundización del modelo extractivo, la dependencia creciente del mercado capitalista global, lo que requiere un resposicionamiento autoritario del Estado y de los modos de gobernar. Lo que está sucediendo, es consecuencia directa de este modelo: la caída de los precios del petróleo no hizo sino disparar una crisis que los de arriba pretenden sea pagada por los de abajo.

Nuestro apoyo incondicional a los sectores populares organizados en movimientos. Nuestro rechazo a la represión que no es más que la antesala de una salida por derecha de la crisis actual. Sólo la acción decidida y autónoma de los movimientos puede inclinar la balanza hacia soluciones populares y de izquierda.

Disfrazar este tipo de actuaciones bajo argumentos que hacen alusión a supuestos golpes blandos o intentos de desestabilización al régimen, no reflejan nada más que una manifiesta incapacidad para gobernar sin ejercer violencia sobre las gentes.

Es esta manera de gobernar, en la que el uso de la prepotencia, el privilegio del poder, el dominio y la superioridad se convierten en una conspiración contra el débil.

jueves, 13 de agosto de 2015

"Todo tipo de poder busca implementar el control social"

Por Alicia Torres
Ciencias de la Comunicación Social - Universidad Nacional de Loja

Decio Machado
¿Desde su experiencia profesional cómo definiría a la comunicación política?

Podríamos definir la comunicación política como una amalgama de recursos estratégicos fundamentales de la acción política. Es decir, se trata del conjunto de técnicas de la que disponen los actores políticos para incidir, controlar y persuadir sobre eso que se ha venido en definir en términos generales como “opinión pública”.  Si bien la comunicación política se remonta a tiempo inmemoriables, con el auge de los medios de comunicación de masas y en la actualidad a través de los nuevos medios de comunicación enmarcados en los que conocemos como “Nuevas Técnicas de la Información y Comunicación”, la comunicación política se ha visto obligada a superar los viejos estereotipos basados en la calidad literaria de los discursos políticos, modernizándose e implementando nuevos procedimientos para influir sobre el conocimiento, las creencias y la acción sobre asuntos públicos.

Para posicionar un ejemplo ilustrativo de este cambio, basta con hacer referencia a los atentados del 11 de septiembre del 2001. La decisión política más importante que tomó el deleznable ex presidente estadounidense George W. Bush inmediatamente después de los atentados no fue el cambio en la estructura de mando de la seguridad interna o externa del país, sino nombrar a una profesional de la comunicación externa a las estructuras militares como subsecretaría de Estado en Diplomacia Pública y Asuntos Públicos. Más importante que los nombres de los generales responsables de la estructura de mando militar, fue fichar a Charlotte Beers, conocida profesionalmente como “la reina del branding” y ex presidenta de la prestigiosa agencia de publicidad J. Walter Thompson Worldwide, para implementar lo que sería la estrategia de comunicación estadounidense inmediatamente posterior a los atentados conocida como “guerra comunicacional contra el terrorismo”, la mayor campaña de relaciones públicas y comunicación  en la historia de la política exterior. Todavía hoy la humanidad está pagando el precio de aquella campaña político-comunicacional…

¿Usted cree que el discurso político de los funcionarios de elección popular es una forma de realizar propaganda? ¿Porqué?

Para todo gobierno que se precie, sea en el ámbito y la sensibilidad que fuere, el control de la comunicación que emiten sus funcionarios es estratégicamente fundamental. Decía Napoleón Bonaparte que “nada puede ir bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos”. Si bien es cierto que desde el punto de vista académico, la comunicación política como subcategoría de las ciencias de la Comunicación, no debería ser ni publicidad ni propaganda, en la práctica su utilización por parte de los espacios de poder suele convertirse en un proceso de manipulación de la ciudadanía, lo que viene a demostrar el nivel de degradación existente en la política actual.

En la actualidad, más que trabajar sobre un nexo bidireccional entre el gobernante y los gobernados, la comunicación política busca convencer al ciudadano de que el gobernante y su accionar político es coincidente con las demandas sociales y las necesidades existentes en este momento en la sociedad, buscando en muchas ocasiones desprestigiar paralelamente a sus competidores políticos. Más que acompañar la estrategia política gubernamental, la comunicación política lamentablemente se ha enfocado a intentar imponer una especie de legitimación social de las políticas públicas y de la imagen del gobernante sobre el conjunto de la sociedad.

Este modelo de comunicación política, desde mi punto de vista mayoritario, se asocia a aquel concepto de propaganda definida como “el manejo de las actitudes colectivas mediante la manipulación de los símbolos significantes”. La intención de cambiar las visiones de las personas a favor de una causa, o en perjuicio de otra, acerca la comunicación política que se desarrolla en la actualidad a la persuasión.

   
¿Cree que el discurso político ejerce una función de manipulación para la sociedad?

Los discursos políticos de hoy carecen de espontaneidad. Están forjados en laboratorios donde se trabaja con sondeos de opinión sobre temáticas socialmente sensibles para la sociedad, estudios de intención de voto, estrategias de posicionamiento de imagen, y técnicas destinadas al ataque y la descalificación de los contrincantes. Bajo un conjunto de fórmulas metodológica y técnicamente desarrolladas se busca afectar a la parte emocional e irracional de los receptores, transformando sus sentimientos y pensamientos. No es gratuito que los políticos convencionales y al uso sean socialmente asociados a la imagen de mentirosos. En gran parte del mundo los electores votan por lo que consideran la menos mala de las opciones políticas existentes en el tablero electoral. Esto explica que las recientes movilizaciones del 15M o el movimiento de los Indignados en España; los Occupy de Wall Street, Londres o Hong Kong; o las primaveras árabes del norte de África hayan reivindicado el protagonismo directo de la ciudadanía en la toma de decisiones, cuestionándose así los sistemas de representatividad política cada vez más deslegitimados. Refundar los valores de la política es una tarea global para los próximos años.

¿Usted cree que las autoridades de elección popular buscan el   control social? y ¿está de acuerdo que sea así?

Todo tipo de poder busca implementar el control social. Para ello desarrollan de forma combinada distintas lógicas de acción que van desde el desarrollo de normativas punitivas o disciplinarias en el ámbito del Derecho contra las conductas que consideran no deseadas, hasta la imposición de determinados valores afines al sistema a través del control de la Educación, la imposición de normas morales, la Cultura, etc… Las autoridades de elección popular suelen ser piezas coyunturales dentro de este puzzle socialmente construido a nivel global que ha transformado al poder político en algo dependiente del poder económico. Podemos ver dos ejemplos concretos y relativamente recientes de cómo gobiernos teóricamente díscolos se han plegado a los intereses del capital internacional. En primer lugar, recordemos como el gobierno ecuatoriano, cuyo mandatario destacó en sus tiempos de académico por su cuestionamiento a los Tratados de Libre Comercio y a las instituciones de Bretton Woods, ha firmado el año pasado un TLC con la UE que hipoteca el futuro desarrollo endógeno del país, y en la actualidad se ha reintegrado a los monitoreos económicos del FMI como condición impuesta para poder emitir los Bonos 2024 destinados a paliar en parte el creciente endeudamiento nacional. En segundo lugar, recientemente vimos como el gobierno de Syriza en Grecia, presidido por un presidente del carisma de Alexis Tsipras, se ha visto obligado a aceptar las condiciones impuestas desde el Eurogrupo para poder recibir un nuevo préstamo europeo que palie en parte la gran crisis económica que viven los helenos, a pesar de que ese mismo gobierno fue el promotor de un referéndum en el cual la mayoría del pueblo manifestó su rechazo a los chantajes de la Troika compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.

En ambos casos, estos mandatarios constitucionalmente elegidos en lugar de irse con dignidad del poder y denunciar ante sus respectivas ciudadanías el chantaje internacional al que se han visto sometidos y no han podido afrontar por parte del poder económico global, han preferido desarrollar estrategias de comunicación política en la que emiten el mensaje que los acuerdos firmados son buenos para el país. En el caso ecuatoriano, el presidente Correa incluso niega que firmase un TLC con la UE, cuando es público y notorio -por los documentos filtrados desde la Cancillería- que está faltando a la verdad.

Sobre su pregunta respecto a que si yo legitimo eso, la respuesta es simple: rechazo cualquier acto de manipulación sobre la sociedad, hace mucho tiempo ya que entendí que el fin no legitima los medios. Cuando la comunicación política es confundida con propaganda, su propósito deliberado y sistemático pasa a ser dar forma a las percepciones, manipular la compresión y dirigir comportamientos para alcanzar una respuesta que sigue la intención deseada del propagandista. Eso forma parte del control social. Los comunicadores al servicio del poder olvidaron que gestionar la información no significa falsear la verdad. En el caso de los que dirigen medios comunicación que se autodefinen como medios públicos, este tipo de comportamientos dan hasta vergüenza ajena por no decir asco.

 ¿Qué mensajes debería contener un discurso político de una        autoridad que busca el adelanto de sus representados?

La comunicación en general y la comunicación política en particular responden a dinámicas en movimiento. Carecen de manuales que aseguren el éxito en contra de lo que se les suele enseñar a las y los estudiantes en la universidad. La aplicación de estrategias responde a las coyunturas políticas en el que se desenvuelven los políticos en un momento determinado, así como a los públicos a los que se dirige en cada ocasión.

Haciendo un esfuerzo de síntesis y generalidad, cabría indicar que un discurso al igual que un documento narrativo consta de introducción, desarrollo y conclusiones. Lo más habitual es que un discurso político utilice lo que se ha venido en llamar método inductivo, es decir, que en función del target social al que va dirigido, este se enfoque en un solo tema y desde ese eje se vayan desgranando poco a poco los argumentos y las propuestas que emanan de la autoridad en cuestión. Todo ello debe enmarcarse en el objetivo concreto que se busca a través de dicho discurso.

Un político que no sea buen comunicador lo mejor que puede hacer es irse a casa. Se deben manejar datos, los cuales por más complejos que sean, han de terminar aterrizados de la manera más asequible posible. Un ejemplo de esto es el presidente ecuatoriano Rafael Correa. Tras cada Enlace Ciudadano sabatino sus seguidores terminan con la percepción de haberse convertido en profundos conocedores de cómo se organiza una sociedad con el fin de alcanzar el desarrollo económico, a pesar de que no hayan entendido casi nada y hayan recibido consignas previamente escritas con lo que deben corear en cada momento.

En la actualidad existe una combinación de elementos clásicos provenientes del ámbito político y del mundo empresarial que se fusionan en los discursos de los principales líderes mundiales: se conjuntan las ideas, el pensamiento y la ilusión en un nuevo modelo de sociedad más justo y próspero para la sociedad con los mensajes de confianza, esperanza y empatía con el país.

Los mensajes políticos no solo deben emitir datos, análisis y propuestas. Deben también tener la capacidad de conexión con el factor más emocional existente en el receptor. Winston Churchill, único primer ministro británico galardonado con un Premio Nobel de Literatura, tras embarcar al Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial diría en un emotivo discurso a la nación: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, lágrimas y sudor”. Sin embargo, su voluptuoso aspecto físico viene a indicar que a diferencia de su pueblo, durante aquellos años que guerra Churchill no se vi0 obligado a alimentarse en base a una cartilla de racionamiento familiar.

 ¿Qué opinión le merece el discurso político de los actuales        representantes de la República del Ecuador?

Desde mi punto de vista, el único político ecuatoriano con capacidad discursiva en este momento es el presidente Correa. Como anteriormente ya le indiqué, considero que el actual mandatario es un  gran comunicador, lo cual no deja de ser sorprendente dado que hasta la campaña electoral del 2006 el único contacto con la política de Rafael Correa fue haber desarrollado el cargo de ministro de Economía durante tres meses durante el gobierno de Alfredo Palacio. El presidente Correa carecía con anterioridad de antecedentes militantes en organizaciones políticas y/o sociales del país, nunca fue un líder social, nunca sufrió represión ni formó parte de asambleas populares, no protagonizó ninguna de las luchas sociales existentes en el país anteriores al ejercicio de su mandato.

Sin embargo y a pesar de lo anterior, el presidente Correa ha entendido mejor que nadie el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación en el ámbito de la política, y desde el primer momento se ha dotado de buenos equipos de asesores para la implementación de técnicas innovadoras relacionadas con el marketing político y la comunicación. Este hecho, sumado a su formación pedagógica y su capacidad de  oratoria, desembocó en un antes y un después en la comunicación política ecuatoriana.

Si me pregunta por el resto de las y los políticos ecuatorianos, sean estos indistintamente del oficialismo o de la oposición, debo confesarle que no atisbo nada más allá de una enorme mediocridad generalizada.

En el ámbito del oficialismo esto es fruto de un modelo de política basada en la relación líder-masa, donde citando al psicólogo social frances Gustave Le Bon, los seguidores correístas consideran que “la masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado”.  Este tipo de relación no genera horizontalidad ni debate, no fomenta la construcción de organización social ni la generación de delfinazgos políticos. Se sigue con fe ciega a un líder carismático, lo que estrangula la posibilidad de generación de nuevos cuadros políticos. En el caso de la oposición política, sea esta conservadora o situada a la izquierda del correísmo, la situación es aún más dramática, pues refleja la urgente necesidad de que emerja una nueva generación de liderazgos capaces de superar la patética representación política existente en el país. Esto requiere una catarsis política que seguramente vendrá determinado por algún tipo de movimiento espontáneo protagonizado por los jóvenes del país cuando menos nos lo esperemos. Rememorando al filósofo prusiano Immanuel Kant, el carácter natural de un pueblo no es de ningún modo algo originario, sino que depende del régimen de gobierno, de la religión y de la educación.

¿Qué piensa del discurso político utilizado como medio de propaganda en Latinoamérica y en el Ecuador?

Eric Hoffer, un escritor y filósofo estadounidense especializado en reconocer la importancia central de la autoestima para el bienestar psicológico, dijo alguna vez que “la propaganda no engaña a la gente, sino que simplemente les ayuda a engañarse a sí mismos”. Hago mención a Hoffer no porque coincida ideológicamente con este personaje ya fallecido, sino porque considero que tras el estrepitoso fracaso del neoliberalismo en América Latina gran parte de las poblaciones latinoamericanas depositaron su fe de cambio en movimientos políticos progresistas que a la postre han demostrado sus limitaciones y techos políticos. La única diferencia entre el neoliberalismo anterior y el “progresismo” posneoliberal implementado en gran parte de los países suramericanos es hacia donde va destinado su excedente. Bajo políticas asistencialistas e implementación de procesos modernizadores de Estado se han obtenido logros importantes en materia de indicadores sociales y generación de nuevas infraestructuras, pero paralelamente se ha agudizado aún más la dependencia económica del subcontinente a través de procesos de reprimarización. No se ha querido transformar, fruto de una combinación entre falta de voluntad y falta de valentia política, los pilares estructurales del modelo de explotación capitalista y por ende la vieja matriz de acumulación existente a lo interno de cada una de las economías nacionales latinoamericanas. La Venezuela chavista puede haber significado una excepción al respecto, sin embargo sus resultados no son muy alentadores.

Sin embargo, aprovechándose de los anhelos de cambio existentes en la región, estos gobiernos han venido a autodefinirse como conductores de supuestos procesos de emancipación social hacia procesos revolucionarios, criminalizando a cualquier tipo de disidencia que desde sus propias filas se han ido generando en función de que las contradicciones entre discurso y praxis se fue haciendo cada vez más insostenibles.

Llegado el fin de la década dorada de los commodities, es decir, terminado el período de las flacas gordas forjado gracias a las demandas de recursos naturales emanadas de las necesidades del capitalismo global, comienzan a aparecer los primeros signos de deterioro económico en estos países y la generación de descontento social. En esta nueva coyuntura social, política y económica, estos gobiernos están unificando un modelo discursivo basado en el atrincheramiento político, con el cual se intentan relegitimar en base a supuestas tramas golpistas auspiciadas y financiadas desde el exterior. Más allá de que puedan existir determinados actores con intereses desestabilizadores en sus respectivos países, este modelo de discurso plasma el agotamiento de estos procesos políticos, el deterioro de sus estrategias comunicacionales antaño exitosas, y el comienzo del fin de sus respectivas hegemonías políticas.

Ecuador es un ejemplo paradigmático de este agotamiento. El neopopulismo ecuatoriano basó su construcción en la destrucción del tejido social popular organizado. El liderazgo populista solo tiene capacidad de auspiciarse como “salvador” de la sociedad si se eliminan las distintas formas de expresión y organización de las que se dota autónomamente la ciudadanía. Esto funcionó mientras hubo bonanza económica, sin embargo el valor político del presidente Correa esta directamente vinculado al precio del petróleo, la caída del precio del crudo en el mercado internacional conlleva la devaluación política del mandatario ecuatoriano.

 ¿Cree usted que es necesario redimensionar el discurso político o educar en formación política a la población?

La política necesita reinventarse. Las movilizaciones en gran medida protagonizadas por jóvenes en Brasil, Grecia, el Estado español, EEUU, Londrés, Hong Kong o diversos países árabes vienen a reflejar la búsqueda de nuevas formas de hacer e interpretar la política. Los políticos al uso están devaluados y se devaluarán de manera más notable en el futuro. Esto transformará el discurso político a futuro y evidentemente también los mensajes que desde este ámbito se emiten. Las y los ciudadanos deben pasar a ser los protagonistas, por encima de partidos, por encima de representantes, por encima de estructuras de gobierno que piden a voces ser reinventadas y reconsiderados sus roles. Existe una crisis en las lógicas de mando social emanadas de un proceso electoral cada cuatro o cinco años, la política y la toma de decisiones debe ser reabsorbida por la sociedad.

La lucha que asistimos en la actualidad en varios países latinoamericanos entre los mass media privados y los nuevos holdings de mediáticos de carácter "público" no tienen nada que ver con los intereses de la ciudadanía a estar debidamente informada. Es tan solo una disputa entre poderes políticos y económicos que pretenden ser hegemónicos en el esfera de la comunicación. Se trata tan solo de controlar la información que se emite a la ciudadanía. Unos y otros nos demuestran en la práctica que establecen esquemas similares de manipulación informativa y son herramientas al servicio de estructuras de poder superiores. La conformación de alternativas en el ámbito de la información no será el fruto de la intervención estatal, sino de los espacios liberados por la ciudadanía autónomos del poder conformando medios de comunicación alternativa.

En América Latina se viene hablando de participación política de la ciudadanía desde hace ya más de una década. Hasta la OCDE, NNUU o el Banco Mundial hablan de fomentar la participación ciudadana en diferentes partes del mundo. En el fondo todo es una falacia. Esperar que sean los Estados o los organismos multilaterales quienes fomenten la participación ciudadana en la toma de decisiones, es como esperar que tu carcelero te de las llaves de tu celda tras entender que el sistema penitenciario como modelo de reinserción social ha fracasado.

Desde mi punto de vista, la formación política a la ciudadanía debe implementarse desde espacios ciudadanos autónomos del poder. Esto viene a significar justo lo contrario de lo que piensa el régimen político ecuatoriano, toda persona individual u organización social del tipo que fuere tiene derecho a hacer política y construir contrapoder. Hablamos de liberar espacios, de emancipar territorios hoy en disputa. Lo que deviene desde el poder es tan solo adoctrinamiento funcional al orden establecido, ningún amo enseña a sus esclavos a escaparse de la finca.

jueves, 9 de julio de 2015

El deterioro correísta

Por Decio Machado / Sociólogo y periodista
Para la revista uruguaya Brecha

El correísmo no es más que la expresión política de la profunda transformación emprendida por el capitalismo ecuatoriano en los momentos posteriores a la crisis financiera que vivió el país en el año 1999. Es decir, cuando un sector del capital nacional, transversalizado por los capitales regionales, pasa a entender mejor sus posibilidades de negocio propiciando un mayor nivel de consumo interno a través de la incorporación de sectores populares al mercado. Todo ello en el marco de una importante disputa de poder con las viejas oligarquías que dominaban la exportación de la producción agrícola al exterior, el viejo modelo de agrobusiness no tecnificado.

Esta nueva realidad produce un nuevo modelo de capital financiero que integra entre sus clientes objetivos y potenciales a dichos sectores populares, lo cual sumado al efecto de las remesas y al excedente petrolero, implica también la transformación de las redes de comercialización de productos importados con el fin de atender a esta emergente demanda.

Superar la inestabilidad política que ha caracterizado el reciente pasado ecuatoriano, significó repartir más en momentos de bonanza económica, buscando   con ello garantizar las condiciones de acumulación a largo plazo para los sectores del capital emergente. Al fin y al cabo, el fenómeno correísta no deja de ser algo parecido a lo que fue el keynesianismo respecto al fordismo durante gran parte del siglo pasado en EEUU y Europa.

Sin embargo, los ciclos políticos vienen determinados por los ciclos económicos, y esta realidad viene determinando el fin de un consenso político, social y económico implementado con el triunfo del Alianza PAIS en las elecciones del 2006 e institucionalizado a través de la Constitución de 2008 en Montecristi.

Si hay que buscarle un punto de inflexión a la tendencia mayoritaria de apoyo popular al gobierno del presidente Correa en Ecuador, esta se sitúa a inicios del 2015. Es ese el momento en el que la economía nacional pasa a evidenciar de manera palpable los impactos derivados del reajuste de precios en los mercados internacionales de los commodities y fin de la llamada “década dorada” latinoamericana. Sin embargo, está siendo la velocidad con la que se está produciendo dicho deterioro lo que más preocupa en estos momentos a los estrategas del régimen.

El actual reflujo económico que vive el Ecuador viene a desnudar un modelo de desarrollo que al igual que otros tantos aplicados en la región, muestra presto sus límites una vez acabado el período de bonanza. En estas condiciones, no tardará mucho en llegar el momento en que desde el oficialismo, bajo sus propias lógicas internas, se busque bajo análisis simplistas a los responsables de su deterioro: ¿será fruto de los errores de conducción de un régimen gestionado por un conjunto de burócratas tecnocráticos que podrían sin escrúpulos haber servido a cualquier otro gobierno de perfil modernizador con independencia de su definición ideológica?, ¿será culpa del agotamiento de un modelo de comunicación estratégica basado en la producción de publicidad política y realidad virtual?, ¿o será como plantean algunos de los intelectuales que quedan alineados al régimen, el fruto de la victoria de los apólogos del marketing político sobre los defensores del pensamiento orgánico? En el fondo da igual, dado que en la práctica la transformación vivida por el Estado durante la era correísta no es más que el fruto de las necesidades del nuevo mercado ecuatoriano.

Más allá del futurible ajuste de cuentas a lo interno en el partido de gobierno y la cúpula de poder, es un hecho que a pesar del proceso de tardo-modernización capitalista impulsado desde la planificación estatal por el correísmo, se ha reprimatizado la economía nacional, demostrándose escasa efectividad en materia de diversificación productiva, lo que agudizó la dependencia del mercado internacional del crudo. Basta significar que las exportaciones de bienes procesados no petroleros en 2006 significaron el 4,9% del PIB nacional mientras que para el 2014 dicho indicador había descendió al 3,9%. Con esto se evidencia lo banal del discurso de vanguardia gubernamental respecto al cambio de matriz productivo y la transformación del régimen de acumulación económica heredado de la época neoliberal.

Gran parte de los logros económicos y sociales desarrollados por el régimen se sostuvieron gracias a los elevados ingresos propiciados por la exportación petrolera durante estos últimos ocho años (57 mil millones de dólares descontados los costos de los combustibles importados). Ese es el motivo por el cual pasan ahora a estar en riesgo. Sin dejar de reconocer que durante este gobierno la pobreza medida por ingresos (2,63 dólares diarios, usando la línea de pobreza nacional) disminuyó del 37,6% en 2006 al 22,5% en 2014, ya comienzan a aparecer los primeros datos económicos que reflejan el fin de ciclo. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), la pobreza nacional habría aumentado entre junio de 2013 y junio del 2014 en casi un punto porcentual y estamos a la espera de ver datos peores en el presente año, el empleo precario (quienes no llegan a completar la jornada legal de trabajo y/o quienes ganan menos del salario básico) subió entre los meses de marzo del 2014 y el presente en más de un punto y medio, y la evolución positiva del coeficiente de GINI (indicador de desigualdad) que ha sido vanagloria del régimen durante estos años lleva estancado desde el 2013.

Acabada la plata se apagó el fuego de la pasión

Si bien el régimen ha disfrutado de altas tasas de popularidad hasta hace relativamente poco tiempo, el deterioro económico conlleva a su vez el deterioro de la hegemonía ética y cultural, es decir, del consenso formado a partir de la Constitución de Montecristi en torno a ideologías y valores. Desde el año pasado se está incrementado aceleradamente la percepción de corrupción generalizada en el país y la pérdida de credibilidad presidencial, mientras se pone cada vez más de manifiesto un descontento generalizado respecto a la situación de la economía nacional y su afectación sobre los niveles de capacidad adquisitiva de la población.

El discurso del régimen, basado en una estrategia que tiene mucho que ver con aquello que Orwell definiese como un sistema casi perfecto de “doble pensamiento” y enfocado al descrédito de todo cuestionamiento crítico y control sobre las definiciones de la realidad, pasó,  en una coyuntura de incremento cada vez mayor de la conflictividad social, a redefinir términos y a invertir valores. Lo que en el pasado fue heroísmo revolucionario ahora es terrorismo; la movilización social se transformó en sedición; y disidencia política en anarquismo y traición. Sin embargo, la realidad es –según demuestran las encuestas- que no solo son las élites burguesas quienes manifiestan su disconformidad con las políticas del régimen, sino también gran parte del 43% de población vulnerable (ingresos entre 4 y 10 dólares diarios según CEPAL) existente en el Ecuador que ven deteriorarse sus condiciones en el actual momento.

El régimen correísta sufre de progeria, enfermedad referente al envejecimiento brusco y prematuro, motivo por el cual pasó de ser una alternativa a la vieja y deslegitimada partidocracia a convertirse en el paradigma de la modernizada partidocracia del siglo XXI. Para los jóvenes ecuatorianos, según indican diversos estudios demoscópicos, todo el espectro político nacional son “astillas del mismo palo”, no distinguiendo políticamente ya al mandatario del resto de sus contendores políticos.

De las incapacidades de la izquierda a la estrategia conservadora

Si bien la ruptura con el régimen de la mayoría de sectores indígenas y movimientos sociales podría ser considerada por algunos como prematura, el tiempo les ha ido dando la paulatinamente la razón. No fue la intencionalidad de construir un “capitalismo moderno” –utilizo terminología implementada por el propio mandatario en estos últimos días- lo que motivó las resistencias al neoliberalismo en los momentos anteriores a su llegada al poder.  Es más, el propio presidente Correa ha definido en innumerables ocasiones al “ecologismo y el izquierdismo infantil” como el principal enemigo del supuesto “proceso revolucionario”. Sin embargo, ha sido la incapacidad de esa misma izquierda a la hora de generar diagnósticos reales de lo que ha venido sucediendo durante los últimos años, lo que ha permitido el auspicio e inicial consolidación del fenómeno correísta en el poder. En definitiva, se ignoró aquella máxima foucaultiana de que “lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar”.

Desde la llegada del reflujo económico, las movilizaciones populares que habían venido siendo encabezadas hasta hace muy poco por los sindicatos independientes y la CONAIE, están pasando a ser hegemonizadas por la derecha, la cual comienza a reposicionarse en el tablero político nacional.

Desde su incapacidad para reinventarse ideológica y organizativamente, la izquierda política y social del Ecuador aún no manifiesta condiciones para generar alternativas al modelo implementado por el neopopulismo correísta. La crítica discursiva se limitó a posicionar las contradicciones existentes entre el discurso y la praxis oficialista: revolución, socialismo, poder popular o gobierno de los trabajadores vs aumento de los beneficios empresariales, reforzamiento de los grupos nacionales de capital con la incorporación del capital emergente, agudización de la explotación laboral, control y criminalización de la protesta social. Fruto de esta incapacidad a la hora de generar nuevas coordenadas en el juego político que desaten escenarios donde las condiciones sean menos desfavorables, los sectores políticos más progresistas ni siquiera cuentan hoy con organizaciones políticas capaces de disputarse en términos hegemónicos el liderazgo post-correísta.

Sin embargo, en una coyuntura enmarcada en la quiebra del concepto gramsciano de hegemonía ideológica y dominio social correísta, son los sectores conservadores los que mejor han entendido de que la política electoral consiste en agudizar las contradicciones del oponente. Para ello han aprovechando el descontento ante las nuevas medidas implementadas desde el Gobierno que buscan el refinanciamiento del Estado, pasado a protagonizar la resistencia ante dos de las propuestas más redistributivas que el régimen ha planteado en los últimos años: el incremento de impuestos a la plusvalía de los bienes inmuebles y el incremento a los impuestos a las herencias.

Si bien el inicio del declive oficialista puede datarse en las elecciones seccionales de febrero del pasado año, cuando perdió un tercio de su electorado, su colofón ha tenido lugar frente las movilizaciones del pasado mes de junio por todo el país –se habla de medio millón de personas movilizadas en diferentes ciudades del Ecuador-, lo cual culminó con la retirada por parte del Gobierno de sus propuestas de reforma fiscal.

En la práctica, el oficialismo puso en evidencia que más allá de su permanente conflicto con las organizaciones populares, es desde que los sectores conservadores se movilizan cuando más claramente se ha visibilizado sus debilidades, viéndose obligado a recular. Incluso la reciente visita papal al Ecuador, la cual pretendía ser utilizada por el régimen como un acto de respaldo a Rafael Correa por parte del Sumo Pontífice ante un supuesto y estratégicamente inventado golpe de Estado, terminó teniendo un efecto negativo para la imagen presidencial.  Los principales medios de comunicación internacionales se encargaron de posicionar mediáticamente, y con especial ahínco, las pitadas recibidas por el mandatario durante su acompañamiento al líder religioso.

Está por verse el desenlace de esta trama: el liderazgo en las filas conservadoras está en disputa, y las condiciones a las que llegarán a los comicios presidenciales y legislativos del 2017 dependerá de sus capacidades de entendimiento interno; queda también por ver cual será la evolución del mercado global del crudo, el cual no atisba pronósticos de recuperación por encima de los 60 dólares el barril, lo cual lo sitúa muy lejos del precio promedio de los 102 dólares cotizados en abril del 2014, momentos previos al inicio de su desplome; así como la capacidad interna del correísmo para superar sus lógicas cartesianas del “conmigo o contra mi”, lo que quizás le permitiría al presidente Correa, en medio de tanto burócrata rindiéndole pleitesía y tras casi nueve años de una incesante y estratégica campaña basada en el culto a su personalidad, escuchar a algún niño que diga: "¡pero si el rey va desnudo!".

En todo caso, la realidad es tozuda y nos demuestra con su día a día lo irrelevante en estos momentos de preguntarle a Nietzsche sobre si es posible que en algún momento Apolo consiga domesticar a Dionisio.