jueves, 13 de agosto de 2015

"Todo tipo de poder busca implementar el control social"

Por Alicia Torres
Ciencias de la Comunicación Social - Universidad Nacional de Loja

Decio Machado
¿Desde su experiencia profesional cómo definiría a la comunicación política?

Podríamos definir la comunicación política como una amalgama de recursos estratégicos fundamentales de la acción política. Es decir, se trata del conjunto de técnicas de la que disponen los actores políticos para incidir, controlar y persuadir sobre eso que se ha venido en definir en términos generales como “opinión pública”.  Si bien la comunicación política se remonta a tiempo inmemoriables, con el auge de los medios de comunicación de masas y en la actualidad a través de los nuevos medios de comunicación enmarcados en los que conocemos como “Nuevas Técnicas de la Información y Comunicación”, la comunicación política se ha visto obligada a superar los viejos estereotipos basados en la calidad literaria de los discursos políticos, modernizándose e implementando nuevos procedimientos para influir sobre el conocimiento, las creencias y la acción sobre asuntos públicos.

Para posicionar un ejemplo ilustrativo de este cambio, basta con hacer referencia a los atentados del 11 de septiembre del 2001. La decisión política más importante que tomó el deleznable ex presidente estadounidense George W. Bush inmediatamente después de los atentados no fue el cambio en la estructura de mando de la seguridad interna o externa del país, sino nombrar a una profesional de la comunicación externa a las estructuras militares como subsecretaría de Estado en Diplomacia Pública y Asuntos Públicos. Más importante que los nombres de los generales responsables de la estructura de mando militar, fue fichar a Charlotte Beers, conocida profesionalmente como “la reina del branding” y ex presidenta de la prestigiosa agencia de publicidad J. Walter Thompson Worldwide, para implementar lo que sería la estrategia de comunicación estadounidense inmediatamente posterior a los atentados conocida como “guerra comunicacional contra el terrorismo”, la mayor campaña de relaciones públicas y comunicación  en la historia de la política exterior. Todavía hoy la humanidad está pagando el precio de aquella campaña político-comunicacional…

¿Usted cree que el discurso político de los funcionarios de elección popular es una forma de realizar propaganda? ¿Porqué?

Para todo gobierno que se precie, sea en el ámbito y la sensibilidad que fuere, el control de la comunicación que emiten sus funcionarios es estratégicamente fundamental. Decía Napoleón Bonaparte que “nada puede ir bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos”. Si bien es cierto que desde el punto de vista académico, la comunicación política como subcategoría de las ciencias de la Comunicación, no debería ser ni publicidad ni propaganda, en la práctica su utilización por parte de los espacios de poder suele convertirse en un proceso de manipulación de la ciudadanía, lo que viene a demostrar el nivel de degradación existente en la política actual.

En la actualidad, más que trabajar sobre un nexo bidireccional entre el gobernante y los gobernados, la comunicación política busca convencer al ciudadano de que el gobernante y su accionar político es coincidente con las demandas sociales y las necesidades existentes en este momento en la sociedad, buscando en muchas ocasiones desprestigiar paralelamente a sus competidores políticos. Más que acompañar la estrategia política gubernamental, la comunicación política lamentablemente se ha enfocado a intentar imponer una especie de legitimación social de las políticas públicas y de la imagen del gobernante sobre el conjunto de la sociedad.

Este modelo de comunicación política, desde mi punto de vista mayoritario, se asocia a aquel concepto de propaganda definida como “el manejo de las actitudes colectivas mediante la manipulación de los símbolos significantes”. La intención de cambiar las visiones de las personas a favor de una causa, o en perjuicio de otra, acerca la comunicación política que se desarrolla en la actualidad a la persuasión.

   
¿Cree que el discurso político ejerce una función de manipulación para la sociedad?

Los discursos políticos de hoy carecen de espontaneidad. Están forjados en laboratorios donde se trabaja con sondeos de opinión sobre temáticas socialmente sensibles para la sociedad, estudios de intención de voto, estrategias de posicionamiento de imagen, y técnicas destinadas al ataque y la descalificación de los contrincantes. Bajo un conjunto de fórmulas metodológica y técnicamente desarrolladas se busca afectar a la parte emocional e irracional de los receptores, transformando sus sentimientos y pensamientos. No es gratuito que los políticos convencionales y al uso sean socialmente asociados a la imagen de mentirosos. En gran parte del mundo los electores votan por lo que consideran la menos mala de las opciones políticas existentes en el tablero electoral. Esto explica que las recientes movilizaciones del 15M o el movimiento de los Indignados en España; los Occupy de Wall Street, Londres o Hong Kong; o las primaveras árabes del norte de África hayan reivindicado el protagonismo directo de la ciudadanía en la toma de decisiones, cuestionándose así los sistemas de representatividad política cada vez más deslegitimados. Refundar los valores de la política es una tarea global para los próximos años.

¿Usted cree que las autoridades de elección popular buscan el   control social? y ¿está de acuerdo que sea así?

Todo tipo de poder busca implementar el control social. Para ello desarrollan de forma combinada distintas lógicas de acción que van desde el desarrollo de normativas punitivas o disciplinarias en el ámbito del Derecho contra las conductas que consideran no deseadas, hasta la imposición de determinados valores afines al sistema a través del control de la Educación, la imposición de normas morales, la Cultura, etc… Las autoridades de elección popular suelen ser piezas coyunturales dentro de este puzzle socialmente construido a nivel global que ha transformado al poder político en algo dependiente del poder económico. Podemos ver dos ejemplos concretos y relativamente recientes de cómo gobiernos teóricamente díscolos se han plegado a los intereses del capital internacional. En primer lugar, recordemos como el gobierno ecuatoriano, cuyo mandatario destacó en sus tiempos de académico por su cuestionamiento a los Tratados de Libre Comercio y a las instituciones de Bretton Woods, ha firmado el año pasado un TLC con la UE que hipoteca el futuro desarrollo endógeno del país, y en la actualidad se ha reintegrado a los monitoreos económicos del FMI como condición impuesta para poder emitir los Bonos 2024 destinados a paliar en parte el creciente endeudamiento nacional. En segundo lugar, recientemente vimos como el gobierno de Syriza en Grecia, presidido por un presidente del carisma de Alexis Tsipras, se ha visto obligado a aceptar las condiciones impuestas desde el Eurogrupo para poder recibir un nuevo préstamo europeo que palie en parte la gran crisis económica que viven los helenos, a pesar de que ese mismo gobierno fue el promotor de un referéndum en el cual la mayoría del pueblo manifestó su rechazo a los chantajes de la Troika compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.

En ambos casos, estos mandatarios constitucionalmente elegidos en lugar de irse con dignidad del poder y denunciar ante sus respectivas ciudadanías el chantaje internacional al que se han visto sometidos y no han podido afrontar por parte del poder económico global, han preferido desarrollar estrategias de comunicación política en la que emiten el mensaje que los acuerdos firmados son buenos para el país. En el caso ecuatoriano, el presidente Correa incluso niega que firmase un TLC con la UE, cuando es público y notorio -por los documentos filtrados desde la Cancillería- que está faltando a la verdad.

Sobre su pregunta respecto a que si yo legitimo eso, la respuesta es simple: rechazo cualquier acto de manipulación sobre la sociedad, hace mucho tiempo ya que entendí que el fin no legitima los medios. Cuando la comunicación política es confundida con propaganda, su propósito deliberado y sistemático pasa a ser dar forma a las percepciones, manipular la compresión y dirigir comportamientos para alcanzar una respuesta que sigue la intención deseada del propagandista. Eso forma parte del control social. Los comunicadores al servicio del poder olvidaron que gestionar la información no significa falsear la verdad. En el caso de los que dirigen medios comunicación que se autodefinen como medios públicos, este tipo de comportamientos dan hasta vergüenza ajena por no decir asco.

 ¿Qué mensajes debería contener un discurso político de una        autoridad que busca el adelanto de sus representados?

La comunicación en general y la comunicación política en particular responden a dinámicas en movimiento. Carecen de manuales que aseguren el éxito en contra de lo que se les suele enseñar a las y los estudiantes en la universidad. La aplicación de estrategias responde a las coyunturas políticas en el que se desenvuelven los políticos en un momento determinado, así como a los públicos a los que se dirige en cada ocasión.

Haciendo un esfuerzo de síntesis y generalidad, cabría indicar que un discurso al igual que un documento narrativo consta de introducción, desarrollo y conclusiones. Lo más habitual es que un discurso político utilice lo que se ha venido en llamar método inductivo, es decir, que en función del target social al que va dirigido, este se enfoque en un solo tema y desde ese eje se vayan desgranando poco a poco los argumentos y las propuestas que emanan de la autoridad en cuestión. Todo ello debe enmarcarse en el objetivo concreto que se busca a través de dicho discurso.

Un político que no sea buen comunicador lo mejor que puede hacer es irse a casa. Se deben manejar datos, los cuales por más complejos que sean, han de terminar aterrizados de la manera más asequible posible. Un ejemplo de esto es el presidente ecuatoriano Rafael Correa. Tras cada Enlace Ciudadano sabatino sus seguidores terminan con la percepción de haberse convertido en profundos conocedores de cómo se organiza una sociedad con el fin de alcanzar el desarrollo económico, a pesar de que no hayan entendido casi nada y hayan recibido consignas previamente escritas con lo que deben corear en cada momento.

En la actualidad existe una combinación de elementos clásicos provenientes del ámbito político y del mundo empresarial que se fusionan en los discursos de los principales líderes mundiales: se conjuntan las ideas, el pensamiento y la ilusión en un nuevo modelo de sociedad más justo y próspero para la sociedad con los mensajes de confianza, esperanza y empatía con el país.

Los mensajes políticos no solo deben emitir datos, análisis y propuestas. Deben también tener la capacidad de conexión con el factor más emocional existente en el receptor. Winston Churchill, único primer ministro británico galardonado con un Premio Nobel de Literatura, tras embarcar al Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial diría en un emotivo discurso a la nación: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, lágrimas y sudor”. Sin embargo, su voluptuoso aspecto físico viene a indicar que a diferencia de su pueblo, durante aquellos años que guerra Churchill no se vi0 obligado a alimentarse en base a una cartilla de racionamiento familiar.

 ¿Qué opinión le merece el discurso político de los actuales        representantes de la República del Ecuador?

Desde mi punto de vista, el único político ecuatoriano con capacidad discursiva en este momento es el presidente Correa. Como anteriormente ya le indiqué, considero que el actual mandatario es un  gran comunicador, lo cual no deja de ser sorprendente dado que hasta la campaña electoral del 2006 el único contacto con la política de Rafael Correa fue haber desarrollado el cargo de ministro de Economía durante tres meses durante el gobierno de Alfredo Palacio. El presidente Correa carecía con anterioridad de antecedentes militantes en organizaciones políticas y/o sociales del país, nunca fue un líder social, nunca sufrió represión ni formó parte de asambleas populares, no protagonizó ninguna de las luchas sociales existentes en el país anteriores al ejercicio de su mandato.

Sin embargo y a pesar de lo anterior, el presidente Correa ha entendido mejor que nadie el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación en el ámbito de la política, y desde el primer momento se ha dotado de buenos equipos de asesores para la implementación de técnicas innovadoras relacionadas con el marketing político y la comunicación. Este hecho, sumado a su formación pedagógica y su capacidad de  oratoria, desembocó en un antes y un después en la comunicación política ecuatoriana.

Si me pregunta por el resto de las y los políticos ecuatorianos, sean estos indistintamente del oficialismo o de la oposición, debo confesarle que no atisbo nada más allá de una enorme mediocridad generalizada.

En el ámbito del oficialismo esto es fruto de un modelo de política basada en la relación líder-masa, donde citando al psicólogo social frances Gustave Le Bon, los seguidores correístas consideran que “la masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado”.  Este tipo de relación no genera horizontalidad ni debate, no fomenta la construcción de organización social ni la generación de delfinazgos políticos. Se sigue con fe ciega a un líder carismático, lo que estrangula la posibilidad de generación de nuevos cuadros políticos. En el caso de la oposición política, sea esta conservadora o situada a la izquierda del correísmo, la situación es aún más dramática, pues refleja la urgente necesidad de que emerja una nueva generación de liderazgos capaces de superar la patética representación política existente en el país. Esto requiere una catarsis política que seguramente vendrá determinado por algún tipo de movimiento espontáneo protagonizado por los jóvenes del país cuando menos nos lo esperemos. Rememorando al filósofo prusiano Immanuel Kant, el carácter natural de un pueblo no es de ningún modo algo originario, sino que depende del régimen de gobierno, de la religión y de la educación.

¿Qué piensa del discurso político utilizado como medio de propaganda en Latinoamérica y en el Ecuador?

Eric Hoffer, un escritor y filósofo estadounidense especializado en reconocer la importancia central de la autoestima para el bienestar psicológico, dijo alguna vez que “la propaganda no engaña a la gente, sino que simplemente les ayuda a engañarse a sí mismos”. Hago mención a Hoffer no porque coincida ideológicamente con este personaje ya fallecido, sino porque considero que tras el estrepitoso fracaso del neoliberalismo en América Latina gran parte de las poblaciones latinoamericanas depositaron su fe de cambio en movimientos políticos progresistas que a la postre han demostrado sus limitaciones y techos políticos. La única diferencia entre el neoliberalismo anterior y el “progresismo” posneoliberal implementado en gran parte de los países suramericanos es hacia donde va destinado su excedente. Bajo políticas asistencialistas e implementación de procesos modernizadores de Estado se han obtenido logros importantes en materia de indicadores sociales y generación de nuevas infraestructuras, pero paralelamente se ha agudizado aún más la dependencia económica del subcontinente a través de procesos de reprimarización. No se ha querido transformar, fruto de una combinación entre falta de voluntad y falta de valentia política, los pilares estructurales del modelo de explotación capitalista y por ende la vieja matriz de acumulación existente a lo interno de cada una de las economías nacionales latinoamericanas. La Venezuela chavista puede haber significado una excepción al respecto, sin embargo sus resultados no son muy alentadores.

Sin embargo, aprovechándose de los anhelos de cambio existentes en la región, estos gobiernos han venido a autodefinirse como conductores de supuestos procesos de emancipación social hacia procesos revolucionarios, criminalizando a cualquier tipo de disidencia que desde sus propias filas se han ido generando en función de que las contradicciones entre discurso y praxis se fue haciendo cada vez más insostenibles.

Llegado el fin de la década dorada de los commodities, es decir, terminado el período de las flacas gordas forjado gracias a las demandas de recursos naturales emanadas de las necesidades del capitalismo global, comienzan a aparecer los primeros signos de deterioro económico en estos países y la generación de descontento social. En esta nueva coyuntura social, política y económica, estos gobiernos están unificando un modelo discursivo basado en el atrincheramiento político, con el cual se intentan relegitimar en base a supuestas tramas golpistas auspiciadas y financiadas desde el exterior. Más allá de que puedan existir determinados actores con intereses desestabilizadores en sus respectivos países, este modelo de discurso plasma el agotamiento de estos procesos políticos, el deterioro de sus estrategias comunicacionales antaño exitosas, y el comienzo del fin de sus respectivas hegemonías políticas.

Ecuador es un ejemplo paradigmático de este agotamiento. El neopopulismo ecuatoriano basó su construcción en la destrucción del tejido social popular organizado. El liderazgo populista solo tiene capacidad de auspiciarse como “salvador” de la sociedad si se eliminan las distintas formas de expresión y organización de las que se dota autónomamente la ciudadanía. Esto funcionó mientras hubo bonanza económica, sin embargo el valor político del presidente Correa esta directamente vinculado al precio del petróleo, la caída del precio del crudo en el mercado internacional conlleva la devaluación política del mandatario ecuatoriano.

 ¿Cree usted que es necesario redimensionar el discurso político o educar en formación política a la población?

La política necesita reinventarse. Las movilizaciones en gran medida protagonizadas por jóvenes en Brasil, Grecia, el Estado español, EEUU, Londrés, Hong Kong o diversos países árabes vienen a reflejar la búsqueda de nuevas formas de hacer e interpretar la política. Los políticos al uso están devaluados y se devaluarán de manera más notable en el futuro. Esto transformará el discurso político a futuro y evidentemente también los mensajes que desde este ámbito se emiten. Las y los ciudadanos deben pasar a ser los protagonistas, por encima de partidos, por encima de representantes, por encima de estructuras de gobierno que piden a voces ser reinventadas y reconsiderados sus roles. Existe una crisis en las lógicas de mando social emanadas de un proceso electoral cada cuatro o cinco años, la política y la toma de decisiones debe ser reabsorbida por la sociedad.

La lucha que asistimos en la actualidad en varios países latinoamericanos entre los mass media privados y los nuevos holdings de mediáticos de carácter "público" no tienen nada que ver con los intereses de la ciudadanía a estar debidamente informada. Es tan solo una disputa entre poderes políticos y económicos que pretenden ser hegemónicos en el esfera de la comunicación. Se trata tan solo de controlar la información que se emite a la ciudadanía. Unos y otros nos demuestran en la práctica que establecen esquemas similares de manipulación informativa y son herramientas al servicio de estructuras de poder superiores. La conformación de alternativas en el ámbito de la información no será el fruto de la intervención estatal, sino de los espacios liberados por la ciudadanía autónomos del poder conformando medios de comunicación alternativa.

En América Latina se viene hablando de participación política de la ciudadanía desde hace ya más de una década. Hasta la OCDE, NNUU o el Banco Mundial hablan de fomentar la participación ciudadana en diferentes partes del mundo. En el fondo todo es una falacia. Esperar que sean los Estados o los organismos multilaterales quienes fomenten la participación ciudadana en la toma de decisiones, es como esperar que tu carcelero te de las llaves de tu celda tras entender que el sistema penitenciario como modelo de reinserción social ha fracasado.

Desde mi punto de vista, la formación política a la ciudadanía debe implementarse desde espacios ciudadanos autónomos del poder. Esto viene a significar justo lo contrario de lo que piensa el régimen político ecuatoriano, toda persona individual u organización social del tipo que fuere tiene derecho a hacer política y construir contrapoder. Hablamos de liberar espacios, de emancipar territorios hoy en disputa. Lo que deviene desde el poder es tan solo adoctrinamiento funcional al orden establecido, ningún amo enseña a sus esclavos a escaparse de la finca.

jueves, 9 de julio de 2015

El deterioro correísta

Por Decio Machado / Sociólogo y periodista
Para la revista uruguaya Brecha

El correísmo no es más que la expresión política de la profunda transformación emprendida por el capitalismo ecuatoriano en los momentos posteriores a la crisis financiera que vivió el país en el año 1999. Es decir, cuando un sector del capital nacional, transversalizado por los capitales regionales, pasa a entender mejor sus posibilidades de negocio propiciando un mayor nivel de consumo interno a través de la incorporación de sectores populares al mercado. Todo ello en el marco de una importante disputa de poder con las viejas oligarquías que dominaban la exportación de la producción agrícola al exterior, el viejo modelo de agrobusiness no tecnificado.

Esta nueva realidad produce un nuevo modelo de capital financiero que integra entre sus clientes objetivos y potenciales a dichos sectores populares, lo cual sumado al efecto de las remesas y al excedente petrolero, implica también la transformación de las redes de comercialización de productos importados con el fin de atender a esta emergente demanda.

Superar la inestabilidad política que ha caracterizado el reciente pasado ecuatoriano, significó repartir más en momentos de bonanza económica, buscando   con ello garantizar las condiciones de acumulación a largo plazo para los sectores del capital emergente. Al fin y al cabo, el fenómeno correísta no deja de ser algo parecido a lo que fue el keynesianismo respecto al fordismo durante gran parte del siglo pasado en EEUU y Europa.

Sin embargo, los ciclos políticos vienen determinados por los ciclos económicos, y esta realidad viene determinando el fin de un consenso político, social y económico implementado con el triunfo del Alianza PAIS en las elecciones del 2006 e institucionalizado a través de la Constitución de 2008 en Montecristi.

Si hay que buscarle un punto de inflexión a la tendencia mayoritaria de apoyo popular al gobierno del presidente Correa en Ecuador, esta se sitúa a inicios del 2015. Es ese el momento en el que la economía nacional pasa a evidenciar de manera palpable los impactos derivados del reajuste de precios en los mercados internacionales de los commodities y fin de la llamada “década dorada” latinoamericana. Sin embargo, está siendo la velocidad con la que se está produciendo dicho deterioro lo que más preocupa en estos momentos a los estrategas del régimen.

El actual reflujo económico que vive el Ecuador viene a desnudar un modelo de desarrollo que al igual que otros tantos aplicados en la región, muestra presto sus límites una vez acabado el período de bonanza. En estas condiciones, no tardará mucho en llegar el momento en que desde el oficialismo, bajo sus propias lógicas internas, se busque bajo análisis simplistas a los responsables de su deterioro: ¿será fruto de los errores de conducción de un régimen gestionado por un conjunto de burócratas tecnocráticos que podrían sin escrúpulos haber servido a cualquier otro gobierno de perfil modernizador con independencia de su definición ideológica?, ¿será culpa del agotamiento de un modelo de comunicación estratégica basado en la producción de publicidad política y realidad virtual?, ¿o será como plantean algunos de los intelectuales que quedan alineados al régimen, el fruto de la victoria de los apólogos del marketing político sobre los defensores del pensamiento orgánico? En el fondo da igual, dado que en la práctica la transformación vivida por el Estado durante la era correísta no es más que el fruto de las necesidades del nuevo mercado ecuatoriano.

Más allá del futurible ajuste de cuentas a lo interno en el partido de gobierno y la cúpula de poder, es un hecho que a pesar del proceso de tardo-modernización capitalista impulsado desde la planificación estatal por el correísmo, se ha reprimatizado la economía nacional, demostrándose escasa efectividad en materia de diversificación productiva, lo que agudizó la dependencia del mercado internacional del crudo. Basta significar que las exportaciones de bienes procesados no petroleros en 2006 significaron el 4,9% del PIB nacional mientras que para el 2014 dicho indicador había descendió al 3,9%. Con esto se evidencia lo banal del discurso de vanguardia gubernamental respecto al cambio de matriz productivo y la transformación del régimen de acumulación económica heredado de la época neoliberal.

Gran parte de los logros económicos y sociales desarrollados por el régimen se sostuvieron gracias a los elevados ingresos propiciados por la exportación petrolera durante estos últimos ocho años (57 mil millones de dólares descontados los costos de los combustibles importados). Ese es el motivo por el cual pasan ahora a estar en riesgo. Sin dejar de reconocer que durante este gobierno la pobreza medida por ingresos (2,63 dólares diarios, usando la línea de pobreza nacional) disminuyó del 37,6% en 2006 al 22,5% en 2014, ya comienzan a aparecer los primeros datos económicos que reflejan el fin de ciclo. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), la pobreza nacional habría aumentado entre junio de 2013 y junio del 2014 en casi un punto porcentual y estamos a la espera de ver datos peores en el presente año, el empleo precario (quienes no llegan a completar la jornada legal de trabajo y/o quienes ganan menos del salario básico) subió entre los meses de marzo del 2014 y el presente en más de un punto y medio, y la evolución positiva del coeficiente de GINI (indicador de desigualdad) que ha sido vanagloria del régimen durante estos años lleva estancado desde el 2013.

Acabada la plata se apagó el fuego de la pasión

Si bien el régimen ha disfrutado de altas tasas de popularidad hasta hace relativamente poco tiempo, el deterioro económico conlleva a su vez el deterioro de la hegemonía ética y cultural, es decir, del consenso formado a partir de la Constitución de Montecristi en torno a ideologías y valores. Desde el año pasado se está incrementado aceleradamente la percepción de corrupción generalizada en el país y la pérdida de credibilidad presidencial, mientras se pone cada vez más de manifiesto un descontento generalizado respecto a la situación de la economía nacional y su afectación sobre los niveles de capacidad adquisitiva de la población.

El discurso del régimen, basado en una estrategia que tiene mucho que ver con aquello que Orwell definiese como un sistema casi perfecto de “doble pensamiento” y enfocado al descrédito de todo cuestionamiento crítico y control sobre las definiciones de la realidad, pasó,  en una coyuntura de incremento cada vez mayor de la conflictividad social, a redefinir términos y a invertir valores. Lo que en el pasado fue heroísmo revolucionario ahora es terrorismo; la movilización social se transformó en sedición; y disidencia política en anarquismo y traición. Sin embargo, la realidad es –según demuestran las encuestas- que no solo son las élites burguesas quienes manifiestan su disconformidad con las políticas del régimen, sino también gran parte del 43% de población vulnerable (ingresos entre 4 y 10 dólares diarios según CEPAL) existente en el Ecuador que ven deteriorarse sus condiciones en el actual momento.

El régimen correísta sufre de progeria, enfermedad referente al envejecimiento brusco y prematuro, motivo por el cual pasó de ser una alternativa a la vieja y deslegitimada partidocracia a convertirse en el paradigma de la modernizada partidocracia del siglo XXI. Para los jóvenes ecuatorianos, según indican diversos estudios demoscópicos, todo el espectro político nacional son “astillas del mismo palo”, no distinguiendo políticamente ya al mandatario del resto de sus contendores políticos.

De las incapacidades de la izquierda a la estrategia conservadora

Si bien la ruptura con el régimen de la mayoría de sectores indígenas y movimientos sociales podría ser considerada por algunos como prematura, el tiempo les ha ido dando la paulatinamente la razón. No fue la intencionalidad de construir un “capitalismo moderno” –utilizo terminología implementada por el propio mandatario en estos últimos días- lo que motivó las resistencias al neoliberalismo en los momentos anteriores a su llegada al poder.  Es más, el propio presidente Correa ha definido en innumerables ocasiones al “ecologismo y el izquierdismo infantil” como el principal enemigo del supuesto “proceso revolucionario”. Sin embargo, ha sido la incapacidad de esa misma izquierda a la hora de generar diagnósticos reales de lo que ha venido sucediendo durante los últimos años, lo que ha permitido el auspicio e inicial consolidación del fenómeno correísta en el poder. En definitiva, se ignoró aquella máxima foucaultiana de que “lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar”.

Desde la llegada del reflujo económico, las movilizaciones populares que habían venido siendo encabezadas hasta hace muy poco por los sindicatos independientes y la CONAIE, están pasando a ser hegemonizadas por la derecha, la cual comienza a reposicionarse en el tablero político nacional.

Desde su incapacidad para reinventarse ideológica y organizativamente, la izquierda política y social del Ecuador aún no manifiesta condiciones para generar alternativas al modelo implementado por el neopopulismo correísta. La crítica discursiva se limitó a posicionar las contradicciones existentes entre el discurso y la praxis oficialista: revolución, socialismo, poder popular o gobierno de los trabajadores vs aumento de los beneficios empresariales, reforzamiento de los grupos nacionales de capital con la incorporación del capital emergente, agudización de la explotación laboral, control y criminalización de la protesta social. Fruto de esta incapacidad a la hora de generar nuevas coordenadas en el juego político que desaten escenarios donde las condiciones sean menos desfavorables, los sectores políticos más progresistas ni siquiera cuentan hoy con organizaciones políticas capaces de disputarse en términos hegemónicos el liderazgo post-correísta.

Sin embargo, en una coyuntura enmarcada en la quiebra del concepto gramsciano de hegemonía ideológica y dominio social correísta, son los sectores conservadores los que mejor han entendido de que la política electoral consiste en agudizar las contradicciones del oponente. Para ello han aprovechando el descontento ante las nuevas medidas implementadas desde el Gobierno que buscan el refinanciamiento del Estado, pasado a protagonizar la resistencia ante dos de las propuestas más redistributivas que el régimen ha planteado en los últimos años: el incremento de impuestos a la plusvalía de los bienes inmuebles y el incremento a los impuestos a las herencias.

Si bien el inicio del declive oficialista puede datarse en las elecciones seccionales de febrero del pasado año, cuando perdió un tercio de su electorado, su colofón ha tenido lugar frente las movilizaciones del pasado mes de junio por todo el país –se habla de medio millón de personas movilizadas en diferentes ciudades del Ecuador-, lo cual culminó con la retirada por parte del Gobierno de sus propuestas de reforma fiscal.

En la práctica, el oficialismo puso en evidencia que más allá de su permanente conflicto con las organizaciones populares, es desde que los sectores conservadores se movilizan cuando más claramente se ha visibilizado sus debilidades, viéndose obligado a recular. Incluso la reciente visita papal al Ecuador, la cual pretendía ser utilizada por el régimen como un acto de respaldo a Rafael Correa por parte del Sumo Pontífice ante un supuesto y estratégicamente inventado golpe de Estado, terminó teniendo un efecto negativo para la imagen presidencial.  Los principales medios de comunicación internacionales se encargaron de posicionar mediáticamente, y con especial ahínco, las pitadas recibidas por el mandatario durante su acompañamiento al líder religioso.

Está por verse el desenlace de esta trama: el liderazgo en las filas conservadoras está en disputa, y las condiciones a las que llegarán a los comicios presidenciales y legislativos del 2017 dependerá de sus capacidades de entendimiento interno; queda también por ver cual será la evolución del mercado global del crudo, el cual no atisba pronósticos de recuperación por encima de los 60 dólares el barril, lo cual lo sitúa muy lejos del precio promedio de los 102 dólares cotizados en abril del 2014, momentos previos al inicio de su desplome; así como la capacidad interna del correísmo para superar sus lógicas cartesianas del “conmigo o contra mi”, lo que quizás le permitiría al presidente Correa, en medio de tanto burócrata rindiéndole pleitesía y tras casi nueve años de una incesante y estratégica campaña basada en el culto a su personalidad, escuchar a algún niño que diga: "¡pero si el rey va desnudo!".

En todo caso, la realidad es tozuda y nos demuestra con su día a día lo irrelevante en estos momentos de preguntarle a Nietzsche sobre si es posible que en algún momento Apolo consiga domesticar a Dionisio.






lunes, 8 de junio de 2015

Cambio de ciclo económico y movimiento de piezas en el tablero político ecuatoriano

Por Decio Machado

Estamos al inicio de un nuevo ciclo electoral en Ecuador. A pesar de que las próximas elecciones presidenciales no tendrán lugar hasta dentro de 20 meses, febrero del 2017, es evidente que ya se mueven en clave estratégica las principales piezas del tablero político ecuatoriano.

Análisis de situación y contexto

Desde que comenzara a notarse en la economía nacional los impactos derivados de la caída de los precios de petróleo, el régimen correísta viene sufriendo un paulatino desgaste político, el cual acompañado del deterioro de la imagen presidencial –principal eje estratégico sobre el que se ha articulado la legitimidad del gobierno-, se abre la puerta a un panorama político diferenciado a lo hemos asistido durante los ocho años anteriores.

La caída con posterior recuperación y estabilización de precios del crudo, muy por debajo del contemplado en la proforma fijada por el gobierno para el Presupuesto General del Estado del 2015, ha marcado el cambio de ciclo económico respecto al boom de los commodities que acompañó hasta ahora la gestión correísta.

La actual situación económica requeriría autocrítica por parte del Gobierno reconociendo errores de gestión y una apuesta equivocada por un modelo que en la actualidad desnuda sus límites políticos en los planos económicos y sociales. Los errores de conducción en un proceso dirigido por burócratas tecnocráticos con escasa base ideológica han generado distintos vaivenes en las políticas públicas, conllevando escasa efectividad en materia de diversificación productiva, rentabilidad en el sector agropecuaria y políticas claras respecto a la redistribución de la riqueza nacional. Las políticas de desarrollo implementadas por el correísmo durante estos ocho años conllevaron la profundización de la dependencia nacional respecto al mercado internacional de commodities y han demostrado la falta de valentía o voluntad oficialista para afrontar cambios estructurales reales en el país.

Gran parte de los logros políticos desarrollados por el régimen, la mayoría de ellos sostenidos gracias a las elevadas exportaciones petroleras desarrolladas en estos últimos ocho años (57 mil millones de dólares descontados los costos de los combustibles importados), están ahora en riesgo. Resultó que al “jaguar latinoamericano” le dieron de comer los dueños del circo y llegado en momento de su vuelta a la selva por quiebra del negocio este se muestra incapaz de cazar.

Como dato relevante, basta evidenciar que las exportaciones de bienes procesados no petroleros en 2006 significaron un 4,9% del PIB nacional mientras que en el 2014 dicho porcentaje descendió al 3,9%. Todo ello a pesar del “discurso vanguardia” del régimen basado en el cambio de matriz productiva y la transformación del régimen de acumulación heredado de la “larga noche neoliberal”.

Incapaces durante ocho años de diversificar de manera significativa la producción nacional, se profundizó un proceso de reprimarización donde el petróleo alcanzó al 55% de las exportaciones totales ecuatorianas. Consciente del impacto político y económico que la bajada de precios del crudo significa para su gobierno, el presidente Rafael Correa anunciaría a comienzos del 2015 que “estamos empezando un año difícil (…) pero pueden estar seguros que hemos tomado todas las precauciones y las estrategias del caso”. Cinco meses después, y ante el estancamiento de la capacidad de recuperación del precio del barril de crudo, el mandatario volvería a hacer declaraciones -en este caso de acentuada graduación volumétrica- indicando el mantenimiento del dinamismo económico nacional y que el país está preparado para “escenarios extremos” como una caída de hasta 20 dólares por barril.

Sin embargo la realidad es tozuda y la estimación de crecimiento de la economía ecuatoriana pasó del 3.5% estimado por el FMI en su informe del abril del pasado año (4,1% en el caso del Banco Central del Ecuador) al 1,9%  en exactamente un año después (abril de 2015). Para una economía con un PIB per cápita de USD 6.002,9 (Producto Interno Bruto año dividido por la población, datos Banco Mundial a 2013) no estamos hablando de una tasa de crecimiento de perfil alto y por lo tanto tampoco de un gran dinamismo en la economía nacional. Citando a Anatole France, premio nobel de literatura en 1921, “sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento”.

Sin duda este tipo de afirmaciones entre otras tantas vertidas en los últimos meses, son las que han hecho que el presidente ecuatoriano haya bajado notablemente sus niveles de credibilidad ante la opinión publica, dato que según la encuestadora CEDATOS pasó 53% en enero del presente año al 45% dos meses después, habiéndose elevado el número de las personas que no le creen del 40% al 49% en ese mismo período.

La supuesta preparación del gobierno nacional para afrontar esta ralentización económica y semi-descapitalización del Estado se ha basado en las siguientes líneas de acción: recorte de 1.420 millones de dólares (un 3,91% el presupuesto general del Estado) sobre el cual se aplican 839.9 millones en recortes del gasto de inversión y 580 millones en gasto corriente –salarios, bienes y servicios-; incremento de impuestos a un tercio de las importaciones con el fin de evitar salida de divisas al exterior; un incremento agresivo de la deuda interna y externa de país, la cual al cierre del ejercicio 2014 totalizó 30 mil millones de dólares y representó el 30% PIB, a lo cual hay que sumar otros 8.807 millones de dólares de déficit fiscal por cubrir en base a las necesidades presupuestarias del país (subirá el volumen de deuda a unos 39.000 millones de dólares) lo cual significa algo más del 35% de endeudamiento respecto al PIB sobre un límite fijado en la Constitución de Montecristi del 40% (se espera en el próximo año una nueva modificación del texto constitucional con el fin de ampliar los niveles de endeudamiento permitidos), a lo que habría que añadir también otros 2.142 millones de dólares en preventa de petróleo a empresas chinas de los cuales mil millones han de abonarse en el presente año y que son contabilizados como operaciones de venta anticipada por la empresa pública Petroecuador en un alarde ingeniería financiera que busca camuflar el incremento en deuda externa; la eliminación del aporte del 40% que hasta ahora estaba obligado a desembolsar el Estado para asegurar el pago de pensiones del Instituto Ecuatoriano de la Seguridad Social, lo que viene a significar 700 millones de dólares de ahorro este año al Estado con la consiguiente puesta en riesgo del futuro de las pensiones a los trabajadores del país; la emisión por dos veces –marzo y mayo del presente año- de bonos en los mercados internacionales para financiamiento interno, colocando 750 millones de dólares en cada ocasión, la primera a cinco años y al 10,5% de interés y la segunda con vencimiento en 2010 y un rendimiento del 8,5%, lo cual demuestra la carencia de fiabilidad del país en el mercado internacional de deuda (países como Perú logran financiamiento a 35 años al 5,63% de interés); así como otras medidas improvisadas, entre las que destaca el reciente asalto al Fondo de Cesantía del Magisterio ecuatoriano, lo que en términos económicos son 405 millones dólares en fondos previsionales de sus afiliados enfocados a productos solidarios, especialmente en inversión para vivienda (otros fondos privados de pensiones que ya han pasado a manos del Estado son lo que pertenecen a los trabajadores de la Empresa Eléctrica Regional Centro Sur, los de la Universidad Técnica de Ambato, los de la Politécnica del Ejército y el de los servidores públicos del Ministerio del Interior y de los gobierno provinciales de El Oro y Morona Santiago).

En la actualidad el régimen está difiriendo gran parte sus gastos hacia futuro, dado que ya comienza a tener un servicio de deuda alta –destina en la actualidad un 4,7% del PIB a atender el servicio-, todo ello en medio de un panorama mundial  que no resulta muy halagüeño.

En este contexto, la frase favorita del régimen y su mandatario es “lo más duro ya pasó, los precios del petróleo se están recuperando”. Una vez más se mezcla deseo con realidad y se ignora que recientemente el Bank of America Merrill Lynch emitió un informe en el cual se expresa que debido al exceso de suministro, la debilidad de la demanda en mercados emergentes, el retorno de la producción de esquisto en EEUU y las expectativas de una acuerdo nuclear con Irán, el barril de petróleo West Texas Intermediate (WTI) al que se sujeta la cotización del crudo ecuatoriano con una penalización de mas/menos 10 dólares por barril no superará el promedio de los US$ 53 en 2015. Por su parte Goldman Sachs, en una nota de prensa emitida el pasado 18 de mayo, estima que los precios del petróleo cotizarán entre 50 y 60 dólares el barril hasta finales de la presente década como consecuencia de la lucha entre los estados miembros de la OPEP y EEUU para ganar cuota de mercado. Para esta banca de inversión y valores vinculada a la élite financiera, empresarial y política de los EEUU -uno de los ladrones más grandes de Wall Street con quien el gobierno ecuatoriano negoció el pasado año la entrega de 466.000 onzas de sus reservas de oro por un derivado financiero que le rinde 0,85% anual y le sirve como aval de garantía para un crédito de 400 millones de dólares a un interés del 4,3% anual, muy por debajo de la usura china al que país se ha visto obligado a recurrir en los últimos años-, el agua de shale en EEUU continuará a pesar de que la OPEP está dispuesta a mantener su producción y con ello no apoyar una subida de las cotizaciones del crudo internacional. Según la institución fundada por el empresario de origen judío-alemán Marcus Goldman en 1869 y que hoy es uno de los bancos más grandes del mundo con un capital bursátil de 55,54 mil millones de dólares, el WTI cotizará en los 57 dólares el año que viene, y en 60 dólares en 2017 y 2018. Esta condición mantendría lejos los precios del crudo respecto a los 79,7 dólares por barril presupuestados en la proforma del Presupuesto General del Estado del 2015 o los 102 dólares de valor promedio del West Texas Intermediate en abril del 2014. Si las cosas son así, el presupuesto público de inversión social e infraestructuras se ve necesariamente obligado a reformularse con el impacto que esto conlleva.

Llegado el final de “época dorada” de los commodities el gobierno ecuatoriano vive de inaugurar obras que ya estaban en curso, habiendo quedado en carpeta cualquier nuevo emprendimiento hasta que no se aclare la situación económica a la que se ha visto abocado el país. En este sentido, el gobierno comienza a demostrar sus carencias respecto a estrategias eficientes e innovadoras en materia social y económica destinadas a la disminución de la desigualdad y el desarrollo del país en este período. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), la pobreza nacional habría aumentado entre junio del 2013 y junio del 2014 de 23,69% al 24,53%; y de igual manera, el empleo inadecuado –quienes no llegan a completar la jornada legal de trabajo de 40 horas y/o quienes ganan menos del salario básico unificado- subió del 49,41% de la Población Económicamente Activa (PEA) del Ecuador en marzo del 2014 a 52,06% en marzo del 2015; mientras que el coeficiente de GINI –índice que mide la desigualdad de los ingresos entre la población- se estancó desde el 2013, rompiéndose la evolución positiva que había mantenido en los últimos años.

En este contexto, cabe reseñarse como principal factor de riesgo a la población vulnerable. Si bien la pobreza medida por ingresos (usando la línea de pobreza nacional: quien percibe menos de 2,63 dólares diarios) disminuyó del 37,6% al 22,5% entre 2006 y 2014, la población vulnerable (ingresos entre 4 y 10 dólares diarios) es del 43% de la población ecuatoriana según datos de la CEPAL, año 2012. Esta situación hace que este amplio sector de la población ecuatoriana esté expuesta a serios riesgos de volver a caer en la pobreza ante situaciones de crisis derivadas de la alta dependencia de la economía nacional respecto del sector petrolero.

La percepción generalizada de incremento de la corrupción en el país, la pérdida de credibilidad acelerada del presidente Correa, el incremento de la inseguridad ciudadana, el estancamiento respecto a incremento de capacidad adquisitiva y mejora en las condiciones de trabajo, y fundamentalmente el descontento respecto al estado de la economía de un país donde el régimen sustentó sus estrategias de captación sobre políticas clientelares, posicionan al gobierno correísta en una condición nueva ante las elecciones de febrero del 2017.

Si bien los indicadores de tendencia electoral se enfocan con alta probabilidad en la continuidad del régimen, dicha victoria electoral tendría rasgos diferenciados respecto a los períodos anteriores: menor apoyo político al régimen y pérdida del control total en el Legislativo.

Estrategias opositoras

Los sectores conservadores son conscientes de que si bien Rafael Correa llegó al poder tras las elecciones del 2006 siendo un referente para la juventud –la aparición de un personaje nuevo y de perfil rompedor que significaba una bocanada de aire fresco en la decadente politiquería nacional-, en la actualidad estos apenas distinguen diferencias entre el mandatario y sus contendores. Para los jóvenes ecuatorianos todo el espectro político nacional son “astillas del mismo palo”, motivo por el cual demandan la aparición de nuevas identidades políticas con capacidad de sintonizar con nuevas demandas e inquietudes.

Conscientes de que la política consiste en agudizar las contradicciones del enemigo, algunos perfiles opositores pretendieron aprovecharse del acelerado proceso de envejecimiento del correísmo -quien se transformó de crítico de la partidocracia en el paradigma de la nueva partidocracia del siglo XXI- para ubicar en el centro del tablero de juego a figuras políticas como Mauricio Rodas o Paul Carrasco, conservador alcalde de Quito el primero y socialdemócrata liberal prefecto del Azuay el segundo. Hasta ahora ninguno de los dos demuestra tener la talla política necesaria para el reto encomendado. Más que ganar Mauricio Rodas la Alcaldía de Quito fue Augusto Barrera –ex alcalde del oficialismo- quien las perdió en 2014 tras una gestión decepcionante como burgomaestre capitalino. Tras su primer año de gestión municipal, Rodas no ha pasado de desarrollar una gestión errática y confusa en el municipio, la cual además se ha visto inmersa en contiendas internas con sus aliados políticos. En el caso de Paul Carrasco y más allá de sus ambiciones personales, el personaje sigue sin conseguir penetrar en la ciudadanía ecuatoriana existente más allá del Azuay, mostrándose apenas como una pieza política funcional al reciclado conservadurismo socialcristiano.

Ante este sumatorio de incapacidades, los sectores conservadores del país se han visto obligados a seguir apostando por la figura de Guillermo Lasso como la alternativa de “cambio” frente al oficialismo. Sin duda Lasso, segundo banquero más importante del país con un pasado vinculado a la vieja partidocracia, no es el mejor candidato para confrontar con perspectivas de victoria al régimen. Sin embargo su capacidad de generar recursos económicos para una campaña electoral, sumado a los sistemáticos errores estratégicos que se va acumulando el régimen consecuencia de políticas impopulares que se ha visto obligado a desarrollar para financiar las arcas públicas, le han convertido en un candidato con posibilidades de al menos alterar la lógica política actualmente existente en el país. En ese contexto, en entendimiento a medio plazo entre Lasso y Nebot –las dos principales facciones de la derecha- será un hecho en función de que se vaya calentado el escenario político electoral. Por su parte, dependerá del nivel de deterioro interno de la figura del presidente Correa –lo cual se vincula a la coyuntura económica que el país deba afrontar hasta abril del 2017- quien será la figura que el partido de gobierno presente a las próximas elecciones presidenciales. Disponen de las opciones de Lenin Moreno y Jorge Glas (ex vicepresidente y actual vicepresidente de la República), con binomios duros como podría ser el de Nathalie Cely, quien ya mostró su capacidad de adaptación política pasando de cargo de confianza en el gobierno de Jamil Mahuad puestos similares en el de Rafael Correa.

Una parte de la estrategia actual de la política instituida desde el poder consiste en despolitizar a la ciudadanía. Esta estrategia es apreciable a través de la generación del Decreto 16 y otras medidas similares, las cuales buscan la desactivación de cualquier acción que pueda considerarse como política por parte de instituciones no profesionalizadas de la política, es decir, desde el tejido social. Al igual que la política de disciplina carcelaria busca producir y gestionar la delincuencia, la política gubernamental persigue despolitizar a la ciudadanía, dejándole tan solo dos opciones posibles de gestión gubernamental: o la vuelta de los políticos vinculados al pasado neoliberal o el mantenimiento del actual régimen a pesar del cada vez mayor desencanto ciudadano.  En resumen, la estrategia se enfoca en generar impotencia social y encauzar el voto hacia posiciones gobernistas, bloqueando cualquier posibilidad para la aparición de opciones nuevas y realmente transformadoras que puedan promover cambios significativos que cuestionen en esencial al capitalismo.

Si bien el correísmo se ofreció como una solución a la crisis multifacética que vivía el Ecuador en 2006, defendiendo la autonomía de lo político sobre el contexto social y reinstitucionalizando un régimen de representación política muy deslegitimado al momento de su llegada, en la actualidad demuestra su incapacidad para desvincularse de la viejas formas de hacer política, permaneciendo atado a las categorías tradicionales de generación de redes clientelares y sin capacidad para producir otro estilo de gobierno o amenazar a la triste realidad existente. En Alianza PAIS nunca se entendió que dar otro sentido a la realidad no significa cambiarla. Lo alternativo quedó limitado a la políticas públicas enfocadas a implementar tecno-ciencia y cierto control sobre el mercado interno, renunciándose así a un auténtico cambio social.

El reposicionamiento electoral del CREO con Guillermo Lasso a la cabeza, demuestra que la incapacidad del régimen de patear el tablero político de forma estructural, volviéndose a generar años después una agudizada deslegitimación social del sistema de representación de los partidos. Más del 50% de las y los ecuatorianos desaprueban la política emanada del Legislativo y sus índices de credibilidad están por debajo del 25% (Fuente: Cedatos/marzo del 2015). No hay una sola figura en el Legislativo ecuatoriano que pueda referenciarse como ejemplo de brillantez parlamentaria ni que tenga posibilidades de proyección política a futuro. La mediocridad es generalizada y compartida entre las distintas corrientes políticas que calientan estos curules.

En este contexto, el conservadurismo ecuatoriano juega a la misma estrategia que se ha considerado como viable para el derrocamiento del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela: la conformación de una alianza en formato “abanico” en aras al restablecimiento de un “supuesto” régimen democrático y de libertades en el Ecuador. Para ello se han desarrollado estrategias como Compromiso Ecuador, que incorporando a amplios sectores sociales, busca erosionar al régimen en su punto más débil: la pretensión de mantener al presidente Correa en el sillón presidencial más allá de la manifiesta voluntad popular a ser consultados. Es esta la condición que permite a Lasso encontrar apoyos coyunturales en sectores “progresistas”, buscando situarse como una opción política de transición para el re-establecimiento del tan discutible “Estado de derecho”. En la práctica, lo que están haciendo los sectores de la derecha ecuatoriana es buscar los mejores escenarios para el enfrentamiento con el régimen correísta en las próximas elecciones generales, provocando las mayores contradicciones posibles en el adversario y desplazando dichos escenarios a lógicas distintas al 2006 y elecciones posteriores.

Y la izquierda…

Resulta evidente que el fenómeno correísta es el resultado del fracaso de la izquierda ecuatoriana en desarrollar un diagnóstico real de lo que ha sucedido en el país durante los últimos 15 años –pereza intelectual-. Este drama se acentúa en la actualidad debido al hecho de que la gestión correísta del poder ha laminado cualquier significado digno del término izquierda para la próxima década.

Sin embargo, hacer política implica dotar de inteligencia a circunstancias y contextos de los cuales no se ha sido protagonista. Esto significa moverse en un territorio desfavorable y que como consecuencia de la creciente polarización política que vive el país, hace que los actores tendentes al cambio no necesariamente tengan la comprensión de cuales son las claves de transformación del régimen político existente.

Mientras la mayoría de las organizaciones populares y sociales existentes en el país continúan en una lógica de alianzas bajo esquemas de “sopa de letras”, disputas internas y caracterizando al régimen como neoliberal –reflexión que la ciudadanía no entiende dado que son evidentes las diferencias existentes entre el régimen correísta y los gobiernos anteriores-, condiciones que poco o nada le ayudan respecto a su posicionamiento estratégico ante la sociedad, quienes canalizan la rabia digna -especialmente en las grandes ciudades- son los sectores más conservadores. Las élites continúan trabajando en base a intereses propios y en este escenario político, con la complicidad de los medios de comunicación masivos –los cuales les permiten seleccionar cuales son los problemas sociales de envergadura y cuales no tienen presencia mediática-, mezclan discursos contra las políticas gubernamentales desde posiciones críticas a Cuba o Venezuela con la defensa utilitarista de la aportación del 40% del Estado al IESS o cuestionando la criminalización a organizaciones sociales disidentes y líderes sociales bajo vigilancia del régimen.

Desde que comenzara el reflujo económico y se incrementaran el número de asistentes a las movilizaciones convocadas básicamente por el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) y la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), estas han ido perdiendo hegemonía sobre los manifestantes. Es un hecho la presencia de sectores conservadores en la última y exitosa movilización del Primero de Mayo no oficialista, auspiciados por sectores de la clase media alta, líderes de opinión y la burguesía comercial de las grandes urbes, bajo el grito de coincidencia multiclasista  “Fuera Correa, fuera!!”.  

El creciente ambiente de polarización social con carencia de consciencia política que se visualiza en el Ecuador en ambos lados de la barricada, viene a demostrar la necesidad de desarrollar un trabajo político más allá del ámbito estrictamente ideológico. En la práctica, la mayoría de población no entiende que el rasgo político fundamental del correísmo ha sido el desarrollo de un proceso de tardo-modernización capitalista impulsada desde la planificación estatal, y que en ese marco de contradicciones generadas se mueve la contienda actual. Las contradicciones cada vez mayores entre discurso y praxis oficialista (revolución, socialismo del siglo XXI, poder popular, gobierno de los trabajadores entre otras, frente al aumento de los beneficios empresariales de los grandes capitales -nacionales y transnacionales- y la agudización de la explotación laboral en el país) no esta siendo el eje de acumulación política de las organizaciones sociales con pretendido perfil transformador.

El protagonismo político readquirido por las centrales sindicales no supeditadas al régimen no está implicando una reconversión de estas, manteniéndose las mismas viejas formas heredadas de la escuela tradicional burocrática sindical en una lógica que a la postre significará su desplazamiento de esa parte de la centralidad política que en la actualidad de forma sorprendente ocupan. No se está desarrollando ni nuevas formas de intervención sindical ni se están expandiendo los ámbitos de acción a nuevos sectores que se han generado en los últimos años en el mercado laboral ecuatoriano. Por su parte, la Conaie sigue viviendo un mar de contradicciones internas que posiciona la crítica gubernamental de sus bases más en el ámbito de la coyuntura económica –las comunidades se acostumbraron a negociar sus apoyos al régimen en base a contraprestaciones monetarias, infraestructuras y erráticas políticas agropecuarias que en la actualidad se encuentran en retroceso debido a los recortes presupuestarios- que en la homogenización de criterios sobre el modelo de sociedad y Estado plurinacional que caracterizó sus reivindicaciones en el pasado. Los sectores anti-gubernamentales de perfil progresistas ni siquiera cuentan hoy con organizaciones políticas con capacidad de capitalizar electoralmente el descontento social, lo que implica carencias en táctica y estrategia, así como dificulta la posibilidad de disputar en términos hegemónicos el liderazgo post-correísta. Esta condición genera el riesgo de convertirlos en funcionales a la rearticulación del proyecto político de las élites conservadoras nacionales, algo que ya ha sucedido en reiteradas ocasiones en el pasado reciente.

Lo significado anteriormente es grave, dado que demuestra el anquilosamiento existente entre gran parte de las organizaciones de izquierda. Se ignora reiterativamente el hecho de que el cambio de régimen no es de carácter cuantitativo, sino cualitativo. Se trata de generar nuevas coordenadas en el juego político, generando nuevos escenarios donde las condiciones dejen de ser tan desfavorables; dentro de un contexto donde los consensos políticos, sociales y económicos desarrollados en base a un fuerte crecimiento económico comienzan a dejar de ser viables. Un indicador palpable de esta realidad es el crecimiento de los conflictos sociales y laborales existentes en el país.

Ante la puesta en cuestión del pretendido horizonte correísta basado en el concepto “gramsciano” de hegemonía ideológica y construcción de instrumentos políticos organizados con incidencia protagónica en la sociedad, el nuevo reto de la izquierda ecuatoriana es desarrollar a través de ejercicios de inteligencia colectiva una nueva forma de intervención que supere el exclusivo ámbito ideológico.